Para que no lloren los ángeles por (Detective Liz Moorland. Crímenes Prioritarios 5) Capítulo 14
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Capítulo 14

—Me gusta nuestra mini base —dijo Meg—. Casi como en casa, pero más pequeña.

Liz estuvo de acuerdo. Los ordenadores y las pantallas ocupaban cada centímetro de las dos mesas.

La pizarra se apoyaba contra una pared, equilibrada sobre el respaldo de una silla, con un paquete de rotuladores listo para usar, y los cuatro estaban sentados en círculo comiendo de la selección de comida extendida sobre una mesa de centro.

Pete había ido a la tienda de licores del pub y había recogido dos paquetes de seis cervezas y dos botellas de vino, que se unieron a los recipientes de comida para llevar y a los platos y vasos mezclados.

—Hay unas cuantas cosas que he pasado por la impresora del BearCat y que os enseñaré en cuanto me ponga morada.

—Meg se afanó en apilar unas cuantas cucharadas de cada recipiente en un cuenco—.

No dejo de pensar en la tumba. Sabéis que soy práctica, pero de alguna manera me sentí un poco...

bueno, como si estuviera profanando algo.

—Pero tuvimos que extraer tierra con el taladro —dijo Pete, recostado en su silla y sin haberse servido todavía—. Y no llegamos ni cerca de la profundidad estándar de un ataúd.

—Lo sé, lo sé. —Con el cuenco ya lleno, Meg cogió un tenedor y una servilleta—. Averiguar quién está realmente en la tumba parece importante.

Mientras comían, la conversación derivó hacia el nuevo jefe y los miembros del equipo hermano.

Liz dijo poco, más interesada en escuchar, y en comer, si era sincera.

Tailandés dos veces seguidas le parecía perfectamente bien y delicioso, y tenía un apetito inusualmente fuerte.

Esa mañana había salido a correr al amanecer, manteniendo su rutina habitual de cuando estaba en casa, pero en vez de abrirse paso por Docklands y junto al río Yarra, había recorrido a zancadas durante unos kilómetros la tierra roja y compacta de las afueras del pueblo, deteniéndose a ver salir el sol.

—Es simpático, nuestro nuevo jefe. Eso tengo que reconocerlo —dijo Meg—. Me ha dicho que no tiene experiencia de verdad con el tipo de trabajo que hago, pero que quiere aprender lo suficiente para entender lo básico.

—Meggie, nadie entiende lo que haces —sonrió Pete—. Podrías decirle que invocas espíritus de entre los muertos y Felix no se enteraría de nada.

Todos se echaron a reír y Liz por fin empezó a relajarse.

Recogieron los restos de la cena mientras Meg juntaba las hojas impresas y las iba repartiendo.

La primera hoja era puro galimatías para Liz. Números. Símbolos. Anotaciones.

—Jeff tiene ya algunos resultados preliminares del colgante del ángel.

Meg se acercó a la pizarra y cogió un rotulador negro.

—Aún falta más, pero de momento ha podido determinar parte de la composición de los materiales del colgante y de la cadena, además de las muestras de tierra que recogisteis a su alrededor. ¿No os parece interesante?

Sonaba emocionada.

—Eh... ¿en cristiano, por favor? —pidió Pete.

—Claro. La pieza está hecha de una aleación con alto contenido en plata, compuesta en parte por plata y en gran parte por una mezcla de metales, en este caso latón y peltre.

La cadena es distinta, porque es de plata de ley.

Se encontraron trazas en un par de eslabones y alrededor de la rotura del cierre.

—¿Humanas?

—Sí. Y dentro del colgante hay un...

—¿Dentro?

—Sí, Pete. Aunque no es lo habitual para esa forma tan peculiar, la parte trasera se abre y dentro quedan restos de una fotografía. Y una inscripción minúscula que aún no ha podido leer. Y más trazas.

Todo el mundo se inclinó hacia delante.

—¡Ya tengo vuestra atención! Pero no os emocionéis demasiado todavía. Jeff tiene mucho trabajo por delante, porque no solo era antiguo y estaba dañado por el agua, sino que además las imágenes son muy oscuras y pequeñas. Puedo decir que parece una fotografía de una mujer y dos niños.

—Esto es una buena señal —dijo Liz—. ¿Algún indicio de que la joya pudiera ser de fabricación local?

—Probablemente hecha en Australia. Jeff dice que hay suficientes compuestos comunes para que encaje, pero advierte que hasta que no tenga más resultados, nada es concluyente.

Está esperando el resto de la información orgánica, no solo las trazas humanas, sino también tierra, plantas y demás.

Cualquier cosa que haya entrado en contacto con ella y pueda haberse conservado.

—¿Incluso después de haber estado enterrado durante... bueno, el tiempo que fuera? —Pete frunció el ceño, escéptico.

Meg le clavó la mirada.

—A estas alturas deberías saber lo listo que es Jeff. Venga, pasad a la siguiente hoja.

—Pareces mi antigua profe.

—Pete, como sigas así te pongo a copiar.

Él fingió cerrarse la boca con cremallera, con los ojos brillantes de humor.

—Este es un mapa del recinto de la iglesia con la disposición de todo, incluida la casa y las puertas. Hay dos: la que hemos cruzado en coche y otra en la parte trasera.

—Sí, Liz y yo vimos esa. Aunque no es exactamente una entrada. Más bien una abertura donde cortaron el alambre.

Meg negó con la cabeza.

—Antes había una puerta de acceso y se usaba para salir a la carretera de detrás y, más adelante, al agua.

El otro extremo del sendero queda casi enfrente de otro que baja serpenteando hasta lo que es una rareza geográfica en esta zona.

No es un desbordamiento del río Murray, pero de algún modo está conectado con aguas subterráneas, además de servir de cuenca para la lluvia, cuando la hay. Carver Basin.

Tomando nota mental de averiguar cuándo quitaron la puerta, Liz asintió. Eso encajaba con lo que había descubierto antes aquel mismo día.

—En la página siguiente tenéis un plano del cementerio.

—Meg se volvió hacia la pizarra y sujetó una hoja más grande con un imán—.

Echo de menos mi mesa de la base, pero en cuanto nos traslademos a un espacio fijo al menos podré montar un proyector.

Ahora bien, como podéis ver, hay un total de treinta y siete tumbas.

Tengo una lista de treinta y cinco nombres.

Las dos que no constan en ningún registro están una al lado de la otra, y os dejaré adivinar dónde.

—¿Dos? —Reuben miró su hoja—. Intento acordarme de cómo era la otra. Una lápida alta, creo.

—Has dado en el clavo, amigo. Hay una lápida de un metro veinte que no tiene inscripción. En los registros de la iglesia a los que he accedido ni siquiera consta.

—¿Y la tumba en la que no dejan de aparecer cuerpos? —Pete había recuperado la voz—. ¿No hay nada sobre quién está enterrado ahí?

—Pete...

—Perdón, Liz. ¿Nada sobre quién está enterrado ahí?

—Nada, ni un susurro. He enviado solicitudes a varias agencias, incluida la nuestra, porque alguien tiene que saber algo. —Meg señaló una y luego la otra—. Creo que hay una conexión, pero aún no tengo teorías ni pruebas. Mañana quiero sacar muestras de la otra tumba. Y si todo lo demás falla...

Miró a Liz.

—¿Exhumación?

Aunque... ¿cómo conseguimos permiso si no sabemos quién está enterrado ahí?

—Quizá como último recurso. Podemos acoplar una cámara a uno de los drones, a ver si antes nos muestra siquiera si hay restos humanos dentro.

—Meg hablaba mientras escribía en la pizarra—.

He confirmado que el terreno sigue siendo propiedad de la Iglesia católica.

Estoy trabajando con alguien que conozco, mejor que yo en estas cosas de religión y con unos contactos a los que yo ni podría aspirar.

Me pasará un informe cuando haya hecho lo suyo.

—Dejó de escribir y dio unos golpecitos con la punta del rotulador en la pizarra—.

Erik Piper. La casa en la que vive no es suya.

La alquila a la iglesia y lleva allí diez años.

Ahora mismo le estoy mirando los antecedentes, junto con Gordon Brain.

Liz abrió sus notas.

—Piper es poeta, según Kath Connor. No está claro si eso es una profesión o un interés. Es inglés. Habla con corrección y probablemente tenga buena educación.

—Está ocultando algo. —Reuben empezó a llenar los vasos de quienes habían elegido vino, que eran todos salvo Pete—.

Se pone a la defensiva. Y, por lo que he leído en el informe de la agente local, le preocupaba o le molestaba más que le interrumpieran la rutina que la muerte de una persona, prácticamente delante de su casa.

—Bueno, para mañana por la mañana deberíamos tener más información. ¿Alguna pregunta para mí? —Meg dejó el rotulador.

Liz se unió a Meg junto a la pizarra.

—Coge algo de beber y siéntate. Llevas horas de pie.

Esperó a que Meg cogiera un vaso y se acomodara en su silla; luego Liz eligió un rotulador azul.

—Esta noche quiero que todos descanséis y mañana ya hablaremos más.

Pero antes solo quiero anotar lo que todos consideráis nuestras prioridades más urgentes y, si no os importa, empezaré yo.

—Liz escribió arriba del todo en la pizarra—.

Quiero ver fotografías de las tres escenas del crimen.

—Se volvió para mirar al equipo—. Kath ha pedido todos los archivos.

—Y yo también. Deberían estar catalogados y disponibles en formato digital, pero por desgracia, no.

—Meg negó con la cabeza—. Mi programa detectó las similitudes entre esos casos antiguos y este nuevo basándose únicamente en un par de informes escritos y algunos artículos de prensa, así que ni siquiera puedo ayudar con imágenes.

—Y seguimos esperando la autorización para ver el cuerpo —añadió Reuben.

Liz volvió a escribir la lista de puntos.

—Tenemos que averiguar cosas sobre el cura.

Todos miraron a Pete.

—Estuvo presente en los dos asesinatos anteriores. Era el responsable último del cementerio, incluidas las tumbas anónimas. Como mínimo, es un testigo. Y quizá tenga información que ahora importa.

Reuben se inclinó y le dio una palmada en la espalda a Pete.

—Siempre supe que había una razón para que fueras el favorito.

—¡Espera, aquí no hay favoritos!

Pero las carcajadas de los otros tres ahogaron la protesta de Liz y acabó uniéndose a ellas.