22 Silas
VEINTIDÓS
SILAS
Pongo en marcha la cafetera y saco los ingredientes para hacer tortillas francesas para desayunar, repasando mentalmente la lista de todas las mierdas que tengo que hacer hoy. Evangeline llegará dentro de poco, y hay una ansiedad de fondo que me provoca con solo estar en mi casa.
No sé si me fío de ella, pese a que de alguna manera ha embaucado al resto de mi familia. Pero sé que me fío lo suficiente. Ni de coña dejaría a mi hijo en manos de alguien en quien no confiara.
Supongo que eso ya es algo.
Cojo el café en mi taza favorita, algo que Ma ayudó a Hunter a hacer el año pasado, y cruzo descalzo la cocina para mirar al jardín trasero.
Aún no ha salido el sol. Hunter seguirá durmiendo unas cuantas horas más, y Nova no ha vuelto a casa esta noche. Podría haberse quedado con Evangeline, pero ya vamos camino de cuarenta y ocho horas de silencio absoluto, así que apuesto a que está encerrado en su taller.
A veces le dan estos arrebatos creativos, en los que se hiperconcentra en algo y no puede parar hasta que termina. A veces es trabajo, pero la mayoría de las veces es otra vía creativa.
Mi hermano tiene más talento con un pincel en el dedo meñique de lo que yo tendré en diez vidas.
Así que cuando se pone en esos planes, intento no interrumpirle.
Doy un sorbo, disfrutando del escozor mientras baja por mi garganta. Ayuda a mitigar la cobardía que siento sabiendo que estoy a punto de llamar a Ma para pedirle que venga ya.
Busco su contacto y la llamo. Contesta al segundo tono.
—¿Qué pasa?
Suelto una risita incrédula. —¿Qué? No pasa nada. ¿Es que un hijo no puede llamar a su madre?
—No a estas horas —responde.
—Anda, Ma, si seguramente ya vas por tu segunda taza de café —doy un sorbo y dejo la taza sobre la mesa.
—Sigo con la primera. ¿Te estás ofreciendo a traerme una taza de café?
Inclino la cabeza hacia un lado, sorprendido por el giro de la conversación. —¿Quieres que te lleve café, Ma?
—Nunca le haría ascos a regalos de mis hijos.
—Vale… —alargo la palabra, negando un poco con la cabeza—. Llamaba para pedirte un favor.
—Por supuesto, cariño. ¿Qué necesitas?
—Necesito ir al garaje pronto hoy. ¿Puedes venir un poco antes? No quiero hacer que Evangeline venga dos horas antes de lo que viene normalmente.
Se queda callada. Dura lo suficiente como para que aparte el teléfono de la oreja y mire la pantalla. De vez en cuando nos quedamos sin cobertura aquí por alguna razón. Algo de las torres y las interferencias del tiempo.
—¿Ma? ¿Sigues ahí?
—Aquí estoy. No la estarás evitando, ¿verdad, Silas? Porque eso no va a colar después de hoy.
Aprieto los dientes, irritado porque ya haya calado mi mierda. Y además por teléfono. Siento que eso es añadir insulto a la ofensa.
—Lo sé. Es solo por hoy. Van retrasados desde que me cogí un día libre esta semana.
Chasquea la lengua, el ruido me taladra el oído. —Está bien, cariño. Me preparo y voy para allá.
—Gracias, Ma. He hecho tortillas. Y hay una para ti en el cajón calientaplatos.
—No tenías por qué hacer eso.
Me paso la mano por la cabeza. —Es lo mínimo. Este verano has sido una bendición.
—Pasar el rato con mis chicos favoritos difícilmente es un sacrificio —dice con una risita.
Aclaro la garganta. —Bueno, te lo agradezco.
—Ya lo sé, cariño. Voy para allá en un rato, ¿vale? —dice, dando por terminada la llamada.
Pulso el botón de inicio del móvil y suelto el aire de golpe, dejando que las mejillas se me hinchen un poco.
Levanto el bajo de la camiseta y me la paso por la cara.
Como Tune no arregle pronto ese puto aire acondicionado, voy a perder la puta cabeza.
Hoy hemos tenido más coches en los boxes de lo normal, porque alguien la ha cagado con la planificación.
No tenía energía para lidiar con eso, así que cogí mis cosas y me largué en cuanto terminamos con el último coche.
La ansiedad y el enfado se entrelazan mientras se me enroscan en la columna. Ni siquiera sé por qué coño estaba tan preocupado por que Evangeline viniera esta mañana. Lleva un par de semanas cuidando de Hunter con Ma sin un solo problema.
Será por eso de que esté en mi casa, quizá.
O, más probablemente, es saber que a Ma le queda un día más con ellos, y luego Evangeline se queda sola. Y Ma entra a quirófano.
Suelto un suspiro mientras subo penosamente los escalones del porche. Lo único que mantiene mis piernas en movimiento es la promesa del aire acondicionado fresquito, una ducha fría y ver la sonrisa de mi niño. Los últimos tres días no ha dejado de hablar de ella.
Eve me va a enseñar a hacer claqué.
Eve me va a llevar a la playa.
Eve va a hacer fuertes de mantas conmigo.
Decir que estaba emocionado por verla hoy es quedarse corto. Hicieron falta tres cuentos y la promesa de galletas con pepitas de chocolate para conseguir que se calmara y se durmiera. Y aun así, eran casi las once.
—¿Hola? —llamo al entrar en casa.
Alguien me manda callar, y Ma viene apresurada al vestíbulo, donde yo ya me estoy descalzando y quitándome las botas. —No quería despertarlos hasta que tuvieras la oportunidad de ver —susurra.
—¿Ver qué? —murmuro—. ¿Puede esperar? Necesito ducharme y refrescarme.
—No, no puede —me agarra del bíceps y me tira hacia el salón.
La dejo que me arrastre detrás de ella, y nos detenemos cuando llegamos a la entrada del pasillo que da al salón.
Evangeline está sentada en medio de mi chaise longue gris antracita, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados.
Y ahí, con la cabeza apoyada sobre un cojín en su regazo, está mi niño.
Dormido, con sus labios entreabiertos. Siempre ha dormido así, y cuando era un bebé me recordaba a un pajarito con la boca apenas abierta.
Y, así, de golpe, parte de mi enfado y frustración se disuelven. Me concedo un momento para apreciar la escena.
Una manta verde mullida les cubre a los dos y en la tele ponen alguna película infantil, el volumen en un murmullo bajo.
Una bola de emoción se me atasca en la garganta, y tengo que obligarme a tragar.
Parecen tan en paz, tan a gusto. Es un momento que quiero capturar y guardar. Saco el móvil del bolsillo trasero y camino despacio hacia el salón. Esquivo las tablas del suelo que sé que crujen y me planto justo delante del sofá, y entonces abro la cámara y les hago una foto.
Luego me agacho y paso la mano por el hombro de Hunter para despertarlo. —Eh, campeón. Hay que levantarse ya, o esta noche no vas a pegar ojo.
Evangeline se despierta sobresaltada, parpadeando un par de veces esas pestañas larguísimas que tiene. Se incorpora un poco, sus ojos castaños algo vidriosos de cansancio.
—Silas. ¿Ya estás en casa? —su voz tiene ese ronquido somnoliento que se siente como un puñetazo en la polla. Pero de los que sientan bien también.
Mi irritación vuelve a asomar, sobre todo conmigo mismo, pero también con ella por ser tan… tan ella. Suelto el aire por la nariz y la miro.
—Son las cuatro —le digo, fijándome en el corte de su línea del pelo.
Su mano sube y baja por la espalda de Hunter, casi sin darse cuenta. —Oh. Oh. Joder. Lo siento. Dijo que estaba cansado, así que puse una peli pensando que quizá descansaría un poco. Supongo que yo también me he quedado dormida.
—Está bien —gruño, evitando su mirada—. Pero no lo conviertas en costumbre o luego por la noche no dormirá.
—Sí, claro —murmura, incorporándose más—. Lo siento.
—No tienes que disculparte.
Hay un segundo de silencio, y yo aparto el pelo sudado de la frente de Hunter. Las pestañas le tiemblan y me mira. Tiene esa expresión a medio dormir, con la mirada perdida, como si aún no se hubiera despertado del todo.
—Eh, campeón, hora de levantarse, ¿vale? Tenemos que cenar dentro de poco.
Se queda en el regazo de Evangeline, retorciendo un poco el cuerpo. —Y galletas con pepitas de chocolate.
Suelto una carcajada. —Eso es, galletas con pepitas de chocolate.
—Bueno, será mejor que os deje. Gracias por pasar un día tan guay conmigo, Hunter —dice Evangeline.
Hunter se incorpora y la mira, con las dos cejas alzadas, expectante. —Estarás aquí mañana, ¿verdad?
—No me lo perdería por nada. Mañana tengo una sorpresa para nosotros —dice, dedicándole una sonrisa radiante.
—¡Sí! Me encantan las sorpresas —dice, dando un puñetazo al aire—. —¿Es un regalo? Me encantan los regalos.
—Evangeline no tiene por qué traerte regalos, campeón —murmuro.
Hunter me echa una ojeada, con el ceño fruncido sobre los ojos. —Los regalos no se devuelven, papá. Nan dice que eso es de mala educación.
Miro por encima del hombro hacia la mujer que le ha transmitido otra perla de sabiduría, pero ya no está en el pasillo. Si tuviera que apostar, diría que está en la cocina, calentando su quinto café del día.
Evangeline se da golpecitos en la barbilla con el índice. —Bueno, supongo que se podría llamar un regalo. Pero es más bien una actividad.
Hunter se encoge de hombros y los deja caer. Salta del sofá y se queda de pie a mi lado. —Suena a regalo para mí. ¡No puedo esperar, Eve!
Ella se ríe, y parte de la tensión de mis hombros se disipa. —Yo tampoco. Entonces nos vemos mañana.
Asiento y hago un gesto a Hunter para que vaya hacia la cocina. —Ve a ver si Nan necesita ayuda en la cocina. —sale disparado de la habitación al mismo tiempo que Evangeline se pone de pie—. ¿Todo ha ido bien?
—Sí —dice, sacudiéndose pelusillas imaginarias de los pantalones cortos—. Ha sido un perfecto angelito.
—Hm. —Se me curva una comisura de la boca en una sonrisa. Mi hijo es muchas cosas, muchas de ellas increíbles, pero no sé si yo le llamaría un ángel. Su curiosidad a veces lo mete en líos.
—Mañana estoy planeando hacer galletas, así que espero que no te importe que use tu cocina —dice, bajando la voz mientras se dirige a la puerta principal.
—Oh, le va a encantar —murmuro—. Sírvete de lo que necesites.
Se detiene delante de una bolsa grande rectangular con asas gruesas. Una máquina de hacer palomitas, una bolsa de granos de maíz y unas cajas rectangulares de palomitas de esas blancas y rojas a rayas.
Señalo la bolsa con un gesto de barbilla. —¿Habéis hecho palomitas hoy?
Se agacha y la coge, echándose las asas al hombro. —Ah, sí. Hunter lo ha hecho genial. He intentado guardarte algunas, pero era como una máquina come-palomitas —dice entre risas.
—Quizá la próxima vez.
Sonríe, y su cara parece de algún modo más luminosa. Intercambiamos una mirada, y el aire a nuestro alrededor se carga casi de electricidad. El corazón me da un vuelco en el pecho mientras el silencio se alarga.
—Bueno, me voy. Que tengáis buena noche —dice, abriendo la puerta.
—Noche —murmuro, apoyando la palma en el borde de la puerta y sujetándola para ella. El aire caliente me envuelve, un recordatorio de que necesito una ducha con urgencia. Pero espero, dejando que entre el bochorno en casa, hasta que ella se mete en el coche.
Hace un pequeño gesto de despedida, más un aleteo de dedos que otra cosa, antes de deslizarse detrás del volante. Con un suspiro, cierro la puerta y subo las escaleras hacia mi dormitorio. La cabeza se me llena de pensamientos sobre Evangeline.
Últimamente ha sido una constante para mí, y no consigo quitármela de encima. Hay días que no sé ni si quiero hacerlo.