68. Alexander
ALEXANDER
Miré a mi esposa mientras dormía.
Jamás imaginé que mi vida acabaría así. Yo, casado, enamorado.
Conseguí sacarla de la ceremonia. No fue fácil. Tuve que soportar las miradas amenazantes de su familia, pero cuando me harté saqué la Glock que llevaba escondida en la chaqueta y la puse a mis espaldas para que Mia no la viera. Le lancé una sonrisa a mi suegro antes de salir por la puerta.
Putos locos Bianchi.
Cuando llegamos a nuestra habitación, Mia me arrojó a la cama. Me devoró. Nunca la había visto tan salvaje.
Había vuelto a ser ella misma y no solo eso, se había convertido en una mujer nueva. Segura de sí misma y valiente. Era perfecta.
Esperaba formar una familia con Mia. Me encantaría que mis hijos se llamaran como sus tíos, Luca o Bastián, pero si acabaran siendo niñas las amaría del mismo modo. Con toda mi alma. Criar a Bastián fue duro, pero no porque fuera malo o travieso, sino por nuestra situación.
Recordé que un día, mientras rebuscaba entre sus cosas cuando tuve el coraje de subir a su piso, encontré una carta. Tenía mi nombre. La había escrito cuando tenía ocho años, era para un trabajo del colegio y decía así:
Me llamo Bastián y tengo un hermano mayor.
Se llama Alexander y es mi héroe, porque siempre acaba con los monstruos.
Sonreí nada más leerlo.
Si él supiera que el héroe de aquella historia, de mi vida, era él. Él fue quien espantó a mis monstruos, porque sin Bastián mi vida habría sido solo oscuridad.
Volví a mirar a Mia. Le acaricié su mejilla. Era tan suave.
Mataría por ella. Daría mi vida por ella.
Nunca me soltó la mano. Cada día y cada noche que me rompía, allí estaba ella, en cada pesadilla.
Al igual que yo estuve a su lado y lo estaría el resto de mi vida, porque viviría cada día y cada segundo como si fuera el último solo por ver esas sonrisas que me volvían loco. Solo por ver esas mejillas volverse del color de las cerezas. Y a mí me encantaban las malditas cerezas.