Oscuro destino (Pactos oscuros 1)
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Prólogo
R ecuerdo cuando me dijiste que me amarías hasta el final. Parece que en esta ocasión va a ser cierto…
No he podido callarlo. Después de todo, es nuestro fin.
Si no lo digo ahora, ¿cuándo lo haré? El tiempo se agota, se escapa como la arena de un reloj: constante.
Alza su mirada afilada y por primera vez me doy cuenta de algo que no he podido ver antes, quizás porque en la oscuridad quien está destinado a brillar lo hace con más fuerza.
—Te dije que no mentía —susurra—, la que no está cumpliendo con su promesa eres tú.
Sus palabras me obligan a volver a mirarlo, pestañeo un par de veces para disipar esa bruma que me envuelve cada vez que estamos cerca.
Sonrío. Tiene razón, al parecer la ha tenido desde el principio.
Cuando me prometió estar a mi lado para siempre, yo le dije que solo si llegaba el fin del mundo estaría con él
—¿Por qué sonríes?
—Me acabo de dar cuenta de algo, Javier.
—¿De que vamos a morir? —pregunta—. Ya te he dicho que eso no va a suceder.
—De que esa oscuridad que veo en ti, esa parte que tanto me asustaba, es la que te permite hacer cosas que los héroes no harían.
—Nunca dije que fuera un héroe. Tampoco mentí en eso.
—Lo sé. La única que se ha mentido a sí misma todo este tiempo he sido yo… —confieso.
—¿Te has mentido? —asiento con la cabeza. —¿Y cuál ha sido la mentira que te has contado, Elena?
—Que no sentía nada por ti —susurro.
Mi corazón late a mil, en el silencio del habitáculo que nos retiene se oye con estrépito.
Sus ojos se clavan en los míos, la intensidad de su mirada reluce en la penumbra.
Es extraño. Siempre vi la vida en blanco y negro, sin embargo, me he enamorado de una persona que abarca todas las tonalidades de gris.
No es bueno, no es malo, tan solo es él.
—¿Sientes… sientes algo por mí? —pregunta con voz ronca. Sus ojos me dejan claro que no cree lo que está oyendo.
—Lo siento todo…
Quiero seguir hablando, pero su boca acalla la mía. Sus labios sobre los míos despiertan sensaciones que creí olvidadas, entre ellas mis ganas de vivir.
El calor llega, y me consume. Ese calor que se inicia con una chispa que lo prende todo, que llega sin darte cuenta y te consume a toda velocidad, como una bengala en la noche.
Esa chispa que puede prenderse con un roce de manos, con una caricia inesperada, con una mirada, con un beso…
Y es en ese instante en el que se desencadena todo que sabes, con certeza, que no hay marcha atrás.
Que estás condenada porque no hay mayor condena que el amor, sobre todo si te enamoras del chico malo.