Ojos en la noche Medianoche #12
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Medianoche #12

Poco después vio cómo los responsables de cuentas regresaban del consejo y ella no estaba en el grupo. Jeff se acercó a Mike Dixon; sabía que había asistido a la reunión.

—¿Has visto a Muriel? —le preguntó justo después de saludarlo.

—Estaba en el consejo. —Mike lo miraba con una sonrisa extraña—. A lo mejor se ha entretenido con alguien. Ya sabes…

—¿Qué?

—No, nada —repuso—. A veces se entretiene… Ya sabes…

Aquella sonrisa, aquel tono, no gustaron a Jeff.

Claro que Mike tenía motivos para estar molesto con Muriel, pero no tenía derecho a usar ese lenguaje corporal.

Había algo ofensivo, no en lo que decía, sino en cómo lo decía y en lo que parecía insinuar.

La inquietud de Jeff se tornó en irritación.

Estuvo a punto de agarrarlo de las solapas y de escupirle a la cara que, si tenía que decir algo sobre Muriel, que tuviera los cojones de decírselo claramente.

Se contuvo, no por él, sino por ella. Se molestaría muchísimo si él montaba una escena.

Mentalmente se anotó una cuenta pendiente que saldar, en el momento oportuno, con aquel individuo. Con gusto le partiría la cara.

—Voy a ver si está arriba —dijo Jeff como hablando consigo mismo, y fue hacia los ascensores para subir a la planta superior, la de la gran sala de reuniones.

Cuando John Carlton dio por terminada la sesión y los asistentes salían, Rich detuvo al financiero:

—Paul, un momento, por favor. Aquí hay un par de puntos que me interesaría que la señorita Mahare entendiera bien. —Señalaba algo con el dedo en unos documentos—. ¿Podrías repetir ese concepto?

—Por supuesto.

Rich no mostró intención de sentarse y el hombre empezó su explicación de pie, inclinado sobre los papeles de la mesa.

Muriel se puso a su lado, inclinándose también para ver las cifras, y Rich detrás de ella.

No comprendía el excesivo interés que Rich mostraba en que ella conociera a fondo aquellos aspectos contables hasta que lo notó, discreto, presionando en su trasero.

Aquello era cómico. Paul insistiendo en la importancia de la correcta adjudicación de las horas de trabajo de su equipo y del apropiado control, y ella sintiéndose placenteramente abordada por detrás.

Cuanto más machacaba el financiero —«Creerá que soy tonta», se decía Muriel—, más notaba a su atacante dulcemente agresivo y excitado.

Sintió ganas de reírse a carcajadas de la situación; mientras un varón la solicitaba sexualmente, el otro pretendía violar su intelecto.

Al fin Rich despidió al hombre:

—Gracias, Paul. Creo que esto será suficiente por hoy, en cuanto a números, para la señorita Mahare. Puedes irte.

—Hasta mañana, Rich.

Los demás ya habían salido y apenas la puerta se cerraba cuando sus labios se encontraron y luego vinieron los cuerpos. Muriel sentía un frenesí desconocido. Al apartarla él suavemente —«Solo un momento», dijo—, ella se dio cuenta de que estaba jadeando.

Rich se aseguró de echar el pestillo de la puerta, y luego apagó las luces. El santuario del dinero quedaba en la penumbra, solo iluminado por los reflejos del alumbrado callejero.

Retomaron el abrazo de inmediato y las manos buscaron ropa y carne, y las bocas buscaron piel y boca.

Desnudos ya, Rich apartó de un manotazo los papeles de la mesa y, sin decir palabra, la ayudó a subir al tablero.

La besaba en los pechos, el vientre, el sexo, y cuando ella, piernas abiertas, se retorcía de placer, la penetró.

Allí, sobre la mesa de los privilegios, de la autoridad, del mando, de la fuerza.

El poder flotando en el aire que respiraba la embriagó, y el sentimiento de profanación del templo del dólar hacía que su carne palpitara aún más.

Quiso no desgarrar el hombro de Rich, pero cuando la violenta dulzura le llegaba, colmándola, apenas pudo evitar clavarle las uñas, morderle. Nunca supo si llegó a herirle.

Y después del placer violento vino el placer dulce, y solo entonces notó lo dura que era la mesa.

—¿Bien?

—Maravilloso —respondió ella con un suspiro.

—Pues ahora me toca a mí.

Sorprendida, se dio cuenta de que él no había terminado.

Rich saltó de la mesa, cogió su camisa y la puso en el asiento de su cuñado.

—No quiero ensuciarme el culo con su silla —explicó.

Después le pidió a Muriel que se sentara encima de él y la fue penetrando con suavidad desde atrás hasta alcanzar el clímax.

—¿Por qué en su silla? —inquirió Muriel al ir recogiendo las ropas esparcidas por la sala.

—Porque un día lo voy a joder a él, y así empiezo a entrenarme.

Muriel rio. Pero luego, horas más tarde, días después, al recordar el momento y las palabras, Muriel no supo justificar el porqué de su risa. El comentario no tenía gracia alguna.

Era la casa más grande que Lucía había visto en su vida.

Aquel enorme salón de preciosas alfombras y amplios ventanales, el comedor con sus muebles modernos de raíz de nogal, la grandiosa cocina de suelos de mármol.

Ni siquiera en las películas había visto algo así.

Claro que ella ya había estado allí antes, siguiendo a Rich cuando Muriel le encargaba que lo hiciera y luego por su propio placer.

Pero en una velación las imágenes eran distintas, como las de un sueño, sin perspectiva.

Aquello era real, diferente, asombroso. Se acordó de casa de su madre: una pequeña sala, un solo dormitorio, la cocina y un aseo en el patio trasero.

Y el único cuadro, una reproducción impresa de la última cena que, enmarcada, presidía el comedor.

Con Jesús en el centro levantando la mano en señal de bendición del pan y el vino, y todos los apóstoles, de tez muy blanca, bien definidos y bellos, con sus coronas de santidad a excepción de uno, que encorvado y oscuro sujetaba la bolsa de la traición.

Pero aquí, las paredes estaban llenas de cuadros y el significado de algunos era incomprensible.

Y también estatuas. Bien diferentes de las imágenes de la iglesia.

Unas de líneas rectas y onduladas, otras recordando formas humanas, pero como si les hubieran pegado, a capricho, trozos de metal.

Y además allí estaba aquel enorme jardín tan bien cuidado.

Con una piscina llena de curvas y una gran bañera de agua caliente que llamaban «jacuzzi», a un nivel superior, y desde la cual una pequeña cascada se precipitaba a la alberca.

¡Y tanto el jardín como la piscina se iluminaban por la noche!

Sharon, la señora de la casa, toda ella sonrisas, se mostró amable, aunque Lucía percibió cierta frialdad.

Cindy, la otra chica, era una muchacha morena que usaba la superioridad de la veteranía al dirigirse a ella, con un «aquí mando yo».

Pero su aspecto era de ser buena persona y a Lucía no le importaba que Cindy quisiera hacerse la importante.

El propio Rich había ido a recogerla con su coche a la casa de los padres de Muriel que, ya casi vacía, daba la triste impresión de un final. Rich se preocupó de que Lucía quedara bien instalada y, junto con su sonriente mujer, la dejó al cuidado de la otra muchacha.

—Deja que Cindy recoja la mesa y ven conmigo un momento —le dijo a Lucía.

Los Reynolds habían terminado de cenar y Sharon, la esposa de Rich, estaba ya en la sala viendo la televisión. Él se había ausentado, para regresar después e invitarla a que lo siguiera.

Lucía llevaba ya unos días en la casa y se había acostumbrado a la rutina. Se encontraba bien allí, y la amabilidad, casi cariñosa, con la que Rich la trataba hacía que se sintiera feliz.

Mientras iba hacia el despacho, se preguntó qué era lo que su patrono quería y por qué la llamaba sin que su esposa lo supiera.

La habitación tenía tres grandes ventanales y el resto de las paredes estaban cubiertas por estanterías de maderas nobles llenas de libros. Era un lugar íntimo y agradable que parecía una biblioteca.

—¿Qué te apetece beber? —le ofreció Rich, y Lucía dijo que una Coca-Cola. Él se sirvió un whisky del pequeño bar y ofreciéndole asiento en un diván, se acomodó en el sillón inmediato—. ¿Qué tal te va aquí? —quiso saber con una de sus brillantes sonrisas—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, señor, estoy muy bien, muchas gracias. —La chica mantenía las piernas juntas preguntándose si su falda corta subía demasiado al sentarse. Estar a solas con él le producía una sensación extraña, era emocionante y notaba que su corazón latía acelerado.

—¿Te trata bien Cindy?

—Sí, gracias, es muy amable.

—¿Hay algo que encuentres a faltar? ¿Algún problema?

—No, muchas gracias, todo está muy bien.

La conversación se detuvo aquí. Rich la miraba intensamente y ella, evitando el encuentro con sus ojos, dirigió la vista hacia uno de los ventanales. Al cabo de unos minutos él empezó a hablar:

—Muriel me dijo que puedes saber cosas de los demás.

Ella se mantuvo silenciosa unos momentos y luego repuso:

—Es cierto.

—Y que eres capaz de ver lo que alguien hace en un momento determinado, como si tú estuvieras allí.

—Es verdad.

—¡Sorprendente! —Sus ojos brillaban—. ¿Podrías hacerme una demostración?

—Sí. Pero no aquí y ahora. Debo concentrarme a solas, en mi habitación.

—¿Me contarías lo que hace y dice un amigo mío?

—Si usted quiere, sí.

—Pero necesito saberlo absolutamente todo. Aunque sea desagradable. ¿De acuerdo, Lucía?

—De acuerdo. —Asentía con la cabeza—. Pero todo, todo, no lo puedo saber, y aunque adivino algunas cosas, lo único que sé seguro es lo que veo en el momento que me concentro y logro llegar hasta la persona. Pero solo en el presente. No veo pasado ni futuro.

—¿Y qué más quieres? ¡Es increíble!

—Mi abuelo puede hacer más —repuso ella con una sonrisa tímida.

—¿Más? Bueno, a mí ya me sirve lo que tú puedes hacer. —Hizo una pausa pensando en aquel abuelo inesperado. Estaba en México, por lo que no molestaría—. Pero esto es muy personal —continuó Rich—. No me gustaría que Muriel lo supiera. Ni tampoco mi mujer, ni nadie.

—No se apure, patrón, nadie lo sabrá.