Oso de la Tormenta (Cala del Oso Pardo nº 12) 8 #3
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Bajó la cremallera y lo liberó, envolviendo inmediatamente su dureza con sus manos, conociendo su forma y su tacto.

Él gruñó, entonces. Un gruñido real, profundo y bajo que sonaba a pura necesidad.

Y, cuando ella puso la boca en él, el sonido de su pecho retumbó por toda la habitación.

Juraría que podía sentir las vibraciones del sonido contra su propio cuerpo.

Después no pensó en nada durante unos minutos mientras lo succionaba, queriendo arrancarle de nuevo aquel sonido sexy.

Cuando él le hubo dado la satisfacción de aquel gruñido terrenal dos veces más, ella se retiró, y él pareció tomar aquello como su señal para tomar el mando.

A ella no le importó. Le había dado algo y, a cambio, había recibido un enorme impulso de confianza.

Realmente era un hombre asombroso. Y, en ese momento, estaba tan excitada que se lo comería vivo en un segundo si tuviera la menor oportunidad.

Él pareció darse cuenta de lo urgente que era su necesidad.

Ella sospechaba que él se sentía igual. La levantó, solo para estrecharla entre sus brazos y besarla hasta que perdió el sentido.

Fue salvaje. Tempestuoso. Un beso sin restricciones, diferente a los que le había dado antes.

Este hablaba de necesidad y de un anhelo feroz y animal.

Cuando la liberó de aquel beso casi doloroso, la subió a la cama y la giró, posicionando su cuerpo tal como él quería. Pronto se hizo evidente que quería montarla por detrás. En lugar de asustarla, pensar en ello la hizo gemir.

—¿Te gusta así, Sabrina? —preguntó él, con el aliento saliendo en soplos calientes contra su oreja mientras se inclinaba sobre ella en la cama—. No quiero asustarte.

—No das miedo, Ace —logró decir ella, sonriendo mientras las manos de él daban forma a sus caderas, masajeando su trasero y acariciando su columna.

Ella se arqueó hacia él, como una gata necesitada—.

Eres un osito de peluche —le tomó el pelo, recibiendo un mordisquito juguetón en la oreja y un corto gruñido como respuesta.

Miró hacia atrás, por encima del hombro, y él le devolvía la sonrisa.

Tenía razón. No había nada de qué asustarse al hacer el amor con Ace, sin importar la posición que quisiera adoptar.

Y entonces, comprendió. Aquella elección había sido una especie de prueba.

Los había puesto en aquella posición, probablemente queriendo saber si la mitad bestia de su naturaleza la asustaba.

Negó con la cabeza y casi se echó a reír.

¡Si él supiera! Ella no veía a su enorme grizzly como una amenaza, sino como un protector.

El hecho de que el grizzly fuera también un hombre macizo, alto y guapo era lo que contaba aquí.

Y aquel hombre estaba demostrando ser el individuo más singular que jamás había conocido.

Él la acarició un poco más, pero ella estaba necesitada. Gimió de nuevo y estaba a punto de suplicar cuando él pareció captar el mensaje y comenzó una penetración lenta y deliberada desde atrás.

Oh, sí. Eso era justo lo que necesitaba. Era largo y grueso... y paciente. No la apresuró. Se tomó su tiempo y dejó que ella disfrutara de este momento de descubrimiento. La tocó, llevándola a niveles de excitación más elevados incluso mientras completaba su posesión.

Dentro de ella hasta el fondo, se quedó quieto.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la respiración entrecortada y fuerte contra su nuca. Maldita sea. No sabía lo mucho que eso podía excitarla.

—Casi perfecto —susurró ella, con voz rasposa—. Muévete, por favor. Haz que sea sublime —le ordenó, y sintió su risa tanto como la oyó, tan próximos estaban sus cuerpos.

Entonces, él siguió su directriz. Comenzó un movimiento lento y pulsante que empezó suave y rápidamente se transformó en un estado frenético.

Ella pensó que él se levantó sobre sus rodillas detrás de ella, con sus grandes manos anclando sus caderas en la posición justa para sus embestidas.

Luego, se entregó a fondo, haciéndola llegar una, dos, tres veces antes de que él se uniera a ella en el éxtasis.

Gritó su nombre, alegrándose de que la casa de invitados estuviera lo suficientemente lejos de la casa principal para que, incluso con el oído de los cambiantes, la familia de linces no pudiera oírla.

El gruñido de Ace cuando llegó al clímax con ella probablemente hizo temblar las vigas de la casita.

Desde luego, hizo temblar su mundo. Nunca se habría imaginado que se sentiría tan atraída por los sonidos que emitía un cambiante de oso estando en forma humana, pero sentía que eran un vistazo al alma salvaje compartida por oso y hombre.

Le complacía poder hacerle perder el control hasta el punto de dejar que su lado de oso se asomara. Sabía que él tenía cuidado de no hacerlo, para no delatarse. El hecho de que se sintiera libre de ser quien era realmente con ella significaba mucho.

Cuando la tormenta amainó, él la acunó entre sus brazos mientras descansaban un rato.

La siguiente vez que hicieron el amor, adoptó una posición más tradicional, pero la pasión seguía siendo igual de intensa.

El éxtasis fue igual de explosivo. Y el hombre fue tan sublime como ella le había pedido que fuera.

Durante toda la noche.