Olas de Placer (Historias Eróticas Hot 12)
© inepub.com
1
Naomi inspiró hondo el aire del océano, sintiendo el ligero sabor salino en sus labios. Dejó que una brisa suave le atrapase el cabello castaño que solía caerle en rizos sobre los hombros, volviéndose liso y oscuro en cuanto entraba en contacto con el agua.
A lo lejos, el sol brillaba reflejándose en las aguas cristalinas de Santa Bárbara.
La playa se extendía unas dos millas en cada dirección; una extensión blanca de arena acumulada a unos cincuenta metros de la orilla, empujada allí por olas de hace miles de años hasta formar pequeñas colinas a sus espaldas.
Naomi apretó la tabla de surf bajo el brazo y echó a correr colina abajo.
Cuando el frío se lo permitía, evitaba el uso del traje de neopreno, y vestía un bañador entero, rojo oscuro, parecido a un uniforme de socorrista, que resaltaba las formas perfectas de sus curvas.
En el pecho, en lugar de la clásica inscripción «Rescue», lucía una estampa blanca lechosa de una mano con el pulgar y el meñique vueltos hacia fuera en direcciones opuestas.
Al llegar a la orilla, aminoró el paso y posó la mano libre sobre la frente para protegerse los ojos del sol mientras escudriñaba la línea del horizonte: las olas se hinchaban a lo lejos y rompían con un ruido familiar, avanzando con sus crestas blancas y espumosas.
A unos cien metros de la costa, sentados con las rodillas enganchadas a las tablas, consiguió contar al menos una decena de surfistas. Bajó la mirada hacia las numerosas huellas, probablemente suyas, que rompían la linealidad de la arena.
Un poco más allá, en la zona reservada a los bañistas, un par de familias disfrutaban del espléndido día, entre toallas y sombrillas multicolores.
Regía un tácito acuerdo de respeto mutuo entre surfistas y bañistas; nadie se habría atrevido jamás a invadir la zona del otro: una poblada por surfistas a tiempo completo y por estudiantes ocasionales de la universidad, la otra para las familias con su prole a cuestas.
Naomi había crecido en aquellas zonas, aunque más hacia el interior. Cada fin de semana, sus padres la llevaban al mar, cruzando las carreteras desiguales del campo para alcanzar el litoral californiano.
En una tierra de surfistas altos y rubios, ella siempre se había sentido un poco diferente. Un par de ojos casi negros, ligeramente rasgados, se alzaban como dos gemas de ónice negro en su rostro de rasgos delicados, con la piel que el sol había vuelto aún más oscura.
«Ratón» era el apodo que su madre le había puesto desde que dio sus primeros pasos.
Su padre, peruano, había llegado a Estados Unidos el año anterior a su nacimiento y había conocido a su madre —que ya vivía allí desde hacía una década— en una tienda de comestibles.
La familia de su madre también era sudamericana, originaria de un pueblecito, muy parecido a Santa Bárbara, llamado Yaruma.
Cuando el agua golpeó por primera vez los pies de Naomi, ella sonrió. El agua del Pacífico norte nunca estaba realmente caliente, ni siquiera en pleno verano, pero el sol fuerte y la escasa profundidad del fondo la volvían tibia y salvaje, con tonalidades que del turquesa pasaban a un azul profundo.
Naomi avanzó, se tumbó sobre la tabla y se metió en una de las olas, sintiendo cómo rompía sobre ella, para reaparecer al otro lado. Apoyando el pecho en la tabla, comenzó a remar para unirse al line-up donde los demás surfistas flotaban sobre sus tablas.
Estaban a unos cien metros de la orilla, donde la playa, ligeramente más baja a unos quince metros de distancia, caía a pico en la oscuridad del agua.
Reconoció a un par de personas: Reagan Holt, una chica pelirroja que vestía un traje de neopreno alto hasta el cuello.
La tela negra ligeramente brillante no lograba ocultar en absoluto un cuerpo que habría puesto en vergüenza a una Barbie.
Naomi había compartido un par de clases con Reagan en el instituto.
Ambas eran nativas de Santa Bárbara. Nunca habían sido amigas íntimas, pero también habían tenido un par de buenas charlas a lo largo de los años, encontrando una complicidad que hizo que Reagan se iluminara en cuanto vio a Naomi cabalgar una ola a un par de metros de distancia.
La chica de pelo de fuego alzó la mano en un saludo efusivo, que Naomi le devolvió.
El tipo a su lado era Kay Brody. Nadie sabía de dónde venía Kay Brody. Tenía unos cincuenta años, complexión de espantapájaros, una piel tan morena y marcada por el sol que podía darle una lección a una nuez.
Viejo lobo de mar, pensó Naomi, sonriendo.
El hombre tenía un hueco en la parte frontal de la boca: los cuatro dientes se los había arrancado un golpe de la tabla en medio de una ola brava, y nunca los había reemplazado.
No parecía importarle. Charlaba con soltura con los estudiantes de la Universidad, sabía contar buenas historias y se comportaba con una seguridad ganada a pulso que siempre parecía decir: «Ya he estado ahí, chico, lo he hecho».
Naomi lo miró mientras tomaba una ola. Sus brazos nervudos se alzaron, su cuerpo se puso en pie con facilidad sobre el oleaje que se hinchaba, y se dejó llevar lejos del line-up.
Pero Naomi ya no lo miraba a él: algo más había llamado su atención. Había varios surfistas que no conocía, probablemente estudiantes universitarios. Sus ojos se habían posado en dos de ellos, en particular, que permanecían un poco apartados de los demás.
Dos muchachotes que, a diferencia de tantos otros, se sentaban en sus tablas como si supieran lo que hacían. Con las piernas abiertas, las cabalgaban con una seguridad común entre los hombres californianos, y que parecía pertenecerles.
Ambos vestían el traje de neopreno abierto en el pecho, que dejaba entrever sus torsos esculpidos por las horas pasadas en el agua.
Uno, el más cercano a ella, llevaba el cabello castaño arena, recogido con una goma amarilla, que enmarcaba una frente amplia y un rostro bien delineado, en el que resaltaban los pómulos pronunciados.
El otro, su compañero, llevaba el cabello suelto, más corto, con reflejos rubios que brillaban cuando el sol los atrapaba.
Sus rasgos eran un poco más suaves y una sonrisa asomaba en la comisura de sus labios mientras el amigo le decía algo que Naomi no logró oír por el estruendo del océano.
Obligándose a apartar la mirada, divisó a una chica rubia que se preparaba para tomar la ola.
Naomi supo de inmediato, desde los primeros instantes, que no lo lograría, pero no dijo nada.
En la mayoría de los casos, mientras el novato o la novata no hiciera nada ridículo o peligroso, era mejor dejar pasar.
Así que permaneció sentada en su tabla, viendo a los dos chicos sonreír, llegando a la misma conclusión que ella.
Ya, pensó. Estos dos no son novatos.