CAPÍTULO 25
CHASTITY
No cruzamos palabra hasta que llegamos a la joyería del pueblo.
Leo se ha encerrado en sí mismo y no lo culpo.
Me doy cuenta de que lo he dejado en shock.
Probablemente el amor nunca se le ha pasado por la cabeza, pero era lo único en lo que pensaba mientras luchaba por sobrevivir. Que algún día todo valdría la pena.
Quizás ocurriría gracias a un romance pueblerino, cuando conociera a un vaquero o a un mecánico con una sonrisa pícara y una familia que me acogiera. Un pueblo donde todos se cuidan y se apoyan. Viviríamos en una casita de madera a las afueras, con un par de perros y caballos en el campo.
Quiero una vida sencilla y fingir que la mafia es solo algo que se ve en las películas. Un baile del pueblo que esperar con ilusión y decorar el árbol en Navidad. La cena de Acción de Gracias con una tribu salvaje y alborotada, y un hombre que me adore y al que yo mataría por proteger.
Esto no. Esta existencia fría y vacía no, donde el único subidón viene de follar con un criminal despiadado, preguntándome si volverá a casa, o si lo haré yo.
Sé que Leo me desea; lo ha dejado claro, pero ¿lo quiero yo a él?
¿Quiero esto? Ya sé que no puedo tener lo uno sin lo otro, así que me alejé, dejando claras mis condiciones antes de que esto vaya demasiado lejos.
Elijo el tipo de anillo que él espera que elija, dejando de lado los que realmente preferiría.
Elegancia discreta con un precio modesto.
El fruto del trabajo duro de un hombre para conseguir lo mejor para la mujer que ama.
No comprado con las almas torturadas de los condenados ni como alarde de la riqueza del comprador.
Un sello de propiedad que advierte a todos que se mantengan alejados, incluso a mí, por lo visto.
Mientras Leo me desliza el anillo en el dedo anular, sonrío agradecida y siento que una parte de mi alma se escapa. Todo esto es un espectáculo, una farsa para demostrar que Leonardo Ortega consigue lo que quiere y al diablo con las consecuencias.
Salimos de la tienda tras la hora más vacía de mi vida, y quiero dejar que broten las lágrimas que contengo cuando no haya nadie para verlas.
Leo me toma la mano y entrelaza sus dedos con los míos en otra muestra de posesión que empieza a herirme profundamente.
—Necesitas un vestido.
—¿Para qué?
La señora English preparó muchos vestidos para nuestro viaje, y Leo dice con firmeza:
—Asistiremos a un evento benéfico en el pueblo esta noche. Toda la familia Ortega estará allí, junto con mucha gente influyente. Quiero que los dejes boquiabiertos.
—¿Qué, literalmente? —me río para aliviar la tensión, y él asiente sin el menor atisbo de diversión.
—Debo advertirte... —antes de que termine, ya sé lo que va a decir, y sisea—: Carlos Matasso está en la lista de invitados, lo cual no me sorprende dada nuestra cita en el despacho del abogado mañana.
—¿Estará allí?
El corazón me da un vuelco y Leo asiente.
—Tenemos que estar preparados porque no me fiaría de esa serpiente ni aunque me fuera la vida en ello.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
Dejo a un lado mis sentimientos y me centro en la razón por la que estoy aquí. Leo se inclina y susurra:
—Dudo que tengas que hacer nada. Si conozco a Diana, lo tendrá todo calculado. No te fíes de nadie y busca el motivo oculto en cada conversación.
—¿Y si él... —me trabo con las palabras— sabe quién soy?
Leo parece enfadado y sisea:
—¿Te has preguntado alguna vez cómo descubrí quién eras?
Asiento con gesto abatido.
—Se me pasó por la cabeza.
—Fue por una conversación entre mis soldados y los de mi hermano. Uno de ellos te mencionó y dijo que estarías dispuesta a cargarte a Matasso, y pienso averiguar cómo lo supo en cuanto lleguen.
—¿Crees que es un espía?
Abro los ojos de par en par y Leo asiente.
—Tiene algo entre manos, estoy seguro, y necesito averiguar si estamos cayendo en las garras de Matasso. Esto podría ser una trampa de la que no tenemos escapatoria, y tenemos que estar preparados.
—¿Qué necesitas que haga?
Vuelvo al modo profesional, sin las reservas de antes, porque a pesar de mis sentimientos soy profesional ante todo, y esta vez es una combinación de ambas cosas: esta vez es personal.
—Elige un vestido, ponte espectacular y observa. Quédate a mi lado y avísame si detectas alguna debilidad en ese cabrón. Considera esta noche una misión de reconocimiento, porque mañana mandaremos a ese hijo de puta al infierno.
Lo sigo a la tienda con sentimientos encontrados porque no sé si seré capaz de limitarme a observar sin actuar. Hay demasiada sed de venganza bullendo en mi corazón, pero asiento y acepto sus instrucciones, sin saber realmente si las seguiré.
Elegimos un vestido de infarto que haría llorar a los demonios.
Encaje negro y tafetán, con un collar de diamantes que eclipsa mi anillo de compromiso.
Los zapatos a juego serían un arma mortal y los veo más como una armadura que como otra cosa.
Tengo que apartar mis emociones y olvidar que alguna vez existieron, porque si esta noche tengo mi oportunidad, Carlos Matasso no saldrá vivo de ese edificio.