14. Capítulo 13
Josie
C onduzco por la carretera de la costa de Beachside en el Range Rover de Declan y no puedo evitar sentir que acabo de robar algo.
Este vehículo es básicamente una nave espacial de lujo. Una nave espacial que huele a él. No paro de sonreír como una loca en los semáforos.
—Céntrate, Whitfield —le murmuro al espejo retrovisor, donde una mujer con los labios más que besados me devuelve la sonrisa—. Hoy tienes un trabajo que hacer. Un trabajo serio e importante.
Pero la mujer del espejo no parece que tenga un trabajo serio e importante que hacer. La mujer del espejo parece que se ha pasado la noche entera siendo puesta del revés por un atleta profesional que le susurraba que le estaba cambiando la vida mientras se enterraba en ella.
Tres veces.
Me duelen los muslos de la mejor manera posible.
Para cuando llego al hotel, me ducho para quitarme de la piel el evidente olor a sexo recién echado y me enfundo un polo limpio del equipo y unos vaqueros, la clase de yoga en el césped bajo mi balcón ya está en plena postura del perro boca abajo.
Me apoyo en la barandilla y resoplo, divertida.
Qué monos. No tienen ni idea de que anoche perfeccioné mi propia versión de esa postura. Repetidamente. Namasté , desde luego.
La serena voz de la instructora llega flotando a través de la puerta abierta, diciendo a todo el mundo que liberen lo que ya no les sirve .
Por una vez, lo hago.
Porque en algún momento entre la boca de Declan en mi garganta a las dos de la madrugada y su mano extendida de forma posesiva sobre cada centímetro de mi piel, algo cambió.
A lo mejor Declan tiene razón. Me recojo el pelo mojado en una pinza y me miro en el espejo. A lo mejor es mi madre la que se lo está perdiendo.
El pensamiento se posa en mí, suave, extraño y enorme . Durante años he llevado su decepción como una segunda piel, y ahora un jugador de hockey gruñón ha ido y ha cortado el hilo en una sola noche.
Exhalo, liberándolo.
Luego cojo el bolso, las llaves y la versión de mí misma que tiene un equipo de hockey que salvar. Porque los Bears no están ni de lejos a salvo, y una noche medio decente no arregla una franquicia con soporte vital.
No me mudé a la otra punta del país para ser la mujer que cabalgó hacia el atardecer con una sola promoción de entradas de dos por uno.
Hay trabajo que hacer. Trabajo de verdad.
Puedo hacerlo si me mantengo centrada. Alerta.
He construido toda esta vida sobre el hecho de ser innegable. Sobre ser tan buena en mi trabajo que nadie pudiera jamás reducirme a nada menos que eso.
Lo que es un verdadero problema, teniendo en cuenta que acabo de pasar la noche dejando que el capitán de mi equipo me redujera a un manojo de gemidos contra el cabecero de su cama.
Joder.
Mi mayor secreto solía ser la carrera que le oculto a mi madre.
Ahora es el que podría acabar con ella.
Cuatro días después, estoy contemplando la mesa de catering más bonita que he visto en mi vida en un entorno profesional.
Los de Goldie's se han lucido con el pedido que hice anoche a última hora.
Justo en el centro de la mesa de la Sala de Conferencias A, hay una bandeja de rollos de canela calientes del tamaño de mi puño, con el glaseado aún brillante goteando por los lados en lentos ríos dorados.
Hay una pirámide de pastelitos daneses de fruta con unos bordes tan hojaldrados que se hacen añicos solo con mirarlos, y una cesta de esas famosas galletas de mantequilla tostada que, según Luna, pueden arreglar un matrimonio.
Me sirvo de la elegante jarra plateada de café infusionado en frío que rezuma condensación junto a una prensa francesa con algo tan oscuro y aromático que ya se me hace la boca agua.
Kai lo ha dejado todo hace veinte minutos, caminando descalzo hasta la Guarida del Oso, llamando a todo el mundo «hermano» y «hermana», y luego yéndose como un fantasma surfista y benévolo.
Colin Holden lo está arruinando todo en este momento.
—Ahora bien, esto … —dice Colin con la boca llena de rollo de canela, echándose hacia atrás en su silla con tanta fuerza que me preocupa de verdad el estado de su columna— es a lo que me refiero. Josie. Josie. ¿Has probado la galleta?
—Ya sé lo de la galleta, Colin.
—La galleta —repite, señalándome con los restos de su bollo.
Lleva una camisa hawaiana estampada con diminutas tablas de surf y parece que ha llegado por casualidad desde una barbacoa familiar en la playa—.
Si perdemos esta franquicia, quiero que conste que la galleta fue lo único que hizo que esta temporada valiera la pena.
El entrenador Pearson, sentado en el otro extremo con su café, gruñe.
—No vamos a perder la franquicia. Anoche volvimos a ganar. Estamos en racha.
—¡Ya lo sé ! Por eso estoy disfrutando de la galleta. —Colin se lame el glaseado del pulgar—. Entorno laboral sin estrés. Cero estrés.
Se reclina y pone los pies sobre la mesa.
Sí. Lo de anoche fue una victoria, técnicamente. Una reñida victoria por la mínima de dos a uno que solo conseguimos porque el árbitro no vio un stick alto tan flagrante que mi padre se habría removido en su tumba.
Declan jugó bien anoche. Bien.
No como jugó el sábado pasado. Con esa fluidez suave y depredadora, leyendo las jugadas antes de que sucedieran frente a un público que abarrotaba el estadio.
Pero en cierto modo cuadra. Ha estado raro toda la semana.
—Perdón por llegar tarde. —La voz de Declan retumba desde la puerta, y todo mi cuerpo se ilumina como la pantalla del estadio. Me mira con aire avergonzado—. Tarde otra vez .
Se deja caer en la silla de enfrente —no a mi lado, por supuesto, porque secretos — y luego coge el café solo.
Y que Dios me ayude, tengo que volver a bajar la vista a mis notas antes de hacer alguna locura, como trepar por encima de los pastelitos daneses solo para besarlo.
Porque, joder . Lo echo de menos .
Y aquí está mi problema.
Apenas lo he visto .
Oh, hemos hablado. Mensajes a medianoche que se volvieron guarros enseguida.
Diez minutos robados en el pasillo del material de los que todavía no me he recuperado.
Pero entre su horario de entrenamientos, el partido de anoche y mis jornadas de catorce horas tratando de salvar esta franquicia, hemos sido dos barcos que se cruzan en una noche muy cachonda e insatisfecha.
Ya han pasado cuatro días desde que me hizo sentir como la única cosa no rota del mundo, y de eso he sacado exactamente un único magreo a medio vestir.
No es suficiente. No es ni de lejos suficiente con un hombre que tiene esa pinta.
Y lo que es peor…
Le lanzo una mirada furtiva por encima de mi café.
Parece más gruñón. No conmigo, exactamente. Simplemente… raro. Cada vez que lo he visto, ha estado mirando su móvil con una expresión ausente y una pesadumbre tras esos ojos azules que no estaba ahí cuando susurraba « mía » en mi cuello.
Algo le reconcome. Algo que no ha dicho.
Y no tengo ni idea de qué.
¿Hice yo algo? ¿Es esta la parte en la que se aleja?
No. Concéntrate, Josie. Tienes un trabajo que hacer.
A mi lado, Colin sigue deshaciéndose en elogios hacia la comida mientras Darcy se sube las gafas de sol a la cabeza y me lanza una mirada tan seca que podría momificar una uva. ¿Cómo es que este tío sigue dirigiendo el equipo? , dice la mirada.
Reprimo una sonrisa y me aclaro la garganta.
—Si todo el mundo está ya acomodado con su… —hago un gesto hacia la masacre de bollería—… situación de desayuno, ¿podemos empezar? Rose tiene las cifras.
—¡Cifras! —Colin da una palmada, esparciendo migas—. Me encantan las cifras.
Rose se levanta, tableta en mano, e inmediatamente se golpea el codo con la jarra de café frío. La agarra antes de que se vuelque sobre su padre, el entrenador Pearson.
Él la mira, exhala, y Rose le hace un gesto de disculpa a la sala como si el hombre que la crio acabara de regañarla.
—Vale. Pues bien. —Toca la pantalla y el monitor de la pared se ilumina con un gráfico que, francamente, hace que mi corazón cante—.
La campaña está explotando . O sea, explotando de verdad.
Nuestra interacción en redes ha subido un cuatrocientos por cien de un mes a otro.
Los TikToks de «Los Bears entre bastidores» tienen una media de doscientas mil visualizaciones, y el de Beck intentando enseñar a Biscuit a coger un disco de hockey superó el millón.
—¿Un millón ? —Colin se atraganta con el café.
—Un millón. —Rose sonríe—. El merchandising ha subido un sesenta y dos por ciento. Brooke literalmente se echó a llorar en el almacén ayer porque agotamos las camisetas.
—Eran lágrimas de alegría —aclaro—. Comprobé su estado de bienestar.
La doctora Poppy Sinclair, la psicóloga del equipo, me dedica un seco asentimiento desde el otro lado de la mesa.
—Y la venta de entradas… —Rose pasa a la siguiente diapositiva—, vale, a ver. El partido en casa de anoche no alcanzó las cifras de la noche del dos por uno que Josie organizó el fin de semana.
Me inclino hacia delante, dispuesta a defenderlo, pero ella ya está asintiendo hacia mí.
Es buena en su trabajo. Eso se lo concedo. Claro que ha tenido que serlo. Siendo la hija del entrenador y todo eso.
—Pero era completamente de esperar —continúa Rose—, porque era un martes .
Partido entre semana, en una ciudad de trabajadores, y en noche de colegio.
Aun así, hemos conseguido un cincuenta y ocho por ciento de aforo, lo que hace dos meses habría sido una fantasía de lleno absoluto.
La tendencia es al alza. Constante, consistente, al alza .
Colin deja su galleta. Un auténtico milagro.
—¿Un cincuenta y ocho por ciento un martes ?
—Un martes —confirmo.
Se queda mirando la pantalla un momento y, por una vez, la máscara de surfista se le cae. Debajo, solo por un segundo, hay un hombre que de verdad, de verdad , no quiere perder su trabajo.
—Josie. —Me mira, con sinceridad—. Eres una maga. Le he estado diciendo a la gente que eres una maga. Tyler te llamó maga. Todos estamos de acuerdo en que eres una maga.