Ojos en la noche Alba #11
67%

Alba #11

—¿Qué me dices de eso de conocer lo que hacen los otros? —inquirió Agustín al terminar su relato—. Será una patraña, ¿verdad?

—Lo llamamos «velación». Incluso entre los nuestros, solo gente muy especial puede hacerlo. —El viejo lo miraba fijamente—. Ella puede hacerlo, tiene el don.

Sin apartar sus ojos de los de Anselmo, Agustín apuró de un trago lo que le quedaba en el vaso.

El viejo, ahora en su papel de anfitrión, lo volvió a llenar para luego completar lo que faltaba del suyo propio.

Estaban sentados a la pequeña mesa de la habitación principal de la humilde construcción de adobe, madera y estuco.

La botella de tequila, a medias ya, y los dos vasos eran la frontera entre ambos.

Un candil descansando en la mesa iluminaba la estancia, y a través del ventanuco orientado al mar, un ribete rosa rojizo limitaba un profundo azul nocturno.

—No me lo puedo creer —dijo el cura al rato.

—Ah, ¿no? ¿Se ha preguntado alguna vez por qué yo conocía cosas suyas que solo usted sabía?

Agustín se quedó boquiabierto, con el vaso a medio camino de la boca.

—¡Me has espiado!

—Sí.

Anselmo sonreía.

—Pero… ¿cómo?

—Sí, claro que sí. Hay que conocer al enemigo.

Agustín sacudió la cabeza entre incrédulo y resignado.

—No sé qué hacer —declaró el cura, obviando el comentario de Anselmo. En aquel momento tenía mayores preocupaciones que responder a la provocación del curandero—. No quiere hablar conmigo, ni siquiera por teléfono. Sabe que lo que hace está mal. Pero está como dominada, anulada por ese hombre.

—¡El ratón y el águila! —exclamó Anselmo—. Antes ella era parte del águila, ahora es también su presa.

—¿Qué?

—No me haga caso. Es una cosa mía.

—¿Qué se puede hacer, Anselmo? —El cura se mostraba abatido y tomó otro sorbo de tequila—. ¿Qué podemos hacer?

—Poco puede hacer usted por ahora. Déjemelo a mí.

—¿Qué harás?

—¿Por qué cree que la corteja ese hombre?

—Lucía es una muchacha muy linda.

—Sí, pero ese hombre puede tener a muchas mujeres bonitas; la quiere a ella porque ve y oye cosas, y porque con lo que le cuenta él obtiene dinero y poder.

»Ya sabía yo que algo malo pasaba, por eso, como aviso, he estado frenándole a Lucía la facultad de ver. Pero no pude darme cuenta de que había llegado tan lejos. Ahora voy a dejarla sorda y ciega.

—Pero ¡qué dices!

—No de verdad. —El viejo sonrió mostrando los huecos en sus dientes—. Solo para las velaciones. Cuando ella ya no le sea útil, ese hombre se cansará de tener a una criada como amante. Ya lo verá. Y con el desengaño, ella querrá volver con nosotros.

—No sé cómo vas a hacer eso, pero que Dios te oiga, Anselmo. —Algo tambaleante, Agustín se levantó—. Y ahora me voy. Rezaré para que eso te salga bien.

—Será mejor que se quede a dormir aquí, padre. Ha tomado mucho.

—Yo nunca bebo más de lo que soy capaz de mear —dijo, digno—. Me voy. —Y lo miró con gesto severo—. Además, ¿qué dirían mis feligreses si se enteraran de que he pasado la noche aquí?

—No lo sé. ¿Quizá que nos estamos enamorando?

Agustín se lo quedó mirando con la barbilla levantada. Luego rompió a carcajadas. Aparatosas, imparables. Las lágrimas acudieron a sus ojos. Anselmo se unió a su risa.

Cuando lo vio salir con su motocicleta hacia la oscuridad, el viejo se dijo que Dios haría un milagro si aquella noche Agustín llegaba a su casa sano y salvo.

Luego vio por unos momentos los destellos del faro iluminando matorrales y rocas, y creyó que, por encima del gruñido irregular de la motocicleta, dominándolo, se oían aún más risas.

La vela, sobre la mesita, era el sol, pequeño pero radiante, que iluminaba la oscura habitación; más oscura que la noche de fuera.

El alto cirio, plantado en la mesa, tenía escrito el nombre de Lucía.

Los pómulos y las pupilas de Anselmo brillaban reflejando la llama y la imagen de esta en el agua del cuenco.

Quieto, cual cazador acechando a su presa, el viejo aguardaba.

Debía encontrar a su nieta en el momento preciso, la esperaba, seguía sus movimientos, aun sabiendo que era imposible permanecer con esa concentración por tiempo indefinido.

Ayer también aguardó por ella, pero como Lucía no entraba a velar al fin la perdió.

Pero sí pudo verla; estaba haciendo el amor con aquel hombre.

Odiaba a aquel tipo hermoso que le robaba a su nieta, pero sabía que era de temer.

Por algo era el águila. El animal sagrado, el rey del cielo.

El águila, alas de poder, pico de ambición, garras de codicia.

Pero esa noche no parecía que ella fuera a recibir a su amante.

Y la parte de Anselmo desplazada allí estaba quieta en un rincón, siguiendo los movimientos de la muchacha.

No quería que lo viera antes de tiempo. Ella se lavó las manos y la cara y, descalzándose, se puso de rodillas para rezar frente al crucifijo y el vaso de agua. Lucía iba a velar.

Entonces la muchacha encendió la vela y la situó frente al vaso.

—Santa Lucía, por favor, que no me vea hoy frenada —murmuró.

Después de apagar la luz eléctrica se sentó frente al reflejo en el agua. Recitó las oraciones, enunció las palabras y lanzó su mirada al fulgor del agua como paloma dejándose caer desde un alero para emprender el vuelo.

Y sí, volaba, pero no hacia donde ella quería. Estaba atrapada por una fuerza mayor que la succionaba, que la atraía. Luchó para escapar, pero sin conseguirlo, la fuerza la superaba.

Allí, al final del trayecto, vio los ojos apagados y tristes de su abuelo.

—¡No, abuelo! ¡No, por favor! —empezó a suplicar.

—Lucía, has usado mal tu don. Déjalo todo y vuelve con nosotros.

—No, por favor, abuelo. ¡No puedo volver!

—Estás pecando contra las leyes que te enseñé. Debes volver.

—No puedo, abuelo. Me moriría sin él.

—¡Vuelve!

—No, abuelo. Tú no lo comprendes. Amo a ese hombre con desesperación. Y si vuelvo lo perdería para siempre. Por favor, no me hagas nada. Déjame vivir mi vida.

De repente Lucía se sintió lanzada hacia atrás, hacia su habitación, mientras notaba un golpe en el pecho, como si su corazón se fuera a detener.

Y con el sudor corriendo por las sienes se quedó mirando la llama como hipnotizada; le dolía el cuerpo, se notaba agotada.

Supo que no podría volver a volar en la luz del agua hasta que el viejo la perdonara.

Una lágrima corría por la mejilla derecha de Anselmo. Estaba rodeado de oscuridad absoluta. Con un pequeño capuchón de plomo, que él mismo había fundido el día anterior, acababa de cegar la llama de la esbelta, de la joven candela de Lucía.

Durante la cena, él la seguía con la mirada. Lucía miraba la mesa, las fuentes de comida, a la mujer de Rich, a su compañera Cindy, pero evitaba mirarlo a él.

—¿Qué te ocurre, Lucía? —le dijo abordándola en el pasillo cuando regresaba de la cocina para recoger los platos de la mesa.

—Nada.

—Sí. Pasa algo. Ven.

Y tirando de ella la llevó hasta su despacho.

—¿Qué te ocurre? —volvió a interrogarla una vez llegaron—. ¿A qué viene esa cara?

—Es largo de contar. Ahora no tengo tiempo. Cindy me echará en falta y terminará sospechando.

—¡A la mierda Cindy! Me da igual lo que piense.

—Pues a mí sí me importa. —Y sin decir más, Lucía regresó a la cocina.

Aquella noche, cuando acudió a la habitación de la chica, la encontró sentada frente a la cómoda del espejo, mirándose en él.

—¿Qué te ocurre? —le dijo—. ¿Qué te está pasando, Lucía?

—Casi no me reconozco —repuso ella al rato, aún ensimismada, contemplándose en el espejo—. ¡He cambiado tanto en unos meses! Y más desde que estoy aquí.

—¿A qué viene eso? Todos cambiamos. ¿Qué tiene de particular? —Parecía importarle poco el cambio de Lucía. Y preguntó lo que le interesaba—: Por cierto, ¿has podido ver lo que te pedí?

Lucía rompió a llorar. Primero se le llenaron los ojos de lágrimas, que resbalaban por las mejillas, luego vinieron los sollozos.

—Pero ¿qué te ocurre?

Él la tomó por los hombros.

—¡No puedo ver! ¡No puedo ver! Mi abuelo me ha bloqueado.

—¿Que te ha bloqueado?

—Sí, impide que use mi don.

—¿Cómo puede hacer eso?

—Es como el freno de un coche. Él está ahora pisándolo. Cuando me perdone, dejará de presionar y yo podré volver a ver.

—¿Y crees que durará mucho?

—Seguramente. Quiere que vuelva, que te deje.

Y volvió al llanto. Él la besó en los ojos acariciándole la nuca y ella empezó a sentir que se relajaba.

—Tranquila, pequeña. Verás como todo se arregla.

—¿Me querrás aun cuando no pueda ver lo que me pides?

—Claro que sí. ¿Cómo puedes pensar lo contrario?

—Gracias. Yo haría cualquier cosa por ti.

Él volvió a besarla y Lucía sintió cómo la paz, poco a poco, regresaba a su espíritu.

Cuando despertó al día siguiente estaba sola en el lecho revuelto.

Él jamás se quedaba. Lucía entendía por qué, pero deseaba que llegara el día en que pudieran despertarse juntos.

Se desperezó, anduvo por la habitación y se fijó en su imagen en el espejo de la cómoda.

Ya reconocía un poco más de sí misma. Se sentía feliz.

Sus ojos ya no estaban hinchados por el llanto y una sonrisa apareció en sus labios.

Pero de pronto algo llamó su atención. Guardaba varias fotos en el espejo, sujetándolas entre el marco y el cristal; fotografías de su madre, de amigas de Santa Águeda, del padre Agustín y del abuelo.

Así tenía siempre a la vista a los que ella amaba.

Pero aquella mañana faltaba una foto. ¡La del abuelo Anselmo!

Buscó encima de la cómoda, en el suelo, por detrás del mueble. No estaba. Anduvo inquieta todo el día, especulando sobre el destino del retrato. Pero por la noche, cuando se recogió en su habitación, su inquietud se convirtió en pánico. ¡La foto estaba de nuevo en su sitio!

—Buenas noches, Carmen, soy Lucía, perdona que te llame tan tarde.

—¡Hola! ¿Cómo estás? —Carmen se sentía agradablemente sorprendida por la llamada—. No te preocupes por la hora, es viernes y me acuesto tarde.