Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 22. Epílogo
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22. Epílogo

Epílogo

Declan

H ay exactamente tres cosas que juré que nunca haría cuando me mudara a Beachside.

Que algo me importara. Enamorarme. Y el yoga.

Ahora mismo voy cero de tres, doblado en una postura que la instructora en el césped de abajo no para de llamar «perro boca abajo», mientras la mujer que amo se ríe a carcajadas detrás de mí, escondida tras una caja de mudanza.

—Tus caderas... —A Josie apenas le salen las palabras de tanto que se ríe. Tiene un montón de vestidos de verano apretados contra el pecho y las lágrimas le corren por la cara—. Declan, se supone que tus caderas tienen que ir hacia arriba .

—¡ Están hacia arriba!

—No están hacia arriba. Pareces una tumbona que alguien ha pisoteado.

—Esta es la última vez que te ayudo con algo.

—¡No estás ayudando! Has empaquetado una caja y era la caja de mi ropa interior. ¡Has tardado cuarenta minutos!

—Eso era control de calidad . La mitad de esas prendas han desaparecido misteriosamente en los últimos tres meses y, como tu novio, me sentía personalmente responsable de...

—¡El que las coge eres tú, Declan! ¡Tienes un cajón lleno en la mansión!

Bajo el balcón, la clase de yoga al amanecer fluye con facilidad, doce personas serenas que se mueven en perfecta sincronía en el césped del hotel. El océano Pacífico brilla dorado detrás de ellas y, por alguna razón desconocida, yo sigo intentando imitarlas.

Vuelvo a agacharme, pero me da un tirón en el isquiotibial. En algún punto de la maniobra, mi rodilla también hace un ruido que la rodilla de ningún atleta profesional de veintinueve años debería hacer legalmente.

—Recuérdame otra vez por qué la gente hace esto —gruño, casi perdiendo el equilibrio por completo.

—Oh, no —susurra Josie, encantada. Saca el móvil y me apunta—. Haz el guerrero uno. Venga. Esto va para la cuenta del equipo.

—Ya te lo he dicho, deja el puto móvil.

—¿O qué harás exactamente?

Abandono la postura, me enderezo hasta mi altura máxima y me doy la vuelta. —Deja el móvil, Josie, o te juro por Dios que te pondré sobre esa caja de tu importantísima ropa interior y te recordaré exactamente a quién le funcionan bien las caderas.

—Uh. —Ni siquiera se inmuta, solo ladea la cabeza, considerándolo como si fuera una opción del menú—. Ahora sí que tengo miedo.

—Lo digo en serio.

—Yo también. Azótame, capi. —Se da la vuelta y menea el culo delante de mí—. Estoy esperando.

—Así no... —Me paso una mano por la cara, luchando contra la sonrisa que amenaza con romper mi expresión muy seria y muy amenazante—. Así no se supone que funcionen las amenazas. Se supone que tienes que tener miedo.

— Tengo miedo. —Se lleva una mano al pecho, conteniendo la risa—. Aterrada. Mírame, estoy temblando.

—Bien. —Me cruzo de brazos, lo cual es difícil de hacer con autoridad cuando todavía te está dando un espasmo el isquiotibial—. Pues no hay azotes. No hay nada . Retiro todos mis servicios sexuales, con efecto inmediato.

Eso la pilla. Josie baja el móvil un centímetro, entrecerrando los ojos como si acabara de declarar la guerra. —No te atreverías.

—Pruébame.

—Declan Morrison, aguantarías exactamente seis horas. Venga, vamos, que todavía tengo que empaquetar todas estas cajas.

Se deja caer sentada en la cama del hotel, con las piernas cruzadas, vistiendo una de mis camisetas y unos pantalones cortos, rodeada por los tres meses de una vida empaquetada en cartón.

Técnicamente, todo empezó en esta habitación.

Una vez me confesó que su primera mañana en Beachside se quedó en este mismo balcón viendo esta clase de yoga, pensando en mí. En nuestra noche juntos.

Por eso estoy aquí fuera haciendo yoga fatal. Porque hacer reír a esta mujer se ha convertido en el único punto más importante de mi agenda diaria, por encima del entrenamiento, de la comida, de respirar .

Vine a esta ciudad para no sentir nada. Temporada fácil, sol fácil, todo fácil. Lo tenía todo planeado... dos años de tomarme las cosas con calma, sin cámaras, sin el peso de las expectativas.

Ahora estoy haciendo yoga al amanecer en un balcón para hacer que una mujer se ría contra una caja de cojines, y nunca en mi vida he sido tan estúpida y rematadamente feliz.

—Sabes... —dice Josie, cerrando otra caja con cinta adhesiva—, esta habitación me vio tener una crisis existencial por tu culpa. Varias crisis, de hecho. Ese balcón ha visto de todo .

—Igual que la ducha. Y el escritorio.

Se muerde el labio, recordándolo.

—No hablemos del escritorio. Tuve que darle una propina extra al servicio de limpieza y todavía no puedo mirar al conserje a los ojos.

Se levanta, pone las manos en las caderas y examina la suite.

Ahora está desmantelada, solo cajas y luz del sol y la hendidura en el colchón donde ocurrieron tres meses de nosotros.

—Es raro. Iba prorrogando mi estancia en esta habitación de dos semanas en dos semanas. Me decía a mí misma que buscaría un apartamento cuando las cosas se calmaran.

—¿Pero las cosas nunca se calmaron?

—Las cosas se descontrolaron , eso es lo que hicieron las cosas.

—Me pone una caja en los brazos y apila una segunda encima como si yo fuera una estantería—.

Pero, capi. Es hora de irse. Así que, por favor, lleva esto al Rover y vámonos a mi nuevo piso de alquiler. Te he enviado la dirección al móvil.

Cojo las cajas, y ya he mirado la dirección, así que sé perfectamente adónde ir.

Pero esta es la cuestión.

No tengo la más mínima intención de usarla.

Cargamos el Rover, cogemos un café de Goldie's, y pronto, la carretera de la costa se despliega bajo el sol cada vez más cálido. El océano está a un lado, y Josie tiene los pies descalzos sobre mi salpicadero, dando indicaciones desde su móvil.

—Vale, es a la izquierda en Driftwood Avenue, y luego el piso es el dúplex gris que está detrás del... —Hace una pausa y frunce el ceño mirando por la ventanilla—. Declan. Eso era Driftwood Avenue.

—Mmm.

—Te has pasado el desvío.

—Mmm.

—Declan. —Se gira en su asiento—. ¡El piso está allí detrás ! ¿Adónde vas?

Sigo conduciendo y pongo el intermitente.

—Oh, Dios mío, es el silencio malhumorado.

Está aplicando el silencio malhumorado. —Me señala con un dedo—.

Tienes un plan . Conozco esa cara. Esa es la cara de tener un plan.

La última vez que pusiste cara de tener un plan acabé con champán, bombones y una carta manuscrita emocionalmente devastadora en San Francisco.

—Y eso te salió bastante bien, si mal no recuerdo.

—Esa no es la cuestión— .

Entonces nuestro destino aparece a la vista y ella se calla.

Las puertas de la mansión se abren como si nos estuvieran esperando. Las sombras de las palmeras rayan el camino de entrada y la casa se alza sobre las dunas, con el océano brillando en un azul intenso detrás.

Me detengo en la entrada circular, entre el Bronco de Beck y el Audi de Mason, y luego apago el motor.

Josie mira la casa. Luego me mira a mí.

—Declan Morrison. ¿Por qué están todas mis pertenencias en tu casa?

—Entra.

— ¡Declan! ¿¡Qué estás haciendo!?

Salgo del coche y doy la vuelta hasta su puerta, la abro y la ayudo a bajar el escalón. —Solo... entra un minuto. Tengo algo que quiero enseñarte.

—¿Algo que enseñarme? —Enarca una ceja mientras sus pies tocan el suelo—. La última vez que dijiste eso, acabé con un plug anal vibrador y un suministro para un año de lubricante que brilla en la oscuridad.

Joder.

La imagen de ella inclinada sobre mi cama reaparece en mi mente, el suave zumbido de ese juguete enterrado dentro de ella mientras me suplicaba que la follara más fuerte.

La polla se me endurece contra la cremallera solo de mencionarlo.

—Ah, sí.

Me meto en su espacio, lo suficientemente cerca como para que el calor que emana de su cuerpo se filtre a través de mi camiseta. Ella levanta la barbilla, esa mirada verde sosteniendo la mía sin pestañear.

No está avergonzada. Nunca se avergüenza.

Eso es lo que me mata cada vez... esta mujer de pie aquí, bajo el sol de California, recordándome que fui yo quien pasó una hora memorizando cada sonido que hizo mientras metía y sacaba ese plug de su culito apretado.

—Fue una noche bastante buena —digo, con voz grave, dejando que mis ojos recorran la curva de su cuello—. Si no recuerdo mal, te corriste con tanta fuerza que intentaste morder la almohada hasta atravesarla.

Sus labios se contraen en una sonrisa. —Valió cada céntimo que me costó reemplazarlas.

Nos reímos juntos mientras la guío adentro, y el gran salón está inundado de luz. Diego ha abierto los paneles de cristal para que toda la casa respire el aire del océano, y en el segundo que nos oye, Biscuit viene derrapando por el suelo.

Todo su lomo se menea, una oreja levantada, la otra caída, y se desvía directamente hacia Josie porque el traidor dejó claras sus lealtades hace meses.

—Hola, mi vida, hola... —Se agacha para rascarle las orejas—. ¿Te ha secuestrado tu papá? Pestañea dos veces si te ha hecho lo mismo. Oh, sí que lo ha hecho. Sí que lo ha hecho.

—¡Señorita Josie! —La voz de Diego llega desde el segundo piso, seguida por el propio Diego, con un trapo para el polvo en una mano y la otra en el pecho como si estuviera recibiendo a la realeza—.

Oh, gracias a Dios . Dígame que es hoy. ¿Es hoy?

Llevo dos años manteniendo esa habitación libre de polvo como una especie de guardián de un santuario y si se ha vuelto a echar atrás, DIMITO—.

— Diego . —Le siseo desde el otro lado de la habitación, lanzándole miradas asesinas para que el cabrón no me delate.

—No he dicho nada. No he visto nada. —Se esfuma hacia la cocina con la velocidad de un hombre que pretende escuchar la conversación desde un mejor ángulo.

Josie se endereza lentamente. —¿Qué habitación, Declan? ¿De qué está hablando Diego?

La cojo de la mano y la llevo escaleras arriba, más allá del segundo piso, más allá de mi habitación, más allá de la zona catastrófica de Beck y el alféizar con vistas de Mason, hasta el tercer piso de esta enorme mansión.