Epílogo
Cinco años después
K ate observó cómo cerraban las puertas del último almacén y repasó mentalmente las cuentas una vez más.
La cosecha había sido buena. Muy buena.
Los graneros estaban llenos, las provisiones para el invierno correctamente distribuidas y, si sus cálculos no fallaban —y rara vez lo hacían—, todavía dispondrían de un excedente considerable para comerciar antes de que llegaran las primeras nieves.
—Esos sacos no van ahí —advirtió al ver a dos hombres descargando un carro—. Al almacén pequeño. Y aseguraos de que no los coloquen directamente sobre el suelo. La humedad echará a perder el grano.
—Sí, milady.
Kate sonrió mientras los veía obedecer sin la menor vacilación.
Habían cambiado mucho las cosas en cinco años.
Al principio, más de uno había mirado con sorpresa a aquella extraña esposa del laird que aparecía en los almacenes, revisaba las cosechas, hacía preguntas sobre el ganado y pretendía decidir cómo debían distribuirse las provisiones de todo el clan.
Ahora nadie se sorprendía cuando Kate daba una orden.
Habían aprendido que, por extrañas que pudieran parecer algunas de sus ideas, generalmente funcionaban.
Y los resultados estaban a la vista.
Desde que se había quedado con Lachlan, las tierras de los MacLaren habían prosperado.
Habían mejorado las cosechas, reducido las pérdidas durante el invierno y encontrado nuevas formas de aprovechar y comerciar con sus excedentes.
Incluso otros lairds habían comenzado a visitarlos interesados en algunas de las medidas que habían puesto en práctica.
Lo que en otro tiempo había provocado miradas de desconcierto se había convertido en motivo de orgullo para el clan.
Un grito infantil interrumpió sus pensamientos.
Kate apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que dos niños pasaran corriendo junto a ella, blandiendo sendas espadas de madera por encima de sus cabezas.
—¡Volved aquí inmediatamente!
La señora Campbel apareció detrás de ellos con una niña de dos años en brazos.
—¡Os he dicho que no se corre con las espadas dentro del castillo! ¡Como rompáis otra cosa, vuestro padre se enterará!
Los niños soltaron una carcajada y aceleraron el paso.
Kate se mordió el labio para contener la risa.
—No tiene ninguna gracia, milady —protestó la señora Campbel al llegar hasta ella—. Son dos salvajes. Eso es lo que son. Dos pequeños salvajes.
La niña que llevaba en brazos rio y dio unas palmadas, encantada con la persecución de sus hermanos.
—Y esta va por el mismo camino —añadió el ama de llaves.
Kate arqueó una ceja.
—Pareces muy disgustada.
—Lo estoy.
—Por supuesto.
La señora Campbel le lanzó una mirada que habría intimidado a cualquiera que no la conociera tan bien como Kate.
Ella sabía la verdad. Campbel estaba encantada.
Podía quejarse de los gritos, de las carreras por los pasillos, de los sapos y otros animales que escondían por todas partes y de todas las trastadas que los niños eran capaces de inventar, pero Kate sabía cuánto significaba para ella que el castillo volviera a estar lleno de risas infantiles.
—¡Papá!
Los dos niños cambiaron repentinamente de dirección y Kate se volvió.
Lachlan acababa de entrar y apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que sus hijos se abalanzaran sobre él. Atrapó a uno con cada brazo y los levantó del suelo mientras ambos reían y pataleaban intentando liberarse.
—¿Habéis sido buenos?
—¡Sí!
—¡No! —replicó inmediatamente la señora Campbel.
Lachlan miró a sus hijos con fingida severidad.
—Parece que tenemos opiniones diferentes.
Los dejó en el suelo y los dos pequeños echaron a correr de nuevo.
—¡Eh! ¡Todavía no he terminado con vosotros! —exclamó Campbel antes de salir tras ellos con la niña aún en brazos.
Lachlan se acercó a Kate y le rodeó la cintura. Ella se dejó envolver por sus brazos mientras reía al escuchar cómo las protestas del ama de llaves se alejaban por el corredor.
—No sé quién se lo pasa mejor, si ellos huyendo de la señora Campbel o ella persiguiéndolos.
—Campbel asegura que nuestros hijos acabarán con ella.
—Y después les da galletas a escondidas.
—Eso también lo niega.
—Por supuesto.
Lachlan sonrió y la atrajo hacia él antes de besarla. Kate le rodeó el cuello con los brazos y disfrutó durante unos segundos de aquel beso que, después de cinco años, seguía consiguiendo que olvidara todo cuanto sucedía a su alrededor.
—Te he echado de menos —murmuró él contra sus labios.
—Solo llevas fuera desde esta mañana.
—Demasiado tiempo.
Kate estaba a punto de responder cuando un ruido sordo resonó en algún lugar del piso superior, seguido del inconfundible estrépito de algo rompiéndose.
Ambos levantaron la cabeza y Lachlan suspiró.
—Será mejor que vaya a ver qué han hecho esta vez tus hijos.
Kate abrió mucho los ojos.
—¿Mis hijos?
—Cuando se comportan así, indudablemente.
Desde algún lugar del castillo llegó la voz indignada de la señora Campbel.
Lachlan hizo ademán de apartarse, pero Kate lo sujetó por el plaid.
—Deja que se ocupe la señora Campbel.
Él arqueó una ceja.
—¿Estás segura?
Kate deslizó las manos por su pecho.
—Llevo todo el día queriendo hacer algo contigo a solas.
La sonrisa de Lachlan cambió de inmediato.
—En ese caso...
La agarró de la mano y tiró de ella hacia las escaleras que conducían a su recámara.
Kate rio con ganas mientras intentaba seguir su paso.
Ni uno solo de los días de aquellos cinco años se había arrepentido de la decisión que tomó aquella noche.
Había dejado atrás su mundo para construir otro junto al hombre al que amaba y, por la sonrisa lobuna con la que Lachlan la miraba mientras subían las escaleras, estaba bastante segura de que él tampoco se había arrepentido.
Había tenido mucha suerte al encontrar a un hombre como él. Un hombre que la amaba con tanta fuerza que ni el tiempo ni el espacio habían sido capaces de separarlos.