El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

LEO

No soy de los que se expresan, de frases largas ni palabras de amor, pero ahora mismo todas se agolpan en mi mente, desesperadas por encontrar una salida. Esto es diferente. He acabado dentro de muchas mujeres, pero nunca así. Nunca con emociones de por medio, y me gusta... mucho.

El cuerpo tembloroso de Chastity está pegado al mío y no quiero soltarla.

Mi polla sigue dentro de ella, uniéndonos como un maldito cordón umbilical.

Cortarlo será doloroso, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?

Tenemos un trabajo pendiente y no solo están en juego nuestras vidas.

También la de toda mi familia, y como cabeza de familia, no puedo defraudarlos ni anteponer mis necesidades a las suyas.

Le agarro del pelo y mantengo su cabeza pegada a mi pecho. Mi instinto protector solo se ha intensificado después de lo que acaba de pasar. Las olas lamen nuestros cuerpos ofreciendo un frío consuelo, y mi corazón late tan fuerte que casi puedo oírlo por encima del oleaje rompiendo en la orilla.

—Gracias —susurra, como un ángel que me da permiso para arruinar su alma, y eso me pone de rodillas.

—Era necesario —gruño, odiando la frialdad de mis palabras y cómo su cuerpo se tensa.

—¿Necesario?

—Llevaba días acumulándose. Siempre iba a pasar.

Se queda quieta y odio haber reventado la burbuja en la que estábamos, y detesto al bastardo cruel que siempre he sido.

Se mueve y la sujeto con más fuerza, impidiéndole escapar, y susurro con voz sombría:

—Para que quede claro, esto lo cambia todo y nada al mismo tiempo.

—No entiendo.

—Significa que no voy a dejarte ir. Ahora eres mía, Chastity, y si crees que voy a ponerte en el camino de ese bastardo asesino, vas lista.

—Pero...

Se echa hacia atrás y me mira a mis ojos peligrosos, y ver su hermoso rostro me pone duro antes siquiera de haber salido de ella. Cuando siente cómo mi polla se estremece, abre los ojos de par en par y sonrío con suficiencia.

—Te lo dije, ahora eres mía y será mejor que te acostumbres a tenerme dentro.

Sus ojos se iluminan, pero están nublados por la duda, lo que no me hace sentir precisamente bien, porque ¿y si para ella esto solo ha sido un polvo y no siente lo mismo?

Presiona sus labios contra los míos y dice con tono burlón:

—Sabía que te enamorarías de mí.

Poniendo mi mejor cara de cabrón, gruño:

—Amor no es una palabra que me resulte familiar, y desde luego no hace falta ahora. Me encanta follarte. ¿Con eso basta?

—Es un comienzo, supongo.

Me río por lo bajo.

—Entonces, ¿estás enamorada de mí?

—En tus sueños, imbécil.

Me devuelve la sonrisa burlona y se encoge de hombros.

—Eres un buen polvo. Eso te lo concedo.

—Lo mismo digo, nena.

Al moverme, salgo de ella y me encanta la decepción en sus ojos cuando suspira.

—Al trabajo, entonces.

—Por supuesto. Siempre es el trabajo.

Cuando sus pies tocan el suelo y se queda desnuda contra mí, una oleada de anhelo me atraviesa el cuerpo y el alma mientras nuestro hermoso momento se aleja flotando con las olas.

Le tomo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos mientras digo con un suspiro:

—Ven. Deberíamos vestirnos, desnudarnos, posiblemente follar una vez más por si da suerte, ducharnos otra vez y luego vestirnos para el trabajo.

Me empuja con fuerza, haciéndome tropezar, y pone los ojos en blanco.

—¡Follar otra vez! Ya te gustaría.

Se aleja y se zambulle en el oleaje. Emerge unos metros por delante de mí y grita:

—¡Primero tendrías que pillarme!

La observo mientras corre por la playa y juro que nunca he visto nada más glorioso en mi vida, y solo espero que ningún otro cabrón esté disfrutando de las mismas vistas.

No pierdo tiempo en seguirla, y mientras nos vestimos, contemplo a la belleza que se ha colado en mi corazón negro sin que ella lo sepa todavía.

Volvemos a mi habitación y, por un segundo, hay cierta incomodidad después de lo que acaba de pasar.

Se retuerce las manos como si no supiera qué hacer, y me resulta extrañamente tierno.

Cuando me contaron lo fuerte que era, lo increíblemente valiente, me hizo darme cuenta de algo importante.

Tiene una fuerza interior capaz de rivalizar con cualquier hombre y sería la mujer perfecta para compartir mi vida.

Necesito a alguien fuerte, sin miedo, capaz de enfrentarse a los desafíos que nos esperan, y sin embargo tiene una dulzura que despierta al dominante que llevo dentro.

Al protector y al hombre que quiere cuidar y proteger.

Alguien a quien amar, incluso, aunque todavía estoy descubriendo qué significa eso. Así que digo con suavidad:

—Ven aquí, nena.

Parece sorprendida y no espero su reacción, sino que cruzo la habitación, la tomo en mis brazos y susurro contra sus tentadores labios:

—Que conste que eso fue solo el comienzo. Lo que dije allí iba en serio. Ahora eres mía y no lo digo a la ligera.

—No entiendo.

Hay duda en sus hermosos ojos, una duda que quiero borrar, y digo con dulzura:

—Ya no estás sola. Si aceptas quedarte el tiempo que nos quede, prometo tratarte bien y no darte ningún motivo para irte.

Sus ojos se suavizan y asoma en ellos un atisbo de tristeza que no logro descifrar. Asiente, y una sonrisa trémula es mi única pista de lo que está pensando.

—Me gustaría, pero no sé cuánto tiempo me quedaré.

Sus palabras no son precisamente las que quería oír. Le levanto la barbilla hacia mí y susurro:

—¿Qué significa eso?

Se encoge de hombros.

—Significa que quiero más. Siempre lo he querido.

No quiero ser una posesión. Alguien que decora el brazo de un hombre y le calienta la cama.

Quiero que me amen, que me adoren incluso, y quiero una familia.

Tres niños peleándose entre ellos y volviéndome loca.

Quiero esa vida, Leo, porque es una que nunca tuve. La pesadilla de algunos, pero mi sueño.

Alza la mano y me roza los labios con el dedo mientras sonríe.

—Hasta entonces, me conformaré contigo. Seré tu compañera, sabiendo que nunca me darás tu corazón.

Cuando eso ya no me baste, quiero que me prometas que podré irme a buscar mi propio final feliz sin tener que mirar atrás.

Tú podrás pasar a la siguiente que esté dispuesta a abrirte las piernas y yo, bueno, encontraré a alguien que pueda darme lo que busco.

Se aparta y se dirige a la ducha sin mirar atrás, y odio lo mucho que me duele esto.

Cada palabra que dijo me desgarró el corazón porque no se equivocaba.

Sabe cómo funciona este mundo. Sin emociones, sin miedo.

Tiene todo el derecho a querer más, joder, se lo merece, pero no estoy seguro de ser el hombre capaz de dárselo.

Soy el asesino despiadado que siempre antepone los negocios, y me cuesta horrores admitir que siento algo más que simple lujuria por esta mujer.

Diana nunca me hizo daño, solo hirió mi orgullo, pero Chastity tiene la capacidad de arrancarme el corazón y dejarme con amargos remordimientos el resto de mi miserable vida.