Alba #10
Después dio media vuelta y anduvo digna y enérgica hasta la puerta.
«Santa Lucía, buen Jesús, ayudadme».
La puerta estaba cerrada y la celosía exterior y los cortinajes protegían la habitación del sol que en aquel momento golpeaba las ventanas.
La cruz de cerámica colgada de la pared y la estampa de la santa presidían la mesilla de noche, y sobre esta, descansaba un vaso de agua.
Arrodillada, Lucía rezaba para que los dones de la visión y de la luz le fueran concedidos de nuevo.
Estaba intranquila, algo no iba bien últimamente.
Cada vez le costaba más ver, alcanzar a quien buscaba; percibía un freno que a veces no la dejaba llegar a su objetivo.
Sentía la angustia del que nota que pierde la vista y se encamina de modo inexorable hacia la ceguera.
Terminó sus oraciones, trazando varias veces la señal de la cruz en el aire para terminar besando su mano. Luego, transportando el beso con la punta de los dedos, lo depositó en la estampa de santa Lucía que tenía clavada en la pared bajo el crucifijo.
Al incorporarse, sus pies desnudos sintieron el frío del suelo y, con cuidado, llevó el vaso hasta la cómoda frente al espejo.
Cuando ya la luz de la vela brillaba, reflejándose en el agua y en el espejo, miró su imagen. Una expresión preocupada surgía de la oscuridad. Era el trazo de las cejas, más rectas, menos arqueadas; eran los labios que, apretados, denotaban la tensión.
Asentó sus pies en contacto pleno con el suelo y, enérgica, se puso a declamar las palabras ocultas de la vieja lengua paipai.
La llama bailaba al ritmo del verbo y su reflejo lanzaba destellos en el agua. Cuando Lucía calló solo quedaba la luz, el agua y la oscuridad; inmóviles, en éxtasis.
Buscó en la luz de fuera, hacia el edificio de acero, mármol y cristal, al hombre que debía ver, escuchar, espiar. Pero no lograba alcanzarlo. Le faltaba poco, casi nada, estaba a punto de entrar, y de pronto, algo se lo impedía.
«¡Dios mío! ¿Será el abuelo? ¿Me estará frenando él?».
Volvió otra vez al inicio, a las palabras que hacían temblar la llama con su fuerza. Y luego a la inmovilidad y al vuelo, primero hacia dentro y luego al exterior.
Allí estaba la luz reflejada en la piedra, en el vidrio. Pero no. No llegaba. No podía.
Y de nuevo se encontraba frente a su propia imagen, enmarcada de oscuridad, en el espejo.
«¡Santa Lucía, ayúdame! ¡No puedo fallar! —Notaba sudor frío en la frente, en el cuello—. ¿Qué pasará, qué hará Rich si no consigo lo que quiere saber? ¿Podré conservarlo?».
Cerró los ojos, respiró hondo y otra vez fue al principio, a los vocablos de poder, al mantra mil veces recitado, al ritmo, a la cadencia, al baile de la llama sobre el agua y al final a la luz, a la oscuridad, al agua inmóvil.
Viajaba dentro, a su interior, y luego fuera, en un vuelo de luz, en una acrobacia astral. Y ahora sí, traspasó la distancia, los muros, el secreto. ¡Al fin estaba allí! La muchacha era feliz. Rich tendría lo que deseaba…
—Buenas tardes, padre Agustín.
—¡Carmen! Qué gusto oírte, hija. ¿Cómo estás? ¿Todo bien?
—Yo sí, muy bien, padre… Pero lo llamaba porque…
—¿Qué le pasa a Lucía? —inquirió el sacerdote alarmado.
—Una amiga mía la acusa de algo muy serio —repuso Carmen después de una pausa.
—¿Qué es?
—Son varias cosas. Es difícil contarlo, padre. —Carmen vacilaba—. Son temas muy delicados y quizá usted no quiera creerlo.
—Creeré lo que tú me digas. Igual que si te estuvieras confesando. —Era el dulce padre Agustín, el que ella quería—. No te dará vergüenza ahora, después de tantos años y tantas confesiones, ¿verdad? Y si algo no es cierto será porque a ti te lo han contado mal. Adelante. Dime, hija.
—Lucía está muy enamorada de su patrón. —Al notar al sacerdote receptivo, Carmen decidió ir al grano—: Se acuestan juntos.
—¿Qué? —Aquello confirmaba a Agustín lo que el viejo brujo le dijo y él había pretendido olvidar. Ahora Carmen le aportaba la evidencia, terrible, no deseada—. ¡No puede ser!
La línea quedó en silencio.
—¿No será ese que estaba casado? —preguntó el sacerdote al cabo de un rato en voz baja.
—Está casado y pasa de los cincuenta años. Su mujer vive con él en la misma casa, y la engañan a escondidas.
—¡Dios mío! Mi niña no haría eso.
—Quizá sea otra Lucía, padre.
De nuevo silencio. Carmen imaginaba al hombre, de pie frente al teléfono, en su pobre comedor, vistiendo una vieja sotana que le cubría hasta unos zapatos casi tan viejos, tratando de encajar el golpe.
Se daba cuenta de lo mucho que el cura amaba a aquella muchacha.
Debía de quererla desde que era niña, como a una hija. Intuía cuán duro era para él.
—¿Hay algo más? —dijo al fin.
—Sí. Algo peor.
—¿Qué puede haber peor?
—Usted sabe que Lucía tiene poderes singulares, ¿verdad?
—Bueno. Sé que andaba mucho con su abuelo. Que había empezado a hacer alguna de las cosas que él hace. Era un mal ejemplo para ella. Por eso su madre y yo la convencimos para que fuera allí contigo. Para apartarla de la mala influencia de ese curandero.
—Pues parece que es capaz de averiguar lo que ocurre en otros lugares y lo que hace y dice la gente cuando creen que no los ven ni los oyen.
Hubo un silencio al final del hilo y luego un seco:
—¿Y bien?
—Pues que gracias a ese poder ha conseguido información con la que, aparentemente, su amante ha hecho asesinar a una persona.
—¡Dios mío! ¡No puede ser! ¿Cómo sabe eso tu amiga? ¿Cómo sabemos que no lo ha inventado?
—Porque también ella había utilizado antes la información que Lucía le daba para progresar en los negocios.
Luego mi amiga se convirtió en la amante del mismo hombre, hasta que Lucía la desplazó.
Ahora ese tipo utiliza la habilidad de Lucía para ganar poder, para enriquecerse, y hasta para asesinar…
Carmen oyó un chasquido al otro lado de la línea. Luego, al intentar conectar de nuevo con el sacerdote, el teléfono comunicaba. Definitivamente aquello había sido demasiado para el viejo cura.
«¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer?». Agustín no podía quedarse quieto y después de colgar el teléfono empezó a dar vueltas alrededor de la mesa del comedor como una fiera enjaulada.
Aquello confirmaba, no, superaba con creces sus peores temores. Y si Carmen lo llamaba para contárselo, seguro que era mucho más que un simple rumor, seguro que ella no tenía ninguna duda.
«¿Qué le voy a decir a su madre, a Alba?
». ¡Su niña! La que jugaba haciendo que la persiguiera entre los bancos de la iglesia cuando su madre iba a limpiar.
La que le preparaba «comiditas» de barro en los platillos de aluminio de feria y cafés de agua sucia, que él fingía comer y beber entre grandes elogios y muestras de deleite.
Entonces la risa de Lucía llenaba la iglesia y la sacristía.
Y también le llenaba a él el alma, tanto que ni ángeles cantando lo hubieran hecho sentirse tan feliz.
La amaba como a la hija o a la nieta que jamás tendría. No importaba que no llevara su sangre en las venas, porque Agustín sabía que en el alma de la chiquilla había mucho de la suya propia.
¡Y ahora eso! ¡Los peores pecados! ¡Los más horribles! ¡Los que más ofenden a Dios! Adulterio y asesinato.
«Dios mío, ¡qué voy a hacer! —clamó al crucifijo que colgaba de la pared—.
Rezar, tengo que rezar por ella. ¡Pero Señor, he rezado tanto últimamente por Lucía!
Desde que empezó a dejar de llamar, desde que ese viejo brujo me dijo que algo iba mal.
¡He rezado tanto por ella! —Y en un acto reflejo, se arrodilló frente a la cruz—.
¡Señor, Dios mío! ¡Ayúdame! ¡Para que yo pueda ayudarla a ella!
Era un alma pura cuando se fue. Me lo contaba todo en confesión.
Era buena, estaba limpia. Quizá tuviera demasiadas fantasías por culpa del farsante de su abuelo; pero ella era pura, en cuerpo y alma.
¿Qué ha pasado?». Se levantó para volver a su paseo obsesivo alrededor de la mesa.
«No le diré nada a su madre. No quiero que sufra. Pero tengo que hacer algo. ¿Ir allá? ¿Viajar a Los Ángeles? No creo que sirva de mucho. ¿Qué puedo hacer? —Y de pronto se detuvo—. ¡Maldito brujo! ¿Tendré que darle la razón?».
De un salto alcanzó su boina que colgaba suspendida de un clavo en la pared, y encasquetándosela, se lanzó a la luz dorada de polvo de la tarde.
Volvía a su ranchito después de despedirse del sol en su ceremonia vespertina.
Andaba arrastrando los pies y algo encorvado.
Estaba preocupado: la imagen del águila del norte, pico de poder, había vuelto hoy, rompiendo otra vez la privacidad de su santuario interior, entrando en él, profanándolo.
El ave llevaba un ratón entre las garras, que no se debatía, que estaba quieto.
¿Qué significaba aquello? Nada bueno, sin duda.
Fue entonces cuando oyó el ruido cascado de una vieja motocicleta y por el recodo apareció, recortándose contra el primer cielo nocturno, una figura oscura que Anselmo se esforzaba por distinguir. «¡Vaya! —se dijo al reconocerlo—. ¿Qué vendrá a hacer aquí ese cuervo, ese pájaro de mal agüero?».
—Buenas tardes —saludó el aparecido con la faz enrojecida.
—¿Qué quiere? —repuso el viejo, hosco.
No estaba para cortesías. Era el colmo que el cura viniera a importunarlo a su propia casa. Allí no le aguantaría lo que aguantaba en el pueblo.
—Bueno. Es que…
Agustín no parecía tan arrogante como de costumbre.
—Bueno, ¿qué? —Anselmo insistió en su tono agresivo—. ¿Qué quiere?
—Algo muy grave está ocurriendo. Y creo que tú eres el único al que se lo puedo contar.
El viejo lo miraba impasible, pero sus pensamientos corrían rápido.
—¡Lucía! —exclamó al cabo de solo unos segundos.
—Sí, se trata de Lucía.
—¿Le ha ocurrido algo?
—Sí. Bueno, no. De salud está muy bien. Es otra cosa.
—¿Otra cosa? —Y de repente el viejo pareció acordarse de su hospitalidad—. Pero bueno, no se quede aquí de pie, pase a mi ranchito. Tengo poco, pero sí que le encontraré un tequilita para invitarlo.