8. Capítulo 7 #2
¿Y si Colin está haciendo lo mismo? ¿Y si todo este trabajo es una farsa para verme fracasar?
Mi móvil vibra.
Me lanzo a por él.
Colin: ¡Lo siento! El carrito se ha quedado sin batería. Autorización enviada.
Miro la pantalla, apretándola tan fuerte que casi se agrieta.
—El carrito se ha quedado sin batería —repito despacio, con mi voz mortalmente tranquila—. El CARRITO. Se ha quedado. ¡¡¡ Sin BATERÍA !!!
Exhalo por la nariz, cambiando a mi correo electrónico mientras mis dedos vuelan por el teclado. Empiezo a subirlo todo antes de que Colin cambie de opinión o decida que el decimonoveno hoyo requiere su atención inmediata.
Hago clic en enviar. Ahí está. La autorización. Enviada a las 12:47.
Cuarenta y siete minutos después de mi fecha límite.
Entonces, unos golpes en la puerta me hacen dar un respingo.
—¿Pausa para comer?
Levanto la vista y veo a Darcy apoyada en el marco de la puerta, con dos vasos de Goldie's en las manos, como si acabara de salvarme la vida.
Lleva el pelo impecable, como siempre, y su expresión es una mezcla de diversión y preocupación mientras asimila mi energía de administradora salvaje al borde de un ataque de nervios.
—Te he traído un latte con miel —dice, entrando—. Y puede que una intervención, si la necesitas.
—Gracias a Dios. —Cojo el vaso—. Vámonos de aquí antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
Diez minutos después, estamos sentadas en las gradas vacías con vistas a la pista de entrenamiento, café en mano, viendo a los chicos hacer ejercicios.
Rose aparece de la nada y se deja caer a mi lado con un rollo de ensalada tan enorme que parece que podría usarse como arma.
—¿Eso se come o piensas aporrear a alguien? —pregunta Darcy, mirando el engendro.
Rose le da un bocado desafiante. —Lo ha hecho Margot. Lleva verduras asadas, hummus y algo que ha llamado «aliño de la diosa».
—Parece que podría alimentar a un pueblo entero —murmuro.
—O a una empleada de los Bears muy estresada —replica Rose, masticando alegremente.
Ahí abajo, Declan pasa patinando y ejecuta un snap shot perfecto que rebota en el larguero. El estómago me hace ese aleteo molesto que no ha parado desde que me besó anoche.
Ah, sí. Eso pasó.
He estado tan sepultada por el caos del trabajo y la incompetencia de Colin que no he tenido ni un segundo para procesar ese beso.
Quizá sea bueno. Quizá si no pienso en ello, pueda fingir que solo fue otra decisión impulsiva en una larga lista de decisiones impulsivas.
Darcy se da cuenta. Por supuesto que se da cuenta.
—Bueno… —dice, sorbiendo su capuchino—. ¿Vas a contarnos por qué le estabas gritando a tu portátil o tenemos que adivinarlo?
Suspiro y me recuesto en el frío asiento de metal. —Colin Holden es una pesadilla.
—Ya lo sabemos —dicen a coro, riéndose la una con la otra.
—Me ha dejado plantada en la reunión de esta mañana y se ha ido al campo de golf. Luego me ha ignorado durante cuatro horas antes de enviarme por fin su firma.
Darcy hace una mueca. —Uf.
—Y ahora estoy haciendo malabares para salvar una promoción de entradas que podría ayudar de verdad a esta franquicia, pero no puedo evitar la sensación de que, si fracaso… —Me detengo y presiono las palmas de las manos contra mis muslos—. Si fracaso, estaré dándoles la razón a todos.
Rose deja su rollo de ensalada y sus cálidos ojos marrones se enternecen. —¿A todos quiénes?
Dudo.
Abajo, en el hielo, Declan le pasa el disco a Beck, que inmediatamente intenta una filigrana y se la pega de forma espectacular. Sawyer, en la portería, niega con la cabeza como si estuviera acostumbrado.
—A mi familia —digo finalmente—. Bueno, a mi madre, en concreto.
Darcy se mueve a mi lado, pero no me interrumpe.
—No sabe que estoy aquí —continúo—. No sabe que trabajo en el mundo del deporte. Ni siquiera sabe que acepté este puesto.
Los ojos de Rose se agrandan. —¿En serio?
Asiento. —Cree que soy autónoma. Que hago cosas de marketing un poco ambiguas.
Porque toda mi vida me dejó muy claro que las chicas como yo no pertenecen al mundo del deporte.
Que estaba perdiendo el tiempo preocupándome por el hockey y…
—Trago saliva con dificultad—. Y mi padre era el único que lo entendía.
El único que no me hacía sentir que me equivocaba por querer esto.
El aire fresco del estadio de repente se siente más pesado.
—Murió hace ocho años —añado en voz baja—. Y he pasado cada año desde entonces intentando demostrar que su fe en mí no estaba fuera de lugar. Que todas esas noches que pasamos juntos, conectando por cosas que nadie más entendía, no fueron en vano.
Rose se acerca y me aprieta la mano. Darcy simplemente me sonríe con dulzura.
—Josie —dice Darcy con voz firme—, tu padre tenía razón. Perteneces a este lugar.
—¿De verdad? —Señalo la pista—. Estoy aquí porque me he abierto paso en la vida a base de mentiras. Porque no podía ser sincera sobre quién era realmente. Y ahora me estoy dejando la piel por una franquicia que podría desaparecer, por un jefe que prefiere jugar al golf a salvarla, y si fracaso…
—No lo harás —me interrumpe Rose.
—Pero si lo hago —insisto—, mi madre podrá decir: «Te lo dije». Y habré malgastado todos estos años persiguiendo algo que nunca estuvo destinado a ser para mí.
Darcy deja su café.
—Escúchame —dice—. He estado en el mundo del hockey toda mi vida. Mi padre está en la junta de la NHL. He visto a hombres ascender sin méritos mientras despedían a mujeres el doble de cualificadas. ¿Y sabes lo que he aprendido?
Niego con la cabeza.
—Las mujeres que sobreviven son las que dejan de esperar permiso para ser geniales. —Se inclina hacia mí—. Tú ya eres genial, Josie. Has conseguido que toda esta ciudad hable de un equipo que no les importaba hace un mes. A Colin Holden le vendría bien tener la mitad de tu ética de trabajo.
Rose asiente con énfasis, olvidándose del rollo de ensalada. —Tiene razón. ¿Y además? Tu madre no tiene derecho a definir quién eres. Ni tu carrera. Ni si perteneces a un sitio o no.
Parpadeo con fuerza, feliz de poder hablar por fin con mujeres que saben exactamente cómo me siento.
Ahí abajo, Declan marca de nuevo. Esta vez, levanta la vista hacia las gradas.
Directamente hacia mí.
Me sostiene la mirada un segundo de más. Estoy a punto de sonreír, quizá incluso de saludar, considerando lo… decente … que se estaba portando anoche.
Pero entonces entrecierra los ojos y vuelve al ejercicio sin el más mínimo gesto de reconocimiento.
Genial. Fantástico. Maravilloso.
¿Así que volvemos a eso ?