Ojos en la noche Medianoche #13
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Medianoche #13

—Estupendo, Lucía. —Él la obsequió con su deliciosa sonrisa—. Será nuestro secreto.

—A ese lo tienes en el bote, Bobby —le dijo uno de los muchachos con los que tomaba una cerveza sentado en los sofás de aquel local de ambiente.

Bobby miró a un hombre corpulento, de traje oscuro y camiseta negra de cuello cerrado que, sentado en un taburete en la barra del bar, bebía de un vaso de whisky ancho.

Bob Marley cantaba No Woman, No Cry a un volumen discreto, como correspondía a un lugar con clase.

Bobby observó a aquel tipo; ya lo había visto allí un par de veces aquella semana. Solo miraba y cuando se le había acercado alguno de los chicos se mostraba tímido. No se había ido con ninguno.

Pero cuando sus miradas se cruzaron, el hombre le sonrió vergonzoso, para desviar la vista de inmediato. Eso había pasado antes y siempre sus ojos regresaban a él al poco.

—Ese va por ti —le dijo otro de los muchachos—. No lo dejes escapar.

Bobby tomó su copa, y al levantarse del asiento, el primero de los chicos le alentó:

—A por él; sácale mucha pasta.

El muchacho anduvo, tranquilo, con un contoneo chulesco hacia el hombre, y apoyándose en la barra cerca de él, se lo quedó mirando.

—Hola —le dijo.

Y al devolverle el tipo una mirada asustada, Bobby se envalentonó. «Vaya, un primerizo», pensó.

—Hola —repuso el otro en un susurro.

—Te he visto antes por aquí. —El chico le sonreía, provocativo—. Me llamo Bobby. ¿Y tú?

El hombre aparentaba estar confuso y se mantuvo en silencio unos instantes antes de responder precipitadamente:

—John.

—¿John? —Bobby soltó una risita—. Seguro que no. Pero es igual. Salud, John. —E hizo un ademán de brindar con su copa.

—Salud —dijo John, entrechocando vasos.

—¿Sabes, John?

—¿Qué?

—Que me vas, tío. Seguro que te cuelga algo bueno ahí.

El tipo lo miró. Estaba cogiendo confianza y aquello convenía al negocio.

—Anda, vente conmigo —le ofreció Bobby—. Te voy a alegrar el día.

—Yo no he estado nunca con un chico. —John aún tenía aspecto asustado.

—Pues si vienes conmigo querrás repetir cada tarde. —Bobby lo miraba a los ojos, acercándose hasta que sus labios quedaron a poca distancia—. Tengo algo especialmente delicado para los que empiezan.

—Bueno, es que yo…

—No te preocupes, John, relájate, ya te saldrá. Verás qué bien lo pasamos. —Bobby hizo una pausa y le guiñó un ojo—. Solo doscientos.

—¡Doscientos! Es mucho dinero.

—Es la primera vez, necesitarás más cariño. La próxima ya te haré descuento…

Aquel era un buen dinero para Bobby y el tipo no regateó, debía de tener mucha pasta. Pero la discusión surgió cuando John, ya ambos en el coche, no quiso ir al apartamento, ni siquiera a un hotel. Insistía en que esos lugares le daban vergüenza. Deseaba hacerlo en el coche, en un lugar apartado.

—¿En el coche? —se extrañó Bobby—. ¡Vaya forma de tirar el dinero! Además de incómodo es muy peligroso. Si nos coge la policía, nos jode vivos.

—Será solo un rato, pero es que me da mucho corte ir a un lugar de esos —se defendió el hombre—. Es la primera vez.

—¿Qué te pasa? Desconfías, ¿eh? —inquirió el chico entre molesto y divertido—. ¿Temes que te grabe en vídeo y te chantajee después?

El hombre lo miró de una forma extraña.

—¡Ah! Eres uno de esos —concluyó el chico—. Un desconfiado.

Cuando llegaron a un lugar lo suficientemente apartado y oscuro, John apagó el motor y se quedó quieto.

Bobby le puso la mano en la entrepierna; aquel tipo era un cortado y tendría que animarlo.

John correspondió y el chico notaba cómo movía la mano por encima de su pantalón.

Después el hombre le palpó los testículos.

Pero de pronto Bobby sintió que aquella mano se los atenazaba, retorciéndoselos con la fuerza de unos alicates.

Cuando gritó se dio cuenta de que nadie, en aquel rincón, podría oírlo.

Al mirar la cara de su verdugo pudo ver, aun con la poca luz exterior, cómo este sonreía con la boca abierta.

Estaba disfrutando y sus dientes parecían los de un perro.

Horrorizado, el muchacho supo que se las veía con un sádico.

¡Cómo se había dejado engañar de aquella forma!

¿Por qué había aceptado ir a un lugar tan solitario?

El dolor duró una infinidad mientras luchaba sin éxito para liberarse de aquella tenaza que lo destrozaba.

Los músculos del hombre parecían de hierro y él se iba a desmayar.

Cuando el tipo le soltó los huevos, notó que abría la portezuela del coche y, asiéndolo de la ropa, empezaba a tirar para arrastrarlo por encima del cambio de marchas y sacarlo por la puerta del conductor.

No tenía fuerzas para luchar, ni siquiera para correr.

—Haré lo que quieras —suplicó entre lágrimas, cuando el otro estaba ya a punto de echarlo al suelo—. ¡Pero no me pegues en la cara, por favor!

El hombre no contestó, pero la primera patada se la propinó en el estómago. La sonrisa perruna continuaba en su faz.

Cuando lo miraba, él sonreía. Cuando miraba si la estaba mirando, él la miraba y sonreía. Ella creía que aquella casa era el cielo y Rich lo más semejante a un ángel.

Pero un ángel varonil, que la miraba como a una mujer, con deseo. A los senos, a las caderas, a las piernas, seguro que también la miraba por detrás; y luego él sonreía. Y cuando le hablaba, lo hacía con ternura. ¡Qué cariñoso!

Antes de salir de su habitación, Lucía pasaba un buen rato ante el espejo.

Nunca antes se había preocupado tanto de su aspecto; quería gustarle.

Ella se sabía hermosa, joven, llena de fuerza, de deseo no tocado, y cuando él la miraba, complacido, intuía que la deseaba y se sentía feliz pero ansiosa.

Porque cuando ocurrió aquello, cuando Rich y Muriel se unieron la primera vez en la cama del hotel, ella ya estuvo con aquel hombre.

Su cuerpo se encontraba en «el otro lado», pero su parte etérea hizo el amor con él.

Entonces pensó que en algún momento también ocurriría físicamente.

Cualquier barrera mental o moral se había roto; ahora solo era cuestión de jugar al juego de la espera.

No tenía demasiada prisa; disfrutaba de aquellas miradas llenas de pasión que él le enviaba y ella devolvía.

Era un juego de escondite. Lucía iba con cuidado; ni Cindy ni la mujer de Rich debían interceptar aquellos mensajes mudos que la hacían estremecer.

Aquella tarde la llamó a su despacho. Cindy tenía el día libre y ella se creía sola en casa; se sorprendió de que él estuviera allí a esa hora.

—¿Continúa yendo todo bien, aquí con nosotros? —Allí estaba su sonrisa fácil, su barbilla cuadrada con un hoyuelo, su mirada azul, su atractivo.

—Muy bien, señor. Estoy estupendamente.

—¿Encuentras a faltar algo? ¿Hay algo que necesites?

—No, muchas gracias. Son todos muy amables.

—¿Qué tal las clases de inglés? Has mejorado mucho, en solo unos días.

—Muy bien. Gracias por pagarlas.

—Precisamente te he llamado para agradecerte lo que me contaste de aquel amigo.

—No hay de qué.

—Sí hay de qué. —Él le tomó su mano derecha entre las suyas. Lucía sintió una corriente en la espina dorsal—. Me has hecho un gran favor. —Las manos de él acariciaban las suyas y ella supo que el momento estaba a punto de llegar—. No sabes de qué aprieto me has librado y te lo agradeceré siempre.

Levantó su mano hasta sus labios y la besó. Lucía se acercó un poquito más a él.

—Eres una muchacha muy hermosa, y ¡me has ayudado tanto! —Continuaba acariciando su mano—. Te debo mucho y me encanta estar aquí, a solas contigo.

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos hasta que vio que él empezaba a acercar sus labios. Entonces entornó los párpados, advirtiendo que sus labios antes cerrados se entreabrían. Esperó.

Al sentir el contacto se dejó ir, para luego enlazarse en el abrazo de él. Sintió su calor, su fuerza, notó que él era hombre y ella más mujer que nunca.

—Vamos a tu habitación —dijo Rich.

Sin responder, Lucía salió de la biblioteca y, resuelta, anduvo hasta su cuarto.

Él entró detrás, corrió el pestillo y las cortinas de las ventanas.

En la penumbra se abrazaron y cuando Rich empezó a quitarle la ropa, ella no ofreció resistencia.

Dejaba que él hiciera, aquello ya había ocurrido antes.

—¿Eras virgen? —preguntó, sorprendido, al terminar.

—Sí.

—Deberías haberme avisado. —Él la abrazó—. Habría ido con más cuidado.

—No importa. —Ella sonreía con timidez.

—No tomas precauciones, ¿verdad?

—¿Precauciones?

—No, claro. No te preocupes ahora. Ya lo aprenderás. —La besó con ternura y Lucía se dejó ir en aquel dulce abrazo—. Yo te daré lo que necesitas, confía en mí.

Ella se sentía feliz, protegida.

Agustín se despertó sobresaltado al oír los aldabonazos en la puerta. No eran muy fuertes, pero reconoció la cadencia. Sabía que aquella visita iba a llegar, pero no cuándo, y la esperaba con inquietud.

Después de la comida se tumbó en el lecho para descansar unos minutos y justo había cogido el sueño cuando los golpes lo sobresaltaron. Seguro que era Anselmo; al viejo no le gustaba el timbre.

Su primer impulso fue no abrir, hacer como si no estuviera. Pero supo que no podía escapar, que debía enfrentarse a aquel hombre.

Así que se puso la sotana, se dirigió a la puerta y la abrió de par en par. En efecto, allí estaba, y ambos se miraron durante unos segundos sin decir palabra.

—¿Qué es lo que quieres? —inquirió Agustín, agresivo, a pesar de saber la respuesta.

—Hablar de Lucía.

—Di lo que sea.

—Aquí no. Adentro.

Agustín dudó unos momentos. No tenía por qué dejarlo entrar en su casa. Luego se dio cuenta de que iban a armar un escándalo allí en la calle y no le apetecía. Así que, apartándose del umbral, le franqueó la entrada.

Como la vez anterior, Anselmo pasó revista a la habitación y al ver el cenicero lleno de colillas hizo un mohín de disgusto.

Agustín no lo invitó a tomar asiento y ambos se quedaron de pie; a pesar de que el viejo no se había quitado su sombrero campesino, continuaba siendo más bajo que el sacerdote.