15. Capítulo 14
Declan
L a cocina parece un campo de batalla y todavía no hemos salido para el aeropuerto.
—Beck. Beck . Sienta el culo de una vez antes de que a Biscuit le dé un infarto.
—¡NO PUEDO SENTARME, DECLAN, NOS VAMOS DE GIRA! ¡Estamos en racha y nos vamos de gira! ¡Es el mejor día de mi vida y tú te comportas como si fuéramos a un funeral!
Biscuit, que ha estado siguiendo las vueltas frenéticas de Beck alrededor de la isla de la cocina como si estuviera viendo un partido de tenis, suelta un ladrido agudo y asustado y se agacha de inmediato sobre el parqué.
—¡Beck!
—Eso no es culpa mía, es una respuesta biológica a la emoción...
—Es pis, Beck. Se está meando en el suelo otra vez porque no paras de dar saltos como un puto juguete de cuerda.
Diego aparece por el pasillo con un rollo de papel de cocina ya precortado, con una expresión de suprema y cansada paciencia grabada en cada rasgo de su cara.
—Es la tercera vez esta semana —murmura, poniéndose de rodillas para limpiar el estropicio—. Debería pasarle una factura aparte al perro.
Vuelvo a mi maleta abierta sobre la encimera, justo a tiempo para que un montón de camisetas dobladas vuele por la cocina y me golpee directamente en el pecho.
— Diego .
—¡Mételas! —grita desde el suelo—. ¡Un hombre nunca tiene suficiente ropa, Declan!
—Es una puta gira de hockey. No un despliegue militar.
—¿Crees que tienen un servicio de lavandería decente en esos hoteles ? He oído historias de terror . Mete. Las. Camisetas.
Las meto dentro, más que nada para que deje de tirarme cosas, y cierro la cremallera de la bolsa hasta la mitad antes de que Diego pueda lanzar una segunda oleada.
Al otro lado de la isla, Mason es la única persona de toda la casa que se comporta como un adulto funcional.
Tiene un bol de yogur con granola delante, su bolsa de viaje ya hecha y junto a la puerta, como si la hubiera preparado tranquilamente hace cuarenta y cinco minutos.
Está tecleando despreocupadamente en el móvil con una sonrisita suave y dulce.
Le lanzo una mirada inquisitiva. —¿A quién coño le escribes tan temprano?
Sus pulgares se congelan y la sonrisa se desvanece, como aquella vez que lo pillé con la mano en los pantalones.
—Con Zoey —dice, demasiado rápido, dejando el móvil boca abajo sobre la encimera—. Sí, es Zoey. Llevamos toda la mañana escribiéndonos. Ya sabes…, sobre el tema.
Estoy a dos segundos de decirle que no me lo creo una mierda cuando la tableta de la pared suena, y la pantalla se ilumina con una llamada entrante.
— LLAMADA ENTRANTE DE ZOEY MORRISON —canta la voz de robot británica—. Desliza para aceptar.
Los tres dejamos lo que estamos haciendo y nos miramos.
Joder.
La última vez que su nombre iluminó una pantalla así, nos dijo algo que cambió nuestras vidas para siempre . No he podido dejar de pensar en ello en cinco días.
En mamá. En Zoey.
En cómo coño lloró como nunca antes la había visto, mientras intentaba entender lo que estaba pasando en casa.
Mi hermana. La mujer más fuerte que he conocido, llorando por culpa de las acciones negligentes de nuestros padres.
No he dejado de pensar en ello desde entonces.
No se lo he contado a Josie. No sé qué decir.
No sé cómo explicar por qué he estado tan distante.
Quizá porque no sé cómo lidiar con esta mierda ahora mismo. Porque, por primera vez en mi vida, por fin empezaba a sentirme feliz conmigo mismo, y entonces mi capullo de padre decidió ir y joderlo todo otra vez.
Deslizo el dedo para responder antes de que Beck pueda lanzarse a través de la habitación y adelantárseme.
—Hola, Zo.
—Buenos días, chicos —dice Zoey, ya sonriendo, apoyada en el mostrador de Butter Batch Bakery como si no le quedara ni un solo cruasán por vender—. ¿Qué pasa? Parece que os van a mandar al frente.
—Estábamos hablando de ti, literalmente —gruño, mirando a Mason.
—¿Ah, sí? —Zoey arquea una ceja—. ¿Debería preocuparme?
—Querrás decir si yo debería preocuparme —digo, lanzándole una mirada de reojo—. Por lo visto, vosotros dos os habéis estado escribiendo sin parar esta mañana.
La cara de Zoey se arruga en un extraño gesto mientras mira su móvil, como si estuviera comprobando una conversación que no existe.
Miro a Mason. Se ha quedado muy quieto sobre su yogur, como si lo hubieran pillado.
Le devuelvo la mirada inquisitiva.
—Ah. Ya veo. No te estabas escribiendo con Zoey.
Mason tiene la osadía de parecer ofendido. —Yo… Yo… Yo estaba…
En la tableta, Zoey sigue mirando su propio móvil con el ceño fruncido.
—No os he escrito a ninguno de vosotros desde el otro día —dice lentamente—. Mason, cielo, ¿con quién crees exactamente que has estado hablando?
La cara de Mason se pone blanca.
—Podría haber sido una confusión —murmura.
Cierra los ojos como si le estuviera rezando a un Dios que claramente dejó de atender sus llamadas en el momento en que esta familia nació.
Pero lo dejo pasar. Porque ya hemos pasado por bastante esta semana, y si Mase necesita lidiar con lo que está pasando a su manera, no voy a ser yo quien se lo impida.
Pero si no se estaba escribiendo con Zoey… ¿con quién coño lo estaba haciendo? ¿Y por qué lo mantiene en secreto?
Me apoyo en la encimera, con los brazos cruzados, observando la cara de mi hermana en la pantalla de la tableta. La sonrisa un poco demasiado radiante, la forma en que sus ojos se desvían hacia la esquina de su cámara como si estuviera comprobando si su propio reflejo tiene grietas.
—Bueno —dice Zoey, con un tono de voz deliberadamente alegre—. ¡Gira! Tres partidos. Cosa seria.
—COSA SERIA —confirma Beck desde el suelo, donde forcejea con Biscuit para que se quede quieto—. Zo, voy a salir en la tele. En la tele de verdad. No solo, como, en un TikTok donde Mason me graba haciendo burpees porque nuestro contrato dice que tenemos que hacerlo.
—Ya sales en la tele, idiota —murmuro—. Somos un equipo de hockey profesional.
—Sí, pero ESTA es la tele de un partido fuera de casa . Es una energía diferente.
Zoey se ríe, pero su risa es demasiado forzada.
Conozco esa risa.
He oído esa risa todos los días de esta semana, porque he pasado la mayor parte de los últimos cinco días oyéndola en mi propia cabeza, reviviendo la peor llamada de mi puta vida.
Papá va a pedir el divorcio.
Treinta y un años de matrimonio, tres hermanos que construyeron toda su personalidad en torno a sobrevivir en un hogar que nunca funcionó del todo, y una hermana que se ha pasado toda la vida intentando escapar.
Mason levanta la vista de su bol de cereales. —¿Estás bien, Zo? Pareces cansada.
—¡Estoy bien! —canta, apartando la vista de la cámara—. Solo, ya sabes. Cosas de la pastelería. El proyecto del cole de Morgan. El caos habitual.
Mentirosa. Lo sé yo. Probablemente Mason también lo sabe. Incluso Beck, en medio del forcejeo con treinta kilos de chucho, se detiene para mirar.
Porque ninguno de nosotros lo ha mencionado desde aquella llamada.
Ni una sola vez. Ni una sola mención en cinco días.
Hemos hablado de todo menos de eso. El partido. La gira. Las idas al baño de Biscuit. La resaca de Diego. Joder, tuvimos un maldito partido de hockey para distraernos de la catástrofe que llevamos esperando toda la vida.
Hemos construido una semana entera a base de evasivas, ladrillo a ladrillo, como si por no decir la palabra divorcio en voz alta, dejara de ser verdad.
Pero la cosa es…
Aunque mis hermanos por fin se han dado cuenta de lo mala que es la relación de nuestros padres… yo sigo sabiendo cosas que ellos no. Cosas que Zoey acaba de descubrir y a las que no encuentra ningún sentido.
Son cosas que no le he contado a nadie antes, ni siquiera a Josie, ni siquiera después de que llorara en mis brazos por su propia madre y yo me quedara ahí sentado con mi propio secreto quemándome un agujero en el pecho.
Porque sé exactamente por qué mi padre ha pedido el divorcio.
Sé de la monitora de yoga que mamá mencionó. Sé que se llama Brianna, y sé que se ha estado acostando con ella desde que tenía veinte años. Joder, vi una foto en su móvil hace tres Navidades y se lo advertí a mamá, pero no quiso escucharme.
Nunca escuchó. Ni una sola vez.
He estado cargando con esta mierda desde que tenía doce años, observando a papá desde lo alto de las escaleras mientras él se lo tomaba a broma y mentía descaradamente. Lo peor era que mamá simplemente lo ignoraba. Se negaba a creerlo, quizá solo para mantener a la familia unida.
Así que lo enterré como entierro todo, y ahora está resurgiendo a zarpazos en el peor momento posible.
—Vale, bueno —dice Zoey, dando una palmada como si intentara empujar físicamente el ambiente hacia algo más ligero—. Solo quería desearos suerte antes de que os fuerais, chicos. Dadles caña. Traed a casa algunas victorias.
—LOS DESTRUIREMOS —anuncia Beck, levantando a Biscuit por el collar. El perro se queda flácido al instante, como si le hubieran disparado—. Beck Morrison no pierde fuera de casa. Eso es un hecho , Zoey. Apúntalo.
—Avisaré a la prensa.
Diego, que ha estado bebiendo su batido en silencio al final de la encimera, como si esperara presenciar la lenta desaparición de nuestra familia, finalmente habla.
—Muy bien. ¡Basta ya! Si vosotros tres no os metéis en ese coche en los próximos diez minutos —dice, con la voz plana y mortalmente tranquila—, os arrastraré personalmente hasta el aeropuerto de vuestros carísimos cortes de pelo.
—Diego…
—Mason. Beck . Declan. Despedíos de vuestra hermana y moveos. Tengo una casa que llevar y no puedo hacerlo con tres hombres hechos y derechos holgazaneando en mi cocina como una boy band a la que ha dejado su discográfica.
—Qué forma de afeminarlo todo, tío —murmura Beck, cogiendo su bolsa del suelo.
—Tengo una visión, mijo. La estás arruinando.
Mason suelta una risita, coge su bolsa de viaje y se inclina hacia la tableta. —Te quiero, Zo. Hablamos pronto.
—Yo también te quiero. Adiós, Mase.
Beck se gira hacia la puerta, pero luego da media vuelta, de repente serio de esa forma fulminante que tiene a veces: encendido, apagado y encendido de nuevo, como si pulsara un interruptor que solo él puede ver.