CAPÍTULO 18
LEO
Hay algo ajeno dentro de mí que no me gusta.
Emoción. Tiene que ser eso, porque lo que siento ahora duele como el infierno.
Me rechazó. Puso fin a algo que nunca pensé que fuera más que dos personas follando antes de seguir cada uno su camino.
Nos han obligado a formar esta extraña alianza y esperaba que trajera ciertos beneficios.
Que no pueda sacármela de la cabeza es un fastidio, y supongo que es porque nunca me había encontrado en esta situación.
Diana es la única otra mujer con la que me he tirado sin compromiso, pero eso fue todo para mí, le guste a ella creerlo o no.
Lo hacía por diversión, para vengarme de mi padre por matar a mi madre y poner a una impostora en su lugar.
Eso es lo que soy. Un puto desastre sin emociones, y ahora que Chastity me ha dado una cucharada de mi propia medicina, no me gusta.
Así que hago lo que siempre he hecho: le doy la espalda y, mientras me visto, suelto por encima del hombro:
—Tengo asuntos que atender.
No estoy orgulloso de haberla dejado desnuda y disgustada. Pero ¿qué coño iba a decirle? Estoy en territorio desconocido y yo no hago estas mierdas, pero duele como el infierno salir de la habitación, porque por alguna razón quiero convencerla de que cambie de opinión.
Me voy al gimnasio y pongo la música a tope mientras me concentro en entrenar y en encontrar una salida a mi problema.
Mañana es el último día para tener un plan listo y estoy seguro de que el que hemos discutido a fondo dará resultado.
Sin embargo, hay algo que se me escapa y eso me pone en guardia. Me gusta ir un paso por delante, pero siento que voy dos por detrás.
Repaso el plan mentalmente mientras golpeo el saco con más agresividad de lo habitual, imaginando que es Carlos Matasso y que lo muelo a golpes hasta matarlo.
El primer punto de la agenda era reescribir el testamento a nuestro favor, algo que ya puedo tachar de la lista.
Ernest Bagway, el abogado, está cagado de miedo, y todo porque descubrí que le van los chicos jóvenes y no duraría ni dos horas en prisión.
Ahora que está en mi nómina, tengo la ley de mi lado, porque me será muy útil para cualquier contrato futuro que necesite amañar.
Luego está Diana. La zorra en cuestión. La quiero justo donde pueda verla hundirse y arder. No hay futuro para esa mujer mientras yo viva, pero resulta que no es mi mayor enemiga. Ese honor le corresponde al cabrón de Carlos Matasso, que quiere hacerse con la Mafia Ortega.
Ahí entra Chastity en juego: necesito que lo elimine de camino a la lectura del testamento.
Lo tengo todo planeado, pero ahora ya no estoy tan seguro.
Ya no quiero ponerla en peligro, así que tengo que replantearme su papel en esto, y si alguien me pregunta a qué viene el cambio de opinión, no tengo respuesta.
La puerta se abre y entra Ryan, todavía con traje, lo que me hace parar y volverme hacia él con impaciencia:
—Dime.
—Uno de los chicos me ha dicho que Diana ha pedido un coche para mañana. Piensa llevar a Chastity de compras. ¿Sabías algo?
—No.
Me paso los dedos por el pelo, preguntándome qué coño estará tramando, y Ryan dice con tono sombrío:
—Supongo que tiene segundas intenciones.
—Eso mismo pienso yo. —Me acerco, cojo agua del dispensador y digo con aspereza—: Podría jugarnos a favor.
—Podría. —Ryan me mira esperando instrucciones. Cojo una toalla y asiento—. Organízalo. Ya hablaré con Chastity.
Asiente y sale mientras me dirijo a las duchas con un odio abrumador hacia una sola persona en este momento. Yo.
Nada más salir del gimnasio, Diana está esperando en el pasillo en lo que pretende ser un encuentro casual.
—Leo. —Retrocede como sorprendida, y no se me escapa cómo se ha maquillado y peinado, el vestido ceñido marcando sus curvas y dejando claro que, como Chastity, no lleva ropa interior.
—Me alegro de verte —dice con voz ronca, lanzándome una mirada de deseo que pondría de rodillas a cualquier hombre con sangre en las venas.
—¿Ah, sí? —Me encojo de hombros, desdeñándola.
Hago ademán de pasar, pero ella me coge de la mano y dice vacilante:
—Por favor. No quiero que sea así. Quiero compensártelo. Demostrarte que nunca pretendí que pasara nada de esto. Hacerte daño.
Tiene los ojos llenos de preocupación, y espeto:
—¿Crees que me hiciste daño?
Me vuelvo y aparto la mano de un tirón, soltando una risa incrédula.
—Dejemos una cosa clara, madrastra.
Se estremece mientras la fulmino con la mirada.
—Te tiraste a mis hermanos y te tiraste a mí.
Luego fuiste y te tiraste a nuestro padre, y al día siguiente vuelta a empezar.
Dices que no pretendías hacerme daño. Supongo que se lo dices a cualquiera que te escuche porque te has dado cuenta de que ya no queda nadie que te cubra las espaldas.
Estás asustada, aterrorizada, agarrándote a un clavo ardiendo solo para seguir pintando algo.
En dos días estarás en la calle y probablemente obligada a venderte al mejor postor.
Niega con la cabeza como angustiada, y suelto una carcajada.
—No olvidemos a tu supuesto hermanastro, al que metiste en casa y te tiraste a espaldas de mi padre.
Avanzo despacio y la acorralo contra la pared. Me inclino y siseo:
—Pues mala suerte, nena, porque el cabrón está muerto, y no será el último cadáver en esta oscura tragedia. Me pregunto quién será el siguiente.
La miro fijamente y suelto con dureza:
—¿Tú, quizás? Será interesante averiguarlo.
—¿Mario está muerto? —Se le llenan los ojos de lágrimas, que ignoro—. No finjas que no lo sabías ya, porque no me lo trago. Sé que estabas metida en su sociedad secreta, y eso hace que te odie aún más, zorra depravada y sádica.
Me doy la vuelta y ella me detiene alzando la voz:
—¿Quieres saber de Los Señores Oscuros? Te lo contaré.
Me detengo y me giro. Sus ojos desesperados están anegados en lágrimas cuando susurra:
—Te lo contaré todo.
Niega con la cabeza, apesadumbrada.
—No estoy orgullosa de lo que hice, Leo, y quiero enmendarlo. Déjame ayudarte a acabar con ellos para demostrar mi lealtad a esta familia. Por favor, te lo suplico.
Que probablemente esté manipulando la historia no significa que no me interese, así que asiento.
—Te escucho.
—Entonces necesito una copa, porque esto no es un cuento de hadas. Es puro terror.
Me hago a un lado y la dejo pasar. La sigo hasta la sala donde hay un mueble bar que bien podría necesitar licencia. La historia que vaya a contarme podría serme útil, pero debo recordar con quién estoy tratando y no bajar la guardia mientras preparo mi contraataque.