CAPÍTULO 32
—¿Te trasladó hasta aquí en brazos? —inquirió Sadie, con unos ojos tan desmesurados que Margot estuvo a punto de soltar una carcajada.
—Tal cual.
—¿A hombros o estilo nupcial?
Margot se llevó el extremo de un bolígrafo a los labios, pensativa.
—Diría que más bien trepé por su cuerpo como si fuera un árbol centenario al que de repente le hubieran crecido extremidades dispuestas a caminar.
Sadie asintió con seriedad, como si la analogía guardara una lógica aplastante.
—Entendido. Estilo cría de koala.
—Exactamente.
Chloe rodó los ojos con disimulo y le dio un sorbo reposado a su taza de té.
—¡Me resisto a creer que me perdiera semejante número!
Sadie y Chloe se habían dejado caer por la panadería en un momento de tregua sin clientela para saborear sus cafés especiados y charlar un rato.
Aquella dinámica se había instaurado como una rutina inquebrantable desde hacía una semana.
Las tres ocupaban una mesa alta circular, rodeadas de tazas vacías y bandejas con los restos de los dulces del día.
Continuaba luciendo una jornada gris y lluviosa, con el obrador sumido en una penumbra acogedora y los cristales empañados por el calor que desprendían los hornos.
Alguien había dibujado un corazón imperfecto en la parte empañada de la cristalera a primera hora, y allí seguía, un trazo alegre que destacaba en medio del gris exterior.
—Fue un momento sumamente romántico —admitió Margot con una sonrisa que adivinaba ridícula y soñadora, aunque le importaba poco—. Y luego me llevó a su estudio y compartimos el resto del jornada entera...
—¡Alto! —Chloe levantó ambas manos con un ademán tajante, como si pretendiera detener un camión en marcha—. Hasta aquí hemos llegado. Marco la línea roja. Me niego en rotundo a escuchar detalles sobre las intimidades de Elias y tuyas. Lo siento mucho, pero no.
—De acuerdo, de acuerdo. Omito los pormenores.
—Te lo agradezco en el alma.
—Tan solo añadiré que se desenvuelve de manera sobresaliente.
—¡Por Dios! —Chloe se tapó los oídos con las palmas y apretó los ojos con fuerza.
Sadie rompió a reír a su lado.
—Me alegro enormemente por ti, Margot. Me tranquiliza constatar que nuestro huraño Elias rinde a la altura de las circunstancias —le dio un mordisco a un roscón—. Pero, por favor, sigamos la recomendación de Chloe: cero descripciones gráficas.
Margot asintió divertida y apartó con suavidad las manos de Chloe de sus orejas.
—Trato hecho. Sin pormenores.
Chloe exhaló un suspiro dramático de alivio.
Margot sonrió rememorando el día en que aquellas dos mujeres se presentaron para previnirla contra Elias; ahora comprendía que su única motivación había sido blindar el corazón de su amigo.
Le reconfortaba constatar que no solo Elias confiaba plenamente en ella, sino que su círculo íntimo también la había aceptado sin reservas.
Un golpe seco y percutido contra el marco de la puerta interrumpió el ambiente distendido.
—¿Quién andará por ahí con este tiempo? —masculló Sadie.
Una silueta alta enfundada en un impermeable negro aguardaba al otro lado del cristal.
El agua escurría a borbotones por la capucha mientras el viento racheado la sacudía sin piedad.
Margot se felicitó mentalmente por haber descartado en una milésima de segundo la absurda hipótesis de que pudiera tratarse de un asesino en serie; con toda probabilidad, se trataba simplemente de un vecino calado hasta los huesos.
La figura alzó una mano en un saludo dubitativo.
—Noah —susurró Chloe al identificarlo tras la mampara.
—¡Vaya! —Margot se levantó rauda del taburete y se apresuró a desbloquear el cerrojo para abrirle—. Noah, por amor de Dios, ¿qué haces a la intemperie con semejante temporal?
Él irrumpió en el local arrastrando una ráfaga de viento y humedad que dejó un charco instantáneo sobre el suelo del obrador. Se sacudió la capucha y le dedicó una sonrisa blanca.
—Bah, solo cae agua del cielo. —Sus ojos se desviaron de inmediato hacia la mesa donde permanecían sentadas Sadie y Chloe, y su expresión se ensanchó de forma notable—.
Venía a buscarte a ti —añadió, dirigiendo la mirada fija en Chloe.
El rostro de la bibliotecaria comenzó a teñirse de un rubor muy poco habitual en ella.
—¿A mí? —parpadeó Chloe tras los gruesos cristales de sus gafas—. ¿Con qué propósito?
A Noah se le escapó una risita nerviosa, perdiendo parte de esa chulería marinera que lo caracterizaba.
—Yo... bueno, albergaba la esperanza de que hubiera llegado el ejemplar que te encargué la semana pasada.
—¿Y te urgía tanto como para cruzar el pueblo bajo un diluvio? —replicó ella, señalando con la barbilla la tormenta que asolaba la calle.
—Tenía un interés inusual por su lectura.
Sadie soltó una carcajada abierta, pero Margot le propinó un codazo disimulado por debajo de la mesa. Lo que latía entre Noah y Chloe poseía una fragilidad entrañable que merecía un respeto absoluto.
Chloe suspiró con fingida resignación y se colgó el abrigo de lana sobre los hombros.
—Me consta que esta mañana ha entrado un envío de paquetería. Supongo que podemos comprobar si figura tu encargo en el almacén.
—Perfecto —Noah se frotó las palmas con una emoción apenas contenida, y Margot tuvo que morderse los carrillos para no estallar en risas.
—Acompáñame. —Chloe se cubrió la cabeza con la capucha y enfiló hacia la salida—. Hasta luego, chicas —se despidió por encima del hombro, seguida de cerca por un Noah visiblemente satisfecho.
Sadie se desplomó sobre el respaldo de su silla con exasperación.
—¡Santo cielo! ¡Esa pareja roza el absurdo absoluto!
—A mí me parecen adorables.
Sadie puso los ojos en blanco.
—Lleva semanas inventándose excusas literarias peregrinas. ¡Libros de temáticas imposibles, Margot! ¡Dudo que reconozca un título clásico ni aunque le sacuda en la cabeza! Todo forma parte de una estratagema barata para verla un rato.
—¡Pues me parece de lo más romántico!
Sadie frunció el ceño.
—Me parece patético. Debería armarse de valor, invitarla a cenar en condiciones y dejarse de tonterías bibliográficas.
Margot soltó una carcajada y volvió a encaramarse a su taburete.
—Y tú qué me dices de ti.
—¿Yo de qué?
—De ti y de Marco.
Sadie boqueó un instante como un pez fuera del agua antes de recuperar el habla con indignación.
—Marco y yo somos enemigos jurados en el plano profesional y vital; carezco de la menor idea sobre qué delirio estás divagando.
—Vaya. Mil disculpas. Debí de entender mal.
—Deja de sonreír de esa manera tan insoportable, Margot.
—Te aseguro que no sonrío —replicó ella, aunque la hilaridad se le escapaba por la voz.
Sadie entrecerró los ojos con amago de amenaza.
—Desaparece hacia el atardecer del brazo de tu apuesto agricultor y déjanos en paz a los demás.
—Por supuesto. Es un plan al que no pienso renunciar. —Margot le dio un mordisco a una galleta aromatizada con canela y le dedicó una sonrisa radiante. Su nueva amiga la fulminó con la mirada—. Te quiero igual, Sadie.
—¿Dónde se encuentra la jefa? —Una voz rotunda y un abrigo de lana que flotaba a modo de capa irrumpieron en el obrador en una fría tarde de noviembre.
—¡Tía Theodore!... ¡Vaya, has regresado antes de lo previsto! —Margot dejó caer el trapo de cocina y corrió a abrazarlo.
Theodore la envolvió en un abrazo cálido, impregnado de su característico aroma a salitre, especias y protector solar, mientras uno de sus anillos de plata le propinaba un leve golpe en la mejilla.
Margot aspiró el rastro de sus visitas infantiles.
El obrador y los fines de semana junto a su tío solían simbolizar en su niñez la máxima expresión de la libertad, los atracones de chocolate caliente con especias y las charlas interminables.
Ahora representaban coordenadas totalmente distintas.
Significaban arraigo, un desempeño profesional que la llenaba de orgullo y una red de afectos a escasos metros de su portal.
Significaba también descender las escaleras a primera hora de la mañana para compartir una taza de café recién hecho con Elias antes de que él regresara a las tareas de la granja. Esos minutos de quietud al amparo del amanecer se habían convertido en su tesoro diario.
Su tío deshizo el abrazo y la sujetó por los antebrazos para examinarla de arriba abajo con esmero.
—¿Te observo feliz, querida? —preguntó, suavizando el rictus severo al advertir la luminosidad en los ojos de su sobrina.
—Plenamente feliz.
Theodore asintió con satisfacción, mientras los pendientes colgantes de cobre que lucía en las orejas se balanceaban al compás.
Llevaba el cabello canoso ligeramente más corto y un tono bronceado uniforme fruto de sus inmersiones en el Caribe.
Incluso exhalaba un deje tropical. Sin embargo, su expresión distaba mucho de transmitir la placidez vacacional; de hecho, conservaba la misma rigidez preocupada con la que había cruzado el umbral segundos antes.
—Este lugar luce impecable —apreció Theodore, desviando los ojos para inspeccionar el pequeño salón de té. Pasó un brazo protector por los hombros de Margot—. Estás gestionando el negocio con una elegancia admirable.
Margot sintió que el orgullo le abrasaba el pecho, relegando a un segundo plano la inquietud por el estado de ánimo de su tío.
—Gracias, tío.
Durante los primeros tiempos tras la abrupta dimisión de Edith, Margot había bregado con el terror constante de abocar el negocio a la quiebra técnica.
No obstante, la disciplina adquirida en su etapa corporativa le había dotado de una capacidad organizativa implacable.
Poseía facilidad para conectar con los parroquianos —incluso con los más difíciles— y respondía con solvencia bajo presión.
Tal vez no se había concedido el crédito suficiente desde el principio.
Quizá ella, Margot, era exactamente la persona idónea para tomar el relevo de aquel legado.
Y con toda probabilidad, Theodore lo sabía desde el primer día.