Obsesión (Rosewood 2) 31 Silas
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31 Silas

TREINTA Y UNO

SILAS

Otra gota de sudor me resbala por la espalda, con el sol convertido en una bestia implacable en el cielo.

Le doy otro trago a mi botella de agua y la dejo en el asiento de la moto mientras miro el horizonte.

Colinas de tierra arenosa se extienden hasta donde alcanza la vista a ambos lados; arbustos verdes dispersos al azar.

Tiene su encanto, supongo. Pero prefiero muchísimo más el paisaje de Rosewood.

El móvil vibra en mi bolsillo y una punzada de ansiedad me atraviesa el estómago. Solo hay cuatro personas que me llaman a este teléfono y dos de ellas están a metro y medio de mí.

Lo saco de los vaqueros, los hombros relajándose al ver la notificación de mensaje de texto de Evangeline. Me ha enviado un mensaje las dos últimas noches, avisándome de cuándo se ha dormido Hunter.

Ella no sabe que también tengo a Ma mandándome actualizaciones.

Evie: omg mira lo que he encontrado

Evie: *imagen cargando*

Estamos a un par de metros de una zona sin cobertura, así que la foto tarda un minuto en llegar y, aun así, es un borrón. Suspiro y zarandeo el teléfono, porque soy idiota.

—¿Qué pasa? —pregunta Bane.

—Nada, es que esta maldita foto de Evangeline no termina de cargar —farfullo, sin apartar la vista de la pantalla, como si eso fuera a hacer que cargue más rápido.

—¿Te está mandando nudes, tío? —dice Griz, uno de los hombres de más confianza de Diesel, con una sonrisa lasciva.

Entrecierro los ojos en su dirección.—Es mi niñera.

Alza las cejas hasta la línea del pelo, su melena desordenada se agita bajo la gorra de béisbol al revés, y silba por lo bajo. Me dedica una sonrisa y dice—: Follarse a la niñera, un poco cliché para mi gusto, pero tú mismo, colega.

—Que te jodan —escupo entre dientes, la molestia subiendo en oleadas.

Diesel quería que estuviéramos en este trabajo y luego nos ha puesto una puta niñera. Esa mierda me pone de los nervios, aunque lo entienda. La confianza entre clubs es frágil incluso en los mejores días, sobre todo cuando normalmente estás a mil kilómetros de distancia unos de otros.

Griz se ríe por lo bajo.—No sé si eso es una confirmación o una negación, pero…

—Déjalo ya, tío —dice Nova con un suspiro—. ¿Cuánto falta? Se suponía que tu contacto dijo una hora. Han pasado casi tres.

Los cuatro estamos sentados en las motos a una hora de la ciudad más cercana.

Es uno de esos pueblos de un solo semáforo, con una sola carretera que entra y termina en un lago.

En mitad de la puta nada. Estamos a un lado de la carretera, en la excusa más cutre de área de descanso que he visto en mi vida.

Dos váteres portátiles se apoyan en la línea de árboles a unos seis metros de la carretera y hay un cenador desvencijado con una única mesa de pícnic de metal.

—¿Qué se supone que estamos buscando, exactamente, tío? —pregunta Nova. Juguetea con la visera de la gorra, con la atención fija en el móvil mientras los dedos le vuelan sobre la pantalla.

Apuesto a que ese capullo le está escribiendo a mi niñera mientras ella está ocupada cuidando de mi hijo.

Es el recordatorio que necesitaba y vuelvo a mirar mi teléfono.

—Ni idea —dice Griz con indiferencia—. El presi necesitaba asegurar un paquete y nosotros estamos aquí para garantizar que nadie salga.

Bane entorna los ojos hacia el Blue Knight a mi lado. Su expresión parece pasiva, pero es puro teatro. Uno que perfeccionó hace años. Parece un observador casual, quizá incluso un participante a regañadientes en cualquier conversación.

Pero por dentro. Por dentro es un motín, un tornado de caos, que solo contiene hasta que hace falta desatarlo.

—O sea, ¿me estás diciendo que no tienes ni idea de para qué ha venido tu club? —pregunta Bane, con tono uniforme y medido.

Griz sonríe, la sonrisa ensanchándose demasiado.—Yo no he dicho eso, ¿a que no?

Bane pasa la mirada del teléfono de Griz a su cara.—¿Seguro que tienes cobertura?

Él se inclina hacia delante, apoyando un brazo sobre el manillar.—Sí. Este es el sitio, así que aquí estaremos hasta que el presi diga que estamos libres.

Bane chasquea la lengua y mira por la carretera, en una clara muestra de desinterés. Pero yo estoy demasiado recalentado como para meterme en medio. La foto de Evangeline por fin ha cargado.

—Esta mujer… —fuerzo a decir entre una risa ahogada.

—¿Qué? —pregunta Nova.

Le ignoro, dedicando toda mi atención a la foto de la pantalla. Las mejillas redondas de mi hijo. Sus grandes ojos marrones. Sus sonrisas amplias a juego. Evangeline me ha mandado un selfi con ella y Hunter.

En putos disfraces de perritos calientes.

La diversión me roza la piel, ligera como el ala de una mariposa. Hace que las comisuras de mi boca se levanten.

Sus caras, en unas ventanitas recortadas dentro del disfraz de perrito caliente, los panes, los pequeños zigzags de kétchup por un lado y de mostaza por el otro.

Cuanto más lo miro, más se me hincha la risa en el pecho y, antes de poder contenerla, se me escapa en una oleada tan inesperada de alegría que tengo que inclinarme un poco para soportarla.

—Jesucristo, ¿estás bien? —pregunta Nova, con una nota de alarma en la voz.

—¿Qué le pasa? —pregunta Griz, señalándome con el pulgar.

—Está bien —gruñe Bane.

Me incorporo, pestañeando un par de veces y tragándome los últimos restos de risa.—Joder, necesitaba eso.

Bane se acerca a paso tranquilo, fingiendo despreocupación con las manos metidas en los bolsillos. Se detiene a mi lado y me hace un gesto con la barbilla.—¿Qué te ha mandado?

Guardo el móvil en el bolsillo y le lanzo una mirada asesina.—Nada.

Él alza una ceja, con una mirada cargada de significado. Hago como que la ignoro y camino unos pasos hacia la carretera. No sé si he estado alguna vez tanto tiempo lejos de Hunter. No creo haber hecho un trabajo como este desde antes de que naciera.

Los dedos tamborilean contra mi muslo, un ritmo aleatorio que no alivia una mierda.

—¿Estás bien? —pregunta Bane en voz baja.

Ruedo los hombros hacia atrás y detengo el movimiento de los dedos.—Estoy bien.

—Bueno, yo estoy listo para que se acabe esta mierda —recalca Nova.

—Mierda —maldice Griz por lo bajo, mirando el teléfono—. Hora de irse.

Le miro por encima del hombro.—¿Por qué?

—La cosa se ha torcido —dice Griz, yendo hacia su moto con el teléfono apretado en el puño.

Bueno, eso no suena nada bien, ¿verdad? Hay demasiados motivos distintos para que las cosas se tuerzan y ninguno es bueno.

—¿Cómo? —ladra Bane.

Griz se encoge de hombros y se guarda el móvil.—Ni idea, tío. El presi ha mandado decir que no han conseguido el paquete que buscaban. Nadie ha entrado ni salido por este lado, así que tu suposición vale tanto como la mía.

—¿Entonces estamos bien?

—Sí, tío. Nos vemos la próxima. A lo mejor entonces conozco a tu niñera, ¿eh? —dice Griz con una sonrisa lasciva. No hay malicia, pero se me eriza todo igual.

—Ni de puta coña.

Griz echa la cabeza hacia atrás y se ríe antes de que el rugido del motor ahogue el sonido. Los tres observamos cómo sale derrapando del área de descanso y vuela por la carretera hacia el pueblecito.

—Vámonos a casa.

Abro la puerta de casa y el olor a bollería recién hecha me golpea en la cara.

Cálido chocolate y vainilla flotan en el aire, haciendo que me ruja el estómago.

Hemos decidido conducir directamente hasta casa, parando solo para mear y repostar.

Ha habido un picor persistente de ansiedad contra las costillas todo el tiempo que he estado fuera.

Es como si no hubiera dormido en días, y sé que en cuanto vea a mi hijo podré volver a respirar. Lo único que me mantenía medianamente cuerdo eran las actualizaciones diarias por mensaje de texto de Evangeline.

Y ese puto selfi de los perritos calientes de hoy.

Dios, ¿dónde habrá encontrado eso? Probablemente sea bueno que no estén a la vuelta de la esquina con esos disfraces puestos. Podría hacer algo imprudente y darle un maldito beso.

—¿Hola? —llamo desde el vestíbulo. Casi espero verlos escondidos en el armario del recibidor, como en la clásica broma del perrito caliente. Pero cuando abro la puerta con cautela, solo me reciben los abrigos y el aspirador.

Mis botas suenan amortiguadas mientras avanzo por la casa, hasta que por fin oigo el zumbido bajo de la tele. Doblo la esquina hacia el salón y me quedo clavado.

Todo el salón se ha transformado en un fuerte épico. Todas las mantas del sofá, un par de edredones y varias sábanas cuelgan sobre el sofá, las sillas de la mesa de la cocina y los taburetes de la isla. Es un caos de tela que se extiende por cada centímetro de la habitación.

Parece una jodida pasada. Solo puedo imaginar lo bien que se lo habrá pasado Hunter jugando hoy en este fuerte.

Agarro el borde de una manta color crema de borreguito que cuelga abierta. Debe de ser de Evangeline, porque yo nunca he tenido algo tan suave en mi vida. Tiro de la tela despacio y miro dentro, parpadeando un par de veces para que los ojos se acostumbren a la oscuridad.

En medio de un nido de mantas está mi hijo, profundamente dormido, acurrucado contra el costado de Evangeline. Se le ve tan joven, tan pequeño y dulce así, con su conejo de peluche favorito metido bajo el brazo.

Un amor tan potente y visceral se derrama de mí, llena cada fibra de mi ser antes de enroscarse alrededor de mi corazón. Es abrumador, incluso asfixiante.

Y sin embargo es la emoción más grande que he sentido nunca. Quiero a mi hijo con tal ferocidad que roza lo incontrolable.

No hay nada que no haría por él. Nada.

Miro a la mujer que ha sido responsable de él estos últimos días. La curva de sus cejas, la suave onda de su brillante pelo oscuro al caerle por los hombros y la forma en que se le profundizan las líneas de expresión cuando sonríe.

Y la forma en que es con Hunter.

La boca se le curva en una sonrisa y susurra: —Hola.

Me arrodillo y me cuelo dentro, agachando la cabeza. Con cuidado, para no despertar a Hunter, me siento en el borde.

La diversión brilla en sus ojos al verme intentar ponerme cómodo. Pero este fuerte está hecho para un niño de cinco años, así que los techos no son lo bastante altos para mí.

Inclino un poco la cabeza y le respondo en un susurro: —Hola.

Su sonrisa se ensancha.—He mandado a tu madre a casa hace un par de horas. No lo habría admitido, pero se la veía cansada y con algo de dolor.

Trago y asiento.—Está bien. ¿Qué tal ha estado él?

El cariño le suaviza el rostro al mirar a Hunter.—Tu hijo es un ángel, Silas. Ha estado perfecto. Hemos hecho magdalenas de chocolate esta mañana, por si tienes hambre.

Le paso la mano por el pelo, apartándoselo de la frente sudada. Sé que debería despertarlo pronto o no dormirá esta noche. Pero no consigo romper esta pequeña burbuja.

—Pensaba que me encontraría con un par de perritos calientes esperándome cuando llegara a casa —ni siquiera soy capaz de decirlo serio, la sonrisa tirando de las comisuras de mis labios.

Su sonrisa refleja la mía.—Eso fue hace horas. Además, no podíamos caber aquí dentro con los disfraces puestos —da una vuelta en el aire con el dedo índice.

—Eso sí que me gustaría verlo.

Su sonrisa se vuelve pícara.—Seguro que Hunter te lo enseñaría, pero eso significa que tendrás que recrear este castillo fuerte. Y podría ser difícil.

Alzo una ceja.—¿Qué? ¿Crees que no sé hacer un fuerte?

Se encoge de hombros y mira un momento hacia Hunter.—Ya me ha contado que Nova solía ser el mejor constructor de fuertes. Pero hoy le he quitado el trono —los labios se le curvan en una sonrisa de satisfacción mientras me mira por debajo de sus largas pestañas oscuras.

Entre nosotros cae un silencio durante un momento mientras la observo. Es realmente preciosa.

Al cabo de un minuto, dice: —¿Qué tal ha ido el trabajo?

La pregunta me pilla desprevenido.—¿Mi hermano ha estado desvelando nuestros secretos, Evangeline?

—¿Tú no les dices a tus novias cuando te vas de la ciudad? —replica.

—No tengo novias —la respuesta me sale automática y hago una mueca. Pero no la retiro—. Y si se trata de asuntos del club, sí.

—Vale —dice con un encogimiento de hombros—. Ni siquiera sé lo que asuntos del club significa, así que… —hace comillas en el aire con los dedos al decir «asuntos del club», como si no fuera un término real o algo así.

—Probablemente es mejor para ti. Es más seguro así.

Su expresión se congela.—¿Tengo que preocuparme por mi seguridad?

—Siempre deberías estar pensando en tu seguridad —murmuro, sosteniéndole la mirada.

—Hm. ¿Alguna novedad sobre quién entró en casa de Nana Jo?

El corazón me da un vuelco en el pecho, con una idea formándose de golpe, como una bombilla explotando sobre mi cabeza. Me paso la lengua por el labio inferior.

—Todavía no, pero hasta que lo sepamos, creemos que deberías quedarte aquí.

Ella me mira, pestañeando despacio esas pestañas larguísimas.—¿Dónde?

Se me calienta la nuca y le echo la culpa al horno de forro polar en el que estoy ahora mismo.—Aquí. En una de las habitaciones de invitados de arriba.

—Vale —dice despacio, alargando las sílabas.

—No le des demasiadas vueltas, Evangeline. No quiero tener que pasar por el coñazo de buscar otra niñera si te pasa algo —me recoloco un poco, con el culo empezando a dormírseme en esta postura.

Se le entreabren los labios y veo la punta de la lengua rozarle la cara interna de los dientes de abajo.—¿Durante cuánto tiempo?

Me paso la mano por la nuca.—No mucho. No te estoy pidiendo que te mudes.

—Bien, porque tengo una casa —dice rápidamente—. ¿Y mis días libres?

Aprieto los dientes, notando cómo un músculo me tiembla en la mandíbula. Ya no recuerdo por qué pensé que esto era una buena idea, pero estoy demasiado metido como para echarme atrás.—Tus noches y tus días libres siguen siendo tuyos.

Ella asiente varias veces y casi puedo ver los engranajes girando en su cabeza.—Sí, vale.

Exhalo un susurro de aire y ese picor persistente de ansiedad se disipa.