Oso de la Tormenta (Cala del Oso Pardo nº 12) 8 #2
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Él le había dado toques casuales durante el día, fruto de la nueva intimidad entre ellos, pero básicamente habían estado huyendo.

No había habido tiempo para arrumacos, por mucho que ella lo hubiera deseado.

Pero ahora estaba oscuro, y su piloto todavía estaba ocupado con su familia.

En este breve momento fuera del tiempo, podía apretarse contra Ace y beber de su beso.

Ace casi pierde la cabeza. Había estado deseando estrecharla entre sus brazos todo el día y besarla como un loco, pero las circunstancias le habían impedido ceder a sus deseos.

La seguridad de ella era lo primero. Pero, ahora que estaban al otro lado de la frontera, pensó que podía tomarse un momento y darle el beso por el que se moría de ganas desde hacía horas.

No estaban fuera de peligro. Ni mucho menos.

Pero esperaba que las cosas se volvieran más sencillas a partir de ahora.

Al menos ahora estaban en el mismo país que los Lores, y los contactos propios de Ace eran más numerosos en los Estados Unidos que más al norte.

Estaban en el lado equivocado de las montañas, gracias a la pérdida de control de Sabrina, pero ya se las apañarían.

Por esta noche, buscarían un lugar donde quedarse y, si la Diosa era amable, haría el amor con Sabrina hasta bien entrada la noche y despertaría con ella entre sus brazos.

Oyó que Lucien se acercaba por la hierba y supo que tenía que terminar el beso.

Ella se aferró a él cuando él se retiró, y la mirada aturdida de sus ojos lo hizo sentir como un titán.

Él le había provocado aquello. Le había dado ese momento de respiro en el caos de su jornada.

Se sentía bien por ello y esperaba continuar en cuanto volviera a tenerla a solas.

Por ahora, sin embargo, tenían cosas que hacer.

—¿Queréis cenar en casa de mi hermana? —preguntó Lucien cordialmente, apareciendo por detrás del ala de su avión—.

Nos ha invitado a todos a unirnos a la familia para comer, y si vosotros dos necesitáis un sitio para pasar la noche, tienen una cabaña en su terreno que usan para invitados.

Yo me quedaré en la casa grande, ya que tengo que salir antes del amanecer, y probablemente nos pasaremos toda la noche hablando, de todos modos.

Lucien parecía un gato al que acababan de servir un cuenco enorme de nata. Estaba feliz de ver a su hermana y a su familia, eso saltaba a la vista.

—Sí que necesitamos un lugar seguro donde pasar la noche —respondió Ace, mirando a Sabrina para ver qué le parecía la idea.

—Es muy amable por parte de tu hermana, Lucien —dijo Sabrina educadamente—. Si Ace cree que es una buena idea, acepto encantada la invitación. Gracias.

La hermana de Lucien era encantadora y los recibió en su hogar con amabilidad y una hospitalidad generosa.

Sabrina nunca había estado rodeada de cambiantes de gato, y le parecieron encantadores.

Los niños eran dulces y la comida que compartieron, deliciosa y abundante.

Aunque no los esperaban, parecía que toda la familia les hubiera puesto la alfombra roja.

Más tarde esa noche, mientras se instalaban en la cabaña de invitados tras haber dejado a la familia en la casa principal, Sabrina le preguntó a Ace al respecto. Él dijo que los gatos solían ser acogedores si tenías la presentación adecuada.

—En este caso, no solo éramos la razón por la que Lucien venía a visitar a su familia después de una larga ausencia, sino que los Lores nos enviaron aquí, de una forma un tanto indirecta.

Tim y Rafe le encargaron a Lucien la tarea de transportarnos, y la mayoría de los cambiantes harían cualquier cosa por esos dos.

El simple hecho de que se les pida ayuda es una señal de su confianza y un honor —le contó Ace—.

Sabiendo todo eso, la familia estaba definitivamente más dispuesta a recibirnos de lo que habría estado de otra manera.

—Bueno, sea cual sea el motivo, creo que han sido muy amables —respondió Sabrina, abriendo sus alforjas y sacando los pocos artículos de aseo que llevaba consigo.

—Lo han sido —asintió él, acercándose. La tomó entre sus brazos, haciéndola girar para que quedaran cara a cara, pecho contra pecho, latido contra latido—. Pero te los has ganado con tu buen corazón, Sabrina.

Él bajó la cabeza y la besó. ¡Menos mal! Llevaba horas esperando volver a estar entre sus brazos. No había nadie allí más que ellos dos y ninguna razón para que apareciera nadie hasta la mañana como pronto, así que este tiempo era todo para ellos.

Sabrina se hundió en su beso, rodeándolo con sus brazos y acurrucándose contra su cuerpo firme. Se sentía tan bien.

Fue consciente de la sensación de movimiento, pero no supo qué estaba haciendo él hasta que la parte posterior de sus piernas chocó con el pie de la cama grande.

Era una cama lo bastante grande para un cambiante, incluso uno tan corpulento como Ace.

Cabrían los dos, de hecho, lo cual le venía de perlas.

Había tomado una decisión mientras corría para salvar su vida aquel día.

Quería saber qué se sentía al hacer el amor con Ace, y no le importaba que solo se conocieran desde hacía un par de días.

Al cuerno el periodo de espera. Quería tener sexo con él, ahora.

Después del día que había tenido, ni siquiera estaba segura de si seguiría viva mañana.

Sus enemigos podían encontrarla en cualquier momento.

Prefería disfrutar, disfrutar de él, mientras todavía tuviera la capacidad y la libertad de hacerlo.

El mañana ya se cuidaría por sí solo. Esta noche era para la pasión. Mucha, mucha pasión.

Con esa decisión firmemente en mente, se dejó caer sobre la cama, sentándose frente a él. Cuando él iba a moverse para unirse a ella, lo detuvo con el simple recurso de llevar sus manos a su cinturón. Eso llamó su atención.

Acarició su larga y dura longitud a través de los pantalones y sintió que su interior temblaba de excitación al conocer la forma y el tamaño de la firmeza que pronto estaría disfrutando.

Él había hecho mucho por ella estos últimos dos días.

Era hora de que ella hiciera algo estrictamente para el disfrute de él.

Aunque, por supuesto, ella también lo disfrutaría, estaba segura.

Le provocó un poco, pero a él no pareció importarle. No la apresuró. No la espoleó. Simplemente dejó que explorara como quisiera, lo que la hacía sentirse al mando. Poderosa.

El cielo sabía que ya había tenido suficiente de sentirse perdida y fuera de control estas últimas semanas.

Hoy, especialmente. Quizás él sabía que ella necesitaba este tiempo en el que pudiera ser la que mandara.

Y, tal vez, fuera el hombre más empático con el que jamás había estado.

Ciertamente parecía capaz de leerla como un libro abierto, incluso después de tan poco tiempo.

Sin embargo, no quería esperar. No por mucho tiempo.

Quería sentir su carne en sus manos. Contra sus labios.

Con ese fin, buscó la cremallera, deshaciendo primero el botón de la parte superior de sus pantalones.

El aliento de él retumbó en su pecho, un gruñido apenas reprimido que le resultó increíblemente sexy.

Los sonidos que emitía eran animales a veces.

Salvajes, pero contenidos. Algo parecido a cómo se movía por el mundo, bajo su apariencia humana, pero compartiendo su alma con un espíritu indómito.