Oso de la Tormenta (Cala del Oso Pardo nº 12) 2 #2
11%

2 #2

—¡Bueno, pues siento mucho respirar en vuestro bonito y tranquilo pueblo! Con permiso. —Sabrina recuperó su dignidad y se alejó furiosa calle abajo.

Ace quiso seguirla de inmediato, pero el Alfa lo agarró del brazo. —Mejor déjala ir. Se pone así de vez en cuando —dijo el hombre con desdén.

«Ya», pensó Ace, «yo también me pondría así si algún gilipollas me tratara como a una mierda en público».

Por supuesto, cuando un oso se ponía de mala leche, la gente sangraba.

Aun así, Ace sabía lo suficiente sobre mujeres como para darse cuenta de que ella necesitaba tiempo y espacio para calmarse.

Con suerte, ella le permitiría empezar de cero una vez que el Alfa Capullo —la nueva designación de Ace para el hombre lobo no muy brillante— estuviera fuera de la vista.

—¿Cuánto tiempo lleva en el pueblo? —preguntó Ace, tanto porque se sentía intrigado por la mujer como porque era información pertinente para el trabajo que lo habían enviado a realizar.

—Unos dos años —le dijo el Alfa—. Solo ha estado fuera de control los dos últimos meses, provocando todo tipo de climas disparatados sobre nosotros.

¿Dos meses? No era mucho margen el que el Alfa le estaba dando.

Un tipo más comprensivo probablemente le habría dado a alguien a quien conocía desde hacía dos años un poco más de tiempo antes de informar a los Lores y exigir ayuda para ponerla en orden.

Este tipo no valía mucho como Alfa, decidió Ace.

Era grosero y poco considerado con los sentimientos de su gente.

Ace observaría más el pueblo y a sus residentes.

Si este Alfa era uno de los malos, los Lores tendrían que saberlo.

Si solo era indiferente, quizá los Lores pudieran enviarles ayuda.

Tal vez a alguien que pudiera enseñarle a este idiota a tratar mejor a su gente.

Ace no sabía exactamente cómo manejaban los lobos este tipo de cosas, pero con suerte, algo se podría hacer si fuera necesario.

—Me llamo Tobias —dijo el lobo, tendiéndole la mano a Ace.

Ace miró en la dirección de la mujer. Ya había desaparecido de la vista, pero podría rastrearla, tanto por su magia como por el delicioso aroma de su piel. No se le escaparía tan fácilmente, pero primero tenía que lidiar con este tipo.

—Soy Ace —respondió, devolviéndole el apretón de manos.

—¿Eres amigo de Rocco? —preguntó Tobias a bocajarro. El hombre era directo, de eso no cabía duda.

—Sí. Conozco a Rocco desde hace mucho tiempo —admitió Ace.

—Les pedí que lo enviaran a él, pero supongo que estará ocupado —continuó Tobias. ¿Acaso aquel hombre intentaba ser insultante? Ace hizo lo posible por no ofenderse. Acababa de llegar al pueblo con la moto. Se daría un día o dos para decidir si este tipo necesitaba morir o no.

—Sí. Muy ocupado. Así que me tienes a mí.

Y, si no te importa... —Ace se dio la vuelta, con la intención de dirigirse en la dirección por la que Sabrina había desaparecido, pero el Alfa volvió a agarrarle del brazo.

Ace soltó una maldición. Si el lobo hacía eso una vez más, iba a perder una extremidad.

—Necesito un informe primero. Tim dijo que tendrías algunos datos para mí —le recordó Tobias a Ace sobre el pequeño paquete que Tim le había dado para que se lo entregara al Alfa.

—Está en las alforjas —le dijo Ace al otro hombre con un suspiro de resignación.

Iba a estar atrapado con este tipo al menos un rato más. Ace no sabía qué contenía el paquete pequeño, pero tenía la obligación de entregarlo. Dejarlo desatendido mientras perseguía a una mujer probablemente no era el mejor movimiento que podía hacer en ese momento.

Ace se agachó para recoger el paquete y divisó los profundos arañazos en el lateral de su moto. Maldita sea. No eran tan graves como podrían haber sido gracias a la lisa capa de hielo, pero aun así había quedado una buena marca en su querida Harley. Tendría que arreglarlo en algún momento.

—Aquí tienes —dijo Ace, borrando la mueca de su rostro mientras se enderezaba y se enfrentaba a Tobias. Le entregó el paquete con gusto. Cualquier cosa con tal de cumplir sus deberes y poder ir tras Sabrina.

—Tu moto estará segura ahí. Tómate una cerveza conmigo. —No era realmente una petición, Ace lo notaba por el tono de voz del lobo Alfa. Era un hombre acostumbrado a salirse con la suya y a ser obedecido.

—Si no te importa, prefiero ver cómo está tu bruja del clima —le dijo Ace.

Pero Tobias sacudió la cabeza. —No sacarás nada en claro de ella hasta que se calme. Es rara. Déjala estar y vente al pub. Yo pago la cerveza, y hay buena comida por si tienes hambre.

Esa era una pregunta un poco tonta para hacérsela a un oso.

Siempre tenían hambre. Y, en ese momento, el estómago de Ace le recordaba que se había saltado el desayuno para ganar tiempo.

Aunque le molestaba que el Alfa calificara a Sabrina de rara, el lobo la conocía mucho mejor que él.

Si decía que necesitaba tiempo a solas, quizá tuviera razón.

Además, Ace todavía estaba intentando decidir si dejaría a este capullo entero cuando se marchara del pueblo. Quizás simplemente se le daban mal las primeras impresiones. Le daría al Alfa una oportunidad para redimirse, y una cerveza y una hamburguesa sonaban como la solución ideal.

Ace no se lo admitiría a sí mismo, pero puede que también hubiera un poco de miedo en su decisión. No todos los días un hombre conocía a una mujer que podía cambiar su destino. Realmente no sabía cómo lo sabía, pero el conocimiento estaba ahí. Su mitad oso lo sentía profundamente.

Mejor comer primero y luego enfrentarse al destino con el estómago lleno, coincidieron tanto el lado oso como el humano.

Sabrina estaba humillada. Se sentía más avergonzada que nunca y fue a esconderse en la parte trasera de la cafetería de su amiga.

Marilee era casi la única amiga que le quedaba en este pueblo, y en cuanto Mar vio la cara de Sabrina, la llevó directamente a la esquina del fondo.

Sacó los bollos de canela y una tetera de manzanilla, y se sentó con ella mientras picoteaban y permanecían en silencio un rato.

—A ver, cielo, ¿estás bien? —preguntó Mar con voz suave. Era una buena loba. Una loba que se preocupaba por los demás. Maternal, la llamaban, aunque Mar no tenía pareja ni cachorros todavía.

—Estoy... —Sabrina no quería decirlo en voz alta—.

Oh, Mar, he provocado esa tormenta hace un momento, y Tobias ha llamado a los Lores por mi culpa.

Han enviado a un tipo, y ha derrapado y se ha arañado la Harley y se ha hecho daño en la pierna y ha aterrizado justo delante de mí.

Y me ha tocado la mano, y la magia se ha quedado toda dócil y tranquila.

—Sus palabras se fueron apagando y se dio cuenta de lo que estaba diciendo.

Antes había estado demasiado alterada para comprender lo que había pasado.

—Seguro que eso es algo bueno —la animó Marilee—. Quizás este hombre de verdad pueda ayudarte.

—Es un cambiapieles, pero no como vosotros. Es... otra cosa —le dijo Sabrina a su amiga.

—¿No es un lobo? —Mar se quedó pensativa—.

Bueno, hay otras especies que tienen mucha más magia que nosotros.

Osos. Algunos tipos de felinos especiales.

Alguna aberración ocasional en otras poblaciones.

¿Dices que lo han enviado los Lores? —Sabrina asintió, sintiéndose deprimida—.

Hay un oso que trabaja para ellos y Tobias lo conoce. Quizá sea un oso. ¿Es un hombre grande?

—Un gigante —asintió Sabrina, con aire compungido—.

Alto. Grande por todas partes, la verdad, pero no gordo.

Musculoso, al menos por lo que pude ver debajo del cuero que llevaba.

Llevaba zahones sobre los vaqueros, pero tenía un buen culo.

—Sabrina se sonrojó, a la vez que soltaba una risita.

¿De verdad se había fijado en el culo del tipo mientras el Alfa se quejaba de ella?

—¿Te has fijado en su culo? —Mar siempre estaba en su misma onda, por eso se habían hecho tan amigas. Sonreía de forma conspiratoria.

Sabrina asintió. —Era difícil no fijarse. El hombre es un bombón. En plan gigante.

—No mires ahora, pero creo que tu bombón colosal viene hacia aquí. —Mar señaló con la cabeza hacia los grandes ventanales del frente de su tienda—. ¿Crees que te ha rastreado?