29 Confrontación
Confrontación
Confrontación
Michael y Victoria tenían mucho de qué hablar, así que Lily los dejó solos un rato y caminó por el carril bici hasta el viejo túnel de Moor Cross, donde se detuvo a charlar con un par de pescadores sentados junto al río.
Se demoró más de lo previsto y, cuando pasó de nuevo por el anexo cerca de las once, se encontró a Michael sentado fuera, solo.
—¿Está todo bien?
Michael sonrió mientras se ponía en pie.
—Es un proceso lento, pero estamos en ello —dijo—.
Sabe que la perdono por lo que sea que ocurriera durante mi infancia.
No quiero guardar rencor, y ella lo siente por cómo trató a mi padre.
Con eso me basta; vamos a seguir adelante.
—Hizo un gesto con la cabeza hacia las ventanas—.
Y ella también ha decidido seguir adelante.
O, al menos, mudarse. Me ha dicho que le ha echado el ojo a una casita a las afueras del pueblo.
¿Conoces esa que tiene el techo de paja en la carretera de Brentwell?
Al parecer sale a subasta la semana que viene.
Cuando mi madre no está escribiendo, pasa mucho tiempo curioseando en Rightmove.
—¿Ese sitio? Ahí es donde solía vivir Christina. Es absolutamente preciosa por dentro.
—Según parece, los dueños actuales solo la tienen como casa de vacaciones.
—Seguro que cuesta una fortuna.
Michael se encogió de hombros. —Creo que mi madre tiene mucho dinero ahorrado. Que le vaya bien.
Mientras él desviaba la mirada de nuevo hacia el río, Lily sintió un vuelco repentino en el estómago. Michael había venido para reconciliarse con Victoria, y ahora que eso estaba hecho...
—¿Te vas... pronto?
Michael la miró y sonrió abiertamente. —¿Irme de Willow River? No. Ahora mismo no. Tengo muchas otras razones para quedarme por aquí — su mano se cerró sobre la de ella—. He pensado que podría quedarme un tiempo. ¿Crees que Angus te dejaría la tarde libre?
—A decir verdad, no creo que se dé cuenta ni de si estoy allí o no. Se lo preguntaré, de todos modos, para asegurarme.
—Genial. Quiero echar un vistazo al museo que hay justo pasada la iglesia.
—¿En serio? Es minúsculo y apenas hay nada dentro.
Los ojos de Michael brillaron. —Perfecto. Es exactamente el tipo de lugar tirando a aburrido que busco. A mis lectores les encantará. Y si es tan malo como dices, prefiero mil veces visitarlo en compañía.
—Haré el esfuerzo. Solo por ti.
—Gracias.
Empezaron a caminar de vuelta hacia la casa de huéspedes. Lily estaba radiante; Michael caminaba a su lado tarareando bajito para sí mismo. Todo parecía perfecto, como una escena de un cuadro al óleo...
—Oh, Dios mío.
—¿Qué pasa? —preguntó Michael.
Lily se detuvo. La figura que caminaba por el carril bici más adelante la había visto. Sintió un nudo en el estómago cuando Steve, tambaleándose un poco como si ya hubiera pasado por el pub, se acercó con el rostro crispado por la ira.
—¿Qué es esto?
—¿Steve? ¿Qué haces aquí?
Steve lanzó una mirada fulminante a Lily y luego a Michael. —Solo doy un paseo. No esperaba que se me estropeara. Así que, ¿qué está pasando aquí? ¿Me pones de vuelta y media y todo este tiempo te lo has estado montando con alguien?
—No es lo que parece.
—Mira quién fue a hablar. Tienes mucha cara llamándome mujeriego cuando tú estás haciendo lo mismo.
—No estoy... —empezó Lily, pero Michael dio un paso al frente.
—No le hables así —dijo.
Michael le sacaba unos centímetros a Steve y era más ancho de hombros.
No parecía un luchador, pero si llegaban a las manos, Michael tenía ventaja.
Lily no se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que había superado a Steve, pero al mirarlo a los ojos, no sintió nada.
Aun así, no quería ver cómo le hacían daño.
—¿Y qué vas a hacer tú? —dijo Steve, encarándose con Michael, que aún llevaba la cesta de la merienda.
—Michael, no hace falta —dijo Lily.
Entonces, para su sorpresa, Michael retrocedió hacia el césped de la orilla del río. Steve lo siguió con la mirada endurecida.
Michael siguió retrocediendo, luego giró de modo que Steve quedó del lado del río, de espaldas al agua. Entonces, con una sonrisa repentina, Michael dijo: —¡Cógela!
Steve soltó un jadeo cuando Michael le lanzó la cesta. Por instinto, estiró los brazos para cogerla, pero al estar llena de vajilla, pesaba mucho. Dio un paso atrás, dejó caer la cesta al suelo y perdió el equilibrio al mismo tiempo. Un pie resbaló, agitó los brazos y cayó de espaldas al agua.
Mientras Steve chapoteaba, gritando de rabia, Michael se agachó y recogió la cesta. Miró a Lily, sonrió y dijo: —Eso ha sido una lástima. Me imagino que el agua debe de estar bastante fría.
Steve había recuperado el equilibrio y estaba de pie, con el agua por la cintura en la corriente lenta. Miró con odio a Lily y refunfuñó: —He perdido un zapato —con un mohín de adolescente enfadado—. Estos han costado doscientas libras.
—Lo sé —dijo Lily—. Los pagué yo. El agua no va rápido. Si tanteas un poco por ahí abajo, puede que lo encuentres.
Steve la miró con furia un momento más. Luego, con el ceño fruncido, empezó a buscar a tientas en el agua como un pato torpe y desaliñado. Lily le dio un tironcillo del brazo a Michael.
—Venga, vámonos —dijo ella mientras echaban a andar de nuevo por el carril bici, dejando a Steve pataleando en el agua a sus espaldas—. Tengo que explicarle a tía Gert lo de estos platos rotos.
—Dile que hacía mucho viento —dijo Michael.
—¿Tanto como para tirar a alguien al río? Temía que fueras a pegarle hace un momento.
—No he pegado a nadie en mi vida y no voy a empezar ahora, pero un bañito nunca ha hecho daño a nadie. Es más, he oído que nadar en agua fría es bueno para la salud. —Mientras una ráfaga de viento los bañaba con hojas, añadió—: ¿Quizá deberíamos probarlo alguna vez?
Lily se echó a reír. —Alguna vez, puede ser. Pero hoy no. Venga, vamos. He oído que el museo del pueblo es tan aburrido que a veces se queda dormido y cierra solo.
—Parece un lugar interesante. Estoy deseando ir. ¿Sigue siendo válido tu abono de temporada?
—¿Qué?
Michael se limitó a reír entre dientes. Luego, apañándoselas para encajar toda la cesta bajo el brazo izquierdo, pasó el derecho por los hombros de Lily. A pesar del viento que se volvía más gélido con cada ráfaga, Lily pensó que nunca se había sentido tan reconfortada.