Para que no lloren los ángeles por (Detective Liz Moorland. Crímenes Prioritarios 5)
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Prólogo
Incluso en pleno invierno, la noche tardaba en llegar; la luz mortecina del sol proyectaba largas sombras de la iglesia sobre la tierra roja del cementerio. Una vez oscureciera, el calor abandonaría el aire de golpe enfriando el suelo y todo lo que hubiera sobre él.
Janie se acuclilló contra una lápida, rezando por que llegara esa oscuridad. A menos que llevaran linternas, estaría a salvo. Conocía este lugar.
Le dolían los hombros y le ardían las muñecas de haber estado con las manos atadas a la espalda toda la tarde mientras esos chicos…
esos demonios… bebían cerveza, se burlaban y planeaban qué hacer con ella.
Que no le hubieran hecho daño aparte de atarla era lo único que podría impedir que se lo contara a su tío cuando llegara a casa.
Si se enteraba, cargaría un rifle y mataría a cada uno de ellos, y eso lo metería en la cárcel para siempre. No podía soportarlo.
Puedo hacerlo yo sola. Encontraré la manera de castigarlos a todos.
Se había formado un corrillo entre los jóvenes que desembocó en una breve discusión y después en muchas risas. Solo el más joven del grupo estaba inquieto. No dejaba de mirarla y fue él quien alzó la voz en protesta.
Había esperado lo peor cuando todos se habían acercado a su silla, el más joven blandiendo un cuchillo de caza.
Si iban a matarla, más les valía ser rápidos. ¿Pero y si sus intenciones eran más siniestras que una muerte rápida? La bilis le inundó la boca, abrasándole la garganta con su acidez.
El cuchillo cortó la cuerda como si fuera mantequilla y, con un aliento que apestaba a alcohol, él se inclinó junto a su oído.
—Corre rápido. O escóndete.
—¿Qué?
—Deja de hablar, zorra. —El mayor —el que la había agarrado antes, hoy, mientras ella cuidaba la tumba nueva— hizo una mueca de desprecio mientras cargaba un arma. Reconoció el tipo. Un rifle del calibre .22. Como el de su tío, con seis balas.
Una oleada de terror la atravesó un instante y entonces salió disparada de la silla, escapando de sus tambaleantes intentos de detenerla.
Sus gritos y amenazas se desvanecieron a su espalda mientras sus piernas volaban por un sendero entre el monte.
Pero en su pánico y confusión había elegido la dirección equivocada. Lejos de la seguridad de su hogar.
Y ahora estaba aquí. En la tumba donde la habían atrapado.
Le dolía el corazón. La pérdida era reciente; la de su familia.
Hacía solo unos días. Antes había recogido flores silvestres.
Había estado hablándole a la lápida como si significara algo.
Había derramado algunas lágrimas sobre el suelo reseco.
Entonces unas manos habían surgido de la nada y la habían sujetado como un cepo.
Tenía que decidir qué hacer. Solo eran chicos estúpidos que se creían mejores que cualquier otro del pueblo. La policía no haría nada. No estaba herida, pero sí bastante conmocionada. De todos modos, no la habían seguido.
Despacio, se enderezó hasta quedar de pie.
Sin moverse, salvo la cabeza, que giraba comprobando.
No estaban aquí y al menos podía respirar.
Sus dedos jugaron con el colgante de su madre.
Un regalo de cuando le diagnosticaron la enfermedad a mamá.
Precioso, y que siempre llevaba puesto. Tocar la forma del ángel le daba valor.
Un susurro que siempre flotaba en el aire: puedes hacer cualquier cosa, dulce niña.
Se tambaleó hacia atrás. Cayó. Con el aire arrancado de los pulmones, se aferró al estómago.
Entonces llegó el sonido. Un disparo. Como un petardeo. Resonando.
Voces.
Venían.
Sus pies no querían responder mientras se esforzaba por ponerse en pie. Había sangre en sus manos. Tanta sangre.
—¡Ahí está!
La iglesia estaba cerca, subió tambaleándose los escalones y cayó contra la puerta. Cedió, haciéndola caer al suelo. Esta vez no pudo levantarse, así que se arrastró. A través de las tablas de madera hasta el rincón más oscuro.
Seguro que no profanarían la iglesia. Todos iban a misa allí.
El dolor llegó en oleadas y vomitó.
Incapaz de limpiarse la boca mientras el mareo la invadía, se arrastró un poco más lejos, con la espalda contra el frío muro de piedra.
Las puertas se abrieron de golpe e intentó hacerse pequeña, pero el movimiento le desgarró el abdomen con un nuevo zarpazo de dolor.
—Estúpida zorra. ¿De verdad creías que podrías esconderte mucho tiempo? ¿Contra hombres?
—Tío, quizá deberíamos dejarla en paz. Tiene mala pinta y—
Un sonido de bofetada. Un pequeño grito.
Voy a morir. No puedo dejarle. Dejarles. Por favor, Dios. Por favor, escucha mi oración. Por favor, envía a alguien que me ayude.
Quizá se desmayó un momento. El mareo la hacía ver cosas.
¿Se habían ido esas personas horribles?
¿Estaba realmente su hermanito aquí… sollozando por alguna razón? ¿Y su tío también?
Quería preguntar por qué estaban llorando.
En cambio, cerró los ojos.