Una mujer
La finquita de Marta lindaba con una extensa hacienda.
Cansada de la caminata hasta el río para bañarse, un día fue con su hermana a hablar con el patrón.
Con vozarrón áspero y cara dura y vulgar, la miró de arriba abajo.
«¿Quién es esta negrita tan hermosa? —dijo—. No te había visto por aquí, mamacita».
Les dio permiso de pegarse a su tubería.
«¡Exhibicionista! —se burló un compañerito en el camino—. Deberías poner una cortina».
«¿Una cortina? —Marta se ríe—. No me pude dar el lujo de sentir vergüenza».