Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 9. Capítulo 8
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9. Capítulo 8

Declan

J osie se estrella contra mí y, joder , sabe exactamente como la recordaba.

Dulce, desesperada y mía .

Mis manos le sujetan las caderas y la atraen hacia mí. Ella ya me está arañando la camisa, con la boca caliente contra la mía, como si hubiera estado pensando en esto tanto como yo.

—Esto es una idea malísima —jadea ella entre besos.

—La peor. —La hago retroceder hasta que su culo choca contra el escritorio—. Terrible.

Deslizo la boca por su garganta, buscando ese punto justo debajo de la oreja que la hizo deshacerse la primera vez. Ella se estremece contra mí. —Dime que pare, entonces.

—Ni se te ocurra —susurra.

Esa es mi chica.

Todo el estadio está en un silencio sepulcral a nuestro alrededor, solo la quietud del edificio y el lejano susurro del océano contra las ventanas.

Estamos completamente solos.

Y no tengo la más mínima intención de ser delicado.

La acorralo contra el escritorio, enjaulándola con mi cuerpo.

—Todo el día —gruño contra su cuello, mientras mi mano se desliza por sus costillas para ahuecarle los pechos—. Me has estado volviendo loco todo el puto día. Sentada ahí en las gradas, mirándome como si no estuvieras pensando exactamente en esto .

—Me has ignorado —resuella, a pesar de que sus caderas se arquean contra las mías—. Me has mirado directamente y…

—Porque si te hubiera mirado un segundo más —digo, con la mano bajando más, desabrochando el botón de sus leggings—, habría salido patinando del hielo y te habría arrastrado al cuarto del material.

Le meto la mano por dentro de los leggings y, Cristo . Está empapada. Caliente, lubricada y tan mojada que mis dedos se deslizan contra ella sin ningún esfuerzo.

—Joder, Josie. —Apoyo la frente en la suya y paso dos dedos por su excitación—. Estás chorreando.

—Yo… —jadea mientras rodeo su clítoris, atrayendo todo su cuerpo con más fuerza contra el mío—. Puede que haya empezado algo esta mañana. Y no lo haya terminado.

Se me escapa un gruñido. —¿Ah, sí?

—Colin me llamó. —Sus caderas persiguen mi mano, desesperadas—. Justo cuando estaba… oh, Dios, justo ahí …, justo cuando estaba pensando en ti.

Eso me provoca algo. La imagen de ella en esa cama de hotel, con la mano entre los muslos, pensando en mí .

Deslizo un dedo dentro de ella, luego un segundo, y se contrae con tanta fuerza que tengo que apretar los dientes.

—¿Estabas pensando en mí? —murmuro, penetrándola lenta y profundamente, mientras mi pulgar rodea su clítoris—. Dime en qué estabas pensando.

—Declan…

—Dímelo. —Doblo los dedos, golpeando ese punto que hace que todo su cuerpo se sacuda—. O paro.

—Ni se te ocurra parar .

Me clava las uñas en los hombros, con la fuerza suficiente para sacarme sangre. Todavía tengo las marcas en la espalda de aquella primera noche y, joder, quiero más.

—Estaba pensando en… en aquella primera noche. En tenerte en mi boca. En la forma en que tú… oh…

Le cubro la boca con la mía, tragándome el gemido antes de que pueda resonar por todo el maldito edificio. No es que me importe que alguien nos oiga. No hay nadie. E incluso si lo hubiera, su coño aprieta mis dedos con tanta fuerza que no creo que nada, salvo un acto divino, me hiciera parar.

Muevo mis dedos dentro de ella y mi palma se frota contra su clítoris con cada embestida. Emite los sonidos más hermosos contra mi boca, unos gemidos agudos, entrecortados y leves que van directos a mi polla.

—Eso es —gimo—. Joder, Josie. Estás increíblemente buena ahora mismo.

Su cuerpo reacciona a mi halago, y pronto, su mano empieza a buscar a tientas entre nosotros. Comienza a tocarme a través de mis vaqueros, frotando toda mi longitud, y, joder , casi pierdo el conocimiento.

—Josie…

—Más rápido —suplica contra mis labios, mientras su mano me masturba y yo a ella—. Por favor, estoy tan cerca, estoy…

Doblo los dedos una vez más y ella se rompe.

Todo su cuerpo se pone rígido, luego se convulsiona, su coño se cierra alrededor de mis dedos mientras grita mi nombre en mi boca.

Maldita sea.

Eso es lo que faltó la última vez.

Cuando me llevó a su habitación de hotel, éramos extraños. Nunca pensé que la oiría gemir mi nombre así, así que me lo bebo, cada sonido desesperado, acompañándola hasta que está temblando, sin fuerzas y jadeando contra mi pecho.

Cuando por fin saco los dedos, están relucientes. Los sostengo entre nosotros, observando cómo sus ojos aturdidos siguen el movimiento.

Luego me los meto en la boca.

—Joder —susurra, viéndome probarla—. Eso es…

—Delicioso —termino—. Sabes incluso mejor de lo que recordaba.

—Estás loco —dice sin aliento.

—Y tú todavía llevas demasiada ropa.

La giro antes de que pueda responder, agarrándola por las caderas, y la inclino sobre el escritorio. Suelta un jadeo de sorpresa, sus palmas se apoyan en la superficie, su culo empujando hacia mí.

Oh, la madre que me parió.

Ese culo.

—Mírate —gimo, deslizando mis manos sobre su curva, amasando esos globos perfectos a través de sus leggings—. He querido verte así desde el segundo en que entraste en esa sala de conferencias y fingiste que no me conocías.

—Declan…

—Doblada. Abierta. Mía . —Le bajo los leggings de un tirón brusco, y se me corta la respiración. Encaje negro. Por supuesto que es encaje negro—. Son bonitos.

Ella mira por encima del hombro, sin aliento, con esa sonrisita jugando en sus labios. —Gracias. Yo…

Engancho mis dedos en el encaje y rasgo .

—¡ Declan !

La tela se rasga y se desprende de sus caderas. Ella chilla, y luego gime cuando mi mano aterriza en su culo.

—Esto ahora es mío. —Me guardo el encaje roto en el bolsillo—. Un recuerdo.

—Eres un cavernícola.

—Te encanta. —Paso las palmas de las manos por su culo desnudo, abriéndola, y la visión de su coño reluciente y goteando casi me pone de rodillas—. Dios, mírate.

Me abro los vaqueros en segundos, mi polla salta libre, dura, dolorida y goteando por la punta. Me froto contra ella, deslizándome por su calor húmedo, cubriéndome de ella.

Ella gime y empuja hacia atrás contra mí.

Me quito la camiseta por la cabeza y la lanzo a alguna parte, y cuando bajo la vista, se ha girado para mirarme, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi pecho desnudo, mis abdominales, la V que desaparece en mis vaqueros abiertos.

—Oh, Dios mío —susurra, y sus uñas se deslizan por mi estómago, dejando finas líneas rojas que me hacen sisear—. Tu cuerpo.

Vuelvo a deslizar la cabeza de mi polla por su calor húmedo, solo para verla estremecerse.

—No es justo. —Sigue girada, con los ojos fijos en el corte de mis abdominales como si los estuviera memorizando para más tarde—. ¿Cómo tienes tiempo para tener este aspecto?

—¿Quieres hablar de mi ética de trabajo o quieres que te folle?

Ella sonríe. —Tienes razón. Lo siento. Te necesito dentro de mí.

Eso es todo lo que necesitaba oír.

Me coloco contra ella, agarrando esas nalgas perfectas con ambas manos, observando cómo me introduzco en su coño apretado y empapado.

— Joder —gimo, hundiéndome centímetro a centímetro, viendo mi polla desaparecer en ella—. Cristo, Josie, te noto tan…

Ella gime, largo y entrecortado, su frente cayendo sobre el escritorio. — Más . Entera.

Toco fondo. Ambos nos estremecemos por el estiramiento, y por un segundo me quedo ahí, enterrado hasta el fondo, mis manos amasando su culo, mis pulgares abriéndola para poder ver dónde estamos unidos.

—Tan. Grande.

Empiezo a moverme.

Y ya no hay forma de contenerme.

La follo con fuerza, mis caderas golpeando su culo con cada embestida, el sonido de la piel contra la piel llenando el oscuro despacho. Se agarra al borde del escritorio, con la mejilla aplastada contra la superficie, gimiendo mi nombre como una puta oración.

—Sí —jadea—. No pares, no pares…

No lo haré. No puedo.

Porque es la cosa más jodidamente hermosa que he visto en mi vida. Doblada para mí, recibiendo cada centímetro, su pelo esparcido por el escritorio, su espalda arqueada y esas tetas perfectas balanceándose con cada embestida.

La vida era buena antes. Beachside fue finalmente mi recompensa por años de aguantar la mierda de todo el mundo.

¿Pero esto?

Esta es la verdadera recompensa.

—¿Te gusta eso? —gruño.

Deslizo una mano por su espalda y le agarro la nuca, sujetándola, y ella gime.

— Sí . Dios, sí…

Siento cómo aumenta la presión, y sé que, mirando la perfecta visión que tengo debajo, no voy a durar mucho. No con ella apretándome así, no con la visión de ella destrozada, desesperada y deshaciéndose debajo de mí.

Joder. Tengo que salirme.

—Estoy cerca —digo con los dientes apretados—. ¿Dónde lo quieres?

—Donde sea… no me importa… solo…

Me cuesta toda mi fuerza de voluntad, pero en el último segundo me salgo, agarrando mi polla y gimiendo mientras me corro por todo su culo y la parte baja de su espalda, pintándola con largas y calientes rayas de mi semen mientras ella tiembla contra el escritorio.

—Joder —susurra contra el escritorio.

—Sí. —Me paso una mano por la cara, sin aliento mientras suelto mi polla—. Eso lo resume bastante bien.

Gira la cabeza, con la mejilla todavía pegada a la superficie, y me regala una sonrisita aturdida y embobada. —Te acabas de correr en mi espalda.

—Sí. Hum… ¿perdón?

Ella se ríe, una risa ahogada e indefensa, y, joder . ¿Seré capaz de volver a vivir sin ese sonido?

—No puedes dejarme así. —Se retuerce, y veo el estropicio que he hecho brillando sobre su piel—. Tengo que cruzar un aparcamiento público.

—Tranquila. —Me guardo la polla y me subo la cremallera de los vaqueros—. Yo te limpiaré.

Cruzo hasta la esquina de su despacho y veo una caja de pañuelos en una estantería. La cojo…

—Por supuesto que está vacía. —Sacudo la caja como si eso fuera a rellenarla mágicamente.

—Hay algunos en mi bolso —dice, todavía tumbada sobre el escritorio como si hubiera perdido la capacidad de ponerse de pie—. En el bolsillo de delante, creo. ¡Date prisa, que noto cómo se mueve!

—Vale, vale.

Vuelvo corriendo y rebusco en su bolso, apartando el portátil, un cargador de móvil, tres bálsamos labiales diferentes, una barrita de cereales…

Y entonces mi mano se cierra sobre algo que claramente no son pañuelos.

Lo saco.