CAPÍTULO 39
CHASTITY
Noto que están nerviosas. Ninguna de las dos cree que este sea un buen plan, pero puede que las haya convencido de que es idea de Leo.
Que sus hombres estén ocupados en otros asuntos juega a mi favor, y mientras nos reunimos en la entrada principal, intento desesperadamente calmar los nervios desbocados que amenazan con arruinar mis planes.
Flora se parece tanto a su hermana que da miedo, y Abigail me lanza una mirada crítica cuando me uno a ellas.
—Estás genial, Chas —sonríe, pero noto la preocupación detrás de esa sonrisa, y asiento agradecida.
—Gracias por tu ayuda.
Abigail ha obrado un milagro, y bajo mi gabardina voy vestida como la vulgar prostituta que Carlos espera. Llevo una peluca rubia en el bolso y un pintalabios rojo porque me dijo que cuanto más atrevido el tono, mejor pintura de guerra.
Esto es una guerra. Que no quepa duda. Y esta vez me adentro tras las líneas enemigas para lanzar un ataque sorpresa.
Flora esboza una sonrisa valiente y dice con premura:
—Deberíamos irnos. No tenemos mucho tiempo hasta el almuerzo.
Abigail parece preocupada.
—Ojalá pudiera ayudar, pero Matteo está a punto de volver.
Compadezco tanto a mi nueva amiga porque él le prohibió acompañarlo al hospital por si ella también se convertía en objetivo.
Me hace ver lo que esta vida ofrece. Los pecados de los hombres recaen sobre sus mujeres, y ellas pagan un precio muy alto por el amor.
Por eso estoy decidida a librar a nuestro mundo de una amenaza letal y a purgar de mi corazón la más negra venganza.
Es ahora o nunca, así que mientras nos despedimos cariñosamente de Abi, Flora y yo subimos al coche negro que nos espera, y ella me sonríe con gesto tranquilizador.
Cuando el soldado cierra la puerta de golpe, todavía no puedo creer que hayamos llegado tan lejos.
Le dijimos a la señora English que necesitábamos salir a comprar algunas cosas para Matteo y pasar por la peluquería.
No le dio mayor importancia, y como nuestros hombres están enfrascados en conversaciones y planes, ella no interrumpiría una reunión tan importante por un motivo trivial.
Salimos de la mansión Ortega y mis nervios se disparan mientras Flora me toma de la mano y susurra con dulzura:
—No tienes que hacer esto.
—Tengo que hacerlo —la miro con los ojos fríos y muertos de una asesina, y ella retrocede ligeramente—. Leo me está pagando por el encargo.
Le recuerdo el acuerdo original y ella niega con la cabeza, entristecida.
—Ojalá fuera diferente. Pensé que…
—Que estábamos juntos —fuerzo una sonrisa mientras el corazón se me rompe por dentro—. No. Todo era pura fachada. Leonardo Ortega solo tiene una cosa en mente, y esa es la Familia Ortega. Soy parte de un contrato y seré bien recompensada por mi trabajo.
Esbozo una sonrisa valiente.
—No te preocupes por mí, Flora. Siempre estaré bien. Soy más dura de lo que parezco.
Para mi sorpresa, me abraza con fuerza y susurra:
—Gracias.
Me quedo atónita, y ella dice con tristeza:
—Ese hombre fue responsable de la muerte de mi madre y destruyó a mi familia. No literalmente, pero quedó destruida la misma noche que murió mi madre. Ojalá pudiera estar allí para ver cómo la vida se le escapa del cuerpo de la misma manera que él vio escaparse la de ella.
Por un momento, la abrazo con fuerza al darme cuenta de que tenemos tanto en común. A diferencia de su hermana, esta mujer llora la misma pérdida que yo, y eso solo refuerza mi determinación.
—Ya estás haciendo tu parte —le recuerdo, y ella asiente con una sonrisa teñida de preocupación.
Llegamos al pueblo y el coche se detiene frente a la farmacia.
Bajamos y entramos, con nuestra protección habitual pisándonos los talones.
Mientras examino los estantes, el corazón me late con fuerza al recoger objetos que no tienen nada que ver con mi verdadera misión de hoy.
Flora hace lo mismo, y cuando pagamos, espero que la siguiente parte de nuestro plan funcione igual de bien.
La siguiente parada es el salón de belleza donde hemos reservado cita, y cuando entramos, los soldados inspeccionan el local en busca de amenazas. Una vez seguros de que está despejado, se retiran al coche y esperan fuera las dos horas que les dijimos que necesitábamos.
La estilista me ayuda a colocarme bien la peluca, y mientras abrazo a Flora, susurro:
—Volveré antes de que se den cuenta de que me he ido.
Parece tan desdichada que me da pena haberla puesto en esta situación, pero la necesitaba como coartada, y su conocimiento de la casa Matasso fue oro puro cuando me puso al día de camino aquí.
Bajo las escaleras a toda prisa, salgo por la entrada de servicio y paro un taxi que pasa. Mis nervios amenazan con arruinar la fachada de calma que suelo mantener cuando me preparo para un trabajo.
Sin embargo, esta vez es personal, y eso trae consigo una tensión mayor. Intento con todas mis fuerzas controlar el miedo mientras aparto todo sentimentalismo de mi mente.