Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 20. Capítulo 19
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20. Capítulo 19

Declan

A noche, el mundo entero enmudeció durante exactamente tres segundos.

Luego, se desató la locura.

No recuerdo haber tomado la decisión de echar a correr.

En un instante, estoy en el muelle viendo cómo a Josie se le va el color de la cara, con la lucecita roja de su collar brillando como una acusación.

Al siguiente, estoy esprintando por el paseo marítimo detrás de Beck, con mis zapatos de vestir martilleando los viejos tablones mientras quinientos teléfonos se iluminan a mi alrededor como un campo de luciérnagas que documenta la peor noche de mi vida.

—¡Beck! ¡Beck, espera…!

No esperó. Ni siquiera redujo la velocidad. Caminó directo al coche de Mason con los hombros rígidos y, cuando lo agarré del brazo, me apartó de un manotazo como si fuera un desconocido.

—No lo hagas —fue todo lo que dijo.

Mi hermano pequeño, el ser humano más ruidoso que he conocido, el crío que narra cada cucharada de su propio desayuno…, me dedicó una sola palabra y después se puso los auriculares.

A mi espalda, en algún lugar entre todas esas luces, Josie estaba de pie entre los escombros de aquello que había construido, y yo no podía estar en dos sitios a la vez.

Tuve que elegir. Y me odié con cada paso que di para alejarme de ella.

Eso fue hace diecisiete horas.

Diecisiete horas , y todavía no he arreglado una puñetera cosa.

Oigo cada decibelio de diez mil personas a través de las paredes del vestuario. Se han vendido todas las entradas del estadio. Aquello por lo que Josie se ha dejado la piel toda su vida está rugiendo sobre nuestras cabezas como un océano que por fin ha decidido aparecer.

Pero ¿aquí dentro? ¿Dentro de este vestuario?

Hay un silencio puro.

Esta noche debería ser una celebración.

La Bear Cave está más ruidosa que nunca, pero en lugar de celebrarlo, siento que estoy en un puto funeral.

Beck sigue sin hablarme.

Ni siquiera me ha mirado desde anoche. Incluso en el trayecto a casa desde el paseo marítimo, se sentó en la parte de atrás del Audi de Mason con los auriculares y la capucha puesta, como un niño al que llevan a casa después de un funeral.

Llegamos a la mansión y pasó de largo ante los brazos extendidos de Diego y cerró su puerta sin hacer ruido.

Beck Morrison ha enmudecido. Y es la cosa más jodidamente aterradora que he presenciado en mi vida.

Y Josie.

Joder. Josie.

No he hablado con ella desde que el paseo marítimo se quedó en silencio y Rose se quedó allí, disculpándose mientras el mundo de Josie se desmoronaba ante nuestros propios ojos.

Mi confesión. Su escándalo. A los dos nos destriparon en la misma emisión, y ninguno tuvo ni un segundo para consolar al otro desde entonces.

Trago un poco de agua en mi sitio. La energía nerviosa burbujea por todo mi cuerpo.

La rodilla no me para de temblar porque sé que, ahora mismo, Josie está en algún lugar de este edificio con su madre sentada a su lado mientras el mundo entero susurra sobre el escándalo de hockey que está reventando todos los informativos del país.

Joder.

Me pongo el peto por la cabeza y mis ojos se desvían hacia el sitio de Beck. Está encintando su palo una y otra vez, apretando tanto la cinta que va a asfixiar la pala.

Mason me mira desde su lado. Niega con la cabeza casi imperceptiblemente. ¿Qué coño hacemos? Lleva toda la mañana intentando reconciliar a sus hermanos. Le preparó a Beck su desayuno favorito y se lo dejó en la puerta como una ofrenda a un dios enfadado.

Probablemente siga ahí.

A la mierda. Se acabó.

Cruzo la sala y me planto delante del sitio de mi hermano pequeño, cruzándome de brazos y mirándolo con dureza.

—Beck. Venga, vamos a hablarlo.

Sigue encintando el palo.

—Beck. Mírame.

No levanta la vista. Miro a Mason, que se encoge de hombros y me lanza una mirada que dice sigue intentándolo .

Así que… lo hago. Hago lo que he estado haciendo toda mi puta vida y me trago mi propio orgullo solo para mantener a esta familia a flote.

—Mira, Beck. Nos quedan sesenta minutos de hockey.

Sé que lo de anoche fue una mierda, pero este es el partido más importante que ha tenido esta franquicia.

El partido más importante que hemos tenido nosotros.

—Tomo aire y lo observo con atención—. Sea lo que sea esto, sea lo que sea que esté pasando, ¿qué tal si lo aparcamos hasta después?

—¿Aparcarlo? —Se ríe, pero es un sonido que nunca antes le había oído a Beck. Es plano y no tiene ninguna gracia—. Sí. Claro. Deja que aparque el hecho de que toda mi infancia fue un trabajo en grupo en el que participó todo el mundo menos yo.

—Eso no es….

—¡TÚ LO SABÍAS! —Se levanta disparado de su sitio tan rápido que el palo cae al suelo con un estrépito.

Da un salto hacia delante y ahora está cara a cara conmigo, con las aletas de la nariz dilatadas—.

¡TÚ LO SABÍAS, DECLAN! En cada fiesta, en cada cumpleaños, cada vez que papá se levantaba en la cena y daba uno de sus grandes discursos sobre la familia …

Tú te quedabas ahí sentado y me dejabas aplaudir.

—¡Te estaba protegiendo! —rujo, sin retroceder mientras mi pecho choca con el suyo.

Pero en la cara de Beck ocurre algo que veré el resto de mi vida.

No se descompone. Se endurece .

—Y ahí está —gruñe, con los dientes rechinando al pronunciar las palabras—.

Todo el puto problema, ahí mismo. No soy tu hermano, soy tu proyecto .

El pobre y estúpido de Beck no puede soportar la verdad, mejor controlarlo.

¡Mejor tener al bebé entretenido para que no se dé cuenta de que la puta casa está en llamas!

Toda la sala queda en silencio mientras las palabras de Beck resuenan a nuestro alrededor.

—¿Sabes cuál es la peor parte? Ni siquiera es papá. Papá no es más que un gilipollas que va a yoga. Eres TÚ. Porque él le mintió a mamá, pero tú me mentiste a mí .

Beck se me vuelve a poner en la cara y aprieto los puños. Me hierve la sangre, y si no fuera mi hermano, juro por Dios que…

—¡Me mentiste cada día! ¡Y, aun así, te las apañaste para contárselo a una extraña antes que a mí!

—No es una extraña.

—NO, por lo visto es el amor de tu vida, cosa que AHORA SABE TODA LA COSTA DEL PACÍFICO. Así que enhorabuena por tu avance en comunicación, Capitán Gilipollas…

—Eh… —Mason se interpone entre nosotros, con una mano en el pecho de cada uno—. Retroceded los dos. No vamos a hacer esto aquí. Ahora no...

—Y un cuerno —Beck aparta el brazo de Mason de un manotazo, y Mason, que lo absorbe todo, que nunca en su vida ha devuelto un golpe, lo empuja de vuelta.

Se miran fijamente durante una fracción de segundo. Acto seguido, los guantes de Beck caen al suelo.

Empieza la pelea, más rápido que si estuviera sobre el hielo.

Mis manos se cierran en la camiseta de Beck mientras los tres forcejeamos hacia atrás hasta que nos estamos peleando contra la pared.

Empiezan a volar los puñetazos y toda la puta sala explota a nuestro alrededor, con Finn gritando y Sawyer lanzándose desde el banquillo para separarnos.

No sirve de nada.

Mis nudillos impactan contra el hombro de Beck, o quizá su mandíbula.

Ya no lo distingo, pero el dolor empieza a subirme por el brazo mientras nos estrellamos contra una fila de taquillas.

El casco de alguien cae rodando por las baldosas mientras el antebrazo de Mason me rodea el cuello por detrás, arrastrándome hacia atrás.

—¡QUITAD LAS MANOS DE ENCIMA! —rujo, y planto el talón para empujarnos a los dos contra el banco, haciéndolo astillas.

Beck está ahora en el suelo, intentando levantarse, con sangre en el labio, y yo puedo saborearla en mi propia boca antes de que el peso de Finn finalmente se estrelle contra los tres a la vez.

—¡ BASTA YA !

El rugido del entrenador Pearson silencia la sala.

Está de pie en la puerta y, detrás de él, oigo débilmente el enjambre de periodistas en el pasillo. Los putos buitres han estado sobrevolando desde anoche, con sus cámaras, sus preguntas y la palabra Morrison en boca de todos.

El entrenador entra en la sala y cierra la puerta de una patada. Nos mira a los tres, enredados en medio de su vestuario.

—¿Qué coño os pasa? —escupe—. Soltaos el uno al otro. Ahora.

Nos soltamos y el entrenador camina en círculo a nuestro alrededor, pasando por encima del palo de Beck antes de patear el casco perdido al otro lado de la sala.

—Me da igual lo que esté pasando ahí fuera.

Me da igual lo que esté pasando aquí dentro.

Tengo una hija, así que, creedme, sé que las familias son complicadas.

La vuestra acaba de saltar al horario de máxima audiencia, y eso es una putada, y lo siento.

—Se detiene frente a Beck y se le pone en la cara—.

Pero en cuatro minutos, te pones esa camiseta, y ahí fuera no sois hermanos. ¡Sois un puto equipo !

—Sí, entrenador —murmura Beck.

—Diez mil personas han comprado entradas para veros jugar al hockey esta noche —continúa el entrenador, pasando de Beck a Mason—. Así que vais a salir ahí y se lo vais a dar. ¿Ha quedado claro?

—Sí, señor —asiente Mason, tenso.

El rostro del entrenador se contrae aún más, mirándonos a cada uno de la cabeza a los pies. Luego se planta justo delante de mí, sosteniéndome la mirada antes de negar con la cabeza.

—Y tú . Se supone que eres el listo. El que mantiene unido todo este circo.

—Hace un gesto vago hacia Beck y Mason, ambos todavía respirando con dificultad, ambos todavía negándose a mirarse—.

Y, en cambio, entro aquí y os encuentro a los tres peleando como un puñado de golden retrievers por la última pelota de tenis.

—Entrenador….

—No he terminado. —Pone una mano en mi hombro, y su peso es suficiente para que mis rodillas quieran doblarse—.

Eres el capitán, Morrison. Eso significa que cuando la sala está en llamas, se supone que eres tú el que sujeta la manguera.

No el que le echa gasolina porque tu hermanito te ha herido los sentimientos.

—Entendido —murmuro.