Capítulo 22
Candace tardó poquísimo en arreglarse un poco y entrar en la habitación de Meg. Liz estaba limpiando la pizarra blanca.
—¿Eso va para mí?
—Solo un lado —dijo Meg con firmeza—. Pero ese lado es todo tuyo y el resto lo compartiremos entre todos.
—Qué generosa.
Meg hizo un gesto con el brazo abarcando la habitación.
—Estamos aprendiendo a compartir. Sillas, espacio, oxígeno. Quizá la base nos ha malacostumbrado demasiado.
Liz dejó el limpiador.
—No me importaría una versión en miniatura de vuestra mesa.
En la base, una mesa con tablero de cristal ocultaba un ingenioso sistema informático que permitía a los usuarios trabajar en 3D o con un sinfín de opciones más. Para un trabajo grande como aquel, sería de un valor incalculable.
—Le enseñé a Phoebe a usarlo, así que no hay motivo para que no hagamos una llamada y ella lo maneje mientras nosotros miramos.
—Se ha cogido un par de días libres. Pero algunos de los nuevos del equipo están allí aprendiendo cómo va todo, y Fletcher probablemente sabría seguir instrucciones más o menos bien.
—Candace se encogió de hombros—. Bah, olvídalo.
Habría que escribírselas línea por línea, con palabras sencillas y en creyón.
Perdón... ¿qué has dicho?
Meg tuvo claramente la misma reacción, porque también se quedó mirando a Candace con sorpresa, mientras ella se abanicaba la cara con una mano.
—En voz alta. Sí que he dicho eso en voz alta. En fin, ¿por dónde empezamos? Antes has mencionado la atención al detalle de Reuben.
El silencio se fue alargando. La sensación inicial de Liz de que algo no iba bien entre Candace y Felix había vuelto.
Allí había historia, pero ¿de qué clase?
Candace arrimó una silla.
—¿Reuben?
—Ha estado leyendo los libros de Erik Piper, uno de los cuales se titula Las lágrimas de ciertos ángeles . Uno de los poemas es interesante, como poco, y menciona algo enterrado muy hondo. Pero necesitas leerlo tú misma para que no influya en tu interpretación sin querer.
—Nadie influye en mi trabajo. No hace falta que te preocupes. ¿Es el señor Piper vuestro principal sospechoso?
Liz cogió su propia silla.
—No lo había considerado un sospechoso de peso, y hay pruebas de que no pudo estar implicado en las muertes anteriores.
—Eso no le impide imitarlas.
Uno de los ordenadores de Meg emitió un pitido.
—Es de Jeff. Ah. Tenéis que ver esto las dos.
Había un informe sobre el colgante con el ángel. Montones de números y símbolos ininteligibles para Liz, seguidos de una declaración escrita bastante larga.
—¿Os lo resumo?
—Gracias, Meg.
—Los resultados del rastro humano localizado en el cierre del colgante indican una coincidencia de parentesco con el ADN de una mujer conocida únicamente como Maude.
Su ADN se recogió durante unas pruebas allá por 1970.
—Meg levantó la vista, con el rostro demacrado—.
Esto es tremendo. Las pruebas de ADN tal como las conocemos eran impensables en Australia hasta los años ochenta, pero hubo un experimento de corta duración en el que se tomaron muestras a modo de ensayo, y se utilizó solo en cinco pueblos pequeños del país.
Este pueblo parece ser uno de ellos, lo que debería significar que en alguna parte hay muestras de ADN de cualquiera que estuviera aquí por entonces.
Meg leyó unas líneas más y una sombra de decepción le cruzó el rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó Candace.
—Como sospechaba. El objetivo del experimento era determinar el origen étnico. El de Maude salió como una mezcla de, espera... parafraseo... un progenitor probablemente de ascendencia inglesa y el otro de ascendencia en parte irlandesa y en parte china.
Meg seguía leyendo deprisa, la página desplazándose hasta que retrocedió un poco.
—Bien, así que hay una pista que seguir. Si te parece bien, Liz, daré prioridad a esto. Hay una barbaridad de datos de ADN que podemos cruzar para averiguar quién era Maude, además de quién más estaba aquí por entonces. —Levantó la vista—. Perdón, no ha sido una gran explicación.
—Nos hacemos una idea —dijo Liz—. Potencialmente hay muestras de un montón de gente y algunos podrían ser parientes de Maude.
—Más o menos. Entonces, ¿tengo luz verde?
—Claro que sí. Jeff quizá esté ocupado, pero mantenlo al tanto y pide toda la ayuda adicional que necesites. Voy a llevarme a Candace al cementerio.
Candace ya estaba de pie y encaminándose hacia la puerta.
—Buena idea. Deja que Meg tenga un poco de paz y tranquilidad.
—Meg puede trabajar con gente alrededor, ya lo sabes.
Pero Meg les hizo un gesto para que se fueran, con los ojos ya de vuelta en la pantalla, mientras ellas cerraban y echaban la llave al salir.
Pete y Reuben terminaron de hablar con el dueño de la tienda de regalos y se alejaron con los datos de contacto de varios artesanos locales. Tras echar un vistazo al reloj, Pete asintió en dirección al pub.
—Será mejor que vayamos tirando. Las cuatro menos cinco.
—Todavía ni rastro de Kath.
Caminaron a buen paso hacia la esquina.
—Espero que saquemos algo útil de Albie.
Pete llevaba una larga lista de preguntas en la cabeza, pero había una que le quemaba: ¿por qué estaba el hombre tan dispuesto a sacar a relucir los viejos asesinatos con dos policías a quienes acababa de conocer?
A lo largo de los años había recogido un par de confesiones en el lecho de muerte y, aunque aquello no era exactamente lo mismo, había algo en el brusco "supongo que querréis hablar conmigo de los asesinatos" de Albie que transmitía la misma impresión.
Aquella era una oportunidad inesperada y bienvenida de escuchar a alguien que había estado allí en aquella época.
Probablemente había sido algo más que un simple testigo.
Al llegar a la esquina buscaron el coche patrulla. Nada.
—No viene.
Un hombre de mediana edad estaba en la puerta del pub. Llevaba una camiseta con el logotipo del local y el ceño fruncido.
Reuben dio un paso al frente con la mano extendida.
—¿Colin Walsh? Soy Reuben y este es Pete.
No recibió ninguna mano a cambio.
—Papá está descansando.
—¿Ha tenido noticias de Kath Connor? —preguntó Pete. Ya había comprobado si tenía mensajes recientes y no había nada.
—Siempre es puntual. Dijo a las cuatro. Son las cuatro.
Pete sonrió.
—Igual se ha entretenido. Tráfico.
Colin soltó un bufido.
—No estamos en Melbourne.
—No sé. Una vez me quedé atrapado detrás de una cosechadora. Ni puedes meterle prisa ni adelantarla.
Los ojos del otro se entrecerraron.
—Voy a darle un toque rápido.
Reuben se apartó, marcando en el móvil.
Un par de clientes entraron en el pub y Colin les hizo sitio con un gruñido. No se distinguía precisamente por su simpatía, y el contraste con su hijo y con su padre era evidente. Eso lo hacía interesante. ¿Era él sobre quien caían todas las responsabilidades? ¿O había un trasfondo más siniestro?
—Debe de estar orgulloso de su hijo. Matthew, ¿verdad? Médico, ¿eh?
La más leve de las sonrisas asomó a los labios de Colin.
—Buen chico. Trabaja duro. No tiene ni un hueso malo en su cuerpo.
¿En el suyo? ¿Y en el de quién no, entonces?
—¿Da gusto tenerlo de vuelta una temporada?
—Sí. Tiene mucho tirón detrás de la barra. —Colin hasta se rio—. Más con las chicas. Incluso con las mujeres mayores, aunque saben de sobra que no deben propasarse.
—No entiendo.
—Cazadoras. —Colin levantó ambas manos e hizo un gesto como un gato sacando las garras—.
Tenemos algunas solteronas aquí. Unas cuantas más divorciadas.
Y viudas. Demasiadas mujeres mayores queriendo largarse del pueblo.
Pero no con mi hijo, y a más de una le he dicho que se busquen a alguien de su edad.
—¿Estás casado?
—Ahora no. Nunca más.
Reuben estaba de vuelta.
—Kath está a media hora.
Colin se volvió para entrar.
—Te lo dije.
—Estaremos encantados de esperarla. Y puede que Albie se sienta con fuerzas para charlar dentro de media hora.
—No lo hará. Y tengo clientes.
El hombre se fue.
Alejándose unos metros, Pete y Reuben se detuvieron para mirar hacia el pub.
Aún no estaba lleno, pero el olor a cerveza y tabaco salía flotando.
No es que nadie debiera estar fumando ahí dentro, pero ¿quién iba a impedírselo?
Kath no parecía de las que alteran el orden a menos que sea absolutamente necesario.
—¿Y ahora qué? —preguntó Reuben.
—¿Damos una vuelta mientras? Y luego una cerveza más tarde, cuando Albie haya tenido oportunidad de descansar. —Pete no tenía ninguna intención de rendirse tan fácilmente. Ya estaba planeando cómo sortear al "Guardián Colin."
De vuelta en el BearCat, Pete tomó el volante y se dirigió hacia Brown Horse Road.
—Pasé corriendo por aquí esta mañana. ¿Vamos a echar un vistazo a esa verja que encontró Liz?
Pete sonrió a Reuben.
—Me encanta la gente que anuncia sus malas intenciones.
—Voy a ver si hay algo actualizado sobre la dirección.
Mientras Reuben comprobaba la aplicación, Pete avanzó por el tramo estrecho y mayormente recto, con matorral en dirección a la iglesia y campos abiertos al otro lado. Algo le hizo bajar la ventanilla y el aire húmedo le revolvió el pelo.
—No veo nada aparte de una imagen de satélite. La enviaré a la pantalla cuando paremos.
A diferencia de la mayoría de las pantallas de información en los coches modernos, esta era extragrande y tenía muchas más opciones que los habituales mapas, música y llamadas telefónicas.
Era un ordenador en sí mismo con capacidades de búsqueda completas que mostraba todo lo que veían las múltiples cámaras del vehículo.
Pete redujo a paso de tortuga al entrar en el callejón sin salida. La propiedad en cuestión era obvia con su gran señalización, alambre de espino y verja de aspecto casero. Acercó el BearCat a la verja.
—Creo que podríamos atravesarla.
—Preferiría que no lo hicieras. —Reuben proyectó una imagen en la pantalla—. Esto es mejor. Voy a ampliar el texto primero porque no lo había visto bien en el teléfono.
—¿Hora de revisarte la vista?
—Acabo de hacerlo. Bien, la propiedad es de una tal Betty Carver, de sesenta y siete años y...
—¿Una mujer? ¿Vive aquí o solo es la dueña?
—Tío, déjame terminar. Heredó el lugar de sus padres y es la única residente. Cuarta generación viviendo aquí. Nunca se casó. Sin hijos. Sin historial laboral todavía.
—Una mujer.
—¿Por qué te sorprende?
—Nada me sorprende, pero la señalización y todo ese aire de "mantente alejado o atente a las consecuencias" apesta a orgullo de macho. Supongo que necesito salirme un poco más de la norma.
Reuben reajustó la pantalla para mostrar la propiedad. El terreno era más largo que ancho y se extendía entre la valla delantera y el lejano curso de agua. Al otro lado de la verja había un camino que llevaba a una casa tras unos cientos de metros.
—Casa grande. Y otros edificios. —Señaló un cobertizo largo y luego lo que parecían ser dos casitas—.
Esto probablemente fue un negocio en marcha en el pasado.
Debe de tener unas cuatrocientas hectáreas y tienen varios embalses y un arroyo que sale del cuerpo más grande, así que el agua no era problema.
—¿Eso es una cámara? —Pete señaló una pequeña caja sujeta debajo de un bidón de doscientos litros convertido en buzón—. Vamos a comprobarlo. —Agarró una tarjeta de la consola central antes de bajarse.
De cerca, era definitivamente una cámara parpadeándoles. Pete sostuvo la tarjeta cerca de ella durante unos segundos.
—¿Crees que tiene audio?
Reuben asintió.
Pete retiró la tarjeta y se agachó para dirigirse a la cámara.
—Buenas tardes. Los detectives Pete McNamara y Reuben Barnes. Nos gustaría hacerle una breve visita para hacerle algunas preguntas. No es usted sospechosa ni está bajo ninguna amenaza por nuestra parte. Nuestro equipo está en el pueblo por unas consultas y le agradeceríamos su ayuda.
Ambos hombres retrocedieron para quedarse cerca del BearCat, con los ojos en la verja.
Nada cambió.
—¿Parecemos intimidantes? —Pete miró a Reuben de arriba abajo—. Quiero decir, eres un tío alto y musculoso, pero con un polo y pantalones cortos pasas desapercibido, como mucho.
Ninguno llevaba fundas ni otro equipo.
—¿Debería ir a enseñar mi placa?
—Quizá dejes una tarjeta. Puede que no esté en casa. O prefiera hablar con Liz.
Pete escribió en su tarjeta y luego la "echó" en el buzón. Se inclinó para dirigirse a la cámara.
—Puede contactarme en el número de la tarjeta. Si prefiere hablar con una agente, podemos organizarlo, pero necesitamos programar una breve entrevista.
Un sedán azul claro se acercó por la carretera y la verja de al lado se abrió lentamente.
—¿No es ese el coche de Gordon Brain? —preguntó Reuben—. Lo vi aparcarlo en el motel.
El coche giró hacia la entrada de al lado y se detuvo al ralentí mientras el conductor bajaba la ventanilla del pasajero.
—Caballeros. Creo que están perdiendo el tiempo ahí.
Pete y Reuben se agacharon para hablar con él a través de la ventanilla. El interior estaba impecablemente limpio, pero un olor desagradable, una mezcla de productos químicos, persistía. Había una fregona y un cubo en el asiento trasero.
—¿Esta es su finca?
—Así es. Os invitaría a la casa, pero solo he venido a buscar mi portátil. Lo olvidé esta mañana.
—¿Y Betty Carver?
—Una vieja chiflada. Probablemente no sea lo correcto decir hoy en día, ¿eh?
Toda esa mierda de lo políticamente correcto, ya sabéis.
—Gordy puso los ojos en blanco—. Odia a la gente.
Vive sola en esa vieja casa grande. No nos da ni la hora, como una de esas que no reconocen al Estado.
Probablemente no os dispare nada más veros, pero más vale prevenir.
Sus ojos se movieron de Pete a Reuben y luego de vuelta a Pete y, aunque su boca sonreía ante su propia broma de mal gusto, su expresión era gélida. Estaba trabajando duro para ocultar algo y el sexto sentido de Pete se disparó al máximo.
—Tengo que irme.
Después de que retrocedieran, desapareció por su camino de entrada, la verja cerrándose tras él.
—Acaba de entrar en mi lista de los dos principales sospechosos —dijo Pete.
—¿Con Erik Piper?
—Sí. ¿Quieres ir a escribir algunos nombres en la pizarra?