Obsesión (Rosewood 2) 35 Evangeline
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35 Evangeline

TREINTA Y CINCO

EVANGELINE

—Vuelvo enseguida —me dice Silas, dándose la vuelta y apresurándose hacia las escaleras sin mirarme. Su atención está pegada al móvil.

—Solo un segundo, ¿vale, Hunter? Tengo que pedirle a tu padre que me traiga unos pantalones también. —Le dedico mi sonrisa más tranquilizadora.

Hunter me mira, probablemente sin entender del todo que no quiero que me pillen literalmente sin pantalones ante la mínima posibilidad de que haga un tiempo verdaderamente malo.

Nana Jo siempre me enseñó a estar preparada, pero en algún momento del camino he olvidado el componente meteorológico de esa lección de sabiduría en particular.

Hunter observa mi camiseta de tallaje grande.

Pensaba que era de Lincoln, la que he estado usando para dormir desde que la mangué de su casa.

Pero ahora me doy cuenta de que el tejido no coincide.

Es negra y grande, pero un poco más larga, llegándome casi a las rodillas.

Aunque es suave y huele a colada limpia.

—Ya no es una fiesta de pijamas si nos ponemos ropa de verdad en lugar de los pijamas —dice él.

Asiento con la cabeza, con una expresión tan seria como la suya. —Vale, a lo mejor le pido que me traiga unos pantalones de pijama.

Hunter inclina la cabeza hacia un lado y asiente un par de veces. Parece un pequeño muñeco de nieve cabezón envuelto así en la manta de forro polar. —Lo permito.

—Vuelvo ahora mismo. —Le doy una palmadita en la rodilla y me levanto del sofá. Corro para alcanzar a Silas al pie de las escaleras, estiro el brazo y poso la mano en su hombro—. Espera.

Se queda quieto y baja la mirada hacia mi mano, que se desliza sobre su bíceps. —¿Qué necesitas, Evangeline?

—Solo un par de conejitos. —Suelto la frase a la perfección; la oportunidad era demasiado buena como para dejarla pasar.

Se gira para mirarme, con una expresión tan hermética como de costumbre. —Qué graciosa —dice, con un tono que indica que le ha parecido cualquier cosa menos eso.

Me encojo de hombros y dejo que mi sonrisa se ensanche. —A mí me lo ha parecido. Pero hablo en serio. Coge a Bingo cuando cojas a Flopsy.

—No actúes como si conocieras a mi hijo mejor que yo —espeta él, cruzándose de brazos.

Me balanceo sobre los talones y pongo los ojos en blanco.

—Cálmate, papi St. James. Sigues siendo el macho alfa aquí.

Pero como Bingo es una obsesión bastante reciente para él, he pensado que te ahorraría un viaje por si también lo quería.

Y unos pantalones, por favor. Y mi móvil. Ah, y tal vez una sudadera.

Su mirada recorre mi rostro, baja por mi cuello y pasa por mi pecho para detenerse en mis pezones, que están claramente erectos. —Claramente.

Casi odio cómo me traiciona el cuerpo bajo su atención. Se endurecen aún más, y resisto el impulso de cruzar los brazos para ocultarlos. No me avergüenzo de la reacción de mi cuerpo, y si él dejara de mirarme las tetas de esa forma, dejarían de dolerme por él.

—Oye, no es culpa mía que tengas esto puesto en modo ártico. —Como respuesta ingeniosa no ha sido la mejor. Pero, para ser justos, son como las tres de la mañana.

—A lo mejor deberías dormir con más ropa puesta entonces —dice, aunque suena más bien a un gruñido.

—No puedo dormir con pantalones. No me gusta cómo se me enreda la tela en las piernas —digo, cambiando el peso de mi cuerpo de un pie a otro—. Además, tú estás literalmente sin camiseta ahora mismo, así que no creo que tengas derecho a hablar de pezones.

Se acerca a mí y me tapa la boca con la mano tan rápido que no tengo tiempo de reaccionar. —¿Quieres bajar la voz? Esa boca sucia que tienes te va a meter en problemas.

Sonrío tras su mano y saco la lengua para lamer la base de su dedo. Esperaba que se apartara, pero solo gruñe. Estamos en la otra punta del sótano, no me preocupa que Hunter nos oiga.

—Ah, qué bien. Ya estáis aquí abajo. He traído mi kit de emergencia —grita Dixie desde lo alto de las escaleras del sótano.

Silas me mira como si intentara comunicarme algo, pero sea lo que sea, no lo capto. Todavía no entiendo sus exigencias silenciosas.

—Yo tengo mi propio kit de emergencia, mamá. No hacía falta que lo trajeras —grita Silas por encima del hombro, sin apartar la vista de mí.

Retira la mano de mi boca, demorando los dedos en mis labios demasiado tiempo para que sea algo accidental. Mi respiración se acelera dentro del pecho, y ahora soy yo quien se comunica con él en silencio. No sé qué estoy diciendo exactamente, pero desde luego estoy sintiendo todo tipo de cosas.

—¿Todo bien, cielo? —pregunta Nova, de pie detrás de Dixie.

—Todo está bien —espeta Silas.

Me muevo hacia un lado y es como si ese movimiento sacara a Silas del trance en el que estaba. Gira sobre sus talones y sube las escaleras trotando.

Dirijo mi mirada a Dixie. —¿Necesitas ayuda?

—Estoy bien, cariño. ¿Cómo está mi nieto? —dice ella, bajando las escaleras despacio, con un brazo en cabestrillo y el otro en el pasamanos.

—Está un poco asustado, pero está bien —murmuro, esperándolos en el último escalón.

Los tres caminamos juntos de vuelta a la sala de juegos, donde Hunter parece medio dormido, todavía acurrucado en la manta mullida. Dixie se sienta a un lado, atrayendo a Hunter hacia el hueco que queda bajo su brazo sano.

Cuando voy a sentarme al otro lado de Hunter, Nova se desliza primero, haciendo que yo caiga en su regazo.

Me rodea la cintura con las manos inmediatamente y mi camiseta de dormir se sube un poco.

No pienso enseñarle nada a su madre y a su sobrino, así que me retuerzo en su regazo para bajar la tela.

Sus manos vuelan a mis muslos, manteniéndome quieta. —Deja de moverte así, cielo, o el apagón va a ser la menor de nuestras preocupaciones.

Giro la cabeza para ocultar la sonrisa que se me forma. —¿Me estás flirteando durante una alerta de tornado? —Mantengo la voz baja, orientada lejos de Hunter y Dixie.

—Te encanta —murmura contra mi pelo, deslizando la nariz por la curva de mi cuello.

Tarareo, asintiendo unas cuantas veces y apoyándome en él.

Dixie le susurra palabras reconfortantes a Hunter mientras él vuelve a pedir su conejito, y Nova mira su móvil un par de veces. Pero con cada minuto que pasa sin que aparezcan Silas y Bane, mi inquietud aumenta.

El aire acondicionado sigue cayendo sobre mí en una ola constante, y la carne de gallina se ha instalado para quedarse.

Finalmente, cuando no puedo aguantar ni un soplo de aire más ni más espera, me deslizo fuera del regazo de Nova. —Vuelvo enseguida.

—Voy contigo —dice Nova al instante, disponiéndose a levantarse.

Pongo la mano en su hombro, deteniendo su movimiento. —No, quédate, solo voy corriendo a mi habitación a coger algo rápido. Vuelvo enseguida.

—¿Puedes traer a Bingo, Eve? —pregunta Hunter, con los brazos bien apretados alrededor del brazo libre de Dixie en una especie de abrazo.

—Claro que sí, cielo. ¿Alguien más?

Sacude la cabeza. —Papá ya va a por Flopsy.

—Vale, vuelvo en un par de minutos. —Cruzo el sótano a toda prisa y subo trotando hasta mi habitación en la segunda planta. El viento aúlla fuera; los árboles del jardín delantero se balancean de un lado a otro en un ballet caótico.

Me pongo unos leggings y me echo una sudadera de cuello redondo sobre el hombro en un tiempo récord, cogiendo el móvil al salir. Miro la pantalla mientras me dirijo al cuarto de Hunter: sigue sin haber cobertura.

—Mierda —murmuro. La ansiedad se enciende en mi estómago.

Sé que Cora ha vivido aquí toda su vida, pero no puedo evitar que una pizca de preocupación se me meta en la cabeza.

Ojalá pudiera llamarla y asegurarme de que está a salvo.

Vivir en un apartamento tiene sus desventajas, y no tener un sótano es definitivamente una de ellas.

Encuentro a Flopsy y a Bingo en medio de la cama, justo donde los dejó Hunter.

Lo que significa que Silas no ha pasado por aquí todavía. Pero hace diez minutos que se ha ido, así que ¿dónde demonios se ha metido?

Mi corazón late con fuerza y salgo disparada por el pasillo hacia su dormitorio. La puerta está abierta, pero nunca he entrado aquí antes. Siempre me pareció una invasión de su privacidad, y ese hombre valora mucho su espacio. —¿Silas? —llamo, golpeando con los nudillos el marco de la puerta.

Cuando solo el aullido del viento me responde, asomo la cabeza en el dormitorio oscuro y vuelvo a pronunciar su nombre. Compruebo su baño privado, temiendo que se haya caído y golpeado la cabeza. No tengo ni idea de por qué mi mente ha ido exactamente a ese lugar. Pero sea como sea, está vacío.

Bajo las escaleras corriendo y voy hacia la cocina, con los dos conejitos apretados bajo el brazo. —¿Silas?

Un movimiento en el patio trasero llama mi atención y me acerco sigilosamente al cristal.

Se siente extrañamente vulnerable mirar fuera cuando está tan oscuro.

No sé qué esperaba ver, pero no era a Silas peleando contra el viento para quitar de en medio los muebles de mimbre de Nana Jo.

El corazón me da un vuelco en el pecho, saltándose un latido o dos antes de reanudar su marcha.

Dejo mi sudadera, el móvil y los dos conejos de peluche en la encimera, y en un santiamén salgo por la puerta del patio al jardín.

El viento azota mi camiseta, tirando de ella para luego amoldarla contra mí mientras cierro con esfuerzo la puerta corredera de cristal.

El pelo se me enreda delante de la cara y vuelvo a gritar el nombre de Silas.

Se gira hacia mí, con los brazos llenos de cojines grises. —Evangeline, ¿qué estás haciendo?

Incluso con el sonido del viento rugiendo en mi oído, todavía se las arregla para sonar desaprobador. Como si el hecho de que yo fuera a ver cómo estaba no fuera solo un concepto extraño, sino algo definitivamente mal visto.

—¿Yo? ¿Qué haces tú arriesgando la vida por unos cojines de sofá? —Alzo la voz y me aparto el pelo de los ojos con una mano. El viento sopla tan fuerte que tengo que hacer fuerza para cruzar el patio hacia él.

Él los sujeta con más fuerza; tiene la cara en sombras, pero me imagino un ceño fruncido dibujado en sus atractivas facciones. —Hunter tenía muchas ganas de pintar estos muebles. Es de lo único que ha hablado en semanas.

Me planto delante de él. —No es nada, Silas. Solo un proyecto tonto en el que estamos trabajando. No hace falta que estés fuera en mitad de un tornado, por el amor de Dios —grito, lanzando la mano al aire como para expresar lo ridículo que me parece todo esto.

Hunter y yo íbamos a pintar a mano las piezas de mimbre del patio en un par de días. Le estoy enseñando la teoría del color, y tuve la brillante idea de que la experiencia práctica es la mejor forma de aprender. Pero no tuve en cuenta la capacidad de atención de un niño de cinco años.

—Eran de tu abuela. No voy a dejarlos aquí fuera para que se arruinen con esto —dice, señalando hacia un lado con un cojín. Su voz es tan alta que no me sorprendería que Bane le hubiera oído desde el club. La ira rezuma en sus palabras, con los labios apretados en un gesto huraño.

Echo un vistazo a la puerta de servicio y veo las tres piezas blancas de mimbre ya a buen recaudo en el garaje. Se me llenan los ojos de lágrimas, con una emoción tan rápida e inesperada que me siento poco preparada para gestionarla. La rabia le sigue los pasos, igual de poderosa.

—¿Por qué, Silas? ¿Por qué?

Me mira fijamente durante un segundo, antes de esquivarme y entrar al garaje por la puerta de servicio sin contestarme. Le sigo rápidamente, con la determinación llenándome el torrente sanguíneo. No puede simplemente irse así.

—¿Por qué eres tan voluble, eh? Me estás dando un puto latigazo cervical, papi St. James, y no sé cuánto tiempo más voy a aguantar esto. —Ni siquiera parezco yo, con un tono ladino y cargado de ansias de destrucción.

—Bueno, nadie te ha pedido que te quedes —espeta él, adentrándose más en el garaje.

Le sigo de cerca, sin dejar nunca más de treinta centímetros entre nosotros. No sé qué me ha poseído, pero ya no puedo echarme atrás en este toma y daca.

—¿No? Pues dime que me vaya. Dime que me marche y que no mire atrás porque te importa una mierda con quién me folle.

—¿Qué te he dicho sobre esa puta boca sucia que tienes? —Su voz es un rumor grave, pero sigue sin mirarme.

Me detengo en seco mientras me doy cuenta de algo. —No puedes hacerlo, ¿verdad? Puedes decirme que no te importa, pero te corroe por dentro saber que tus hermanos han estado los dos dentro de mí. Que Nova me folló con la lengua y Bane...

Suelta los cojines y se abalanza sobre mí en un instante.

Su mano se clava en mi cuello, apoyándose justo contra el hueco de mi garganta.

No con fuerza, solo con una ligera presión para recordarme qué clase de poder ostenta.

Sigo sus pasos hacia atrás, uno a uno, hasta que mi culo choca con el banco de trabajo que tengo detrás.

Apoya su frente contra la mía, respirando con dificultad pero sin decir nada. Sin hacer nada. Y mi genio se enciende una vez más.

—¿Es eso? ¿No me quieres pero tampoco quieres que nadie más me quiera?

—Aprieto los dientes, haciendo un poco de fuerza contra su agarre.

La presión está haciéndole cosas raras a mi cerebro, provocándome una excitación en el bajo vientre—.

No. No es eso —digo, sacudiendo la cabeza—.

Entonces es que no crees que yo sea lo bastante buena para ellos.

—Cállate, Evangeline —sisea él, casi enseñándome los dientes.

—Es eso, ¿verdad? No crees que sea lo bastante buena para ellos. Y cada vez que envuelvo sus pollas con mis labios y me las meto hasta el fon...

Estampa su boca contra la mía, robándome el resto de mis palabras. No me muevo durante un segundo, literalmente muda por la impresión.