Obsesión (Rosewood 2) 37 Bane
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37 Bane

TREINTA Y SIETE

BANE

Noto una bola de tela oscura junto a sus pies descalzos mientras recorro con la vista la larga línea de sus piernas, y me detengo al darme cuenta de que no lleva mi camiseta como de costumbre.

En lugar del logotipo casi borrado de alguna banda de punk, es un logotipo de los Reaper de la vieja escuela.

Es exactamente igual a la camiseta que Silas solía llevar hace años.

Dirijo la mirada hacia el imbécil en cuestión, me cruzo de brazos y espero. Puede que se crea muy paciente, pero siempre acaba cediendo cuando se trata de mí. Siempre lo ha hecho.

Termina de trastear con lo que sea que esté haciendo con los muebles de la terraza y me mira. —¿Qué tipo de problema?

—¿Pasa algo aquí? —pregunto en lugar de responder. Debería saber que no debe pedirme que suelte secretos del club delante de ella. Jamás la pondría en peligro voluntariamente. Y no voy a contarle nada de esto a menos que no me quede otra.

Siento un vacío en el estómago que me advierte de que las cosas están a punto de ponerse muy feas de nuevo. Mi intuición me envía señales de humo para llamar mi atención.

—Estamos bien, ¿a que sí, Evangeline? —dice Silas, con voz seca y cáustica.

—Sí, todo perfecto, papi St. James —suelta ella con demasiada mordacidad para su entusiasmo forzado.

En lugar de la mueca de suficiencia que esperaba, Silas frunce el ceño. Y eso ya me dice todo lo que necesito saber.

Ha pasado algo. Y Silas la ha cagado.

Suspiro, estirando el cuello de izquierda a derecha y soltando el aire.

—Muy bien, ya nos ocuparemos de lo que sea esto más tarde, ¿vale?

Vamos, dulzura, entremos. Todavía quedan unos minutos de la alerta por tornado.

No sé qué demonios habéis considerado tan importante como para salir fuera durante esta tormenta —murmuro, entrando en el garaje y sujetándoles la puerta.

Silas va primero, sin molestarse en mirar atrás, así que no ve cómo ella le lanza una mirada fulminante a su espalda mientras se aleja.

—¿Estás bien, nena? —le tiendo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos cuando está lo suficientemente cerca.

Me mira, hincándose los dientes en el labio inferior. —¿Estás enfadado?

—Claro que no. ¿Por qué iba a estarlo? —tiro de ella hacia la casa, pero ella clava los talones, agarrándome la muñeca con la otra mano. La miro por encima del hombro y me fijo en la forma nerviosa en que juguetea con el dobladillo de su camiseta.

—Silas y yo... —se queda callada, pasando el peso de un pie a otro.

—No pasa nada, Evangeline. Podemos hablarlo luego si lo necesitas, pero mientras tú estés bien, yo estoy bien, ¿vale? —Le aprieto la mano para tranquilizarla.

Asiente, pero no parece muy aliviada. Su mirada se desvía hacia el interior de la casa antes de volver a mí. —¿Qué ha pasado en la entrada?

Tiro de ella hacia el interior. En cuanto cruzamos el umbral, cierro la puerta con la punta de la bota. —Asuntos del club, dulzura. De todas formas, aún no tengo todos los detalles. Pero tenemos que bajar a echar un vistazo. Tú puedes quedarte aquí y cuidar de Hunter y de la tía Dixie, ¿verdad?

La tormenta ruge ahora fuera; la lluvia golpea las ventanas y los truenos retumban con amenaza a lo lejos.

—No creo que Dixie necesite niñera, pero sí. —Evangeline se estremece un poco y yo la guío hacia el baño que hay al final del pasillo.

Saco una linterna del bolsillo, la enciendo y la dejo sobre la encimera del baño. —Espera aquí. Iré a buscarte algo de ropa de abrigo. —Silas tiene esto helado y no quiero que se congele en el sótano.

Ella asiente y yo cierro la puerta del baño. Subo las escaleras trotando, ignorando cómo el viento azota el revestimiento de la fachada, y esperando no perder demasiadas tejas durante esta tormenta. Mi casa necesitaba un tejado nuevo hace unos años, pero forcé la suerte y le puse una tercera capa.

Alejo de mi mente los pensamientos sobre reparaciones domésticas e intento concentrarme en lo que importa.

—Explícame exactamente qué ha pasado —dice Silas al volante.

Nos hemos amontonado los tres en su camioneta para el trayecto, normalmente corto, hasta la sede del club.

Pero la lluvia y la falta de luz reducen la visibilidad a menos de cero, así que prácticamente vamos a paso de tortuga por la carretera.

Mi reloj interno hace tictac como si fuera un temporizador o una cuenta atrás, y tengo que recordarme que, por ahora, todo está bien.

—He bajado a revisar la puerta como dije que haría, y el aspirante estaba acurrucado en la caseta de guardia, intentando llamarme. Ha dicho que alguien ha llegado rápido en coche, ha abierto la puerta y ha empujado a alguien a la acera.

—¿Y era Ace? —pregunta Silas—. ¿Estás seguro?

Inclino la cabeza. —Lo he visto yo mismo.

—¿Qué aspecto tenía? —pregunta Nova desde el asiento trasero.

Le miro por encima del hombro. —Alguien le ha dado una paliza, macho. Así que céntrate antes de verlo, ¿vale?

Nova entorna los ojos y aprieta los labios. —No te preocupes por mí, estoy bien.

Asiento un par de veces antes de volver a mirar hacia delante.

—¿Qué ha dicho? —pregunta Silas.

—¿El aspirante ha visto quién era? ¿Qué coche? ¿Algún detalle útil? —pregunta Nova al mismo tiempo.

Niego con la cabeza, pasándome los dedos por la barba de varios días. —No, se ha ido la luz y el generador no ha arrancado. Hemos tenido una suerte de cojones de que no intentaran asaltar las puertas. Sin energía, la cosa podría haber ido mucho peor.

—No para Ace —murmura Nova.

—Mejor que lo de Quince.

—Joder —gruñe Silas—. ¿Estás seguro?

—Maldita sea —brama Nova.

—Ace no ha querido hablar hasta que estuviéramos todos, pero sí ha dicho que a él y a Quince los secuestraron. Y han enviado a Ace de vuelta con un mensaje.

Ese pozo de rabia que suele estar en calma empieza a removerse, lento pero igual de potente. Yo no estaba especialmente unido a esos tíos, pero no importa. Somos una puta familia. Un golpe contra uno de nosotros es un golpe que sentimos todos.

Damos la vuelta hacia la entrada trasera de la sede, con los neumáticos chirriando en la curva cerrada. Los tres saltamos de la camioneta y entramos rápidamente. Aquí dentro está oscuro de narices; solo la iluminación de riel a ambos lados del suelo ofrece algo de luz en el pasillo.

Encontramos a Ace en la cocina con una luz industrial a pilas a cada lado. Unas cuantas «conejitas» le atienden, limpiándole los cortes y poniéndole algunos vendajes.

Las miro y hago un gesto con la cabeza hacia la puerta. —Fuera de aquí. Asuntos del club.

—Claro, Bane —murmuran prácticamente al unísono. Algunos de los hermanos merodean por la isla de la cocina, con expresiones tensas.

—Madre mía, joder —suelta Nova—. ¿Estás bien, tío?

Ace hace una mueca. —Estoy vivo.

Silas se planta frente a él y se cruza de brazos. —Haremos que te cuiden, así que no te preocupes por eso, ¿vale?

Ace asiente con movimientos bruscos y erráticos. —Gracias, Presi.

—¿Cuál es el mensaje y de parte de quién viene? —pregunta Silas.

—Esto es cortesía de los Savage Souls. Envían sus saludos y sus condolencias.

—¿Condolencias por qué? —pregunta Nova.

Doy un paso al frente, quedándome hombro con hombro con Silas. —¿Eso ha sido antes o después de que mataran a Quince?

—Antes —dice Ace, arrugando la cara.

—Podría ser una fanfarronada. O una premonición, ya que sabían que solo se quedarían con uno de ellos —murmura Nova.

—¿Qué más han dicho? —pregunta Silas.

Ace se lame el labio, haciendo que brote sangre fresca del corte que tiene en medio del labio inferior. —Sí. Han dicho que empecéis a despediros ahora que todavía podéis.

Bueno, eso no tiene nada de bueno. Mi mente da vueltas, con demasiados hilos de posibilidades. Es casi imposible saber si solo estaban intimidando a Ace, hablando por hablar o dándonos una advertencia real.

Doy un paso adelante. —Piensa, Ace. ¿Dijeron algo más? Merece la pena mencionar incluso las cosas raras. ¿Viste realmente cómo mataban a Quince?

Niega con la cabeza, con el rostro pálido por el dolor. —Vi cómo se llevaban a Quince fuera, tío. Nos tenían de rodillas con las manos atadas, y ese hijo de puta ni siquiera dijo nada antes de dispararle.

—¿Quién? —insisto. La urgencia me aguijonea las puntas de los dedos como si fuera algo vivo bajo mi piel.

—Deran Masters. —Ace suelta un gruñido y se remueve en el asiento.

—Hijo de puta —jura Silas. Se da la vuelta, se pasa las manos por el pelo y mira hacia arriba.

Deran Masters se crió en Rosewood. Luego pasó una temporada en Crestview antes de acabar convirtiéndose en un Savage Soul.

Es un club con un nombre muy apropiado. No se adhieren a las reglas generales, al código de conducta no escrito que todos seguimos: nada de mujeres, nada de niños, nada de ancianos.

Para los Savage Souls todo el mundo es un objetivo legítimo, y esos cabrones están mal de la cabeza. Hay una razón por la que los echamos de la zona hace tantos años. Por la que esa decisión fue respaldada por todos los clubes de los alrededores, no solo por nosotros, incluidos los Hell Hounds.

—Me pregunto qué cojones hacen aliándose con los Hell Hounds. —Qué tipo de promesas habrán hecho.

—¿Qué más? —le pregunto a Ace, viendo cómo el dolor le recorre los rasgos, tensándole los músculos. La adrenalina se le está pasando y pronto le dará el bajón.

Niega con la cabeza, apretándose un costado de las costillas con la mano. —No lo sé, tío. Algo sobre el Festival de Verano aquí, casi como si planearan venir. Yo... no lo sé. Lo siento.

Me inclino y le pongo la mano en el hombro. —Lo has hecho bien, tío. Lo has hecho bien. —Hago un gesto con la cabeza a los hermanos que esperan detrás y digo—: Aseguraos de que lo remienden, ¿vale?

Silas y Nova se colocan a mis flancos mientras vuelvo por el pasillo hacia el viento que aúlla fuera. —Vámonos a casa. Tenemos algunos favores que cobrar.