CAPÍTULO 2
LEO
Ryan guarda silencio a mi lado, y noto que está intrigado. Comparto su interés porque Chastity Blake es una leyenda, y ninguno de los dos esperábamos que aceptara.
Nuestros planes han funcionado mejor de lo esperado y apenas me atrevo a respirar, no vaya a ser que reviente esta burbuja de oportunidad que podría salvar a mi familia.
Cuando lancé mi ultimátum, no bromeaba. Triunfar o morir, y eso también va por mí.
Si fracasamos, si ella fracasa, no será la única que llame a las puertas del infierno pidiendo alojamiento.
Yo estaré a su lado, con mis hermanos haciéndome compañía.
Carlos Matasso se encargará de ello, y por eso todo se ha planeado meticulosamente sin dejar nada al azar.
Dos millones de dólares es el premio para ella, pero el mío es mucho mayor.
Mi vida y la de todos los que me son leales.
En lugar de irme a la cama, hago un gesto a mi ama de llaves Ruby, que aguarda en silencio a un lado mientras cruzo la mansión, y le digo con voz grave:
—Tenemos una invitada, Ruby. Cuando haya terminado con ella, acompáñala al ala de invitados.
Asiente y observa a mi invitada con un interés apenas disimulado. Me divierte ver la esperanza en sus ojos antes de que baje la mirada, ocultando así su expresión ilusionada.
Me divierte porque, de todas las personas de mi organización, Ruby todavía no ha aprendido que no hay esperanza.
No para mí. Nací para ser Don Ortega, y eso levanta un muro contra la esperanza.
Mi vida puede ser larga o acabar mañana, así que disfruto de los placeres que puedo porque una vida normal no es para mí, nunca lo fue.
Ruby es una romántica. Una mujer ingenua con ideas sacadas directamente de una novela rosa. Sé que me cuida con instinto maternal, pero haría bien en recordar que para mí no hay esperanza. No hay un final feliz escrito en las estrellas para mí, y nunca lo hubo.
Nos dirigimos a mi estudio y, mientras inhalo el aroma masculino de puros y humo de leña, observo las brasas titilantes del fuego que ardió en la chimenea, aferrándose a la vida antes de enfriarse.
Me identifico mucho con eso, por eso exijo que lo enciendan todos los días.
Me fascina el peligro del fuego, su belleza, y que queme.
Después, cuando ha consumido todo a su paso, se apaga lentamente.
Tomo asiento y observo con rostro impasible mientras Ryan cede el paso a nuestra invitada.
Cierra la puerta, se aparta a un lado y la observa con vivo interés mientras ella se sienta con elegancia frente a mí.
La estudio con creciente curiosidad cuando, al sacudir la cabeza, su largo cabello oscuro le cae sobre los hombros y sus ojos castaños brillan de curiosidad y emoción.
—Señorita Blake.
—Señor Ortega.
Asiente y me mira con curiosidad, nada más.
—Ha aceptado mi oferta y probablemente sienta curiosidad por lo que implica.
Me responde con una expresión impasible, así que digo sin emoción:
—La vida de Carlos Matasso.
Se limita a asentir antes de decir con voz ronca:
—Entonces será mejor que me ponga al corriente.
—Por supuesto.
Me inclino hacia delante y la taladro con una mirada calculadora, algo que suele hacer que mis invitados se revuelvan incómodos, pero no ella. Me sostiene la mirada con desafío, y eso me divierte un poco. Es intrigante, sin duda, y eso me gusta. Mucho.
—Mi padre está muerto; puede que ya lo sepa —digo con voz carente de emoción.
Asiente.
—Tengo entendido que fue víctima de una explosión en el puerto deportivo de Dubái. Hubo algunos supervivientes, pero la mayoría pereció, incluida su hermana, Eliza.
Responde con fría curiosidad, y ante la mención de Eliza mi corazón da un vuelco y me desgarra por dentro.
Los bordes dentados de mi corazón se han afilado desde que nos la arrebataron, y supongo que la culpa es la responsable.
Le di la espalda a la única mujer que debería haber protegido, y nunca me lo perdonaré.
—Ha hecho los deberes, señorita Blake.
Disfrazo bien las emociones; siempre lo he hecho, y parece que no soy el único.
Asiente.
—Siempre los hago, señor Ortega. Planificación y preparación son las herramientas de mi oficio, por las que me está pagando generosamente.
—Por supuesto —asiento, mirando a los ojos de una asesina y reconociendo a un alma gemela en cuanto la veo.
Vuelvo al grano con un gesto desdeñoso y gruño:
—El testamento de mi padre se leerá en unos días. No me favorece.
—Ya veo.
Cruza las piernas torneadas y, por alguna razón, eso me enciende la sangre, porque no soy inmune a los encantos de una mujer.
Normalmente, ya la habría inclinado sobre algo para satisfacer mis impulsos carnales antes de despacharla.
Sin embargo, necesito a Chastity para un trabajo más importante que satisfacer mi polla, así que me remuevo un poco, guardo mi depravación en su caja y digo con voz ronca:
—Necesito que falsifique uno nuevo.
—Pan comido.
Parece casi decepcionada cuando dice con rapidez:
—¿Eso es todo?
—¿Usted qué cree, señorita Blake? Una falsificación no vale ni de lejos dos millones de dólares.
Casi me hace gracia cuando se encoge de hombros.
—¿Qué más?
Me recuesto en la silla y pregunto con aire casual:
—¿Conoce la historia del caballo de Troya?
Asiente, con un destello de ira en sus hermosos ojos.
—Sí.
—Estoy viendo uno y he convivido con otro.
Clavo la mirada en ella, buscando el miedo que esperaba provocar con mis palabras, pero solo encuentro una leve curiosidad.
—Entonces espero que tenga un plan para lograrlo, señor Ortega.
Responde con indiferencia casual, y asiento.
—Lo tengo.
Miro a Ryan, que escucha con interés, y su sonrisa divertida casi resquebraja mi expresión dura.
Supongo que, como yo, está fascinado por nuestra invitada, porque nunca he conocido a una mujer como ella.
No hay muchas mujeres como Chastity Blake, y me interesa presenciar sus habilidades de primera mano en lugar de oír relatos susurrados con reverencia mientras la leyenda crece con cada trabajo que completa.
¿Será este su último trabajo? Me decepcionaría que fracasara, me enfurecería incluso, y sin embargo algo me dice que he apostado por el caballo ganador porque, como yo, esta mujer no deja nada al azar y todo lo fía a la oportunidad.
Esbozo una sonrisa sombría y doy por terminada la reunión con sequedad: —Entonces descanse, señorita Blake. Comenzaremos después del almuerzo. Ruby le mostrará su habitación y se encargará de todo lo que necesite.
Ryan se acerca a ella y dice con cortesía: —Por favor, sígame, señorita Blake.
Hay que reconocerle que se limita a asentir y, sin dignarse a mirarme, despliega su cuerpo de la silla de cuero, se pone de pie y se da la vuelta para marcharse con una elegancia que no me pasa desapercibida.
Mientras contonea las caderas camino a la puerta, mi interés se intensifica al imaginar cómo sería poseer a una mujer así.
Me encantan las cosas refinadas de la vida, lo mejor de lo mejor, y siempre consigo lo que quiero. Si Chastity Blake tiene éxito en su misión, puede que incluso me plantee ofrecerle otro tipo de contrato... de índole más personal.