Obsesión (Rosewood 2) 8 Evangeline
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8 Evangeline

OCHO

EVANGELINE

—¿A dónde vamos exactamente?

—Te estoy raptando, por supuesto. A algún lugar donde pueda saquearte —bromea él, deslizando la palma de la mano por la parte posterior de mi muslo mientras me lleva por el pasillo. Es una distracción de mil demonios.

Frunzo el ceño mientras me apoyo de nuevo en su zona lumbar para impulsarme hacia arriba. —¿Viste ayer Piratas del Caribe o algo así? ¿O es que tienes una afinidad por los piratas que yo desconozca?

Él se ríe y el sonido vibra contra mi bajo vientre. —No lo sé, cielo. ¿Qué te parecen las rayas y las aventuras de capa y espada?

Me baja lentamente al suelo dentro de la habitación de Bane, dejando tiempo de sobra para que mi cuerpo se deslice contra el suyo.

Me agarro de su hombro mientras toda la sangre fluye de vuelta a donde se supone que debe estar. —Resulta que me encantan unas buenas rayas de colores.

Sus manos permanecen ancladas en mis caderas mientras me echa un vistazo de arriba abajo, uno de esos exámenes lentos que se sienten como un contacto físico.

—No me sorprende. Te quedaría bien cualquier cosa, cielo. Aunque, debo decir que te preferiría mucho más con mi camiseta que con la de Bane.

—¿Ah, sí? Pues es una pena que no estuvieras aquí para ofrecer la tuya entonces —murmuro, pasando las palmas de las manos por su piel tatuada.

Me dedica una sonrisa lobuna y se lleva una mano detrás de la cabeza para agarrar el cuello de su prenda.

En un movimiento fluido y estúpidamente sexy, se quita la camiseta blanca por la cabeza.

Su pelo rubio oscuro le cae sobre la frente y creo que su sonrisa se ensancha pero, sinceramente, estoy demasiado distraída por la absoluta obra de arte que tengo delante.

Franjas de color y diseños intrincados cubren su pecho y la parte superior de sus brazos. Las líneas de tinta acentúan cada relieve y plano de sus músculos esculpidos. Mis labios se entreabren en una rápida inhalación y mis dedos me piden a gritos explorar.

—Madre mía —murmuro sin pensar.

Él se ríe entre dientes, esa risa distintivamente masculina que rebosa confianza.

Su dedo índice se curva debajo de mi barbilla, inclinando mi rostro hacia arriba y cerrando mi boca de forma efectiva.

Si no estuviera sumida en una especie de niebla de deseo, podría sentirme avergonzada por mi descarada contemplación.

—Mírame a mí, Evangeline.

Mi mirada vuela a la suya. Sus ojos verdes parecen más oscuros con esta luz, melancólicos e intensos. Es el tipo de mirada ante la cual me siento impotente.

O quizá sean solo los hombres St. James los que me hacen sentir débil.

El calor se acumula en mi bajo vientre mientras la conciencia me da un vuelco.

Paso la lengua por mi labio inferior. —¿Qué estamos haciendo aquí, Nova?

Él me sostiene la mirada mientras juguetea con el dobladillo de mi camiseta, dejando que sus dedos rocen mi muslo desnudo.

—Quería hablar contigo, ver cómo te sientes. —Su voz es baja, como si esta fuera una conversación privada y no quisiera que lo oyeran.

Mi mirada se desvía hacia sus abdominales casi sin pensarlo. Tengo que reprimir activamente la creciente nube de deseo en mi interior. —¿Y tienes que hacerlo sin camiseta?

Él sonríe, mostrando su hoyuelo, y mi traicionero cuerpo se tensa al instante.

—No, pero entonces no puedo hacer esto —dice, levantando lentamente el dobladillo de mi camiseta.

Mi mano sale disparada, aterrizando sobre la suya y deteniendo su avance. —No llevo nada debajo.

Su mirada baja, se detiene y luego me abrasa con la misma intensidad de antes. —Hm, parece que has olvidado que llevas sus calzoncillos, cielo.

Mis ojos se abren de par en par ante la insinuación antes de ponerlos tan en blanco que me vienen recuerdos de cuando era más joven. Y más descarada.

—No voy a desnudarme contigo en la casa de tu primo —mascullo.

Él asiente y la comisura de su boca tiembla. —Saca la mente de la alcantarilla, Carter, nadie ha dicho nada de desnudarse.

El uso de mi apellido me sorprende. Parece juguetón, pero no me llamaba así desde el primer día que nos conocimos. Aunque puede que le esté dando demasiadas vueltas.

Dejo mi mano sobre su muñeca, pero no lo detengo cuando continúa el ascenso.

—Lo que tú digas, Casanova —murmuro, con la mirada siguiendo su mano.

Se detiene, con los nudillos rozando la parte inferior de mi pecho derecho. Se me pone la piel de gallina y un escalofrío me recorre la espalda ante el contacto.

—Contigo no, ¿vale?

Aparto la atención de sus dedos quietos y lo miro. —¿Qué?

—No lo soy... Casanova. Contigo no. —Tuerce la boca hacia un lado al decir su apodo, como si la palabra misma le supiera mal.

Mi rostro se relaja al comprender. Puede que no conozca los orígenes de su apodo, aunque me los imagino. Pero lo que sí entiendo es querer marcar distancias entre quién eras y quién eres.

—Vale.

Él inclina la cabeza una vez. —Brazos arriba, cielo.

Siento mariposas en mi interior, con sus delicadas alas haciéndome cosquillas en el estómago.

¿De verdad voy a quedarme desnuda con él mientras Bane y Silas están justo en el piso de abajo?

Puede que dijera que quería divertirme este verano, pero no estoy segura de si estoy preparada para ese tipo de diversión.

Si a Silas se le fundieron los plomos cuando se enteró de que estaba bailando sobre el mostrador de la casa club, no quiero ni imaginar el berrinche que pillará si oye los ruidos de placer que Nova consiga arrancarme.

Él lee mi vacilación al instante. —Confía en mí, Evangeline.

Asiento con un pequeño movimiento de cabeza y retiro la mano de su muñeca. Levanto ambos brazos y observo su rostro mientras levanta lentamente la camiseta.

—Buena chica —murmura.

Mis muslos se tensan ante el elogio. El aire fresco acaricia mis pezones mientras pasa la tela por mi cabeza. Me obligo a no cruzar los brazos sobre el pecho al bajarlos a los costados.

Su expresión es hermética, pero sus ojos lo delatan. Están muy abiertos y oscuros, con las pupilas dilatadas por el deseo. Observo fascinada cómo se mueve su nuez al tragar saliva.

—Maldita sea, Evangeline. Eres lo más hermoso que he visto en mi vida. Podría mirarte cien veces al día por el resto de mi vida y nunca sería suficiente. Nunca saciaría mi hambre de ti.

Su voz es un retumbar profundo y me golpea como una inyección de deseo directa a mi centro. Me olvido por completo de dónde estamos y de quién podría oírnos.

Suelta la camiseta al suelo, con la mirada fija en mí, estudiándome como si fuera una obra de arte. No me molesta la atención. De hecho, me hace sentir algo poderosa tenerlo así de pendiente de mí. Como si pudiera sonar una alarma y a él le costara apartar el foco de mí.

Paso la lengua por mi labio inferior. —¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a hacer algo al respecto?

Él hace un chasquido con la lengua y una sonrisa burlona aflora en su atractivo rostro. —Por mucho que me encantaría más que cualquier otra cosa... —su voz se apaga mientras se acerca, deslizando tela sobre mi cabeza.

Siento un momento de confusión antes de darme cuenta de que me está ayudando a ponerme su camiseta. Paso los brazos por las mangas y me saco el pelo del cuello, y su sonrisa burlona se convierte en una de picardía.

Da un paso atrás, observándome de pies a cabeza. —Mucho mejor, cielo. Ahora podemos hablar.

Mi corazón da un vuelco en mi pecho ante lo que parece una situación de la que me he librado por los pelos. No sé si sentirme aliviada o decepcionada.

Inclino la cabeza hacia un lado, con la diversión revoloteando en mi pecho ante ese movimiento posesivo casi extraño. —¿Y no podíamos hacer eso en la cocina? ¿Con Silas y Bane?

Se pasa los dientes por el carnoso labio inferior. —No, Evangeline, no podíamos hacer eso con ellos delante. —Hace una pausa, entrecerrando los ojos, pero es hacia su interior. Parpadeo y su expresión se suaviza en algo claramente astuto. —Bueno, quizá algún día deje que miren. Esta vez no.

Un momento.

Ahora me toca a mí entrecerrar los ojos, y definitivamente le dirijo esa mirada a él. Él solo se ríe entre dientes y desliza una de esas grandes palmas por mis costillas, entre mis pechos, y rodea mi cuello para sujetar mi nuca.

Ejerce un poco de presión en su agarre y mi cabeza se inclina hacia él con demasiada facilidad.

—Te he echado de menos, cielo —suspira, con la voz baja como si estuviera compartiendo un secreto.

Deslizo las palmas por sus brazos, rodeando con los dedos la curva de sus bíceps. —Si te acabo de ver hace doce horas.

Él cierra los ojos y apoya la frente contra la mía. —Siento como si hubiera vivido doce años en las últimas doce horas.

La preocupación me tensa los músculos y mis dedos se clavan en los suyos. —¿Qué ha pasado?

—Nada, cielo. —Se aparta de mí y un destello de algo más oscuro cruza sus facciones. —Asuntos del club.

—No sé qué significa eso.

Se pasa la mano por el pelo y sonríe, pero no está bien. Es forzado y tenso. —Nada de lo que tengas que preocuparte.

Las palabras son bastante inocentes, salvo que suscitan una oleada de inquietud en mí. Sé que hay algo más, pero no siento que pueda presionarlo. No llevamos suficiente tiempo juntos como para traspasar ese tipo de límites.

Cruzo los brazos sobre el pecho para tener algo que hacer. —Entendido.

Suelta un largo suspiro y mira hacia otro lado con expresión indescifrable. —Confía en mí, cielo. No es nada de lo que debas preocuparte ahora mismo.

Miro mis pies, pensando distraídamente que necesito pintarme las uñas de otro color. —Vale.

Se acerca más y su palma sube para acariciar mi rostro. —Eh —dice, girando mi cabeza hacia él—. Lo digo en serio. No tienes que preocuparte por nada. Yo te cuido, ¿vale?

—Está bien —murmuro, asintiendo mientras me sujeta.

Él sonríe, depositando un beso en la comisura de mi boca. —Tenemos que bajar y poner a todos al corriente, pero primero, espera aquí. He traído algo que pensé que te gustaría.

Roza sus labios contra los míos en el beso más breve antes de apartarse y salir de la habitación trotando. Todavía sin camiseta.