Pack El Origen de la puerta de los tres cerrojos 1. UN PARTIDO ALUCINANTE
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1. UN PARTIDO ALUCINANTE

UN PARTIDO ALUCINANTE

Un agudo pitido resonó en el campo, señalando el inicio del esperado partido de lacrosse .

Los equipos de las universidades de Cambridge y de Oxford se enfrentaban en la final de la liga.

Ya de por sí, aquel prometía ser el encuentro más emocionante de la temporada, pero lo que estaba a punto de ocurrir lo elevaría a la categoría de increíble.

En las gradas, los estudiantes animaban a sus respectivos equipos. Sin embargo, entre los jóvenes de Cambridge había un chico alto y espigado que no levantaba la cabeza de su libro. Su compañero le dio un codazo y lo increpó:

—¡VENGA, DIRAC! NO SEAS TOSTONAZO, DEJA DE LEER O TE PERDERÁS EL PARTIDO.

El muchacho pegó un brinco, no solo por el golpe, sino porque, de repente, había aparecido un grupo de hinchas en los asientos vacíos que había a su lado.

«Estaría tan absorto en la lectura que no los vi llegar», pensó.

Dirac los observó con curiosidad. Algo en ese grupo le resultaba raro. Sus ropas no encajaban, parecía como si fueran disfrazados e intentaran, sin mucho éxito, pasar desapercibidos. Además, se comportaban de forma sospechosa: susurraban entre ellos y dejaban escapar risitas.

«Deben de ser estudiantes de Oxford que preparan alguna novatada», se dijo el joven en su fuero interno.

De haber podido ver lo que cubrían sus gorros, habría descubierto unas orejas acabadas en punta, como las de los elfos de los cuentos nórdicos. Tampoco llegó a ver que las pupilas de sus ojos eran ovaladas en vez de redondas.

Al contemplarlos detenidamente, Dirac pudo ver que uno de ellos sacaba un cofre plateado del tamaño de una caja de zapatos, repleto de pulsadores y cables . En cuanto presionó una serie de botones, apareció sobre el campo una cúpula invisible.

Era tan sutil que el resto del público ni se había dado cuenta. Tan solo provocó una tenue oscilación en el aire, el mismo efecto que se produce sobre un radiador caliente.

Dirac se frotó los ojos para asegurarse de que no le estaban jugando una mala pasada mientras se esforzaba en escuchar lo que decían. No obstante, el alboroto que reinaba a su alrededor le dificultaba seguir la conversación.

—¡Estos aparatos para crear universos de bolsillo son atómicos! —decía uno de los elfos—. El espectáculo va a empezar, ¿qué queréis que ocurra primero?

Otro le quitó la caja plateada de las manos y, mientras operaba con ella, susurró:

—PARA EMPEZAR, ALGO SENCILLO: ALTEREMOS LA FÍSICA DE LA PELOTA . QUE TUNELE TODO MENOS LA PORTERÍA. YA VERÁS QUÉ CARA PONDRÁN ESOS HUMANOS…

En ese momento, un jugador del equipo de Cambridge estaba lanzando a puerta, y el defensa alargó su palo para detener el ataque. Contra todo pronóstico, la pelota atravesó la raqueta del de Oxford como si de un fantasma se tratase.

El joven se quedó paralizado por la sorpresa, explorando la red intacta de su herramienta mientras la pelota seguía su camino. El hábil portero interpuso su cuerpo para evitar el gol, pero, atónito, observó cómo el balón le atravesaba el estómago hasta entrar en la portería.

La grada de seguidores de Cambridge explotó de alegría celebrando el tanto. Todos menos Dirac, que, con ojos como platos, parecía el único que se había dado cuenta del insólito comportamiento de la pelota.

Otro de los elfos manipulaba ahora aquella caja endiablada.

— JUGUEMOS CON LA SUPERPOSICIÓN . SIEMPRE HE QUERIDO SABER CÓMO SE VE ALGO TAN PARTICULAR…

Ahora le tocaba a Oxford sacar. El delantero se dispuso a lanzar la bola, pero su movimiento no fue ordinario.

El jugador entró en superposición y todas las opciones de lanzamiento que había pensado ocurrieron a la vez: hacia la izquierda por el flanco superior, hacia arriba, hacia la derecha y directo al mediocampista, por abajo y con un tiro vertical.

La bola viajaba de manera imposible, disparada en todas y cada una de las direcciones que había imaginado el chico.

Dejó de verse como una perfecta esfera para convertirse en una nube borrosa de posibles trayectorias.

Tan pronto aparecía en una de sus rutas como se desvanecía para materializarse inmediatamente después en cualquier otro lugar.

Desconcertados, los jugadores movían sus raquetas como quien intenta cazar moscas.

Los elfos disfrutaban de lo lindo al ver el desesperado comportamiento de ambos equipos. Uno de ellos rodaba por el suelo, riendo a carcajadas y sin poder aguantar las lágrimas.

El árbitro decidió intervenir, pero el efecto de la superposición también lo alcanzó a él. Simultáneamente sacó una tarjeta roja y otra amarilla, hizo sonar el silbato y realizó la señal con ambos brazos para dar por finalizado el partido.

Los jugadores lo observaban confundidos, sin saber cuál de todas las órdenes obedecer.

Para poner el colofón a aquel caos cuántico, otro de los elfos presionó uno de los botones laterales de la caja plateada mientras decía a sus alborotados compañeros:

—¡VAMOS, GRAVITONES! ID A AYUDAR AL ÁRBITRO…

El pobre humano empezó a elevarse lentamente, como un globo aerostático. Uno de los jugadores lo agarraba por el pie en un intento de frenar su ascenso.

Alucinado, Dirac dividía su atención entre el campo y aquel grupo de seres que estaban pasándoselo en grande.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó el amigo de Dirac—. ¿No se tratará de un ataque enemigo?

—La Gran Guerra terminó en 1918, hace ocho años —contestó el joven que tenía al otro lado—, no creo que vaya a empezar otra tan pronto… O eso espero.

—No lo sé —murmuró Dirac—, lo único que tengo claro es que aquí no se están cumpliendo las leyes de la física que conocemos…

El puñado de elfos se hizo aún más numeroso. Convencido de que los insólitos sucesos que atormentaban a los jugadores tenían su origen en aquel grupo, Dirac se acercó a ellos con la intención de escuchar lo que decían.

Uno de los recién llegados arrancó, de malos modos, el aparato plateado de las manos de otro.

—¡AHORA PASEMOS A JUGAR EN SERIO! —Su voz no era muy amigable—. VEAMOS QUÉ HACEN ESTOS HUMANOS CON UN POCO DE CAOS CUÁNTICO.

Por lo visto, los nuevos integrantes de aquel peculiar grupo pretendían subir el tono de la fiesta.

—AÑADIREMOS ALGUNAS DIMENSIONES EXTRA…

Las superposiciones habían cesado. Sentado en el lateral del campo, el pobre se sobreponía del susto aéreo.

Los jugadores se enfrentaban ahora a otro reto: moverse entre múltiples dimensiones .

De manera aleatoria, uno de ellos desaparecía ante la atónita mirada del público para reaparecer en una posición diferente.

Era casi imposible seguir el movimiento de los equipos.

El mediocampista del equipo de Oxford se había quedado atrapado en una dimensión paralela.

Los elfos que estaban allí desde el principio habían dejado de reírse. Por su parte, los que acababan de llegar estaban dispuestos a pasarse de la raya.

—Veamos cómo se comportan los humanos de antimateria —propuso el cabecilla de los recién incorporados mientras manipulaba aquella máquina infernal.

Dirac dirigió la mirada al campo para ver qué diablos era aquello de la antimateria. La pelota volvió a adquirir su comportamiento normal, pero el equipo de Oxford había cambiado por completo. Su apariencia era ahora oscura, como cuando observas el negativo de una fotografía.

—¿OS HABÉIS VUELTO LOCOS? —exclamó, asustado, uno de los elfos—. SI UN HUMANO CHOCA CON UN ANTIHUMANO, SE ANIQUILARÁN ENTRE SÍ.

Uno de los antijugadores se dispuso a atrapar la pelota, todavía hecha de materia, con su antipalo de lacrosse . Al entrar en contacto, ambos, antirraqueta y pelota, se desintegraron en medio de un gran destello de luz.

Justo entonces se abrió un portal entre el mundo clásico y el cuántico. Por él cruzó un regimiento de policías del Centro de Inteligencia Cuántico, el CIC.

Los elfos salieron en estampida. Para evitar ser detenidos por los agentes, escapaban al mundo cuántico a través de nuevos portales.

En medio de la confusión, uno de los policías logró hacerse con la máquina plateada y detuvo el espectáculo de materia-antimateria; por fortuna, antes de que ningún par humano y antihumano sufriese una desagradable desintegración.

Dirac, que no había perdido detalle, presenció la llegada de los agentes y pudo escuchar a uno de ellos dar una orden concisa:

—REQUISAD LA MÁQUINA CREADORA DE UNIVERSOS DE BOLSILLO Y DESMEMORIZAD A TODOS LOS HUMANOS. AUNQUE TARDEMOS DOCE HORAS. POR TODOS LOS QUARKS… ¡PONED ORDEN!

Una fuerte sensación de sueño invadió a Dirac que, como el resto de los humanos asistentes al partido, se quedó profundamente dormido.

Despertaría horas más tarde sin recordar nada. Sin embargo, algo de aquella aventura cuántica había quedado guardado en su subconsciente, una semilla que germinaría en el momento más oportuno.