22. Epílogo #2
Sus ojos lo absorben todo y mi corazón empieza a latir con fuerza mientras la conduzco hacia la puerta del fondo, la que ha permanecido cerrada desde que nos mudamos.
—Declan…, ¿por qué estamos aquí arriba? —Su voz se ha vuelto un susurro—. Ninguno de vosotros usa esta planta. Beck me dijo que está maldita. Dijo, y cito textualmente: « Esa es la habitación de los adultos; no entramos en la habitación de los adultos ».
—Beck es idiota. —Tengo la mano en el pomo y el corazón me está haciendo algo absolutamente inaceptable tras las costillas—.
Ninguno de nosotros la cogió nunca porque es la habitación más grande de la casa.
También tiene las mejores vistas. Así que…
ha estado aquí arriba, vacía, durante dos años porque…
—y aquí viene la parte que ensayé en la ducha y que aun así me sale atropellada— porque cogerla parecía algo permanente .
Como admitir que de verdad estás construyendo una vida con sentido en lugar de quedarte en un sitio de paso entre partidos.
Me mira y entrecierra los ojos.
—Y viniste a Beachside específicamente para no hacer eso.
—Exacto. Y entonces te conocí y me enamoré, así que…
Abro la puerta de un empujón y doy un paso atrás, dejando que la habitación haga el resto.
Josie entra y gira sobre sí misma. Se lleva una mano a la boca, boquiabierta ante lo que ve.
La estancia es muy luminosa, llena de ventanales que van del suelo al techo a lo largo de toda la pared que da al mar, ofreciendo una vista del Pacífico que se extiende sin fin.
La terraza privada con su propia ducha exterior tiene plantas que se desbordan por la barandilla, y a través del arco, Josie contempla el baño en suite y esa bañera gigante, lo bastante grande para dos.
La observo dar otra vuelta, sus dedos se deslizan por el marco de la ventana como si estuviera comprobando si todo esto es real.
No puedo apartar la mirada.
Mi corazón se abre de par en par, llenándose con el sonido de su risa quebrada por un sollozo.
Nunca quise esto. Nunca lo planeé.
Vine aquí para dejarme llevar, para no ser el ancla de nadie, para que el ritmo apacible de las olas y los partidos de hockey sin importancia me guiaran.
Pero al verla enamorarse de esta habitación, me doy cuenta ahora, y lo comprendo con una claridad que me cala hasta los huesos, de que ya no voy a la deriva hacia ninguna parte.
Lo he apostado todo. Para siempre.
Esta mujer, a la que le dijeron toda su vida que no era suficiente, que quería las cosas equivocadas, que nunca encajaría en ningún sitio… está a punto de tenerlo todo.
Ya me encargaré yo de eso.
Su madre le robó su mundo, pedazo a pedazo, con cada suspiro de desdén y cada palabra cruel. Su padre le prometió uno y nunca se lo entregó, aunque no por su culpa.
Pero yo se lo devolveré.
Cada atardecer que veamos a través de estas ventanas, cada mañana que nos despertemos juntos en esa cama ridícula sobre la que ahora mismo está pasando las manos, cada momento en que pueda verla darse cuenta de que está exactamente donde se supone que debe estar.
Nunca esperé sentir esto. Nunca quise necesitar a alguien con tanta intensidad.
Pero ahora que la tengo, voy a atesorar cada segundo.
Entra en el vestidor, que es del tamaño del dormitorio entero de Beck.
Está vacío. Esperando a que ella lo llene.
—Esto es… Declan, esta es la suite principal más grande que he visto nunca. Es preciosa.
—Es nuestra suite. Si la quieres. —Me meto las manos en los bolsillos porque si no, me van a temblar—. Olvídate del piso de alquiler, Josie. Vente a vivir conmigo. Aquí arriba. Porque, por lo visto… —hago un gesto vago hacia la habitación, la casa, todo mi arruinado plan de vida— ya somos adultos.
Está llorando. Llora y ríe al mismo tiempo, lo que he aprendido que es su reacción habitual ante las emociones fuertes. Se seca las lágrimas y me señala con un dedo acusador.
— Has secuestrado mis cajas.
—He redirigido tus cajas.
—Y dejaste que firmara un contrato de alquiler , psicópata.
—El abogado de Mason ya se encargó del contrato. Nunca tuviste un contrato. Era puro teatro.
—Oh, Dios mío… —Da otra vuelta, contemplando de nuevo la bañera, la terraza, el vestidor.
La veo enamorarse de todo en tiempo real—.
El vestidor es más grande que mi dormitorio de la infancia.
Mis hermanas fliparían . —Se detiene al mencionar a sus hermanas—.
Quizá… quizá podrían venir a verlo alguna vez.
Meghan no para de preguntar dónde vivo ahora en realidad.
Quizá… se lo enseño y ya está. Todo. La vida entera.
—Cuando tú quieras. —Lo digo con total sinceridad—. Invítalas a todas. Incluso a tu madre. Las traumatizaremos con Beck en la cena.
—Oh, a mis hermanas les encantaría Beck, ese es el problema. —Se seca los ojos de nuevo y luego los entrecierra hacia la cama impoluta—. Espera. Un momento. ¿Significa esto que Biscuit por fin dejará de dormir en tu cama? Ya que está, bueno, en la tercera planta.
Ambos miramos hacia la entrada y, por supuesto, Biscuit ya está evaluando el colchón con la ambición y la mirada fría de un promotor inmobiliario.
—Ah, no, va a seguir durmiendo en la cama, por supuesto —digo.
—Cien por cien —concuerda Josie, y entonces cruza la habitación y me besa.
—¿Eso es un sí? ¿Te mudarás conmigo?
—¿De verdad tengo que responder a eso? —Sigue besándome, sus manos bajan lentamente por mi cuerpo—. ¿O prefieres que te lo demuestre?
Me aprieta la polla a través de los vaqueros y la hago caminar hacia atrás, hacia la enorme cama que nos espera, mientras escolto a Biscuit fuera de la habitación con delicadeza, pero con firmeza.