Para que no lloren los ángeles por (Detective Liz Moorland. Crímenes Prioritarios 5) Capítulo 8
24%

Capítulo 8

Con Meg y Reuben de camino en el BearCat, Liz decidió no conducir hasta Sanston para localizar a un oficial de mayor rango, algo que podía esperar hasta que el equipo tuviera oportunidad de recopilar más información y acudir con preguntas bien formuladas.

Había empaquetado el colgante del ángel para devolverlo a Melbourne con el helicóptero, así Jeff podría ponerse a trabajar en ello.

No me puedo creer que ahora tengamos helicópteros a nuestra disposición.

Tampoco podía creerse del todo que el nuevo jefe fuera tan generoso con los recursos, pero solo el tiempo diría si esto era algo puntual para ganarse el favor de todos.

Liz salió del pueblo en dirección general a la iglesia, pero tomando una ruta diferente.

Había pasado tiempo en Google Earth trazando un mapa mental del paisaje y las propiedades que lindaban con las veinte hectáreas que ocupaban la iglesia y el cementerio, y antes de salir del motel le había enviado un correo a Meg con una captura de pantalla pidiéndole que averiguara quién era dueño de qué, especialmente del recinto de la iglesia.

En lugar de girar por el camino habitual, condujo otro kilómetro hasta Brown Horse Road.

Por bonito que fuera el nombre, no había caballos, marrones ni de otro tipo, a la vista, sino matorral a un lado y llanuras abiertas al otro.

Había un campo de trigo, uno de los pocos cultivos fiables de la región.

Cada vez que pasaba una verja, Liz aminoraba.

Había una docena más o menos a la izquierda, con campos y la mayoría de casas situadas muy lejos de la carretera, mientras que a la derecha no había ni un solo camino de entrada ni señal alguna de vivienda.

En algún lugar tras la densa maleza estaba la iglesia.

La carretera se bifurcaba y tomó el ramal derecho.

Tras unos cientos de metros se apartó al arcén y comprobó la captura de pantalla que había compartido con Meg: la iglesia seguía en algún lugar a su derecha y, según Google Earth, había una casa en medio, aunque casi completamente oculta por la vegetación.

Unos quinientos metros más adelante, la carretera terminaba.

Liz continuó hasta el final del camino y aparcó mirando hacia donde había venido.

Solo había dos verjas a la vista y, como las de la iglesia y la casa del poeta, estaban casi una al lado de la otra.

Una estaba bien cuidada: la propia verja era electrificada, con un panel para marcar un código, la hierba era verde y corta, un pequeño jardín de rosas se extendía a lo largo de una valla de madera y el camino de entrada, sin surcos visibles, descendía suavemente tras cien metros de terreno llano sin que se viera ninguna casa.

El contraste con la segunda verja era brutal.

Medía al menos dos metros de altura y estaba construida con tablones de madera desiguales, con el terreno de alrededor casi baldío.

Una cadena con un candado pesado enrollada varias veces alrededor de un hueco entre los tablones y de un sólido poste vertical de acero la mantenía cerrada, y la valla de alambre de espino que la flanqueaba parecía casi nueva, con tres filas de púas.

Y luego está el cartel.

Liz sacó unas cuantas fotos y se las envió a Meg con un mensaje.

¿Metiste una cizalla en el BearCat?

El cartel era grande y estaba sujeto a un lado de la valla.

Prohibido el paso

Los intrusos serán tiroteados

—¿Incluso si traigo tarta? —murmuró Liz.

Esta propiedad había pasado al primer puesto de su lista de lugares a visitar para cuando llegara el equipo. Lo más probable era que el dueño no fuera más que un ermitaño o tal vez alguien que cultivaba algo ilegal, pero la señalización invitaba a una conversación.

Antes de ponerse en marcha de nuevo, Liz hizo anotaciones en un documento compartido, accesible para todos los miembros del equipo, incluido Felix Fletcher, manteniéndose concisa y limitándose a mencionar sus observaciones del recorrido hasta el momento. Eso era suficiente por ahora.

Se tomó su tiempo en el camino de vuelta, asegurándose de no haberse perdido ningún camino de entrada ni atisbo de edificios.

Aunque quería volver al cementerio, no tenía mucho sentido hasta que Pete aterrizara.

En su lugar, condujo hasta el puente y, en vez de girar a la izquierda hacia la iglesia, continuó por aquello que hacía de carretera: estrecho, lleno de baches, con el pobre coche gimiendo y crujiendo sobre la superficie ondulada.

Liz casi se perdió una abertura entre la maleza, así que dio marcha atrás y dejó el motor al ralentí.

Si había alguna valla, estaba bien oculta, y no había puerta ni señal alguna de que aquello fuera propiedad privada en lugar de un sendero por terreno público.

Una comprobación de la captura de pantalla de Google Earth parecía confirmar que se trataba de un camino que serpenteaba en dirección general a una estrecha masa de agua llamada Carver Basin y que, a cierta distancia, se cruzaba con otros senderos similares, uno de los cuales parecía acercarse al recinto de la iglesia.

No era el momento de explorarlo, y menos en un todoterreno de alquiler. El BearCat se comería aquellas superficies sin problema y además contaba con herramientas de navegación superiores.

Y gente que aporta habilidades que yo no tengo.

Una mirada al reloj y Liz dio la vuelta a regañadientes. Pete llegaría en menos de una hora y ella aún no había organizado alojamiento para el equipo, y algo le decía que intentar meter a los cuatro en una habitación normal de motel no era una opción y que Pete se quejaría si tenía que compartir.

—No es precisamente cinco estrellas, ¿verdad? —Pete dejó caer una maleta al pie de la cama en su habitación antes de comprobar las instalaciones, algo que no le llevó mucho tiempo.

—Si no te gusta, puedo ver si la habitación seis sigue libre.

Sus ojos se iluminaron de verdad y durante un segundo, Liz estuvo tentada de llevarle por el camino equivocado, pero entonces tendría que aguantar horas de él expresando su decepción.

—¿Es la mejor habitación? —preguntó—. Déjame coger mi bolsa. Reuben puede quedarse con esta.

—Tú decides, pero primero debería enseñarte una foto que saqué cuando me metieron allí. —Liz pasó las fotos y luego giró el teléfono.

—Espera... ¿esa cama está sin hacer?

—No la habían limpiado desde quién sabe cuándo. Olía a rayos, además.

—¿Y pensabas que a mí me iba a gustar? Ah. Ah, ya. Esta es la típica lección de Liz para Pete: si Pete se queja, dale algo de lo que quejarse de verdad.

—Qué listo.

—¿Por qué no nos alojamos en el pub? —Volvió a comprobar el minibar—. Vi uno cuando sobrevolamos. Comida y copas a mano. Mesa de billar. Música.

—Por todas esas cosas. Y pensé que ya se te habrían quitado las ganas de jugar al billar.

Hizo un sonido de queja y sacudió la cabeza.

—¿Vienes a ver el cementerio o necesitas tiempo para deshacer la maleta, planchar la ropa, etcétera? —Liz abrió la puerta con una sonrisa—. El café instantáneo es horrible, por cierto.

—¿Por qué eres tan mala? —Pete no estaba lo más mínimo molesto y, después de coger la llave de la habitación del borde de la cama, siguió a Liz—. Cualquiera pensaría que te arrepientes de haberme invitado aquí.

—Ah, me arrepiento. Pero tienes un papel importante.

En el coche, le lanzó las llaves.

—¿Me querías por cómo conduzco?

—Sube de una vez, tío.

Liz dirigió a Pete por la ruta hasta la iglesia, ofreciendo pequeñas advertencias sobre un bache aquí o un giro brusco allá, y entre medias le contó sobre su recorrido anterior y el camino sin salida con el cartel ominoso.

—He puesto a Meg a buscar información de fondo, pero comprobar lo de "no entrar o te disparan" está en lo más alto de mi lista.

—Ahora también de la mía. Reuben habrá surtido el BearCat con un arsenal decente y equipo de protección, así que estoy listo. Y tendremos cuidado, Liz. Sin precipitarnos ni bajar la guardia.

No podía mirarlo. Si todos pensaban que necesitaba que la tranquilizaran sobre su capacidad de mantenerse con vida, ¿cómo iba a liderarlos?

¿Y por qué demonios la seguiría alguien después de haber perdido gente hacía solo unos meses?

Conteniendo el nudo en la garganta, Liz señaló vagamente el puente y murmuró indicaciones.

Pete aparcó en el camino de entrada del cementerio y señaló la otra puerta.

—¿Es ahí donde vive nuestro principal sospechoso?

—Es donde vive el hombre que encontró el cuerpo.

—Sí, pero ¿encontró el cuerpo porque ya sabía dónde buscar?

No le faltaba razón, y no era algo que Liz no hubiera considerado. Eso, junto con el extraño comportamiento del hombre, le erizaba los sentidos.

—Hablaremos con él más tarde, pero primero quiero enseñarte la escena del crimen.

—La mejor noticia del día. Vamos a visitar gente muerta.

Contenta de que se hubiera vestido para el entorno, con botas de montaña, pantalones ligeros, camisa suelta y sombrero de ala ancha, Liz observó cómo Pete recordaba rápidamente la importancia de mirar dónde pisaba al casi tropezar con la punta de una roca enterrada.

—Mejor que la serpiente de ayer —mencionó Liz.

—Genial. Si los asesinos no te pillan, lo harán los bichos.

Pete sabía manejarse en tierras de polvo rojo, aunque hacía años de ello, décadas.

Se detuvo cerca de la tumba junto a la que Liz estaba en cuclillas y aspiró aire por la nariz, no para respirar sino para olfatear: leves notas de eucalipto procedentes de los abundantes árboles cercanos se mezclaban con el aire más puro del mundo y un olor a tierra que no se encontraba en ningún otro lugar.

Casi tan bueno como el aire salado del mar cuando salía en su moto de agua.

—Cuando llegué ayer, casi toda la cinta perimetral había desaparecido, arrancada de las estacas, así que le he pedido a Kath que la repusiera porque prefiero no tener gente curiosa tocando nada.

No después de encontrar el ángel. —Señaló el lugar donde debía de haberlo encontrado: tierra recién removida con trozos de hierba—.

No sé cuánto tiempo estuvo ahí, Pete, y no he comprobado las fotos que saqué para recordar si fui yo la que causé todo ese daño o si el suelo ya estaba revuelto.

Eso era preocupante. Liz tenía una memoria aguda.

Tienes que estar cansada. Agotada.

—Podemos comprobarlo luego. Jeff averiguará su antigüedad y todas esas cosas inteligentes que hace con las pruebas. ¿Recuerdas si el cierre estaba intacto?

¿O acabo de empeorarlo?

Pero Liz asintió.

—Sí. Es decir, sí recuerdo y no, no lo estaba. La cadena estaba rota en el eslabón que va al cierre. Las tripas me decían... —Se enderezó y se pasó una mano por el pelo, mordiéndose un labio.

Pete cruzó los brazos y la miró fijamente.

—¿Decían qué?

Mejor que nadie en el mundo, confiaba en el instinto de Liz, y la vocecilla irritante en su cabeza que le recordaba el vínculo de Vince Carter con ella fue despachada enseguida a esa parte de su mente donde guardaba la información irrelevante.

—No estoy convencida de que el colgante del ángel estuviera en el cuerpo.

En el cuerpo reciente. La cadena rota indica que alguien tiró de ella mientras estaba en otro cuello, o la sujetaba en la mano, quizá.

Podría ser que alguien, en una visita anterior, enganchara la cadena sin querer y se le cayera.

—Eso no te lo crees ni tú.

Ella lo miró a los ojos.

—No. Creo que fue violencia. Una pelea a muerte.

Eso lo enfrió todo.

—Entonces la escena del crimen podría estar aquí, después de todo.

Los dos se quedaron mirando la tumba, con su superficie áspera de tierra, malas hierbas y matojos de hierba.

—No está muy cuidado que digamos, este cementerio —dijo Pete—. He visto un par de tumbas con flores y algo de hierba creciendo encima, pero la mayoría están así. Viejas. Olvidadas.

—Le he pedido a la agente Connor que haga una lista con los nombres de los enterrados aquí, sus familiares vivos, quién gestiona el cementerio y otras cuestiones relacionadas, y está con ello hoy entre otras tareas. —Liz se volvió hacia la iglesia.

—Podemos ayudar. En cuanto llegue Meg, podrá saltarse gran parte de la burocracia, si no toda. ¿Entramos?

—Pensé que no lo ibas a preguntar nunca.

Liz echó a andar sin esperar su respuesta.

—Supongo que eso es un sí.