Epílogo #2
Ambos se sentaron frente a la mesa, encendieron sus ordenadores y ajustaron sus micrófonos mientras Susana cargaba las escaletas del programa y proyectaba su logo en las pantallas. Luego les hizo un gesto para indicarles que quedaban diez segundos.
—¿Lista? —preguntó Leo, mirando a su amiga de reojo.
Lara se colocó los auriculares, acomodándose el pelo tras la oreja con esa serenidad que le había regresado al rostro desde que Álvaro y ella habían vuelto juntos.
—Más que lista —sonrió ella.
La luz roja del estudio se encendió, tiñendo el ambiente de una calidez familiar, sonó la cortinilla del programa y Leo se acercó al micro, respiró hondo y dijo:
—Bienvenidos a Orgullo! , el podcast para disidentes, donde hablamos los que no encajamos en la norma.
—¿No eres un hombre blanco heterosexual? No pasa nada, nosotros tampoco. Únete a tu comunidad para reír, charlar o indignarte.
—Conmigo, Leo Gallardo: periodista, activista y marica profesional.
—Y conmigo, Lara Salvatierra: artista y feminista, bisexual y mujer racializada .
Ambos se miraron con una enorme sonrisa en los labios.
—Hola, chocho —dijo Leo.
—Hola, chocho —replicó ella.
—Hoy estrenamos temporada y, la verdad, no se me ocurre una forma mejor de empezar que hablando de lo mejor de la semana: «Miradas diversas» está siendo un éxito.
La exposición estará un mes en Cibeles y luego empezará a rular por toda España.
No os la perdáis, por favor. Aparte de poder disfrutar del arte de Lara, también podréis admirar el de otros artistas valientes, audaces, diversos, que son la prueba de lo que ocurre cuando dejas de esconderte y te muestras tal y como eres.
—Espera, Leo, ¿estás hablando de las obras o de esto?
—Se giró hacia él y, para su sorpresa, sacó la GLAM de su bolso—.
Porque si habéis oído hablar de «Miradas diversas», lo más probable es que sea por lo que ocurrió durante su inauguración.
Otra prueba de lo que ocurre cuando dejas de ocultarte, ¿o no?
—Leo reprimió el impulso de taparse la cara con las manos—.
Por favor, Leo, dinos qué se siente al… Espera.
—Hojeó la revista hasta dar con la dichosa foto—.
Ah, sí: gritar tu amor a los cuatro vientos.
Mientras su amiga hablaba, Leo desvió un segundo la vista hacia la cabina de sonido y vio que, junto a Susana, había una silueta muy familiar. El estómago le dio un vuelco. Dante lo miraba con una sonrisa enorme y le hizo un pequeño asentimiento con la cabeza. «De perdidos al río», pensó.
—¿Pues sabes qué? Que me siento de puta madre. Que estoy muy feliz y que mi novio es el hombre más guapo de todo Madrid.
Lara elevó las cejas.
—¿Novio?
—Bueno… —titubeó inseguro—. Pensábamos aclarar ese punto esta noche, durante la cena, pero… —Volvió a mirar hacia él, que volvió a asentir—. Creo que casi puedo afirmar que sí.
—¿Entonces ya has borrado tu perfil en Peckr?
—¿Y tú el tuyo en Flick? —contraatacó Leo—. Porque no soy yo el único que se ha echado novio este verano…
—Es verdad —dijo Lara con voz tímida, acercándose al micro—. He vuelto con mi ex. Todo fue un malentendido y estamos más felices que nunca. ¿Qué te parece si empezamos con las cartas de los oyentes ?
La grabación del programa siguió sin más incidencias.
Durante la siguiente hora, el estudio se llenó de risas, debates encendidos y esa complicidad única que solo Leo y Lara sabían crear frente a los micrófonos.
Al otro lado del cristal, Dante no se movió ni un ápice.
Escuchó el programa entero junto a Susana, asintiendo a veces, riéndose con ganas de las ocurrencias de Leo y mirándolo con una devoción tan absoluta que, a ratos, hacía que el periodista se equivocara de línea en la escaleta.
Cuando terminaron de grabar la última sección, Leo miró la luz roja de la pared y se despidió de su audiencia con el corazón desbordado.
—Y hasta aquí el primer episodio de la temporada. Recordad: vivid sin disculparos, amad a quien os dé la gana y haced mucho ruido. Nos escuchamos la semana que viene. Un beso gigante de parte de todo el equipo de Orgullo!
Susana cortó la señal y la luz de grabación se apagó, devolviendo al estudio su iluminación habitual. Lara se quitó los auriculares, exhalando un largo suspiro de satisfacción.
—Pedazo de programa nos ha quedado, chocho —dijo, estirando los brazos.
—El mejor —coincidió Leo.
La puerta del estudio se abrió y Dante entró despacio.
—¿Así que es aquí donde se obra la magia?
—¿Qué? —Le preguntó Lara, poniéndose de pie para plantarle dos besos—. ¿Te ha gustado la grabación?
—Me ha encantado. Aunque… —Miró hacia atrás y luego susurró—: Creo que a la técnico de sonido no le ha gustado mucho tenerme de polizón.
Lara se rio.
—No te lo tomes como algo personal: Susana odia tener a «los novios» en su cabina.
Leo también se había puesto de pie y Lara miró hacia él.
—Bueno, voy saliendo, que he quedado con Álvaro y no le quiero hacer esperar. —Se despidió, cogió su bolso y se escabulló del estudio.
Leo y Dante se quedaron a solas, frente a frente.
—Así que soy el hombre más guapo de todo Madrid, ¿eh? —dijo Dante, cruzándose de brazos y mirando a Leo con una ceja arqueada y una sonrisa ladina .
Leo sintió que las mejillas se le encendían, pero decidió combatir la vergüenza con chulería.
—No, dije que mi novio es el hombre más guapo de todo Madrid, ¿por qué supones que estaba hablando de ti?
Dante soltó una suave risita, de esas que solo le salían cuando estaba a solas con él. Le rodeó la cintura con los brazos y lo atrajo hacia su cuerpo.
—Me partes el corazón —susurró.
Leo apoyó las manos en su pecho, sintiendo el firme latido de su corazón, a la vez que se perdía en sus ojos. Dante se inclinó para besarlo. Justo en ese momento, escucharon la voz de Susana por el micrófono interno.
—Sabéis que aún estoy aquí, ¿verdad? Joder, que es que, a veces, me siento invisible.
Ambos soltaron una risita.
—Mejor salimos de aquí —dijo Leo—. ¿Nos vamos a cenar? Que aún tenemos un asunto que resolver.
—No me he olvidado. Voy a tener que buscar a ese novio tuyo y tener unas palabritas con él.
Leo rio de buena gana. Se cogieron de la mano, se despidieron de Susana y recorrieron el pasillo hacia la salida.
—Me tienes que contar lo de tu tía —le recordó por el camino.
—Ah, eso. —Dante hizo un gesto, como quitándole importancia—. No te preocupes, ya se le pasará. Ventajas de ser la única familia con vida que le queda. —Leo lo miró con preocupación—. ¿Qué? Lo digo en serio. No pasa nada.
—¿Seguro?
—Seguro —corroboró.
—Es un alivio. No querría ser la causa de que te enemistaras con ella. Al fin y al cabo, también es la única familia que tú tienes.
—No, no es la única —dijo, subiendo la mano de Leo hasta sus labios para besar el dorso—. Y en tu casa, ¿qué tal? ¿Cómo se ha tomado tu familia la noticia?
—Oh, ya sabes. Mi tía está contenta. Creo que ella se olió algo en el campamento y le caes muy bien. Lidia no hace más que burlarse, pero creo que también aprueba mi decisión. Mi madre está entusiasmada, porque… Bueno, ya sabes. Siempre está buscándome pareja, y le encanta la GLAM y…
—Y está orgullosa de lo guapo que es su hijo y de lo estupendo que es su novio. Sea quien sea —añadió con una sonrisa burlona.
Salieron del edificio. Madrid los recibió con uno de esos limpios atardeceres de finales de verano.
La luz incidía de lleno sobre las fachadas señoriales de la Gran Vía, haciendo que los relieves esculpidos parecieran emitir su propio resplandor.
Los ventanales de los edificios históricos devolvían el reflejo del sol como si fueran láminas de oro y las cúpulas y los detalles en bronce destellaban con majestuosidad.
El cielo empezaba a oscurecerse y justo en la línea del horizonte, que apenas se podía ver por culpa de los edificios que los rodeaban, el azul cobalto se fundía en el rosa y este a su vez en el dorado más resplandeciente.
Se pararon en la acera, esperando a que pasara un taxi.
—Lo único malo —siguió hablando Leo—, es que mi madre no deja de quejarse de que ella es la única que no te conoce. Te ha visto en persona, pero no te ha tratado nunca.
—Eso es verdad, y si es tan encantadora como tu tía…
—No sé yo qué decirte…
Pararon un taxi y se metieron en él. Se acomodaron en el asiento trasero y Dante le dio a la conductora la dirección de un conocido restaurante.
—Imagínate —rio Leo—. Quiere que vengas a casa a comer. Me dijo que te llevara el domingo. ¿Te lo puedes creer? —Dante lo miró muy intensamente y la sonrisa le flaqueó—. Solo estaba de broma —aclaró—. No pienso llevarte a comer a mi casa.
—¿No? ¿Y eso por qué, si puede saberse? —preguntó Dante con la voz muy grave.
—Pues… Porque me parece muy pronto. Y porque pensé que tú aún no querrías… Ya sabes.
—Yo, a lo mejor no, pero quizás tu novio sí que quiera conocer a tu madre.
Leo lo miró atónito.
—No puedes estar hablando en serio —espetó, pero Dante lo miraba impertérrito—. ¿Qué? —No obtuvo respuesta—. ¡ Arrggrr ! Vale, tú eres mi novio, el hombre más guapo de todo Madrid. ¿Era eso lo que querías oír ?
La sonrisa que Dante le dedicó mientras lo atraía hacia su cuerpo fue resplandeciente.
—Dile a tu madre que el domingo me viene genial —dijo antes de besarlo.
FIN