Medianoche #5
—¡No me digas!
Carmen también sonreía, excitada por la noticia. Pero mientras, pensaba rápidamente. Ella jamás habría contado tal aventura ni a su mejor amiga. Claro que Muriel era así; habría reventado si no se lo hubiera dicho a alguien.
—Pues ocurrió.
—¿Hicisteis el amor? ¿De verdad?
—¡Pues claro, tonta!
—¿Y?
—Fue estupendo. Una gran noche. No solo porque Rich sea un buen amante, que lo es, sino porque me prometió un ascenso.
—¿Seguro que tiene intención? ¿No lo diría solo para acostarse contigo?
—No. Estoy segura. —Muriel sonreía—. Hemos formado una alianza. ¡Y a mí me conviene mucho!
—Pero ¿quiere eso decir que piensas verlo más veces?
—¡Claro! He pasado una gran noche y encima conseguí un buen avance profesional. No me importa repetir. Y estoy segura de que repetiremos. Es más, la próxima vez, lo seduzco yo.
—¿Qué vas a hacer con Jeff? —Carmen vio una oportunidad.
—¿Jeff? Pues nada.
—¿Cómo que nada?
—Continuaré saliendo con él. Lo quiero.
—Pero ¿cómo? ¿Pretendes salir con los dos a la vez?
—A la vez, no, por separado. —La miraba con sonrisa inocente.
—Pero no puedes hacerle eso a Jeff. No está bien.
—Bueno. No creas que me dejé seducir tan fácilmente.
Accedí a cenar en la suite creyendo que podría controlar la situación.
No quería engañar a Jeff… Dudé, e incluso me resistí a Rich varias veces, pensando en él.
Pero me apetecía mucho y al final cedí. —Ahora hablaba lentamente, con seriedad—.
Hoy lo he pensado bien y al final he decidido que ambas relaciones son compatibles.
Rich está casado y no parece que tenga intención de dejar a su mujer por ahora; lo nuestro es un affaire que, además de ser muy emocionante, le conviene a mi carrera, y que quizá dure poco. Con Jeff es distinto, es para siempre.
—Pero no está bien, Muriel. Es injusto para él. No puedes hacerle eso.
—Olvídate de lo que es justo o no lo es. La justicia en esas cosas es totalmente subjetiva. A él no le dolerá porque no se va a enterar. Solo verá cómo progreso rápidamente en mi trabajo y estará contento al verme feliz.
Carmen se quedó mirando a su amiga, que a su vez la miraba satisfecha.
No sabía qué decir. Su mente funcionaba a toda velocidad.
No era justo. Ni lo que Muriel pretendía hacerle a Jeff, ni lo que, aun sin saberlo, le estaba haciendo a ella.
Ella sí amaba al muchacho y si le fuera posible, le daría su amor en entera exclusiva, un amor honrado, sin engaños, auténtico.
No era justo que Muriel lo tratara así. Si quería estar con Rich, debería dejar libre a Jeff.
—¡Por Dios, Muriel! ¡Piensas mantener una relación con dos hombres a la vez! Eso no está bien. —Carmen no podía disimular ahora su escándalo.
Su amiga se echó a reír.
—Vamos, Carmen, no seas tan mojigata. Solo se vive una vez y hay oportunidades que nunca se repiten. Hay que disfrutar de la vida a tope, quemar la vela por los dos cabos. Ya rezarás por mí cuando vayas a la iglesia este domingo.
—No sé qué decirte.
—¡Felicítame!
Carmen tardó en responder:
—Felicidades.
Entonces sonó el timbre de la puerta.
—Debe de ser Jeff —dijo Muriel.
Retocó otra de sus uñas sin moverse del sofá. Carmen fue a abrir.
—Hola, Jeff.
—Hola, Carmen. —Tenía mala cara y el semblante serio—. Gracias por acompañarme a casa anoche.
—¡Hola, Jeff! —dijo, alegre, Muriel desde el salón.
—Hola. ¿Cómo está tu padre?
—Mejor, gracias —repuso ella con una sonrisa radiante.
—Me alegro.
—Pero ¿qué te pasa? —interrogó Muriel como sorprendida—. ¿A qué viene esa cara?
—Tenemos que hablar. Creo que me debes una explicación.
—¿Por acudir a mis padres cuando ellos lo necesitan? —Ella lo miraba agrandando sus ojos verdes—. Tú harías lo mismo.
—Pero no te dejaría plantada, así, sin más.
—Vamos, tonto. —Se levantó cuidando que el esmalte fresco de sus uñas no se estropeara, y cruzó los brazos por encima del cuello de Jeff con los dedos extendidos, depositando un beso en sus labios con la punta de los suyos—. Te compensaré. —Ella estaba encantadora y él la miraba como hipnotizado.
—Me voy —dijo Carmen, y vio cómo Muriel le guiñaba un ojo por encima del hombro del chico.
Al cerrar la puerta notó una presión en la boca del estómago que no sabía si era causada por la escena que acababa de presenciar o por pensar en la velada que le esperaba con Albert.
Sentía náuseas.
—Claro que he estudiado al chamán de Santa Águeda. —Anne hablaba con dificultad—. Es un caso muy llamativo, es el hechicero más poderoso de cualquiera de los que he visto u oído hablar. —Tenía la nariz y la parte izquierda de la cara cubiertas por un vendaje. El ojo derecho estaba amoratado.
—He pasado muchos veranos en Santa Águeda y conozco a don Anselmo —dijo Carmen—. Pero eso de las velaciones me ha sorprendido.
—No es algo sobre lo que don Anselmo quiera hablar —confirmó Anne—.
Cuando le pregunté se negó, con rotundidad, a darme detalles.
Y me dijo que ese conocimiento era solo para iniciados y que no pretendiera saber más.
Pero tengo informadores en Santa Águeda que me ayudan en esa investigación antropológica.
Al parecer, don Anselmo es capaz de alcanzar un estado alterado de conciencia concentrándose en la llama de una vela o a veces en su reflejo en el agua.
Su cuerpo físico permanece en el lugar, pero su espíritu es capaz de desplazarse a grandes distancias y permanecer en otros sitios.
Es como si se encontrara en el nuevo lugar, pero sin cuerpo.
Puede ver, oír, enterarse de lo que ocurre.
A eso se le llama, en ocultismo yogui, «viaje astral», y a la parte del ser que se desplaza se la denomina «cuerpo astral».
Existen muchos casos documentados y ocurre en distintas culturas.
—¿Lo ves? —Muriel se dirigía a Carmen—. Hay una explicación científica. La nieta ha heredado el poder del abuelo.
Carmen tomó un sorbo de café mientras su mirada permanecía perdida en el jardín, sopesando sus pensamientos.
—Puede ser —dijo al rato—. Pero para mí sigue siendo brujería.
Carmen y Muriel habían acudido a visitar a Anne para interesarse por su estado después del ataque sufrido.
Anne era socióloga y trabajaba como freelance en Reynolds estaba casada con un empresario rico amigo íntimo de John Carlton, el presidente de la agencia.
Era una persona de intereses múltiples, estaba involucrada activamente en política y era una buena antropóloga.
Varios trabajos suyos sobre culturas indígenas y chamanismo se habían publicado en la universidad.
Era una mujer muy popular, y había colaborado con Carmen en el estudio de mercado para la presentación de Friendlydog.
—Fue una experiencia horrible —comentó Anne sobre la agresión—. De repente te sientes insegura, vulnerable. Empiezas a saber lo que es el miedo. Desde entonces sufro pesadillas.
—¿Pero por qué te atacaron así? —inquirió Muriel—. ¿Con qué finalidad? Ni siquiera te robaron.
—Creo que quieren asustarme.
—¿Asustarte? —repitió Muriel.
—Sí. Debo de estar haciendo algo que molesta a alguien.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—He recibido dos llamadas. Era un hombre. Hablaba inglés, pero con acento mexicano. Me dijo que era un aviso, que dejara de molestar, que me quedara en casa.
—¿Y qué vas a hacer?
—De momento, hacerle caso hasta que me cure.
Necesitaré cirugía estética en la nariz y para disimular el corte de la cara.
Luego ya veremos, pero creo que mi carrera política ha terminado.
Quizá también mis investigaciones sobre el chamanismo.
Tengo miedo. Además, con este aspecto, me siento como un monstruo. Es horrible.
Las tres mujeres se quedaron en silencio, pensativas. La idea de que don Anselmo tenía algo que ver con ese ataque cruzó por la mente de Carmen.
«No, no puede ser», se decía.
Muriel miró el techo crema de la habitación de Marilyn y John F.
y se acurrucó contra el cuerpo cálido de su amante.
Aquel había sido, hasta el momento, un encuentro de pocas palabras, pero de fuerte intensidad erótica.
No habían subido aún la cena, pero esta vez el sexo no pudo esperar.
Un pensamiento culpable le trajo, furtiva, la imagen de Jeff.
Con Rich era distinto, le gustaba su seguridad, la fuerza escondida detrás de cada gesto, de cada movimiento.
Notaba un poder provocativo que hacía más intenso el deseo de ceder, de dejarse dominar y una voluptuosidad que jamás había sentido antes.
Acarició el vello rubio canoso del amplio pecho, recordando que el de Jeff era quizá más fuerte, pero casi lampiño.
Rich despertó de su dulce sopor y girándose hacia ella le puso la mano en el pubis, para subirla lentamente rozando la piel sobre el vientre y los senos. Ella se estremeció.
—¿Sabes? —le susurró al oído—. Creo que tendremos que buscar otro lugar donde encontrarnos.
—¡Vaya! ¿No decías que la agencia tenía esta suite reservada permanentemente?
—No era del todo cierto.
—¡Ah, bribón! —exclamó divertida, incorporándose para mirarle a los ojos—. ¡Lo sospechaba! ¡Debe de ser carísima!
—Sospechaba que lo sospechabas.
—¿Así que nos tendremos que despedir de los dos ilustres y seductores fantasmas que continúan citándose en esta habitación? Les tenía cariño. Es una pena.
—Mi cuñado ha empezado a importunarme sobre el alquiler de la suite. En la agencia tenemos algún contable impertinente.
—¡Vaya con los gastos!
—No es el dinero, Muriel; no me importaría pagar de mi propio bolsillo cien veces más.
—El tono de Rich denotaba su molestia—. Y en circunstancias normales enviaría al puto contable al cuerno, pero es mi cuñado el que hizo varias preguntas incómodas.
No quiero que investigue y se entere de lo nuestro.
—¡John Carlton te controla! —Muriel se sorprendió—. ¿Tanto manda tu cuñado?
—Demasiado, ya estoy harto. —Su voz sonaba dura—. Tengo planes para acabar con esa mierda.
—¿Qué piensas hacer?