Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

―¿Y eso por qué? ―quiso averiguar

―Puedo vaticinar lo que se supone que deseas de mí y desde ya mismo te digo que no es buena idea.

―Lástima ―expuso con desinterés. Él se tensó por la convicción de ella y porque hubiera entendido la palabra vaticinar.

―Explícate mejor, por favor. ―Supo que había cometido un error cuando la vio torcer una sonrisa. ¿Por qué, de repente, se sentía atrapado en una gran red invisible? ¿Y a quién demonios le recordaba ese gesto?

―Creí que estaba ante un héroe de brillante armadura…

pero veo que… ―Dejó la frase a medias en un gesto de audacia para tratar que él se sintiera ofendido, pero sin llegar a molestarlo del todo.

Ella no era tan poco inteligente como para entender que no debía irritar a un joven, por más que este no fuese sino el hijo de algún criado o el mozo de cuadras o quien fuera.

Porque, aunque era evidente que estaba por debajo de su posición social, era una persona a la que debía un mínimo de respeto.

Apartó el pensamiento rápidamente, ya que si Amber fuese capaz de entrar en su mente volvería a empuñar la vara.

―Es una manera muy sutil de apelar a mi ego.

―¿Y está funcionando? ―De nuevo, apareció esa sonrisilla intrigante.

―Muy a mi pesar, sí, lo has conseguido. ―No tenía sentido mentir.

―¿Me ayudará a bajarlo?

―¿Debo entender que sientes un gran apego por la bestia que descansa ahí arriba?

―le preguntó mirándola por primera vez a los ojos.

Error. La muchacha tenía los ojos azules más bonitos que él había contemplado alguna vez.

La examinó y se alegró de haberse topado con la hija de una criada en medio del campo y que esta, además, necesitase su intervención para solventar un problema.

Su cabello era castaño con ribetes dorados de pura luz, su figura perfecta con ciertas curvas en…

―Sí, sí, el señor Nieve es mi más leal amigo. No es una bestia y no puedo permitir que se extravíe.

Esta vez le tocó a él sonreír de lado. Si la bribona supiese que había confesado sin saberlo lo mucho que lo necesitaba…

―Subiré a coger al gato ―esperaba poder hacerlo―, pero ¿qué saco yo de este acuerdo?

―Mi gratitud. ―El muchacho se acercó para examinar el árbol y comprobar si sus ramas serían lo suficientemente fuertes para aguantar su peso. Por primera vez, encontró en su delgadez una ventaja. En los últimos años había crecido y había dejado de ser bajo, no obstante, era de fina constitución.

―Poca recompensa, para tan gran hazaña.

―¡Es un árbol, no una intervención en la guerra! ―Se quejó bufando.

Otra vez un gesto algo familiar… El joven se preguntó si la conocería de otro lugar… ¡Imposible!

―Es una altura más que considerable y podría romperme la crisma o peor, quedar lesionado.

Issabella se dio unos toques en la cabeza mientras pensaba. Cierto que el pobre podría caer y lastimarse, y eso le haría perder días en su trabajo…

―Supongo que tiene razón.

―Siempre llevo la razón ―expuso altivo. No sería fuerte ni musculado, pero en cuestiones de lógica no le ganaba nadie.

―Puedo darle tres libras. ―Era todo lo que tenía ahorrado.

―No necesito dinero. ―¡Otra que lo trataba como a un mendigo!, pensó molesto el joven.

―¡Oh! ―Ella no se esperaba esa contestación―. Pues no tengo nada más que ofrecer… ―expuso desanimada. Dudaba que el trozo de pastel de queso que llevaba en su bolsillo fuese a tentarlo después de negarse a aceptar esa gran fortuna.

―Quiero un beso. ―¿Qué? Él no iba a tener otra oportunidad mejor para robar un beso y la joven que tenía delante era realmente hermosa.

La proeza iba a ser una temeridad que podría acarrearle graves consecuencias, así que, lo mínimo que él merecía era poder dar por primera vez un beso a una muchacha.

Tal vez, fuera la única ocasión en la que podría hacerlo sin emplear su dinero.

―¿Cómo dice? ―Este muchacho se estaba ganando una reprimenda que iría más allá de empuñar la vara.

Debería buscar a Amber, explicarle lo sucedido y que fuese despedido de su trabajo a la mayor brevedad posible.

Lo miró de arriba abajo. Él contuvo la respiración porque sabía que lo estaba examinando, que determinaría que carecía de atractivo y se negaría.

El joven pensó en sugerirle que además de bajar al animal le daría veinte libras.

Desechó la idea de inmediato porque se negaba a corromper aún más la inapropiada proposición.

Issabella suspiró. No podía acusarlo de chantajearla.

Bien sabía ella lo que era una extorsión…

Nicky la utilizaba con ella cuando era más pequeña.

Era obvio que el joven necesitaba una fuente de ingresos, porque su atuendo, su aspecto…

todo en él le indicaba que el pobre no tenía suficientes medios… No podía pedir su despido.

Se centró en él. Lo que más le llamó la atención fue ver la esperanza tan cálida en su mirada.

―Baje al gato y le daré un… beso. ―Ella estaba cohibida.

―No.

―¿No? ―preguntó ella con los ojos como platos.

―No procederé a obedecer tu petición por un sencillo motivo.

―¿Cuál? ―Hubo de preguntar cuando él se quedó callado.

―¿Quién me asegura que no haré lo que me pides y no me ofrecerás la recompensa como pago?

―¿Y quién me asegura a mí que no le daré lo que pide y se marchará sin dar el servicio? ―Ella se cruzó de brazos para imitar la posición que él tenía. Lo encontró un poco más intimidante y quiso corresponderle del mismo modo.

Él se sorprendió. Había previsto que la joven sería algún tipo de palurda campestre y lo acababa de dejar gratamente sorprendido con su razonamiento.

―Lo echaremos a suertes para ver quién es el primero en realizar el trabajo y empeñaremos nuestra palabra de honor para respetar las condiciones del acuerdo.

—Ella lo había tratado de usted y eso significaba que, al menos, sabía que él era noble.

La joven se veía elocuente, tal vez, más que eso, pero ese delantal roído y el viejo vestido que se adivinaba debajo…

¡Pobre campesina! Tal vez, sí debería darle un par de libras para ayudarla…

―Parece justo.

Él sacó una moneda y le pidió a ella que eligiera una de las dos figuras impresas. Issabella se quedó con el dibujo del caballo del penique que él tenía. Entonces, él la hizo rodar por el aire. Cuando la tuvo prisionera en su mano preguntó:

―¿Lista?

―Lista. ―Él abrió la mano y sonrió satisfecho al tiempo que ella hacía una mueca. Salieron las letras y no el caballo.

―Gano.

―Está bien.

La vio humedecerse los labios y se puso frenético por la anticipación.

―¿Puedo acercarme? ―preguntó él ansioso.

―Si pretende besarme, creo que no va a poder hacerlo desde ahí. ―Miró a su gato y consideró la opción de dejarlo colgado en lo alto del árbol. No haría eso.

―Sí, cierto… ¿quieres que…? ―Estaba sudando y no era capaz de expresar sus pensamientos de forma sencilla.

―¿Qué? ―preguntó ella al ver que él no continuaba con la averiguación.

―¿Quieres que te abrace?

―¿Es necesario para hacerlo? ―A ella nunca la habían besado y no sabía nada acerca del ritual.

―Supongo… ―Él quería estrecharla entre sus brazos y sostener su cuerpo para hacerlo más placentero para ambos, claro. Además, le habían dicho que esa era la manera correcta de hacerlo.

―Está bien ―señaló suspirando y resignada.

No era así como había previsto que sería su primer contacto íntimo…

Aunque, bien mirado, podía ser considerado como algo romántico.

Ella, la hija de un duque, él, un sirviente…

un amor condenado, imposible… Sí, sí, ella no estaba enamorada y él, desde luego, no podría estarlo de ella, pero, aun así, era una bonita historia que podría atesorar durante toda su vida ¿verdad?

Él se acercó tratando de no mostrar que estaba aterrado.

Posó la mano derecha en su cintura y sintió como un rayo que lo atravesaba, o como una conexión.

Ella dio un pequeño respingo, pero se obligó a regresar a su sitio.

Issabella lo observó inclinarse hacia ella con los ojos cerrados.

Se mantuvo quieta incluso cuando él deslizó su otra mano en su nunca para acercarla más.

No se atrevía a apagar la luz de su mirada porque…

Dos segundos fue lo que tardó en agachar los párpados.

El contacto de los labios de él era algo…

extraño, pero maravilloso a la vez; tal vez, porque sabía que estaba haciendo algo prohibido que no debería hacer; o tal vez…

Emitió un suspiro al sentir que el joven deslizaba su lengua por encima de sus labios apretados.

La hizo separar los suyos y la lengua invasora aprovechó para acceder en la profundidad.

Luchó contra la intrusa con su propia lengua tratando de sacarla de ahí como si fuese un combate con espadas, pero pronto se vio devolviendo las suaves lamidas que la lengua grosera le daba a la suya.

Entonces, suspiró de placer y se dejó vencer por esas nuevas sensaciones que le estaba ofreciendo el muchacho.

Él trataba en balde de controlar la respiración.

Su cuerpo se revolucionó hasta el punto de tener que ladearse para no herir la sensibilidad de la joven que lo había encendido en su virilidad.

Pese a que sabía que debía romper el beso, no sólo no fue capaz de hacerlo, sino que su mano había tomado la iniciativa y se acercó para manosear el turgente pecho de la muchacha.

Nunca se preguntó si era de gusto de seno grande o más pequeño, pero, definitivamente, le gustaban los grandes, como los que ella le estaba dejando acariciar sobre la tela.

Su otra mano soltó la nuca para ir en busca de las posaderas. Nunca llegó a su destino.