Oscuro destino (Pactos oscuros 1) CAPÍTULO 1 A punto de tragarme enteraElena
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CAPÍTULO 1 A punto de tragarme enteraElena

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Seis meses atrás…

E l avión aterriza con una leve sacudida, sacándome del letargo en el que me había sumido durante las últimas horas de vuelo. A través de la ventanilla, el cielo parece más amplio, más cercano, como si estuviera a punto de tragarme entera.

La pista de aterrizaje es una franja de asfalto desgastado, bordeada por vegetación espesa que se extiende hasta donde alcanza la vista. Es la primera señal de que estoy lejos, muy lejos, de todo lo que conocía.

A medida que el avión rueda hacia la terminal, mi mente repasa los sucesos que me trajeron aquí.

La junta directiva, el juicio apresurado y, por último, la sentencia: destierro a un lugar donde, en palabras de ellos, podría ‹‹reconsiderar›› mis actitudes.

Es irónico que la misma gente que predica sobre la necesidad de médicos en zonas desatendidas me envíe aquí como castigo.

Desciendo del avión junto con un puñado de pasajeros, la mayoría de ellos turistas, que parecen emocionados por su aventura africana. A mí, en cambio, me invade una sensación de incomodidad. No es tanto el lugar, sino la incertidumbre de lo que me espera.

En la pequeña terminal, un ventilador gira perezosamente en el techo, haciendo poco, o nada, por disipar el sofocante calor. Busco con la mirada algún cartel con mi nombre, esperando que alguien del hospital venga a recogerme. Pero lo que encuentro es algo muy diferente.

Está apoyado en una vieja camioneta, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando a la multitud con una expresión que roza el aburrimiento.

Es difícil ignorarlo. Su presencia es imponente, con una barba incipiente que resalta en su mandíbula cuadrada y una mirada que parece medir a cada persona que pasa frente a él.

Su ropa militar tampoco ayuda a que pase desapercibido.

Cuando sus ojos se encuentran con los míos, por casualidad, su expresión cambia, aunque solo un poco. ¿Sorpresa?

Aunque no lleva ningún cartel ni hace gesto alguno, estoy segura de que es la persona que han enviado a recogerme. Sin pensarlo demasiado, camino hacia él con mi pequeña maleta rodando tras de mí.

Me mira tras las gafas de sol. Ha cambiado bastante. Apenas si puedo reconocer a aquel joven soldado del que estuve locamente enamorada aunque lo negara. Aunque lo niegue a día de hoy.

—Doctora Vals —saluda con voz neutra.

Trato de mantener la calma, de comportarme como una mujer de treinta y cuatro años fuerte e independiente, pero me resulta complicado. Ahora mismo mis manos tiemblan más que cuando tengo que abrirle la cabeza a un paciente para operarlo…, una suerte para el paciente.

—Sí, soy yo. ¿Lo envían del hospital a recogerme? —pregunto a la defensiva. Algo en su tono y su manera de mirarme me ponen en guardia, aunque no puedo asegurar qué es. Aun así, si quiere que juguemos a que no nos conocemos, genial. Sé jugar también.

—De niñera —suelta con fastidio, sin ofrecer su mano, y eso me jode—. Vamos, la llevaré al hospital.

Continúa como si no nos conociéramos, como si no hubiese sido mi primera vez en tantas cosas que ni las recuerdo.

—¿Niñera? ¿Tengo que llamarlo soldado Poppins? —digo a cambio. Siempre me ha pasado con él, eso de decir lo contrario a lo que siento o pienso.

Parece hacerle gracia, se gira de nuevo y me mira a los ojos. Lo sé, a pesar de que sus oscuras gafas de sol me impiden verlo con claridad, puedo sentir sus ojos clavados en los míos.

—Muy ocurrente, doctorcita. Llámeme capitán Lara —ordena y, sin más, emprende la marcha.

Lo sigo mientras se dirige a la parte trasera de la camioneta, me quita la maleta de las manos y la coloca en el cajón sin ningún cuidado.

Hay algo en su forma de moverse, en su manera de actuar, que me irrita.

Como si esta tarea de recogerme fuera una obligación tediosa.

Con seguridad lo es. Dejo escapar un suspiro y subo al asiento del copiloto.

Noto que el interior de la camioneta está tan mal como el exterior, con asientos gastados y una cantidad de polvo que parece que la hubieran rebozado en arena.

Javier sube y arranca el motor sin decir una palabra.

El camino hacia el hospital parece largo. Avanzamos por carreteras cada vez más estrechas y menos transitadas, así que intento romper el incómodo silencio.

—¿Trabaja para el hospital? —pregunto con tono formal. Es una sensación rara, esa de hablar con alguien que lo ha sido todo y que parezca que no es nada…

Él suelta una especie de risotada ahogada a la vez que cabecea.

—No exactamente. Hago trabajos para ellos de vez en cuando. Recoger a los nuevos, asegurarme de que las cosas se muevan sin problemas, ya sabe.

No me gusta el tono que emplea, como si estuviera hablando de cualquier cosa menos de un hospital que trata de salvar vidas en medio de una de las zonas más desatendidas del mundo.

—No, no lo sé —respondo imitando su tono.

Esboza una media sonrisa y aprieta con fuerza el volante, sus bíceps destacan bajo la camiseta negra.

El vehículo zozobra sobre el terreno desigual como un barco en una tormenta. Me agarro al asiento, un poco trastornada.

—¿Qué hizo? —pregunta de repente.

—¿Qué hice? —repito, confusa.

—Ya sabe, para que la enviaran aquí. ¿Qué hizo? —pregunta con tono burlón. Me mira de reojo, y la curiosidad se dibuja en su cara.

Aprieto los labios. La verdad es que la última persona a la que quiero contarle mi historia es a él. Pero también sé que la distancia que hay por recorrer es larga, y el silencio entre nosotros se está volviendo insoportable. Me está volviendo loca.

—¿Por qué asumes que hice algo malo, Javier? —le devuelvo la pregunta con la misma aspereza, intentando mantener mi dignidad intacta y dejándole claro que yo sé quién es.

Javier suelta una carcajada, una que reverbera en la cabina de la camioneta y que, por un momento, hace que el ambiente sea aún más tenso.

—Mira, doctorcita, llevo mucho tiempo haciendo este tipo de trabajos. Está claro que no pediste venir, y ellos no mandan a nadie porque quieran reconocer su excelencia. Así que, ¿qué fue? ¿Mala praxis? ¿Un paciente que se quejó de que no eras lo bastante guapa?

—¿Doctorcita? —inquiero molesta. Él tan solo se encoge de hombros y continua con la mirada fija en la carretera, por llamar de alguna manera a ese camino salvaje, sin asfaltar y repleto de baches.

—Digamos que mis métodos no gustan a todos —respondo, manteniendo la voz lo más firme posible.

Pero sé que en el fondo estoy más molesta de lo que quiero admitir. Con él, con la situación, con todo.

Él asiente, pero no dice nada más. Sin embargo, la burla en su mirada se desvanece, reemplazada por algo que no puedo identificar. ¿Respeto? ¿O curiosidad?

—¿Y tú, capitán? ¿Qué hiciste para terminar aquí? —devuelvo la pelota.

—Digamos que los míos tampoco —afirma serio y me doy cuenta de que lo dice de verdad.

La camioneta serpentea a través de un paisaje que me resulta cada vez más surrealista.

Pasamos por aldeas con chozas fabricadas con barro y techos de paja, y de vez en cuando, algún niño corre junto al camino, saludándonos con entusiasmo.

A medida que nos adentramos más en la naturaleza, el camino se convierte en un simple sendero de tierra, y el entorno se vuelve cada vez más salvaje.

Árboles altos se ciernen sobre nosotros, y el sonido de la vida salvaje comienza a hacerse más presente, incluso dentro de la camioneta.

—¿Cuánto falta? —pregunto, deseando llegar ya al hospital, aunque la idea de lo que me espera allí no es menos aterradora.

—Un poco más —responde, y su tono parece más amable ahora, menos cortante.

Por un momento, el silencio se instala de nuevo, pero esta vez no es incómodo. Es como si ambos estuviéramos procesando la presencia del otro, intentando entender quién es la persona que nos acompaña.

—No esperes demasiado del hospital —dice de repente, rompiendo la calma—. Es un lugar duro, y no siempre hay respuestas para todo. Aquí, se tiene que aprender a improvisar.

—Improvisar se me da bien —respondo, no tiene ni idea de cuánta verdad encierra esa frase. Y, a pesar de haber trabajado en condiciones difíciles antes, algo me dice que esto será diferente. Muy diferente.

Por fin, la vegetación se abre a una pequeña explanada donde se encuentra el hospital.

A primera vista, parece peor de lo que había imaginado.

Un edificio de una sola planta, hecho de ladrillos rojos descoloridos, con un techo de chapa metálica que brilla bajo el sol.

Alrededor, pequeñas construcciones adicionales que parecen haber sido añadidas con el tiempo, sin seguir ningún orden.

Javier detiene la camioneta frente a la entrada principal y apaga el motor. Nos quedamos en silencio por un momento, observando el edificio. Sé que él está esperando alguna reacción de mi parte, pero no se la voy a dar. Ya me he mostrado vulnerable ante él, y eso es algo que no volverá a ocurrir.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, doctorcita —dice con un tono que suena a resignación.

—Gracias por traerme, capitán —agradezco agarrando la manija de la puerta y abriéndola de un tirón.

Salgo al calor abrasador y respiro hondo, intentando prepararme para lo que viene. Sé que será difícil. Pero también sé que me enviaron aquí para que fallara. Y no les voy a dar ese gusto. No se lo daré.

Mientras saco mi maleta del cajón trasero, siento la mirada de Javier sobre mí. Cuando alzo la vista, sus ojos están fijos en los míos, y por un momento, hay algo que pasa entre nosotros. Algo no dicho, una especie de desafío mutuo.

—¿Esta va a ser la nueva mecánica entre nosotros, Javier? ¿Hacer como que no nos conocemos? ¿Cómo que somos extraños?

Él me mira y por un segundo creo ver al antiguo Javier, un rastro de anhelo, pero dura tan poco que no sé si tan solo son mis ganas de que él esté pasando por lo mismo que yo.

La sorpresa, los recuerdos que me aceleran el pecho, el momento en el que todo terminó, la tristeza que siguió, el día a día obligándome a volver a ser yo…

—Buena suerte —dice, con una media sonrisa que no llega a sus ojos. Espero que diga algo más, pero no sucede.

—No creo en la suerte —respondo sin dilatar más la despedida, antes de girarme hacia la entrada del hospital.

Pero mientras entro en el edificio, con el sonido de la camioneta alejándose detrás de mí, no puedo evitar sentir que quizás, solo quizás, la voy a necesitar.

Sobre todo, ahora que sé que él también está aquí.

Ahora que me he dado cuenta, de que el cielo no es lo único que parece estar a punto de tragarme entera.