Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

HENRY

No duermo.

Llevo dos días sin dormir más de una hora seguida, y cuando lo hago es solo para despertarme con el corazón desbocado y esas dos palabras resonando en mi cabeza como un jodido tambor de guerra.

Estoy embarazada.

Ellie Cameron está embarazada.

De mí.

Voy a ser padre.

El concepto es tan surrealista, tan imposible, que mi cerebro sigue intentando procesarlo en bucle sin llegar a ninguna conclusión coherente.

Solo se queda atascado en esa imagen: Ellie con la mano sobre su vientre, protegiéndolo de mí, mirándome como si yo fuese la peor decisión que ha tomado en su vida.

Y probablemente lo soy.

Pero joder, soy también el cabrón más afortunado del planeta.

Porque esa mujer —esa mujer preciosa, imposible, que brilla como el sol y me ciega cada vez que la miro— lleva un pedazo de mí dentro de ella. Mi hijo. Nuestra hija. Un ser humano que hicimos juntos en el asiento trasero de mi camioneta mientras el mundo se detenía a nuestro alrededor.

Y yo lo jodí todo con mi boca.

¿Y qué quieres de mí?

¿En qué estaba pensando? ¿Cómo pude decir algo tan gilipollas cuando acababa de contarme la noticia más importante de mi vida?

Me paso las manos por la cara, sintiendo la barba de varios días raspando contra mis palmas. El café de esta mañana se ha enfriado hace horas en la mesa, sin tocar. No puedo comer. No puedo beber. No puedo hacer nada excepto pensar en ella.

En cómo se llevó la mano al vientre cuando pensó que le estaba sugiriendo que abortase.

En cómo sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer.

En cómo me mandó a la mierda con más dignidad de la que yo merezco.

Ellie ha aparecido en mi vida para matarme.

No de golpe. No con violencia. Sino lentamente, día a día, despertando partes de mí que creía muertas. Mi corazón, ese órgano inútil que lleva años latiendo por inercia, de repente ha decidido que quiere vivir otra vez.

Y duele.

Joder, duele tanto que a veces no puedo respirar.

Porque sé que no la merezco. Sé que un hombre como yo —roto, amargado, con la mitad de la pierna en el fondo de un barranco y el alma todavía más destrozada— no tiene derecho a tocar algo tan puro. A contaminar algo tan hermoso con toda mi mierda.

Pero el destino me ha dado este regalo de todas formas.

Y no voy a rechazarlo.

No puedo.

Porque, aunque no merezca a Ellie, aunque nunca vaya a ser suficiente para ella, ese bebé es mío también. Y voy a estar ahí. Voy a cuidarla. Voy a asegurarme de que tiene todo lo que necesita.

Voy a ser el padre que ese niño merece, aunque tenga que convertirme en alguien completamente diferente para lograrlo.

No puedo hablarle de sentimientos. No puedo decirle que llevo desde que la conozco sin poder sacármela de la cabeza. Que he visto todas sus películas como un acosador patético. Que cada vez que cierro los ojos veo su cara, su sonrisa, esos ojos azules que me atraviesan como cuchillos.

No puedo admitir que estoy colado por ella como un adolescente idiota.

Porque si lo hago, si dejo que vea lo mucho que me importa, va a huir. Va a pensar que soy patético. Que creo que puedo tener algo con una mujer como ella siendo yo el desastre que soy.

Y entonces voy a perderlo todo.

Así que voy a mantener la boca cerrada sobre todo eso. Voy a tragarme los sentimientos que me están ahogando. Y voy a decirle lo único que importa:

«Voy a criar a este hijo contigo. Cuenta conmigo.»

Simple. Directo. Sin complicaciones emocionales.

Solo tengo que conseguir que me escuche el tiempo suficiente para decirlo.

Me levanto de la mesa, cojo las llaves de la camioneta, y salgo hacia el pueblo.

La encuentro saliendo del ayuntamiento.

Está bajando las escaleras con cuidado, con una mano en la barandilla, y cuando me ve su expresión pasa de la sorpresa a la furia en menos de un segundo.

—No —dice antes de que pueda abrir la boca.

—Ellie, necesitamos hablar.

—He dicho que no —pasa por mi lado sin detenerse, caminando hacia el aparcamiento con pasos decididos.

—Joder, Cameron, dame cinco minutos.

—¡No tengo nada que hablar contigo! —se gira, y hay fuego en sus ojos—. Dejaste muy claro lo que pensabas el otro día. Así que déjame en paz.

Se mete en su coche y arranca antes de que pueda decir nada más.

Ni siquiera he podido empezar mi discurso.

Al día siguiente la intercepto en la farmacia.

Está en el pasillo de las vitaminas, leyendo las etiquetas con el ceño fruncido, y cuando me acerco se tensa completamente.

—Ellie…

—¿Me estás acechando? —suelta la caja que tenía en la mano y se gira hacia mí—. Porque esto empieza a parecer acoso, Wellington.

—No te estoy acechando. Solo necesito que me escuches.

—No —me interrumpe—. No necesito escucharte. No necesito nada de ti. ¿Lo entiendes? Nada.

—Es mi hijo también.

Las palabras salen más duras de lo que pretendía, y veo cómo se le abren los ojos.

—Ya lo sé —dice con voz tensa—. Por eso fui a decírtelo. Y tú dejaste muy claro que no querías saber nada del asunto.

—Yo no he dicho eso.

—Me preguntaste qué quería de ti —me interrumpe, y hay dolor en su voz que me atraviesa como una bala—. Como si esto fuese una transacción. Como si tu hijo fuese un problema que resolver.

—No quise decir eso.

—Pues eso es lo que dijiste —coge las vitaminas sin mirarlas y las mete en su cesta—. Y ahora voy a tener que pedirte que te apartes de mi camino porque tengo cosas que hacer.

Pasa por mi lado y se dirige hacia la salida.

Y yo me quedo ahí, con las manos apretadas en puños, viendo cómo se aleja otra vez.

Al día siguiente la espero fuera de la librería.

Cuando sale, con una caja de libros en los brazos, me ve inmediatamente.

Y deja caer la caja.

Los libros se esparcen por el suelo con un ruido que atrae la atención de la gente que pasa por la calle.

—Tienes que estar de broma —dice, y su voz tiembla de rabia—. ¿Ahora vas a aparecer en todos los lados?

—Solo quiero hablar.

—¡Y yo quiero que me dejes en paz! —grita, y la gente empieza a mirar—. Pero parece que ninguno de los dos va a conseguir lo que quiere.

Se agacha para recoger los libros con movimientos bruscos. Me agacho para ayudarla y nuestras manos se rozan al coger el mismo libro.

La electricidad que salta entre nosotros es innegable.

—No me toques —susurra, apartando la mano como si la hubiese quemado.

—Ellie…

—Vete a la mierda, Henry —dice, levantándose con los libros en brazos—. Y la próxima vez que aparezcas donde estoy, llamo a tu hermano el sheriff para que te arreste por acoso.

Esa noche me quedo despierto otra vez, mirando el techo, con el muñón palpitando y el corazón latiéndome demasiado rápido.

Tres intentos. Tres rechazos.

Y ni siquiera he conseguido decirle lo que necesito decirle.

Pero no me voy a rendir.

No me importa cuántas veces me mande a la mierda. No me importa si tengo que perseguirla por todo Montana. No me importa si todo el pueblo se entera y piensan que me he vuelto loco.

Voy a conseguir que me escuche.

Voy a decirle que cuente conmigo. Que voy a estar ahí para ella y para nuestro hijo. Que puede odiarme todo lo que quiera, pero no voy a dejarle hacer esto sola.

Y si tengo que hacer el movimiento más desesperado de mi vida para conseguirlo, que así sea.

Mañana hay comida familiar en casa de mis padres.

Ellie va a estar ahí.

Y esta vez no va a poder escapar.