Onda Corta: 90 Casos de Misterio y Deducción Lógica para Resolver CASO 16 El nombre completo
99%

CASO 16 El nombre completo

Cierre definitivo de la serie.

La antigua compañera de profesión de Casilda confirmó, por fin, la dirección exacta: una casa pequeña en la costa norte de Tenerife, con una antena de radioaficionado todavía visible en el tejado.

Casilda, Iñaki y Sarela llegaron una tarde de finales de verano, sin avisar, por miedo a que un aviso previo diera tiempo a esconder algo, o a esconderse.

Quién abrió la puerta

Se llama Matilde Ferreiro. Tiene ochenta y nueve años, y durante casi un minuto, al ver a Casilda en el umbral, no dijo nada.

Fue Casilda quien habló primero, y lo que dijo no fue un nombre ni una acusación, sino una sola frase: «he tardado cuarenta y tres años en encontrarte, así que ahora vamos a sentarnos con calma».

Matilde los hizo pasar a una cocina pequeña, con vistas al mar, donde un receptor de radio antiguo —el mismo, según reconoció después, que había usado toda su vida— ocupaba un rincón entero de la mesa.

No pareció sorprendida de que la hubieran encontrado; pareció, más bien, aliviada de que por fin hubiera ocurrido.

Lo que Matilde contó

Matilde fue, en 1971, la aprendiz más joven de la estación de telégrafos donde trabajaba el operador desaparecido, un hombre al que todos llamaban simplemente «el maestro» y a quien Matilde admiraba más que a nadie en el oficio.

Cuando la red clandestina de radio de la que formaba parte fue descubierta, alguien —nunca se supo con certeza quién, aunque Matilde siempre sospechó de un compañero que después hizo una carrera sorprendentemente rápida dentro del régimen— lo delató.

El maestro fue detenido y, según todo lo que Matilde pudo averiguar después, murió en circunstancias que nunca se esclarecieron del todo, lejos de cualquier registro oficial.

Matilde, entonces con apenas veinte años, cargó con una culpa que no le correspondía: la de haber sido, sin saberlo, quien facilitó sin querer el dato que llevó a la detención, al comentar en el lugar equivocado un horario de transmisión que debía haberse guardado en secreto.

Desde entonces, cada día 13 del mes, transmitió desde la caseta que el maestro solía usar, repitiendo un fragmento de un vals gallego que a él le gustaba tararear, seguido de sus propias iniciales en Morse, como una forma privada de pedirle perdón que nunca esperó que nadie más llegara a escuchar.

Por qué nunca lo contó

«Empecé a hacerlo por mí, no para que nadie me oyera», dijo Matilde.

«Y después, con los años, dejé de saber cómo parar, y también dejé de saber cómo empezar a contarlo, si es que alguna vez encontraba a alguien al otro lado».

Se instaló en Tenerife hace más de veinte años, tras jubilarse, sin decirle a casi nadie por qué eligió precisamente esa costa: porque desde allí, con el equipo adecuado, todavía podía alcanzar la vieja caseta con su señal, noche tras noche, año tras año.

Iñaki, que había pasado la serie entera calculando distancias y ecos, se quedó callado durante buena parte de la conversación.

Fue él quien, al final, le preguntó a Matilde algo que ninguno de los otros dos se había atrevido a preguntar: si alguna vez había pensado que alguien pudiera responderle.

«Todos los meses», contestó ella. «Y todos los meses, durante cuarenta y tres años, nadie lo hizo.

Hasta que Casilda empezó a escuchar de verdad».

El nombre completo, por fin

Las letras que Casilda había ido reuniendo durante cinco volúmenes —tres al principio, luego una cuarta, luego una quinta, luego dos más en Andalucía— forman, completas, el nombre MATILDE. No hacía falta descifrar más: solo hacía falta llegar hasta la puerta correcta y llamar.

Cómo termina la historia

Matilde le entregó a Casilda el resto de sus cuadernos, décadas de anotaciones que nunca pensó compartir con nadie.

Las dos mujeres, de setenta y uno y ochenta y nueve años, se han escrito cada semana desde entonces, ya no en Morse, sino en cartas normales, como corresponde a dos personas que ya no tienen nada que ocultarse.

Sarela terminó de escribir esta crónica sentada entre ambas, en la cocina de la casa de Tenerife, mientras Iñaki preparaba café para los tres.

Antes de irse esa primera tarde, Casilda le pidió a Matilde una última cosa: que transmitiera, una vez más, el día 13 siguiente, el mismo fragmento de vals de siempre.

Pero esta vez, le dijo, alguien iba a responder.

Y así fue: desde Punta Roncuda, cuarenta y tres años y un mes después de la primera anotación del cuaderno, Casilda transmitió de vuelta, por primera vez, la misma melodía.