CAPÍTULO EXTRA
CARA
Tengo los vellos de punta. ¿Es este mi final? Arrastran mi cuerpo por toda la casa. Apenas puedo fijarme en los detalles. Mi mente solo piensa en el final, en MI final. Pero dentro de todo el caos, me doy cuenta que no me han tapado la cabeza.
Eso es extraño. Mi estómago se revuelve pensando en lo que significa. Ya da igual lo que vea a mi alrededor, porque será la última vez que lo haga. Por eso no se molestan ni en taparme los ojos, ¿no?
He intentado zafarme de ellos. Hasta he tirado algunos muebles por el camino al exterior.
Llevo días pensando en esto. En algún momento me matarán.
Tienen carnada nueva, yo ya soy de las viejas.
Con solo diecinueve años me consideran usada, lista para desechar y dejar a coños más jóvenes en mi lugar.
Y aunque consiguiera liberarme, ¿llegaría muy lejos? No. No hay salida.
Pero por mucho que me haya hecho la idea, nunca estaré preparada.
No quiero morir. Sollozo mientras me montan en un vehículo.
Me tiran sobre el asiento trasero. Apenas puedo ver qué hay a mi alrededor porque mis ojos están llenos de lágrimas.
Mis piernas tiemblan a la par de mi cuerpo.
El pulso acelerado acompaña los latidos de mi corazón.
¿Me llevan a un lugar apartado para dispararme? ¿O torturarme hasta el último suspiro? La desesperación me ahoga, es como si estuviera debajo del agua y por mucho que nadara no llegara nunca a la superficie.
El corazón me late tan fuerte que lo oigo en los oídos, desacompasado, y por un instante tengo la certeza absurda de que va a salirse del pecho. Siento frío en las manos, un hormigueo me sube por los brazos.
Empiezo a pensar en todo lo que no he terminado, en las personas que quedarían atrás, en Maia, en las cosas pequeñas que siempre di por hechas, en todo lo que quisiera haber hecho, cumplido, disfrutado.
Me doy cuenta de lo frágil que soy, de lo fácil que será desaparecer del mundo, y esa certeza me paraliza.
Siento un pánico ensordecedor.
Quiero gritar, pero la voz se me queda atrapada en la garganta.
Maldita sea.
—Cálmate —ordena una voz grave.
Limpio mi vista con el brazo para ver de quién procede esa voz. Un hombre de avanzada edad está sentado a mi lado y me ofrece un pañuelo de papel. ¿Qué cojones? Me quedo tan impactada por la imagen, que mis ojos dejan de derramar las saladas lágrimas. ¿Por qué me da un pañuelo si voy a morir?
El hombre vuelve a zarandear el pañuelo para que yo lo coja. Estiro una mano y lo agarro.
—No me conoces. Soy Lamberto Santoro —afirma en tono serio mirando por la ventanilla.
Me quedo quieta. ¿Cómo es posible que el capo de la mafia esté aquí?
—. Enhorabuena, Axa. Has demostrado sernos leal.
Hemos escuchado la conversación con esa traidora de Kaa y decidí que merecías la oportunidad —explica cogiendo el teléfono móvil de su bolsillo. Está vibrando.
No entiendo nada. ¿Qué está pasando? ¿Cómo nos ha podido escuchar? ¿Acaso tienen cámaras o micrófonos en el sótano? Eso da igual. Necesito respuestas porque mi mente va a estallar.
—Que hayas defendido esta forma de vida incluso con tu amiga dice mucho de ti —cuenta fijando su mirada en mí—.
Podrás disfrutar de más libertad. Seguirás trabajando para nosotros, nunca dejarás de ser de nuestra propiedad, pero cobrarás por trabajar y podrás comprarte lo que quieras, salir donde gustes y hacer lo que desees. Siempre que cumplas con nosotros.
Me tomo unos minutos para asimilar lo que escucho.
Las palabras entran en mi mente de forma lenta y desordenada.
Una parte de mí intenta darle sentido a lo que acaba de ocurrir mientras otra se queda atrapada en el pasado.
Me atraviesa una oleada de emociones confusas: sorpresa, miedo, rabia, tristeza; todas juntas, sin poder separarlas.
No lloro ni grito. Estoy impactada.
Giro la cabeza hacia la ventana. Por primera vez voy en un coche sin la cabeza tapada y puedo ver a dónde vamos. Me miro las manos, libres. No me han atado. ¿Será verdad todo esto?
—No eres la primera, Axa. Muchas antes que tú recibieron esta oportunidad al ver lo bien que se portaban. Ahora las verás en La Nonna —anuncia.
No me jodas. Si explotó por los aires.
—Será tu nuevo hogar. Es un prostíbulo, pero podrás tener tu casa fuera de allí con todas las comodidades. Privacidad. Libertad. Allí solo aceptarás los clientes que tú quieras. A cambio nos debes un porcentaje de tus trabajos —explica en tono aburrido.
Joder. Mi mente intenta asimilarlo todo.
—¿Y Kaa? —pregunto al recordar su expresión de pánico.
Santoro niega con la cabeza.
—Ella ha demostrado que no merece nuestra compasión, nuestro favor. —Tose unos segundos—. Verás, utilizábamos el monasterio como el primer paso. Allí os formábamos y veíamos si merecíais entrar en la familia.
—Pero ella…
—Kaa ha resultado ser como muchas otras. Quien va en nuestra contra, tiene consecuencias. La muerte.
Esa afirmación me produce escalofríos. ¿Van a matarla?
Santoro se ríe y vuelve a mirar por la ventana.
—Se creen que a mí pueden jugármela, pero no hay nada más lejos de la realidad.
El Don de La Camorra está un poco enfadado conmigo.
Todo por culpa de Vivaldo. —Niega con la cabeza, enfadado—.
Se obsesionó con tu amiguita, y eso solo le ha traído la muerte.
Hay que ser profesional, hay que tener la mente fría.
Ahora mismo deben de estar todos muertos.
Le he tendido una trampa a Vivaldo y aquello será una masacre.
El Don no dejará a nadie vivo, y yo ya lo he arreglado con él.
—Abro la boca, pero me pone un dedo en ella para callarme—.
Tu amiga se verá envuelta en todo eso y seguramente Vivaldo acabará con ella antes de saber que pueden liberarla.
Yo seguiré con mis negocios, con mi vida y ellos aprenderán la lección.
Todos morirán y dejarán de ser un estorbo para mí y mis intereses.
Dios mío. Ha traicionado a sus propios hombres. ¿Cómo es posible? ¿Maia va a morir? Tengo miedo por un futuro incierto que no logro imaginar. Me pregunto cómo seguiré adelante, cómo se aprende a vivir así. Todo lo que viene me parece borroso, inestable.
Siento ansiedad en el cuerpo, un temblor agónico. Me asusta no reconocerme después, no saber quién seré cuando esto pase.
Maia. La sola idea de que vaya a morir me aprieta el pecho hasta doler. Siento un nudo constante en la garganta. Me imagino su ausencia y el mundo se vuelve más vacío, demasiado grande para mí sola.
Cada recuerdo compartido se me clava con fuerza: su voz, sus gestos, las risas que dábamos por eternas.
El miedo no es solo perderla, es saber que no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
Esa impotencia me rompe por dentro. Quiero negociar con el tiempo, pedirle que se detenga, que me dé un poco más, pero sé que es en vano.
No puedo evitar sentir decepción. Se lo advertí, que no jugara con fuego, que no se dejara engatusar por ese tal Pantera. La advertí miles de veces y no quiso escucharme. Quisiera no haber llevado la razón, pero el tiempo me la ha dado. Ahora yo vivo y ella… ella va a morir. Si no lo está ya.
Lo siento, Maia.
Lo intenté.
El coche frena, miro por la ventana. El local reconstruido. ¿Cuándo ha pasado esto? ¿Esto que está pasando es de verdad? Si es así, solo me queda luchar por mí y adaptarme a mi nueva vida.
Soy parte de La Camorra, propiedad de Lamberto Santoro.
Y no pienso fallarle.