Pacto de Caballeros: Bilogía completa Capítulo 1
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Pacto de Caballeros: Bilogía completa

Pacto de Caballeros: Bilogía completa

Por Veronica Mengual

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Capítulo 1

Comienza la partid a

Un año después.

Lady Issabella estaba ansiosa por huir de la casa unos minutos —o unas horas, en el mejor de los casos— porque no aguantaba más las lecciones.

Su hermana Amber la tenía cansada y aburrida con tanta monserga sobre comportamiento.

Si la improvisada maestra, quien se había proclamado madre, supiera que nada más la dejase libre se marcharía corriendo en busca de un lindo gatito blanco y hermoso que había visto correr por la ventana…

¡Echaba tanto de menos a Nicky!

―¡Issabella! ―La mayor de los duques de Beauford le dio un malicioso pellizco para captar su atención.

―¡Ah! ―se quejó la joven, al tiempo que se tocaba el lugar de la agresión.

―Te quedan dos temporadas para ser presentada y no voy a consentir que nos pongas en evidencia.

―No lo haré ―dijo con convicción.

Amber se dio la vuelta. La vida era injusta.

Con una madre que se había preocupado por ella misma y un padre que…

no quería pensar en las barbaridades que su progenitor hacía, porque si no acabaría volcando su frustración con su hermana pequeña, y para eso no hacía falta mucho.

La hermana mayor miró con desprecio a la pequeña.

Issabella era del todo inútil. Con los padres desaparecidos y su hermano en la academia los años la habían convertido en la señora de la finca.

Amber estaba orgullosa de su posición. Al fin, el sacrificio que su madre había empleado con ella valdría la pena.

Gracias al cielo, la duquesa la instruyó para que ella se pudiera ocupar de la hermana menor. Amber acudiría a Londres esta temporada para buscar esposo y esperaba acaparar a alguien de su misma posición o sus padres le darían la espalda.

La mayor de los tres hermanos observó una vez más a Issabella y negó con reprobación.

Esa mocosa era incontenible. Si no terminaba con sus comportamientos infantiles y sus manías impropias, como las de intimar con el servicio, arrastraría el título de su familia por el fango.

Amber hinchó pecho. No estaba dispuesta a que ella o Issabella hicieran peligrar la posición del ducado.

Entre otras cosas, porque con su pedigrí podrían escapar de las garras de sus padres y tener una buena vida siendo duquesas.

En honor a la verdad, a Amber le preocupaba ella misma, su hermana menor estaba condenada si no conseguía enderezarla y después de tantos años intentándolo…

Duquesa. Ser la esposa de un duque era su destino.

Eso era lo que su madre le había inculcado desde pequeña, si bien, fue antes de que el duque la echase a perder.

Su pobre madre andaba en busca de venganza por las humillaciones de su esposo y todo parecía un mal juego que acabaría destruyéndolos a todos.

No. A ella y a Issabella —sobre todo a ella— les pillaría bien lejos cuando esto estallase.

Su hermano Nicholas se las tendría que apañar por su cuenta.

De todos modos, a Nicky no le costaría demasiado hacerlo, porque siendo un hombre y un futuro duque no tenía tantos impedimentos como las dos mujeres.

―¿Por qué me sigues pellizcando, Amber? Lo hago lo mejor que puedo ―se excusó la más joven de las hermanas mientras la miraba haciendo pucheros.

―Eres la hija de un duque, hermana de un conde que heredará el ducado. No permitiré que nos avergüences.

―Siempre me recriminas con lo mismo. Nicky dice que puedo hacer lo que me venga en gana. ―Las cartas entre ellos dos no se habían interrumpido con el paso del tiempo.

―Y yo digo todo lo contrario. Si quieres casarte bien, si pretendes cazar un buen partido, tienes que esforzarte más. ―Amber estaba asqueada. No había peor castigo que haber tenido a su cargo a esa mocosa ensoñadora.

―Ya me esfuerzo.

―No lo bastante —replicó contundente.

―Me tienes todo el día con lecciones sobre comportamiento, sobre mi atuendo, sobre lo que es oportuno decir o no; y eso es solo una breve lista de todo lo que quieres que aprenda...

Amber, falta mucho tiempo para que acuda a la ciudad para venderme .

―La mayor le dio otro pellizco tan fuerte que, seguramente, se pondría morado―. ¡Ah! ―Se volvió a quejar la pequeña.

―Tienes que reprimir tu naturaleza. No puedes decir cosas como la que acabas de decir.

Una dama es comedida, no muestra sus opiniones.

―Era inútil. Issabella no era capaz de aprender nada.

No merecía ser la hija de unos padres de tan alto rango.

La hija de la cocinera tenía más educación y estilo que su hermana.

―¡Pero estamos tú y yo a solas! ―Se ganó otro pellizco―. ¡Amber! ―la regañó. Al menos, todavía no se había hecho servir de otros utensilios para afianzar el aprendizaje.

―No, Issabella. Las damas no muestran sus creencias ni en público ni en privado. Tengo que ser dura contigo, porque no quiero que acabes con alguien por debajo de tu posición. Para bien o para mal, eres la hija de sus excelencias.

―Pienso casarme por amor.

Amber miró la vara que descansaba sobre un lateral de la sala de estudios. En esta ocasión, su hermana había tardado más de la cuenta en emplearla.

―Lo lamento, Issabella, me haces tener que tomar medidas más drásticas. ―Se movió hasta el objeto y lo tuvo en sus manos. Se prometió que, al menos, no sería tan inclemente como lo era la duquesa con ella. Cejaría el castigo antes de hacerle sangre―. Extiende tus manos.

Los ojos de Issabella comenzaron a llenarse de lágrimas que se negó a permitir derramar. ¿Qué parte de su cuerpo elegiría Amber en estos momentos?

Lo que la mayor de las damas nunca sabría es que, a lo largo del tiempo, Issabella se esforzaba cada día en amar a su hermana pese a que sus actos le decían que debería hacer justo lo contrario.

El castigo fue tan duro como lo era siempre en estos casos.

Aun así, la muchacha no estaba dispuesta a olvidar que tenía la intención de ir a buscar al gato blanco, correr libre por el campo e ir a pescar.

Tanto daba igual que una dama no hiciera nada como lo que iba a llevar a cabo, porque se prometió desde que tuvo uso de razón, que Amber no conseguiría mermar su espíritu ni arruinar su amor por ella.

Cuando le hizo creer a su hermana mayor que la lección había sido aprendida y comprendida en todos los sentidos —como hacía habitualmente—, esta le permitió salir a tomar el aire, no sin antes darle las oportunas advertencias sobre los futuros efectos que tendrían sus actos si no se volvía a comportar como una dama, acorde con su posición.

En medio de la puerta principal de la gran finca campestre, Issabella metió sus manos en el delantal al tiempo que miraba hacia la derecha y la izquierda.

¿Qué camino habría elegido el gato? Por un momento, tomó en cuenta impartirle un correctivo al animal por escapar a cada ocasión de la comodidad del hogar que ella le había dado.

Pensó en la vara que acababa de usar Amber y supo que ella sería incapaz de castigar al dulce minino, el señor Nieve.

El pobre se sentía enjaulado en la casa, tal y como ella misma, y por ello era importante tener un poco de libertad.

Era perfectamente comprensible que su compañero necesitase unas horas para campar a sus anchas sin limitaciones.

La joven pensó que volvería a encontrar al señor Nieve en el lugar de siempre y esperaba que esta vez no le costase tanto bajarlo de allí arriba, porque la última vez Amber la envió a la cama sin cenar por haber estado desaparecida tanto tiempo.

Bien pensado, aquello no fue tan grave como cuando la dejó todo un día sin comer.

Tarareando una liviana canción y dando saltitos de alegría, Issabella emprendió la marcha alegre, porque durante unas horas iba a ser libre del yugo de Amber.

La mayor de las hijas del duque la observó por la ventana.

Suspiró porque intuía que los castigos iban a tener que ser mucho más severos.

Sintió pena por Issabella y por ella misma, porque un tiempo no demasiado lejano, Amber había sido como su hermana pequeña.

No obstante, la duquesa le hizo comprender que no era de buen gusto que una niña se comportase como ella lo hacía.

Amber pasó por mucho hasta vislumbrar lo que tenía que hacer, y, sinceramente, había esperado que Issabella aprendiese con más rapidez lo que le sucedería si la contrariaba.

Al menos, la pequeña no estaba gruesa, como ella lo estuvo en su niñez.

La duquesa de Beauford aducía que una dama tenía que presentar su mejor cara, y muchos días Amber los había pasado con un mendrugo y agua, hasta que su figura fue la adecuada.

Dejó la vara en su lugar al tiempo que la contemplaba fijamente.

Fue una suerte que su madre no le dejase marcada la espalda durante uno de sus duros castigos, porque así le sería más fácil buscar un esposo —no quería defraudar a su futuro marido de ninguna manera—, y tener marcas antiestéticas en su cuerpo podría ser un motivo de anulación, de divorcio o de repulsión.

Mientras tanto, la dulce Issabella soplaba y resoplaba al ver al gato cómodamente lamiéndose las patas en lo más alto del frondoso abedul. ¿Cómo iba a bajarlo de ahí? ¡Ella tenía planes antes de regresar a la prisión con su carcelera!

Si Nicky estuviera allí podría ayudarla… pero él no llegaría hasta más tarde. ¡Oh, sí! Al fin, su adorado hermano regresaba a casa.

―Buenos días. ―Una voz a su espalda la hizo girarse.

―Buenos días ―contestó cortés―. ¡Perfecto! ―Señaló entusiasmada cuando divisó a un joven despeinado y desarreglado ante ella.

―¿Qué es tan grandioso? ―preguntó con cautela al ver el jolgorio desmedido en la muchacha que tenía enfrente.

―Que esté aquí, evidentemente.

Ella le dedicó una sonrisa tan perfecta que el muchacho tuvo temor.

Desde la distancia a la que estaba podía oír altas y claras las maquinaciones que ella estaba ideando en su mente; y no le agradaba que pasease la mirada desde él hasta la cima del inmenso árbol en el que se adivinaba una especie de animal.

―Lo dudo mucho.