Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Tras la muerte del tío y el primo de Willow, la joven había solicitado al mismísimo rey de Escocia su regreso a la casa de sus padres y el que fue su hogar en su infancia.

Willow había escrito de su puño y letra una misiva al monarca indicándole lo que había sucedido con Cole durante ese tiempo y lo que habían pretendido hacer con ella para conseguir todos sus bienes.

La joven le contó también que se había casado con Arran Chattan y que solo deseaba regresar a su hogar para intentar ser feliz e iniciar una vida tranquila junto al que ya era su esposo.

A pesar de las dudas iniciales, el rey Jacobo había dado el visto bueno a que la joven regresara a su hogar y les dio sus bendiciones para su nuevo matrimonio. Por ello, desde entonces, Arran y Willow vivían en el enorme palacio que había pertenecido a los padres de la joven.

El inicio de la vida en el palacio había sido extraño.

La última vez que Willow estuvo allí acababan de morir sus padres y numerosos recuerdos se arremolinaban en su mente.

Pero no solo eso. Su hermano Andrew también estaba vivo la última vez que estuvieron allí.

Por ello, nada más llegar, los recuerdos asolaron su mente y la hicieron dudar sobre si habían elegido la opción correcta.

No obstante, cuando Willow giró la cabeza y vio la expresión en el rostro de Arran, sabía que vivir allí era lo mejor.

A pesar de que todo se había solucionado y la relación de Arran con sus hermanos había ido a mejor en las semanas posteriores a la muerte de Cole y Miles, Arran seguía sintiendo que ese castillo ya no le pertenecía.

Su dormitorio y todas sus cosas sí las sentía como algo suyo, pero todo lo demás parecía ser ajeno a su actual vida.

Por ello, fue él quien le sugirió a Willow partir de allí y vivir en el palacio de los padres de la joven ahora que tenía libertad para disfrutar de lo que le pertenecía por ley.

El guerrero sentía que su corazón y su alma habían sanado por la muerte de Kester, pero él ya no era la misma persona que antes.

Siempre había pensado que, cuando pudiera regresar al castillo, podría vivir como si nada hubiera pasado.

Y aunque caminaba por los pasillos como antes, Arran ya no se sentía parte de ese lugar.

Quería echar raíces en otro sitio, allí donde no tuviera ni un solo recuerdo, allí donde no hubiera sentido absolutamente nada.

Y el único lugar donde sabía que sí sería feliz era en el sur, en las tierras de los Sutherland.

Rowan y Sloan habían intentado convencerlo para que se quedara en el castillo junto a ellos, pero les recordó que Cora y Alasdair habían iniciado una vida lejos de las tierras Chattan y eran felices, por lo que él también tenía derecho a serlo en un lugar diferente.

Antes de su marcha, juró y perjuró que les iba a escribir cada semana, no solo a ellos, sino también a Cora, con quien se había visto en el castillo Chattan y a quien había tenido que darle la enhorabuena por su embarazo.

Tras su marcha y su llegada a su nuevo hogar, Arran había preparado todo. Juntos habían adecentado las habitaciones, los suelos, colocado ropas, tirado infinidad de cosas e incluso habían vendido otras muchas para hacer dinero con el que poder vivir hasta que se pusieran al día con los números.

Y a pesar de todo el trabajo, estaban felices.

Lo habían hecho juntos, sin ayuda de nadie.

Habían logrado reconstruir su vida y un hogar en el que ya no habría peligro y donde poder vivir en paz; esa paz que tanto habían ansiado uno y otro y que habían encontrado al fondo de las llamas que habían tenido alrededor de ellos durante demasiado tiempo.

El dolor y el miedo habían muerto por fin y los había abandonado. Sentían libres sus almas y solo con esa libertad podrían llegar a encontrar lo que tanto ansiaban.

Sin embargo, un año después de todo lo sucedido, Arran volvió a sentir lo que era el miedo de perder a la persona que más amaba.

Willow se había quedado embarazada poco después de su llegada al palacio, coincidiendo con una carta de Rowan y Sloan en la que ambos indicaban que también iban a ser padres, algo que no podía creer.

Con el paso de los meses, el embarazo había ido a la perfección.

Una de las parteras del pueblo más cercano al palacio les había indicado que todo marchaba bien con el niño, que estaba colocado como debía y que todo iba a salir bien gracias a la forma corporal de Willow, pues sus caderas se habían ensanchado como debían para el parto.

Sin embargo, después de comenzar a sentir dolores con la llegada del bebé, Arran creyó que iba a morir de auténtico terror.

Había enviado a uno de sus sirvientes al pueblo para que llevara a la partera de inmediato. En apenas una hora, la mujer ya se encontraba en el palacio, pero al ver que los dolores de Willow iban a más, Arran no la creyó.

—Haga algo… —le pidió al ver el rostro contraído de dolor de su esposa.

La partera lo miró de reojo y cierto gesto malencarado.

—Eso es lo que estoy haciendo, muchacho insolente. Un parto es así de doloroso.

Arran frunció el ceño y miró a su alrededor. Las sirvientas se habían apostado alrededor de la cama para ayudar a Willow en todo lo que fuera necesario y el guerrero se mantenía a un lado de su esposa, sosteniéndole la mano y sufriendo con ella cada vez que la joven gemía de dolor.

—¿Por qué se le ha adelantado? —preguntó Arran—. Se supone que un embarazo dura un poco más.

La partera se encogió de hombros.

—La barriga de tu esposa es muy grande, así que si el niño viene ya es porque ya está listo para hacerlo, aunque se haya adelantado.

Sin embargo, su explicación no lo convenció y se dejó llevar por el terror.

¿Y si Willow moría en el parto? ¿Y si volvían a dejarlo solo?

¿Y si el niño también fallecía con ella?

¿Y si se desangraba sin que él pudiera hacer nada?

Infinidad de preguntas sin respuesta se arremolinaban en su mente, provocando que todo su ser temblara ante la idea de volver a perder a alguien.

Todo lo que había construido en su mente desde la muerte de Kester volvía a tambalearse. Una nube negra se extendió por encima de su cabeza y, aunque no lo deseaba, se reflejó en sus ojos.

—Estoy bien, Arran —le aseguró Willow.

El guerrero levantó la mirada hacia ella y torció el gesto, haciendo que de repente pareciera un niño frente a ella.

—Lo dices para hacerme sentir bien. Estoy preocupado por ti. Ese dolor no me parece normal.

Willow intentó sonreír, pero le sobrevino una nueva contracción y gimió de dolor, retorciéndose en la cama y apretando la mano de Arran, que palideció sin poder evitarlo. No obstante, cuando el dolor cesó y pudo respirar con normalidad, volvió a mirarlo de nuevo.

—No, Arran. Vi el parto de mi madre cuando tuvo a Andrew y sé que son dolorosos. Cuando cesa el dolor, me encuentro bien.

El guerrero arqueó una ceja, sin llegar a creerla, por lo que Willow sonrió.

—Tienes miedo —le dijo.

Al instante, Arran miró a su alrededor para comprobar si la habían escuchado, pero al ver que las sirvientas y la partera estaban preparando enseres, volvió a mirarla de nuevo.

—Es que… no quiero verte sufrir. Y si… ¿y si te ocurre algo? No me lo perdonaría jamás.

—Si me pasara algo, sería por la providencia.

—No, sería porque yo te dejé embarazada, no la providencia.

Willow sonrió y le apretó la mano.

—Todo saldrá bien. ¿Recuerdas lo que pasó con mi tío? Al final salió bien.

Arran sonrió ligeramente y se atusó la barba.

—Sí, pero sufrimos.

—Y para verle la cara a nuestro hijo también hay que sufrir un poco.

—Eres un ejemplo a seguir, Willow. Eres la mujer más fuerte que he conocido nunca.

—Tú serás el mejor padre del mundo.

Arran sonrió ampliamente.

—Me temo que le enseñaré cosas que lo llevarán a muchos castigos…

Willow sonrió.

—Lo sé, pero será un reflejo de tu alma.

Arran sintió que la mano de Willow se apretaba de nuevo contra la suya al sobrevenirle una nueva contracción y miró a la partera.

La vio arrodillarse en la cama y observar cómo iba el parto. Y al ver que una sonrisa asomaba en sus labios, Arran estuvo a punto de echarse a llorar de felicidad, preocupación y nerviosismo.

—Ya casi está aquí.

—Ayúdela entonces —pidió Arran con vehemencia.

La mujer lo miró de nuevo con mala cara.

—Puede usted salir de la habitación cuando quiera, señor Chattan.

El aludido arqueó una ceja y renegó entre dientes.

—No me pienso mover.

—Entonces, cállese y déjeme hacer mi trabajo como he hecho cientos de veces.

Arran estuvo a punto de responder, pero Willow le apretó de nuevo la mano y decidió obedecer a pesar de que tenía los nervios a flor de piel.

Poco a poco, la mujer fue dando indicaciones a Willow para que ayudara a su hijo a nacer y en el momento en el que el bebé salió del cuerpo de su esposa, Arran sintió que era el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra.

De repente, se sintió pleno, lleno de un amor que no había sentido antes, pero también con un instinto de protección que ni siquiera había llegado a alcanzar cuando era guerrero en su clan.

Lo amaba por encima de todo y sabía que lo iba a proteger en todo momento.

Cuando la partera se lo entregó y Arran miró a Willow, se dijo que tenía ante él a las dos personas más importantes de su vida, y que habían logrado llenar el espacio vacío que habitaba en su alma.

El pequeño bebé que reposaba en sus brazos y que lloraba como el demonio logró sacar de él la ternura que siempre había poseído, pero que nunca se había atrevido a mostrar ante nadie que no fuera Willow.

Agarró su pequeña mano y sonrió cuando el bebé apretó su dedo con firmeza, como si quisiera recordarle que le iba a dar más de un dolor de cabeza por su culpa.

Aquellos ojos azules eran los de Willow y entonces levantó la mirada para observarla.

Su esposa estaba realmente cansada, pero feliz.

—Gracias. Es lo más hermoso que he visto nunca.

La joven sonrió.

—Lo más hermoso que he visto yo es la imagen de los dos hombres de mi vida.

Arran sonrió.

—Quiero que se llame Kester —le dijo Willow.

El guerrero levantó la mirada, sorprendido y sin palabras ante esa simple frase.

—¿Estás segura?

Willow asintió.

—Es algo que llevo semanas rumiando. Mereces tener un nuevo Kester en tu vida.

Arran sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Jamás en su vida se había sentido tan feliz y, sin poder contenerlas, comenzó a derramarlas. Sin soltar a su hijo, se acercó a Willow para besarla, pero en el momento en el que se separó de ella, la vio palidecer rápidamente.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó.

Pero Willow no pudo responder. Rápidamente, se llevó la mano al vientre y se retorció de dolor nuevamente. La escuchó gemir y todo su mundo se vino debajo de nuevo. Sin soltar al bebé y poniéndose en pie, Arran miró a Willow y la partera sin saber qué decir o hacer.

—¿Qué está pasando? —preguntó con un hilo de voz.

Arran se aferró al bebé para intentar no sentir miedo, pero no podía evitarlo. Este lloraba en sus brazos, Willow también lo hacía por el dolor y la partera parecía mirar sin saber qué estaba ocurriendo.

—Por Dios, ¿qué demonios está pasando? —preguntó Arran con voz más fuerte.

La partera lo miró y le dijo:

—Hay otro bebé.

Arran perdió el color de su rostro al instante. Necesitó sentarse de nuevo a un lado de la cama, desde donde no molestaba y miró al bebé que ya sostenía en sus brazos, después a Willow y tras esto a la partera, como si no pudiera entender lo que acababa de decir.

—¿Son gemelos? —preguntó finalmente.

La partera asintió mientras ayudaba a Willow a tener al otro bebé.

—Usted tuvo un gemelo, ¿no? Lo lleva en la sangre.

Con los ojos muy abiertos, Arran se quedó en silencio, observando el nacimiento del segundo bebé y cuando este salió a la luz, por fin, estaba tan anonadado que no pudo reaccionar.

Acababan de pasar de ser dos a tener una familia más amplia de lo que pensaba en un principio, y la felicidad estalló en su interior.

Ya se imaginaba la casa llena de risas, bromas pesadas, cantos, peleas entre hermanos y a Willow casi desquiciada intentando educar a ambos niños. Y una sonrisa se dibujó en sus labios.

Recibió entre sus brazos al otro bebé y cuando sostuvo a ambos, creyó que iba a morir al no poder soportar tanta felicidad. En ese momento, miró a Willow, que sonreía totalmente cansada.

—Quiero que este segundo hijo se llame Andrew —le dijo Arran con suavidad—. Tú has querido honrar a mi hermano con su nombre y yo quiero hacer lo mismo con el tuyo.

Willow sonrió ampliamente y llevó una mano hacia los bebés para acariciarlos mientras terminaban de limpiar sus piernas y el resto de las sábanas.

—No imaginas lo feliz que soy ahora, Arran. Gracias por todo.

El guerrero asintió y sonrió, tumbándose a su lado e ignorando que las sirvientas seguían a su alrededor.

Mientras ellas seguían con sus trabajos, tanto Willow como él iban a disfrutar de la presencia de sus hijos.

Le entregó uno de ellos a su esposa y, mientras esta disfrutaba con la ternura de su hijo, Arran se detuvo a pensar en las cosas que había conseguido en la vida.

Esta había cambiado tanto en el último año que aún no podía creerlo.

Había pasado de sentir la noche oscura del alma a ver la luz a mitad de su camino, y se había aferrado a ella con fuerza.

Tenía la certeza de que había tenido que atravesar un campo lleno de espinas para poder volver a ser quien era y entender que su camino y su vida eran diferentes al de su hermano gemelo.

Su propósito no era el mismo que había elegido Kester, por lo que él tenía que seguir viviendo.

Y la familia que acababa de crear se lo confirmaba.

Arran sonrió más que nunca. Había entendido que la muerte no era el final.

Estaba seguro de que su hermano seguía vivo en algún lugar mientras él continuaba con su vida.

Y entender aquello le hizo ver la vida de otra manera, más tranquila y serena y, por fin, con la paz que tanto había anhelado.

Ahora tenía dos motivos más por los que luchar, y por Dios que pensaba hacer lo que fuera por ellos.

Miró a su familia y supo que había aprendido a vivir después de una etapa en la que únicamente pensaba en sobrevivir. Pero lo mejor de todo fue ser consciente de que el corazón se le llenaba de algo que, durante mucho tiempo, creyó que había perdido para siempre:

Esperanza.