Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 8. Capítulo 7
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8. Capítulo 7

Josie

L a brisa del mar se cuela por la puerta abierta del balcón, pero sigo tumbada en la cama, pensando en la boca de Declan sobre la mía anoche.

No fui a su casa para eso. Lo juro por Dios, no fui para eso.

Tenía un plan: coger el portátil, darle la espalda y largarme de allí lo más rápido posible.

Y ahora, apenas he dormido.

Tengo una reunión importante en menos de una hora y, sin embargo, no puedo parar de pensar en lo que dije.

Nunca le había hecho sexo oral a un tío antes de esa noche.

Mi propia confesión resuena en mi cabeza, humillante y, de algún modo…, liberadora .

Dejo escapar un suspiro tembloroso contra la almohada, mientras el recuerdo me envuelve con la misma fuerza con la que la sábana se enreda entre mis piernas.

Abajo, ha empezado la clase de yoga al amanecer.

He puesto la alarma para levantarme y continuar con mis objetivos de «Ciudad nueva. Yo nueva» esta mañana. La voz de la instructora flota en el aire teñido de sal; un murmullo tranquilo y melódico sobre encontrar vuestro centro y conectar con vuestra respiración .

Bueno, no estoy conectando con mi respiración aquí tumbada en la cama.

Pero sí que he encontrado mi… centro.

Porque no puedo dejar de pensar en la polla de Declan Morrison en mi boca.

—Ay, Dios …

Mi mano se desliza bajo la sedosa sábana del hotel y la punta de mis dedos recorre el borde de encaje de mis bragas. Me duele el cuerpo de la mejor manera posible, una punzada profunda y hueca que me recuerda a esa noche.

Había estado muy nerviosa en el Breakers. Haciendo un papel. Fingiendo ser el tipo de mujer que liga con desconocidos en bares de playa, no una que vive una vida secreta para que su madre deje de estar decepcionada con ella.

Luego Declan me confesó anoche, mientras estábamos allí de pie, contemplando el océano al atardecer, que había funcionado. De verdad pensó que tenía confianza en mí misma.

Pero cuando me arrodillé en el suelo de esta misma habitación de hotel, justo ahí, en la frondosa moqueta ahora cubierta por mi ropa sucia…

Solo había calor. Y deseo.

Cierro los ojos y la voz de la instructora se desvanece en un sonido lejano. En mi mente, vuelvo a estar allí. De rodillas ante él. El sabor a sal en mi lengua cuando se deslizó en mi boca, moviéndose despacio como ningún hombre lo había hecho antes.

Joder.

Mis dedos se hunden bajo el encaje y me encuentro ya húmeda.

«Joder… se te da de maravilla».

Su voz había sido un gemido ronco, tenso y desgarrado mientras yo aprendía a colocar la boca. Lo había mirado, con los labios estirados alrededor de su miembro, y vi su cabeza echada hacia atrás contra la puerta.

Tenía todo el cuerpo en tensión, los músculos contraídos ante mis ojos; una imagen que nunca olvidaré.

Mi pulgar encuentra mi clítoris y lo rodea con una presión que es casi excesiva. Un grito ahogado se me escapa de los pulmones.

La clase de yoga está pasando a una nueva postura, y aquí estoy yo, en la suite de mi hotel, tocándome con el recuerdo de haberle hecho la mejor mamada de su vida a un jugador de hockey.

Dios, quiero repetirlo.

Mi otra mano sube para pellizcarme el pezón a través del fino algodón de la camiseta de pijama, y el agudo placer se mezcla con el calor que se acumula entre mis muslos.

Me muerdo el labio, recordando la forma en que finalmente perdió el control. La forma en que sus caderas se habían sacudido, su agarre en mi pelo se volvía desesperado.

Y anoche… me besó otra vez. ¡Me besó!

—¡ Oh ! Sí…

Se me escapa un gemido grave mientras acelero los círculos, y mi espalda se arquea sobre el colchón. El sol me calienta la cara, y el olor del mar y de mi propia excitación espesan el aire.

Mi respiración se vuelve entrecortada, mis muslos tiemblan. Los sonidos de la clase de yoga son una banda sonora extraña y serena para la película porno que se reproduce en mi mente.

Estoy tan cerca. Al borde del abismo, con los músculos contraídos.

—Solo un poco más…

Mi móvil estalla en un sonido estridente.

Un tono de llamada a todo volumen, agresivo y ensordecedor que rompe el momento como un jarro de agua fría.

—¡NO! —jadeo, con la mano congelada entre las piernas.

El móvil sigue sonando, vibrando contra la mesilla de noche con tanta violencia que se va deslizando hacia el borde.

Cierro los ojos con fuerza, intentando aferrarme a la excitación, pero se ha ido. Se ha evaporado. Mi orgasmo se retira como una ola que retrocede a la orilla.

—¡¿Me estás jodiendo?!

Cojo el móvil, lista para lanzarlo por el balcón.

Mi cuerpo me grita que termine, que ignore la llamada, que persiga el clímax que estaba a segundos de distancia. Pero mi cerebro ya ha registrado el nombre en la pantalla.

Colin Holden.

En una maldita videollamada .

Dejo escapar un sonido que es mitad gemido, mitad gruñido, y cojo el móvil.

—¿Diga? —contesto, ajustándome las sábanas para que no pueda ver nada.

—¡Josie! ¡Buenos días! —La voz de Colin retumba a través del altavoz, demasiado alegre para alguien que acaba de cortarme el rollo—. Espero no pillarte en mal momento.

Entrecierra los ojos mirando la pantalla y me aseguro de recolocarme.

—Para nada. ¿Qué pasa?

—Te llamaba para decirte que tengo que aplazar nuestra reunión de esta mañana. He pillado algo… —suelta una tos tan falsa que suena como una aspiradora moribunda—. Creo que he pillado este virus que anda por ahí.

Frunzo el ceño, ya sospechando.

—¿Estás enfermo?

—Muy enfermo. Apenas puedo hablar —vuelve a toser. Suena tan convincente como la cara de inocente de Beck Morrison—. La verdad es que no debería estar al teléfono. Los gérmenes y todo eso.

Aunque fuera convincente, puedo verlo.

Está sentado en lo que inconfundiblemente es un carrito de golf, con un par de palos visibles por encima de su hombro. Incluso lleva puesto un polo tan exageradamente tropical que parece que le ha explotado un loro encima.

—Colin.

—¿Mmm?

—Es una videollamada.

Hay una larga pausa.

—Mierda —masculla, y veo cómo su cara en la pantalla pasa por unas cinco etapas de comprensión en tres segundos—. Vale, la cosa es que…

—Colin, puedo ver los palos de golf a tu lado. No estás enfermo. ¡Estás conduciendo un puto carrito de golf!

Tiene la desfachatez de sonreír.

—Mira, podemos…

—¡Teníamos una reunión! Sobre la promoción de entradas para el partido de este fin de semana —digo, incorporándome—. La única que podría llenar los asientos por primera vez en todo el año. ¿¡Recuerdas!?

—Y yo digo que podemos resolverlo el lunes. Es solo un fin de semana, ya lo haremos en el próximo partido en casa.

—¡Colin! No tenemos tiempo para «el próximo partido» .

—Hago el gesto de las comillas con los dedos y me olvido de que se supone que tengo que agarrar las sábanas para que no se me escape un pezón delante de mi jefe—.

¡Necesito la aprobación para una promoción de entradas dos por uno que no puedo llevar a cabo sin tu firma!

Hace una mueca.

—Vale, visto así…

Gimo en voz alta.

—¿Dónde estás?

—En el campo de golf Sunset. Hoyo siete. Las vistas son muy bonitas, la verdad…

—Te enviaré la autorización por correo electrónico. La necesito para el mediodía para tenerlo todo listo de cara a la campaña en los medios.

Cuelgo antes de que pueda discutir, lanzando el móvil sobre la cama y resistiendo el impulso de gritar contra la almohada.

Colin no solo me ha cortado el rollo con mi orgasmo, sino que también me acaba de joder toda la mañana. Y ahora tengo que averiguar cómo salvar esta promoción de entradas sin él. Otra vez.

Me arrastro fuera de la cama, con los muslos todavía doloridos y la frustración ardiendo y apretándose en mis entrañas.

—Ciudad nueva. Yo nueva —mascullo, dirigiéndome a la ducha—. Más bien desastres nuevos. La misma yo.

Cojo lo primero que encuentro. Unos leggings y un polo de los Bears que dice «Estoy a tope con este equipo y voy a asesinar a mi jefe» .

No es así como se suponía que iba a ir el día de hoy.

Pero al menos ahora sé que no tendré absolutamente nada de tiempo para pensar en cómo sentí los labios de Declan contra los míos anoche. O en las ganas que tengo de demostrarle mi confianza otra vez.

Mi despacho da a la pista de entrenamiento de abajo, donde puedo ver a los chicos haciendo ejercicios. Declan está ahí abajo, en alguna parte, probablemente siendo irritantemente competente mientras yo aquí arriba me estoy volviendo loca por una firma en un correo electrónico.

—Vamos, Colin —mascullo, actualizando mi bandeja de entrada por centésima vez—. Un correo. Es todo lo que pido. Un puto correo.

Estoy paseando de un lado a otro.

Paseando de verdad. Como una especie de ejecutiva desquiciada atrapada en una jaula de cristal.

He hecho seis llamadas en los últimos veinte minutos. Seis.

Colin Holden ha ignorado todas y cada una de ellas.

Me doy la vuelta bruscamente, fulminando con la mirada a mi portátil. El material de la promoción está listo. Los gráficos para las redes sociales están en cola. El medio de comunicación local está a la espera del anuncio.

Todo lo que necesito es una firma digital de un hombre que probablemente ya va por su duodécimo hoyo.

Mi cuerpo se tensa mientras miro el móvil silencioso.

Ay, Dios.

Esto es exactamente como mis primeras prácticas en la ESPN.

Tenía veintidós años y estaba desesperada por demostrar mi valía.

Los tíos de la oficina me dieron este «encargo importantísimo»: una entrevista en exclusiva con un quarterback universitario que todo el mundo decía que estaba destinado a la grandeza.

Me pasé tres semanas preparándome. Investigación, preguntas, repreguntas. Incluso me compré una americana nueva para la entrevista.

Resultó que el jugador no existía.

Los de arriba se lo habían inventado. Estadísticas falsas, fotos falsas, todo falso. Era todo un plan estúpido que habían creado solo para verme dar palos de ciego, para ver cuánto tiempo perseguiría a un fantasma antes de darme cuenta.

Las risas cuando finalmente lo descubrí… Sí. Aquellos gilipollas se daban palmadas en la espalda como si fuera la cosa más graciosa del mundo.

Joder.

Ahora me tiemblan las manos.