Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1) 1 Nuevos aires
3%
Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1)

Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1)

Por CP Ward

© inepub.com

1 Nuevos aires

Nuevos aires

Nuevos aires

Animales.

Con el pie adelantado empujando la base de las puertas cortafuegos, y la mano que no sujetaba la bolsa a rebosar de libros de texto —que podría o no necesitar— levantada y lista para abrirse paso, Jennifer Stevens se detuvo ante la entrada de la Primaria Brentwell, presa de un repentino tsunami de inseguridad.

Imagínatelos como animales sedientos de sangre y caníbales, se dijo, y seguro que las cosas no podrían ir peor. De hecho, así incluso podrían parecer mejores.

Otra voz resultó más práctica: piensa en el alquiler, la luz y el agua caliente que vas a necesitar si llega semejante invierno, del que no dejan de hablar en la tele. Necesitas este trabajo, y sí que puedes con ello.

Y aún una tercera voz tenía algo que decir, haciendo que Jennifer se preguntara cuántas de ellas habría por ahí arriba, esperando a manifestarse en el momento menos oportuno para que la encerraran, o peor: Huye mientras puedas.

Cómprate esa furgoneta camper que siempre te has prometido y lánzate a recorrer Europa.

Tienes treinta y seis años, Jennifer, ¿recuerdas?

El reloj corre. La mayoría de la gente de tu edad ya se ha casado o arrastra bolas y cadenas en forma de esos angelitos a los que tú puedes decir adiós con la mano a las tres y cuarto cada día.

Da gracias por tu bendita soltería. Casi la fastidias en Dottenham.

No cometas el mismo error otra vez. ¿Me sigues?

Lo estaba haciendo, o al menos eso había creído hasta que la puerta frente a ella comenzó a abrirse con un repentino y alarmante chirrido de bisagras.

Frenada en su arco de apertura por una alfombrilla ignífuga, el retraso fue justo lo suficiente para que Jennifer diera un paso atrás hacia un trozo de césped embarrado antes de que un vaso de papel con café, seguido de cerca por un brazo con un jersey azul marino, y finalmente por el resto de un varón humano un poco más joven que Jennifer, saliera al exterior.

Se dirigió directamente hacia los escalones que ella acababa de abandonar, y podría haber pasado a su lado sin saludar si ella no hubiera resbalado en un pequeño parche de barro, y que por miedo a perder el equilibrio, no hubiese soltado un jadeo de susto.

Deteniendo su paso, él miró de reojo, el rostro reportando una mezcla de sorpresa e impresión, seguida de una ceja alzada de forma bastante inapropiada.

Era agradable a la vista, aunque un poco joven para los gustos de Jennifer, pero una mueca de fastidio apagó cualquier posible chispa de entusiasmo antes de que pudiera prender de verdad.

—Ah, hola —dijo él, con una condescendencia en la voz que iba con la de su rostro—. ¿Eres la chica nueva?

—Ejem, gracias por no ducharme con café. Estaba considerando dejarlo antes siquiera de empezar, pero has hecho que refuerce mi determinación lo justo para llegar al menos hasta la sala de profesores. — Ella le tendió la mano—. Jennifer Stevens.

—Rick Fellow. Doy clase en quinto. Sustituyes a Clara Goldsmith, ¿verdad?

—No sé su nombre, solo que se jubiló.

Rick asintió. —Todo va bien, entonces. Sus alumnos son unos ángeles. Te irá de maravilla.

—Júrame que no lo dices sólo por decir.

—No, no lo digo por decir. En realidad...

sí. Son una pesadilla. Te han dicho que se jubiló, pero era mentira porque no conseguían que nadie aceptara el puesto.

Está en un hospital psiquiátrico, con camisa de fuerza, día y noche.

Por lo visto, se pasa la noche sollozando por las chinchetas que le dejaban en la silla y los cubos de agua apoyados sobre la puerta entreabierta.

Jennifer se quedó mirando fijamente. Rick empezó a reírse, con una mano en la barandilla metálica y la otra apenas sujetando el café.

—Lo siento, de verdad que es broma. Están bien, los tuyos.

En realidad, son tan callados que este año ya tienen mote...

los Árboles de Tercero. La vieja Clara apenas conseguía sacarles una palabra.

Decía que esas clases se hacían eternas.

Probablemente por eso le echaba brandy al café los lunes por la mañana.

—Se acabó —dijo Jennifer—. Lo dejo.

Empezó a darse la vuelta, pero su tacón eligió ese momento para resbalar en el barro y, para no caerse, se lanzó a por la barandilla de los escalones, logrando solo agarrar la mano de Rick.

Un momento de incomodidad pasó entre ellos antes de que Jennifer se estabilizara y recuperara la seguridad de la acera de hormigón.

—Cuidado, que si nos ven los niños habrá habladurías —dijo Rick con otra sonrisa de suficiencia—. En fin, ha sido un placer conocerte. Espero volver a verte antes de que salgas corriendo de este lugar con el rabo entre las piernas. Me he dejado una cosa en el coche, así que mejor me doy prisa.

Se alejó apresuradamente por la acera, dejando a Jennifer de pie ante la puerta.

Ella se alisó la blusa y la chaqueta, y luego entró, recorriendo el pasillo siguiendo las señales hacia el mostrador de recepción.

Al menos ya había roto el hielo con un miembro del personal y se sentía un poco mejor, aunque Rick Fellow no hubiera dejado la mejor de las impresiones.

Se cruzó con algunos grupos de niños con jerséis azul cielo y pantalones o faldas negros; todos la trataron como si no existiera.

Echó un vistazo a algunas caras, preguntándose cuáles, si es que había alguno, estarían en su clase.

—¿Hola? —llamó por la ventana de recepción—. Soy Jennifer Stevens. ¿La nueva tutora de tercero?

Una mujer bajita y entrada en carnes, de unos cincuenta años, que parecía no haber sonreído desde la infancia, soltó un montón de fotocopias con un suspiro y se acercó pesadamente.

—¿Sí?

—¿Jennifer Stevens?

—¿Qué? Soy Maud Lee. ¿En qué puedo ayudarla?

—Ah, no, quiero decir que yo soy Jennifer Stevens. ¿La profesora nueva?

—Ah. Usted es la que no pudo venir a las jornadas de formación.

—Es que me estaba mudando...

—Espere un momento. Llamaré al director. Está en la reunión de la mañana.

Jennifer, sintiéndose cada vez más incómoda conforme pasaban los minutos, esperó a que llegara el director.

Algunos grupos más de niños pasaron por su lado mientras se dirigían tranquilamente a clase.

Algunos de ellos se reían entre dientes tapándose la boca con las manos, lo que hizo que Jennifer sintiera el primer escalofrío de paranoia.

Por favor, que no sea como Dottenham. Por favor, por favor, por favor.

Un hombre de aspecto severo con un chaleco de lana gris sobre una camisa aún más gris de Marks & Spencer salió por una puerta un poco más adelante en el pasillo.

Tenía el pelo canoso y ralo a lo largo de la raya al medio.

Al igual que la recepcionista, parecía ajeno al concepto de la felicidad, y no podría haber encajado mejor en el estereotipo de director si Jennifer lo hubiera recortado de un folleto escolar.

Jennifer sonrió mientras él la miraba con severidad, entornando los ojos tras unas gafas de montura fina, con las fosas nasales dilatadas como un toro preparándose para una embestida.

—¿Señorita Stevens?

—Sí, soy yo.

Con una repentina e inesperada sonrisa, el hombre dio una palmada y soltó una carcajada cordial.

—¡Es usted joven! Les va a encantar.

—¿Perdone? Tengo treinta y seis años...

—¿Lleva mucho tiempo de profesora? No puede ser.

Dicen que los profesores envejecen al doble de velocidad que la gente normal.

—Antes de que Jennifer pudiera señalar que solo llevaba tres años ejerciendo, tras haber optado por un cambio de carrera después de años de aburrido trabajo de oficina, pero que habían sido tres de los años más difíciles de su vida, el hombre le tendió la mano y dijo— Greg Downton.

Llámeme Greg en privado, Sr. Downton delante de los chavales.

La guió por el pasillo hasta una desordenada y concurrida sala de profesores. Pidiendo un momento de atención a los demás profesores allí reunidos, ninguno de los cuales parecía dispuesto a dejar lo que estaba haciendo, la presentó.

—Atención, por favor, se supone que estamos en una reunión, ¿recordáis?

—Como nadie respondió más que para cerrar libros o dejar los cafés, subió el tono de voz y dijo—: Esta es Jennifer Stevens—.

Desde detrás de una fotocopiadora al fondo, Rick Fellow la saludó con la mano.

—Es la nueva tutora de tercero. Como sabéis, no pudo asistir a las jornadas de formación, así que, por favor, echadle una mano si hace falta. ¿Quiere decir algo, Jennifer?

Cogida por sorpresa, Jennifer se limitó a mirar las caras que la observaban. Aparte de Rick y de una chica joven y regordeta que le dedicó una amplia sonrisa, la mayoría de los profesores eran mayores que ella y parecían ansiosos por volver a sus tareas.

—Eh, encantada de conoceros —balbuceó Jennifer—. Tengo muchas ganas de trabajar aquí.

Un profesor de los de delante, un hombre bajito con un evidente peluquín de cortinilla, resopló y dijo algo entre dientes mientras hurgaba en un montón de documentos. Otra mujer mayor suspiró.

—Bien, estupendo —dijo Greg Downton—. Buen día a todos. Ah, por cierto, Colin Waite, de cuarto, fue pillado robando en una tienda anoche y ha sido suspendido por una semana. Se agenció la nueva edición de Resident Evil en Kay's Electrics, en la calle principal.

—Buen juego, ese —dijo Rick, al mismo tiempo que el profesor bajito de delante murmuraba—: Mandad al rufián al reformatorio.

—Sí, bueno, ¿podéis reuniros después de comer para hablar brevemente de ello?

—Mientras varios profesores se quejaban por lo bajo, Greg pareció recordar que Jennifer estaba a su lado—.

Ah, su mesa está ahí atrás, entre la señorita Clairmont y el Sr. Fellow.

Estoy seguro de que ellos le enseñarán cómo funciona todo.

Venga a mi despacho a las nueve y cuarto y la llevaré a su clase.

Seguro que esos pequeños delincuentes están deseando conocerla.

Jennifer hizo una mueca. —Eso espero —dijo.