Oscura verdad (Oscuridad 1.5)
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Santiago
6 meses antes de la boda.
–Vístete, hoy te tengo una sorpresa –le pido apenas abre la puerta de casa.
Llevamos tres meses en mi piso; fue una decisión sencilla, ya habíamos vivido juntos y sabemos que la convivencia la llevamos bien, pero queremos algo más que un espacio de cuarenta metros cuadrados.
Necesitamos algo más grande donde podamos criar a nuestros futuros hijos y vivir la vida que siempre hemos soñado.
Pero, antes de que lleguen los hijos, pienso follármela en cada esquina de ese futuro hogar; no habrá lugar que se quede sin ser estrenado.
Espero en silencio apoyado al taburete de la cocina mientras se arregla. Observo a mi alrededor: impecable, todo impecable.
Por alguna razón, cuando Elena está en sus momentos de oscuridad es tan organizada que roza la obsesión con la limpieza.
Omitiendo las partes donde hay sangre involucrada; en ese tipo de situaciones no piensa en ese lado compulsivo que tiene. Mientras más desastre haya, mejor.
Suena mi móvil, miro a la pantalla y sonrío. Llevaba tiempo sin saber de él, desde que me ayudó a intentar espantar a Elena en la fábrica aquel día.
–Quién te viera y quién te ve –digo apenas descuelgo.
–Si es que eres gilipollas, tío. Si no te llamo yo, imposible saber de ti.
–Bueno, bueno, no te me alteres. ¿Qué pasa?
–He conseguido lo que me has pedido, pero necesitan conocer el espacio para trasladar los equipos y prepararlo todo.
–¿Voy a poder trabajar desde casa? ¿Me estás jodiendo?
–No, en unos dos meses ya debería estar todo listo.
¿Tienes ya el lugar?
–Justo estoy esperando que se vista para llevarla a que lo conozca y que diga si le gusta.
–Perfecto, en cuanto firmes me llamas para hacerle saber al equipo que ya pueden comenzar.
–No sé qué haría sin ti, capullo.
–Que te den, gilipollas. Todo lo que he hecho por ti y tu ni me llamas. Ya me cobraré todos esos favores. –Y cuelga.
Fue complicado explicarle a Elena que Gianni, aunque por apariencia da un miedo que te cagas, es el mejor compañero que se puede tener. Llevo tres años trabajando con él en la morgue y es un tipo de los que no hay. Ojalá algún día puedan verlo más allá de su apariencia como lo veo yo.
Cuando se volvieron a ver, después del día de la fábrica y pudieron mantener una conversación civilizada, entendió a lo que me refería: es un puto Golden Retriever.
Ahora ella está muy pesada con el tema de conseguirle pareja.
No entiendo qué obsesión tiene esta mujer con emparejar siempre a la gente a su alrededor.
–Ya estoy –dice esa voz que me vuelve loco. Cuando volteo a donde me lleva el sonido, ahí está de pie, con un pequeño vestido negro de algodón ceñido al cuerpo de manga larga, botas militares negras y el cabello suelto.
–Mira que eres perfecta. –Me acerco a ella, mirándola descaradamente de arriba abajo. Le coloco el cabello detrás de la oreja como siempre hago y le doy un suave beso, mordiéndole un poco el labio inferior.
–No sigas que me entrarán ganas de follar y sabes muy bien que cuando empiezo no puedo parar. Nos vamos. –Me pasa por un lado, coge el bolso que está en la encimera de la cocina, abre la puerta y yo la sigo como un perro obediente.
Diez minutos más tarde aquí estamos, frente a esta casa perfecta que se cruzó en mi camino mientras buscaba en internet.
–¿Es aquí? –pregunta, confusa.
–Bienvenida a tu posible futura casa –le digo eufórico y nervioso a partes iguales.
–Santiago, esta casa es impagable. Sé que nos va bien pero tampoco para esto, yo…
La callo con un beso, se deja llevar en mi boca, sus manos me envuelven la cara y en segundos ya la tengo dura.
Me la follaría aquí mismo en el coche si no nos estuvieran esperando.
–Escucha, vas a entrar allí conmigo, la vas a ver con detenimiento y si te gusta me lo vas a decir y será nuestra casa, nuestro hogar, ¿de acuerdo?
Me mira sin saber qué decir, con los ojos aguados y la nariz roja. Está a punto de llorar y no estoy seguro si es de dolor o de alegría. Quiero creer que es la segunda opción.
Le doy otro suave beso, saco la llave, salgo del coche y me apresuro para abrirle la puerta.
Le ofrezco la mano pero ella no la acepta.
Cuando baja, se arregla un poco el vestido, me acaricia la mejilla y camina en dirección a la entrada con paso firme.
Ya parece la dueña y señora de esta mansión que tenemos enfrente.
Te voy a follar tan duro esta noche.