7. Capítulo 6
Declan
U nas horas después de que el equipo arrime el hombro y ayude a limpiar el paseo marítimo, por fin puedo relajarme en la mansión.
Diego ha organizado una cena en la terraza de atrás, principalmente porque es una noche tranquila, en la que apenas se nota la brisa marina que se cuela entre las palmeras.
Pero también porque…, bueno, es un puto crack.
—¡Caballeros! —Diego entra en la terraza llevando una jarra de margaritas como si sirviera a la realeza, con una mano apoyada teatralmente en la cadera.
Deja la jarra sobre la mesa—. Lima fresca, tequila de primera y un toque de magia porque, sinceramente, después de veros a los tres dar tumbos en lo que a interacciones humanas básicas se refiere durante toda la semana, todos necesitamos algo más fuerte que una cerveza.
De algún modo, Beck se reincorpora desde la posición fetal que ha mantenido desde que entró por la puerta hace una hora. —Diego, precioso cabronazo, ahora mismo podría besarte.
—Por favor, no lo hagas —responde Diego, colocando los vasos alrededor de la mesa—. Me acaban de planchar esta camisa y tu aliento todavía apesta a lo que sea que esa gastroneta intenta colar como comida .
Mason se ríe desde el otro lado de la mesa. —Lo dice el que tiene un apego emocional a esa grasienta bolsa de comida para llevar que ha estado atesorando.
—Mantener una casa limpia no tiene que ver con los sentimientos, Mason.
Tiene que ver con un mínimo de amor propio.
—Diego llena el primer vaso como si dirigiera una sinfonía—.
A diferencia de la crisis nerviosa en toda regla que has tenido esta semana cada vez que tu móvil sonaba con un mensaje de esa chica .
Diego le lanza una mirada elocuente a Mason, arqueando una ceja.
Mason se guarda el móvil en el bolsillo y se queda completamente quieto.
—¿De verdad vamos a tener otra sesión de terapia en la terraza? —pregunto, aceptando el vaso perfectamente escarchado con sal que Diego desliza en mi dirección—. Ha sido un día muy largo.
—Ay, cariño —dice Diego, acomodándose en su propia silla con un suspiro teatral—, claro que vamos a tener una sesión de terapia.
—Pues entonces voy a necesitar más de estos —gimo, dando un sorbo enorme a mi bebida.
El Pacífico se extiende ante nosotros, el atardecer tiñéndose de tonos naranjas y rosas mientras el sol inicia su lento descenso. La piscina infinita brilla cerca, tentándome a darme un baño después de cenar.
Biscuit está tumbado sobre mis pies debajo de la mesa, roncando suavemente porque todavía no lo he apartado de una patada.
Les he dicho a mis hermanos que no saquen conclusiones precipitadas.
—Vale, pero en serio. —Beck me señala con un dedo, todavía agarrándose el estómago después del concurso de comida—. Puede que hablen los jalapeños por mí, pero hoy has estado divertido de verdad. Ha sido inquietante.
—Siempre soy divertido. —Le doy un trago largo a mi margarita; la lima sabe a gloria después de un día que ha parecido durar tres semanas—. Tienes una cara de mierda, tío. ¿Cuántos tacos te has comido?
—Diecisiete. Quizá dieciocho. Perdí la cuenta cuando Rico empezó a reírse de mí. —Beck gime y se remueve en la silla, presionándose el estómago con una mano—. Ay, Dios, creo que uno de ellos está intentando escapar.
Diego arruga la cara y se cambia a la silla de al lado.
—Cariño, lo único que se está escapando es tu dignidad. La cual, seamos sinceros, ya estaba con respiración asistida antes del incidente de los tacos.
Mason se ríe mientras se reclina en su silla y me mira. —¿Sabes a qué me ha recordado el día de hoy? Aquel verano en que unos chicos mayores le dieron una paliza a Beck en las fiestas del centro cívico.
—Oh, ya empezamos —murmura Beck—. ¿No ves que ya me duele bastante?
—¿Te acuerdas de eso? —me pregunta Mason, removiendo su margarita antes de girarse para contarle la historia a Diego—.
Cuando se corrió la voz de que estaba herido, Dec apareció como una especie de ángel vengador.
Ni siquiera hizo preguntas. Vio a Beck con la nariz sangrando y se puso en modo bestia protectora total.
Niego con la cabeza. Recuerdo ese día demasiado bien.
Unos gilipollas más mayores le habían dado una paliza a Beck por pasarse de listillo. En cuanto lo vi con el labio partido y las manos temblando, algo primario se activó en mí.
Modo hermano mayor… Modo protector…
Fuera cual fuese ese modo , fue la primera vez que recuerdo sentir esa clase de adrenalina salvaje.
Nadie toca a mi familia. Nadie.
—Se estaban metiendo con él. Alguien tenía que hacer algo.
—Alguien, sí —dice Beck, ahora con la voz más suave—. Pero fuiste tú. Incluso cuando Zoey estaba allí, incluso cuando mamá y papá estaban…, bueno, donde demonios quiera que estuvieran.
Diego arquea una ceja. —Oh, esto se está poniendo bueno. Continuad, por favor.
Así que Mason empieza a contar más historias, pero por suerte son más del tipo «a Beck le parten la cara» que «Declan es nuestro salvador».
Finjo escuchar mientras cojo demasiados de los deliciosos tacos de Diego. Los ha hecho con piña a la parrilla y salsa chipotle, y están tan buenos que, como siga comiendo tantos, voy a acabar como Beck.
Las tortillas están perfectamente tostadas, la carne tierna y ahumada, y la piña le añade el toque justo de dulzor.
Sin embargo, en algún lugar muy dentro de mí, todavía siento que odio estar disfrutando de esto.
Del ritmo tranquilo de las discusiones de mis hermanos. De la calidez de la noche. De la forma en que la cola de Biscuit golpea mi tobillo cada pocos segundos, como si se asegurara de que sigo aquí.
¿No es esto lo que vine a disfrutar?
Diego se levanta para rellenar la jarra de margaritas y dejo que la conversación me envuelva, llenando mi vaso mientras mi mente vuelve una y otra vez a esta mañana en la sala de prensa.
Joder. No puedo creer que dejara que Josie me pusiera en mi sitio de esa manera.
La forma en la que me calló la boca, delante de todo el equipo. Luego se quedó allí, apoyada en la pared con los brazos cruzados, viéndome estrellarme en esa entrevista de práctica como un novato.
Salí de esa sala pensando demasiado. Más de lo que he pensado en años.
Te has estado dejando llevar.
Sí. Sí que me he estado dejando llevar.
Y ha sido increíble.
Pero luego fui a The Yard para el siguiente evento en el que ella había metido mano.
Y la multitud que se había reunido alrededor de nuestros jugadores, no porque estuvieran obligados, no porque una entrada lo incluyera, sino porque alguien les había dado algo que valía la pena disfrutar … fue increíble.
No pude evitar disfrutarlo.
Josie había hecho eso.
Y todavía no estoy seguro de cómo me siento al respecto.
Respecto a ella .
Respecto al hecho de que entró en esta franquicia e inmediatamente empezó a demostrar que me equivocaba en todo, incluida la parte en la que me dije a mí mismo que su plan era una pérdida de tiempo.
Todo el pueblo había estado vivo hoy. A la vuelta del paseo marítimo, después de que terminara el evento, se podía sentir…
esa energía vibrante. Gente vistiendo el azul de los Bears.
Niños con la cara pintada. Una cola que se extendía en la tienda efímera de The Vault que Brooke estaba manejando de alguna manera.
Josie está marcando la diferencia.
Lo odio.
O estoy empezando a pensar que quizá no.
—De todos modos, a los niños también les encantó hoy —dice Mason, cogiendo su propio taco y devolviéndome a la conversación mientras Diego desaparece dentro—. ¿A que sí, hermano? ¿Esa niña de las coletas? No paró de hablar de ti después de meter ese gol.
—Solo me marcó porque la dejé.
—¿Que la dejaste ? —resopla Beck—. Tío, te hizo un regate tan bueno que todavía estás dando vueltas. Todos lo vimos.
—Fue un buen regate.
—Fue un regate genial . ¿Y sabes qué más fue genial? —Beck se inclina hacia delante, sus ojos brillando con malicia—. Tu sonrisa .
Le tiro un trozo de pollo. —Yo no sonrío.
—Bueno, pues hoy lo hiciste. Y fue aterrador.
—¡¿Que sonrió ?! —Diego reaparece por la puerta de la cocina, con una jarra de margaritas recién hecha en una mano y una toalla sobre el hombro—. Pruebas fotográficas o no ha pasado.
—Oh, la cosa mejora. —Mason, el traidor, abre su bocaza—. ¿Viste a Josie mirándote?
—No, no me estaba mirando.
—Oh, claro que sí. —Beck deja su bebida—. Darcy me lo señaló cuando estábamos recogiendo lo del concurso de comida. Pensé que estaba alucinando por todo el chili.
¿Me estaba mirando?
Por suerte, la tableta de la pared cerca de la cocina cobra vida con un suave timbre, cortando la conversación en seco.
— Visitante en la puerta principal.
Nos miramos todos, con el ceño fruncido. Porque la voz que sale de la tableta es inconfundible y cómicamente británica .
Miro a Beck. —¿Has vuelto a tocar los ajustes de ese chisme?
—Nunca he estado con una tía británica. Suena sexi.
El idiota se encoge de hombros como si fuera lo más normal del mundo.
Me levanto de la silla y me dirijo a la pantalla. —Necesitas ayuda profesional.
Abro las imágenes de seguridad con unos toques en la pantalla gigante y la cámara de la verja principal muestra una figura femenina de pie en la entrada. Bajo la luz, parece que se está preparando para algo.
Josie.
¿Qué demonios hace aquí?
Miro la pantalla un segundo más de lo necesario, luego le abro la verja y me dirijo a la puerta principal.
—¿Quién es? —pregunta Beck a mis espaldas.
—Tu madre —digo, la mentira suave y automática.
—¡MENTIROSO!
La puerta principal se alza ante mí y, de repente, los tacos se me revuelven en el estómago. Respiro hondo para calmarme y la abro de un tirón.
Y ahí está.
Josie Whitfield, de pie en el puto umbral de mi casa.
—¿Josie?
Está a contraluz por el resplandor del sol poniente. Tiene el pelo ligeramente alborotado por el viento, las mejillas sonrojadas y se aprieta el móvil contra el pecho.