Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4) PRÓLOGO
1%
Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4)

Pacto con el guerrero (Corazones oscuros nº 4)

Por Emma G. Fraser

© inepub.com

PRÓLOGO

Una intensa y espesa bruma rodeaba el impresionante palacio de Lord Fraser de Lovat.

Este se elevaba sobre una pequeña loma desde la cual podían ver todo el valle que se extendía por esas tierras.

A los pies de esta, apenas podían verse las copas de la arboleda que rodeaba solo una parte del palacio.

Cuando sí se veían, aparecían entre la espesa niebla como si de fantasmas verdes se trataran, como si quisieran asustar aún más a los habitantes de ese palacio que vivían rodeados de amargura en los cuatro costados.

El invierno estaba llegando a su fin, pero los días seguían siendo asolados por aquellas nieblas húmedas que parecían no tener fin y con las que apenas podían ver el sol durante varias horas del día.

Y eso provocaba que el carácter de Willow Sutherland no fuera el mejor dentro de ese lugar.

La joven, con la veintena de años recién cumplidos, veía ese palacio como uno de los más hermosos que había visto nunca, pero estaba tan podrido por dentro que la belleza del exterior apenas podía verla.

No obstante, no se trataba de una podredumbre del propio palacio, sino de las personas que vivían en él.

La joven llevaba allí dos años. Su hermano y ella vivían junto con su tío y su primo desde que sus padres habían muerto en extrañas circunstancias en mitad de un camino cuando regresaban a casa tras una boda.

Nadie había visto qué les había pasado, ni habían escuchado nada.

Tan solo los encontraron muertos con el cuello rajado en mitad del camino y con sus rostros aún sorprendidos por el ataque.

Desde entonces, Willow y su hermano Andrew, de quince años, vivían con su tío Cole y su primo Miles en el palacio del primero.

Habían tenido que abandonar su hogar, a las personas a las que conocían y todo lo que les resultaba cómodo y confortable para ir a vivir con dos personas a las que no conocían y con las que nunca habían mantenido un mínimo contacto.

Sin embargo, habían insistido en hacerse con su educación para hacerlos personas de provecho.

Durante los dos años que Willow llevaba en el palacio de lord Lovat había recorrido todas y cada una de las estancias, pero eran iguales: frías y sin un ápice de algo que pudiera considerar un hogar.

La residencia de su tío era verdaderamente perturbadora.

A veces, tenía la impresión de que alguien la seguía y, cuando entraba en algunas estancias, parecía estar siendo observada desde algún rincón de la misma.

Y esa sensación no era solo algo suyo, sino que su hermano Andrew sentía lo mismo en varias ocasiones, pero tenían miedo de ponerlo en palabras y comentárselo a su tío, ya que este era un hombre aún más frío que su palacio.

De complexión normal, gesto adusto y pelo moreno, Cole Fraser de Lovat, primo segundo del laird Struan Fraser, el Toro, era un hombre que llamaba la atención por lo que provocaba cuando entraba en una habitación.

Todo parecía congelarse a su alrededor cuando avanzaba y cerraba la puerta tras él.

Y lo peor de todo era que su único hijo, Miles, de la misma edad que Willow, había heredado ese carácter y el físico de su padre.

Tanto uno como otro le causaban repulsión a la joven, puesto que sus padres apenas le habían hablado de él, más que para quejarse de su carácter frío y calculador.

Era hermano de su madre y esta apenas había hablado con él desde que había logrado escapar de esa casa y casarse con el amor de su vida.

Por ello, cuando Cole y Miles aparecieron en la puerta de su hogar para reclamar su potestad y la de su hermano, Willow se negó a marcharse con ellos, pero no tenía voz ni voto en algo como eso.

Desde que vivía en ese lugar había intentado hacer amigos, pero todos parecían poseer el mismo carácter amargado y frío que el dueño del palacio, por lo que apenas hablaba con nadie, más que con su hermano.

—Sabía que te encontraría aquí… —dijo una voz a su espalda.

Willow se sobresaltó y giró la cabeza hacia atrás para ver llegar a su hermano.

Rápidamente, se obligó a salir de sus pensamientos para centrarse en Andrew, que se aproximaba a ella con una sonrisa en los labios.

Este era tan parecido a ella que, por momentos, casi parecían gemelos.

Ambos poseían una estatura media. Su cuerpo era ligeramente delgado, aunque su hermano estaba comenzando a desarrollar ciertos músculos con la edad.

Sus cabellos rubios, casi dorados, hacían resaltar el rostro ovalado de ambos, acentuando su belleza casi áurea, como si no pertenecieran a este mundo.

Los rizos de sus mechones caían a veces sobre los ojos de ambos, pues Willow era demasiado rebelde como para recoger su pelo en una trenza.

Ambos poseían también unos ojos poderosamente azules, de una tonalidad tan dulce que todo el mundo caía a sus pies en su antiguo hogar.

A veces, bastaba una sola mirada de ambos para sorprender, convencer y conseguir lo que desearan, pero era algo que se había quedado en el pasado, pues en el palacio de su tío no habían logrado sacar ni una sonrisa entre los sirvientes, quienes los trataban como forasteros.

Su hermano se sentó a su lado y fijó su mirada en el frente.

Se encontraban en lo alto del palacio, pues este poseía una amplia terraza en la parte más alta del mismo desde la cual podía verse infinidad de terreno cuando hacía buen tiempo.

Sin embargo, en ese instante no podía verse prácticamente nada, pues la espesa niebla les impedía ver más allá del palacio.

—Aquí hace frío, Willow. Podrías enfermar.

La joven se encogió de hombros y resopló.

—¿De verdad crees que eso importaría?

Andrew sonrió y la miró.

—A mí sí me afectaría.

En ese momento, Willow fue consciente de lo que acababa de decir. Desde que estaba en ese palacio no era feliz y había dejado escapar uno de sus nefastos pensamientos sin darse cuenta de que su hermano era lo único que le quedaba y él sí esperaba tenerla cerca para siempre.

La joven sonrió y le pasó un brazo por los hombros para acercarlo a ella.

—Lo siento, Andrew. No he pensado lo que he dicho.

—No eres feliz aquí, ¿verdad?

Willow arqueó una ceja.

—¿Tú sí lo eres?

Su hermano abrió los ojos desmesuradamente y comenzó a negar con la cabeza.

—No, nunca lo he sido y nunca lo seré. Echo de menos a mis amigos y mi habitación. Aquí nos dieron un dormitorio que es casi más pequeño que el de los sirvientes.

Willow asintió.

—Sí, pero puedes estar tranquilo. En cuanto pasen estos meses y venga el buen tiempo del verano, nos marcharemos de aquí. Iremos a casa y cogeremos dinero para empezar una vida lejos de aquí.

—¿Y por qué no en casa?

—Porque el tío y el primo nos seguirían.

Andrew la secundó.

—Tienes razón. No lo había pensado. ¿Por qué crees que serán tan serios? Si no nos querían, podrían habernos dejado vivir en casa…

—Según el tío, una mujer soltera no podía cuidar de ti.

Andrew rodó los ojos.

—Yo ya no necesito que me cuiden.

—Eso pienso yo, pero a las mujeres nunca nos han escuchado…

Su hermano suspiró y fijó de nuevo su mirada al frente. La niebla había llegado a hacerse más espesa, por lo que ya ni siquiera podían ver las copas de los árboles bajo el montículo.

—El tiempo está empeorando y amenaza lluvia, Willow. Deberíamos ponernos a cubierto.

La joven lo miró con una sonrisa. Aún veía en él a la viva imagen de su padre.

Le hizo un gesto para que la dejara unos segundos más y, mientras lo veía marcharse, intentó contener la amargura de su corazón.

Tan solo deseaba irse de allí junto a Andrew y rehacer su vida, pero no se sentía capaz de hacerlo.

Pequeñas gotas de lluvia comenzaron a caer y golpearon ligeramente su rostro, pero Willow se quedó sentada en el suelo, con los ojos cerrados e intentando calmar los rápidos latidos de su corazón.

—Me quiero ir de aquí… —susurró al viento—. Por favor…

Pero lo único que obtuvo fue un trueno en la lejanía.

Abrió los ojos y volvió a suspirar largamente.

El frío comenzó a colarse entre los pliegues de su vestido.

Estaba segura de que se habría manchado la parte trasera de la falda, pero no le importó mientras se ponía en pie.

La sacudió ligeramente y se dirigió hacia las escaleras mientras en la lejanía comenzaba a escucharse los truenos cada vez más cercanos.

El suave calor que habitaba en el pasillo le dio de lleno, pero no logró penetrar en su cuerpo.

Todo allí le parecía frío, insensible y turbio, pero no podía decirlo o tal vez acabaría metida en problemas.

Bajó el resto de las escaleras y caminó hacia uno de los pasillos con intención de acercarse a la biblioteca a leer alguno de los libros que lograban hacerla olvidar el mundo real.

Sin embargo, cuando llegó al pie de las escaleras en el piso inferior, se cruzó con su primo. Miles le dedicó una mirada perturbadora y una sonrisa que logró provocarle un escalofrío. La joven intentó rodearlo y seguir su camino, pero su primo se interpuso de nuevo.

—Hola, prima.

—Me gustaría despejarme un poco. ¿Te importaría apartarte de mi camino para que pueda hacerlo?

Miles torció el gesto.

—Podrás hacer lo que quieras cuando termines de hablar conmigo y con mi padre.

Willow arqueó una ceja.

—¿Ahora?

—Sí, ya nos está esperando en el despacho.

La joven estuvo a punto de negarse, pero el hecho de que su tío quisiera hablar con ella en el despacho despertó su curiosidad, por lo que siguió a su primo hasta ese lugar.

Miles abrió la puerta de este y, en lugar de permitirle entrar primero, la dejó en el pasillo esperando mientras él era quien primero penetró en la estancia. La joven estuvo a punto de resoplar, pero sabía que no podía pedir ni un mínimo de educación a su primo, ya que nunca la había mostrado.